Capítulo 12 #2
El problema es la parte de agarrarlo . Hay sombras en el cruce, siluetas alargadas que titilan al ritmo del enfrentamiento.
Despliego mis poderes apuntando a la que tiene Cato a los pies, pero un destello de su poder la elimina por completo.
Es como intentar sujetar una sombra bajo el sol de mediodía.
Aprieto los dientes de pura frustración cuando otra sombra vuelve a escapárseme de entre los dedos.
—Cato está creando demasiada luz con sus ataques. Solo puedo acercarme a esas sombras de la esquina. —Señalo uno de los pocos espacios a salvo de tanta destrucción—. Pero estaríamos muy al descubierto, tardaríamos demasiado en llegar hasta él y quizá no pueda usar mi magia para escapar.
Vesper murmura. Prácticamente , lo veo evaluando posibilidades y descartándolas. Al cabo, suelta una maldición en voz baja.
—Esto va a ser arriesgado.
—Te llevo diciendo lo mismo desde que lo sugeriste.
Me ignora y sigue hablando en voz baja, casi como si musitase para sí:
—Vamos a tener que separarnos.
—¿Qué?
—Me parece que voy a ser capaz de manipular la suerte sin necesidad de tocarte, o al menos de determinar hacia quién irá la mala suerte.
Le lanzo la mirada que se merece semejante frase.
—¿Te parece o tienes la seguridad de que podrás? ¿Lo has hecho antes?
—No, Kestrel, no lo he hecho antes. —Frunce el ceño al tiempo que Cato desvía otro ataque—.
Solo hace dos noches que tengo a la Rueda de la Fortuna de mi parte, al igual que te pasa a ti con la Luna.
Aún estoy descubriendo mis límites. Dicho lo cual, no nos queda otra alternativa.
Si no dejamos de discutir, seguiremos escondidos en este tejado cuando Cato muera.
Trago saliva para reprimir una maldición .
—Está bien, nos dividiremos. Eso me ahorrará energía, pero sigue sin resolver el problema de cómo llegar hasta él.
—Lo sé. —Se restriega la frente con el dorso de la mano libre—. Transpórtame a aquel tejado lejano. Le grito que apague su fuego, tú lo agarras y me agarras a mí, y volvemos aquí.
Lo que dice tiene sentido, pero solo puedo pensar en el momento en que aquella teja se soltó inesperadamente y resbalé, el momento en que me torció el tobillo y acabé cayendo de espaldas, sin aliento ni defensa alguna.
Llevo toda la noche esforzándome mucho para mantener el contacto físico con Vesper para estar protegida .
No sabe si sus poderes seguirán afectándome una vez que nos soltemos.
—Tu suerte se volverá contra mí.
—Voy a esforzarme por apuntar hacia la Muerte y la Torre para darte una oportunidad. —Abre los ojos—. Te prometo que puedes confiar en mí.
Esas dos frases parecen contradictorias. Vesper obtuvo sus poderes al mismo tiempo que yo. Está intentando aprender, al igual que yo. Tiene las mismas posibilidades que yo de joderlo todo . Cato suelta un grito y, al girarme, veo que acaba de hincar una rodilla. Se nos ha acabado el tiempo.
—Prepárate. —No me detengo a pensar . Inspecciono los tejados del cruce en busca de alguno desde el que Vesper pueda ver la ubicación de Cato.
Al instante encuentro unas sombras que nos llevarán hasta allí.
Un paso, un instante sin aliento en el que parece que hayamos dejado de existir, y ahí nos hallamos.
Soltar la mano de Vesper me resulta más difícil; tengo los dedos rígidos de miedo. Reprimo el impulso de apretar su mano con más fuerza, de sujetársela para que su suerte no se vuelva contra mí.
—Solo tenemos una oportunidad de conseguirlo.
—Lo sé.
—A la de tres, me teletransporto. Espera un momento para que me recupere del salto y llama a Cato.
Vesper asiente con determinación.
—Vale.
Conozco bien el miedo. Llevamos juntos desde que tuve edad suficiente para comprender que ni siquiera el poder de la Cinque había protegido a mi madre de la Corte Menor.
El miedo ha estado agazapado junto a mí durante cada larga noche de invierno mientras me preguntaba cuándo volvería a salir el Sol.
El miedo me ronda cada vez que Pika o Quoll intentan dar un golpe ellos solos.
Se aferra a mí cuando pienso en el futuro que nos esperará inevitablemente cuando Mouse muera. El miedo y yo somos viejos enemigos.
—Uno. — Inspiro hondo—. Dos. —Vuelvo a inspirar—.
Tres. —Suelto la mano de Vesper y regreso por las sombras hasta do nde estábamos hace un momento.
En cuanto aterrizo, agazapada entre dos estrechos invernaderos, con el pecho desbocado y la piel cubierta de sudor, la voz de Vesper reverbera como si sonase desde todas partes y ninguna.
—¡Cato, apaga tu luz!
Durante un instante eterno creo que no va a hacerlo.
No tiene ningún motivo para confiar en una voz que resuena en la oscuridad, y menos cuando el peligro se desplaza por el aire con la forma de la espada de la Torre.
Cato la esquiva por un pelo. Se mueve más lento que hace unos segundos.
El siguiente ataque acabará con él…, o el de después, si es que de verdad tiene suerte.
Milagrosamente, Cato obedece. En un abrir y cerrar de ojos, la luz que emana de él desaparece, como si la hubiese absorbido su piel, y las palmas de sus manos se vuelven oscuras. Incluso la leve luz de las fogatas de alrededor parece atenuarse.
Me pongo en marcha al mismo tiempo que la Muerte.
Tras un parpadeo, estoy justo al lado de Cato, rodeándole la cintura.
Al enfrentarme a la mirada vacía de la Muerte, veo la sorpresa en ella.
Ya está en movimiento cuando yo aparezco, atravesando la noche con su espada, directa al pecho de Cato .
Directa a mi pecho. No puede fallar. Está demasiado cerca , es demasiado rápido, es demasiado bueno, joder.
Y, sin embargo , falla.
Desvía el golpe en el último instante y se ve empujado hacia un lado por la inercia del golpe frustrado. No veo el destello púrpura que esperaba, señal de la suerte de Vesper, aunque no tengo tiempo para preguntarme qué está pasando.
Echo a correr como puedo, arrastrando a Cato conmigo, hasta las sombras en las que se esconde Vesper. Con la mano que me queda libre, agarro la suya.
—Buen trabajo —jadeo. Casi lo conseguimos, casi, casi.
—Pero si yo no he hecho…
Tras un tercer parpadeo, nos encontramos de nuevo en el tejado más alto.
Abro la boca para indicarles a ambos que guarden silencio, pero la noche se vuelve extraña a mi alrededor y la débil luz de la luna tiembla ante mis ojos.
Caigo de rodillas, mareada. Cato se derrumba en el tejado junto a mí.
Mis poderes siguen lo bastante activos como para amortiguar los sonidos, gracias a los dioses, pero poco más.
Cato se apoya sobre mí.
—Gracias, Luna. Gracias, Rueda. —Sus ojos se cierran. Es Vesper quien nos apoya a los dos contra la pared de uno de los invernaderos. Se sienta a nuestro lado y nos agarra las muñecas.
—La Muerte ha fallado el golpe. —Intento tragar saliva, pero tengo la garganta muy seca—. ¿Has sido tú?
—No. No he podido manipular la suerte a tiempo. Ha fallado porque ha querido . —Escruta la noche, pero no sé qué es lo que está mirando. Desde aquí no veo la calle, e imagino que Vesper tampoco.
—¿Qué? —Siento el cerebro extrañamente líquido, como si se agitara dentro de mi cráneo—. ¿Por qué?
—Eso ahora da igual. Lo hemos conseguido. —Vesper me sonríe. No es la sonrisa tensa y constreñida de siempre, sino otra nacida de un alivio tan enorme que convierte su atractivo en algo distinto por completo. Hasta tiene un puto hoyuelo .
De repente no soy capaz de hablar. Siento la lengua pastosa . A estas alturas, no sé si es Cato quien está desplomado sobre mí o yo sobre él . Quizá ambas cosas .
Vesper me aprieta la mano.
—Descansa, Kestrel. De momento estamos a salvo. —Sigue hablando en voz tan baja que apenas me llegan las palabras, aunque nos hallamos a centímetros de distancia —. Yo vigilo.
Soy tan idiota que cierro de verdad los ojos. La oscuridad se me lleva en el lapso entre dos inspiraciones.