Capítulo 11
M i intención es echar a correr a toda velocidad por la calle para poner tanta distancia como sea posible con los campeones que luchan a nuestras espaldas, pero Vesper tiene otra idea.
Gira en el primer recodo y, luego, en el siguiente, haciendo que nos internemos cada vez más en el Distrito de Copas.
Se mueve con más velocidad de la que esperaba, pero aun así no muc ho más rápido de lo que yo puedo desplazarme con un ligero trote.
Queda fuera de toda cuestión la carrera que me exige mi corazón desbocado.
—Por aquí vamos mal —susurro—. Si nos dirigimos hacia la isla, podremos…
—Ya habrán pensado en ello.
Las Cortes Menores no van a permitir que los campeones entren en sus santuarios privados.
De hecho, hay una intrincada verja de hierro calle abajo, muy alta y decorada con motivos de agua, con olas que acaban en púas para evitar que nadie intente trepar.
Es la arquitectura más hostil que he visto en el poco tiempo que llevo en la colina, aunque me resulta reconfortante por extraño que parezca. Esto, al menos, es familiar.
—Nos van a atrapar.
—Confía en mí. —Se le ve intensamente concentrado—. Sigue caminando y no hagas ruido. Esperemos que los demás campeones regresen por donde han venido porque el sendero les resulta familiar.
«¿Esperemos?».
—La verdad es que, como plan, deja mucho que desear.
—Estamos haciendo lo que tú querías hacer.
Refunfuño, pero en realidad tiene razón: mi primer instinto ha sido retirarme a un terreno más conocido. Vesper mira por encima del hombro y se encoge.
—Ahora sería un momento estupendo para usar la magia que te ha dado la Luna.
Sé que es mejor no volver la vista atrás.
Cuando se huye para salvar la vida, el pánico puede resultar tan mortal como una teja o una piedra sueltas.
Si yo fuese más fuerte, si me hubiese pasado la vida con tres comidas diarias y suficiente luz del sol, quizá pudiese cargar con Vesper y correr hasta ponernos a salvo, pero no es el caso.
Tampoco soy lo bastante fuerte como para evitar echar una mirada por encima del hombro al sendero por el que hemos venido.
Suelto una maldición: una silueta conocida se acerca a nosotros.
El Loco ha perdido la camisa por el camino y tiene su pálido pecho, brazos y manos manchados de sangre.
Parece moverse como si estuviese dando un paseo, pero acorta la distancia que nos separa dando zancadas enérgicas con sus largas piernas.
— Te debo un poco de dolor, Luna —exclama.
Odio ese tono despreocupado con el que habla.
Me late tan fuerte el corazón que amenaza con salírseme del pecho.
El Loco viene sin su aliado, si es que este sigue con vida, pero eso no cambia el hecho de que podría acabar conmigo en una lucha sin magia.
Está claro que esta noche ya ha asesinado a alguien.
El último Loco tenía la capacidad de cambiar de forma, de hacer que brotasen garras de sus manos. Si este también puede hacerlo…
— Agáchate. —Vesper no espera a que obedezca la orden. Me baja de un tirón al tiempo que el Loco me arroja un cuchillo a la cabeza. El arma atraviesa la distancia que nos separa, cada vez menor.
Hay un destello púrpura: un pájaro cae en picado, aparentemente salido de ninguna parte, interponiéndose en la trayectoria del cuchillo. Tanto el ave como el arma caen al suelo y ruedan, dej ando tras de sí un reguero de sangre. La suerte de Vesper ha vuelto a manifestarse.
Me agarra con tanta fuerza contra sí que juraría que sus huesos se clavan en los míos.
—La suerte tiene efecto siempre que nos toquemos. O al menos me parece que así es como funciona. ¡Y ahora corre!
Vesper tira de mí hacia lo que, en un primer momento, parece ser la pequeña entrada de una tienda.
Abre de un empujón sin vacilar un instante y entra tirando de mí.
Cierra de un portazo e, incluso con el zumbido que tengo en los oídos, oigo que echa la llave.
Dudo que vaya a aguantar contra el Loco, que está dispuesto a matarnos, pero quizá lo retrase un poco.
—Por aquí.
No me queda más alternativa que ir tras Vesper. Aún no me ha soltado y no consigo librar mis dedos entrelazados a los suyos. Si de verdad la suerte está funcionando, no puedo arriesgarme a que se vuelva contra mí en cuanto dejemos de tocarnos.
Resulta difícil apreciar todos los detalles del espacio tan estrecho que cruzamos a toda prisa, pero le falta bastante de esa riqueza recargada que parece formar parte de cada elemento del Distrito de Copas. Ni siquiera hay ventanas, por el amor de los dioses.
—¿Dónde estamos?
—En la parte de los sirvientes. No resultaría adecuado permitir que la gente normal deambulase por ahí para que la viese cualquiera.
Este camino conecta con docenas de senderos del Distrito de Copas.
Sin embargo , no lleva hasta otras cortes, así que tendremos que volver a la calle para marcharnos de aquí.
—Me mira por encima del hombro y frunce el ceño—.
Al menos quien nos persigue es el Loco. Sería una desgracia que nos siguiese un campeón capaz de destruir este pasadizo.
Una desgracia . Sí, es un modo de verlo.
Pero he de decir que también me alegro de que no sea quien nos persigue ahora mismo.
Bastante miedo da ya el Loco. Mientras corremos, me fijo lo poco que puedo en el techo : no mide más de metro ochenta de altura…
, demasiado bajo para los sirvientes más altos, y está hecho de los mismos gruesos ladrillos que las paredes.
Intento imaginar cómo encajan estos pasadizos en la disposición general del Distrito de Copas .
No he visto callejones, pero había bastantes recovecos y puertas por entre las manzanas.
Los tejados aquí son más uniformes que en los Sedimentos y el Sol los alcanza a todos cuando cruza el cielo.
Aquí no hay edificios amontonados unos encima de otros, aunque hay muchos lo bastante altos como para albergar a múltiples familias o negocios. ¿Estaremos en uno de ellos?
Vesper se gira de repente, llevándome por una puerta estrecha en la que no me había fijado. Giramos un recodo más y luego otro. No es que me sienta perdida, pero me costaría bastante desandar el camino que hemos recorrido entre los pasadizos, al parecer gracias a la infalible memoria de Vesper.
—¿Dónde vamos? —susurro.
Vesper aminora la marcha. Ahora cojea bastante más que antes.
Si bailar le hace daño, imagino que correr por su vida también.
De no ser por la cojera, jamás me habría dado cuenta de que sufre dolor, porque este no se refleja en su expresión.
Mantiene lo que empiezo a pensar que es una… máscara de serenidad habitual.
Le tironeo de la mano hasta que frena del todo. Las paredes se cierran a nuestro alrededor, tan cerca que mis hombros rozan los ásperos ladrillos. Aquí está tan oscuro que no debería ser capaz de ver el pecho de Vesper, que asciende y desciende demasiado rápido.
—Vesper, ¿dónde vamos?
Durante un instante creo que no me va a responder. Suelta el aire lentamente, como si intentase controlar la respiración.
—La prioridad principal era escapar del Loco, cosa que me parece que aún no hemos conseguido del todo.
La segunda prioridad es echar un vistazo al terreno de juego.
Se te ocurrió lo mismo anoche y fue buena idea.
La información es poder. —C ontempla nuestras manos unidas y vuelve a esbozar esa sonrisa—. Deberíamos…
En la lejanía se oyen pasos que se acercan, así que nos quedamos inmóviles. «El Loco». No está corriendo, sus zancadas son tan largas y regulares como lo eran en la calle. Me doy cuenta de que estoy aguantando la respiración en un intento de ubicarlo. ¿Estará siguiendo nuestro rastro?
—Luuuuuuna — llama el Loco desde algún lugar a nuestra espalda—. Puedo oler tu miedo. Sigue huyendo. Estoy disfrutando de la persecución.
Bueno, eso resulta aterrador.
¿Cómo consigue seguirnos? Imagino que no podrá oler realmente mi miedo. O quizá sí, porque, aunque no apriete el paso, sus pisadas se oyen más fuerte ahora, más cerca.
En un espacio tan reducido no voy a poder luchar con él. Quizá hubiese tenido alguna oportunidad en la calle, con margen para maniobrar, pero, en un pasadizo con paredes tan estrechas que no puedo mover las hoces…, lo único que tiene que hacer el Loco es agarrarme y se acabó.
—Venir aquí ha sido un error.
—Era la única opción que teníamos —espeta Vesper.
Puede que tenga razón. Lo único que sé es que el Loco se acerca cada vez más, silbando una tonadilla por el camino.
—Necesitamos algún sitio en el que escondernos.
—Aquí no hay ningún escondite. Esto es un simple pasadizo, no un laberinto.
No sé bien cuál es la diferencia. Lo único que sé es que, cada instante que pasamos discutiendo, el Loco se acerca más. Mi miedo me exige que corra, pero Vesper no podrá mantenerme el ritmo y, aunque pudiera, no sé si supondría una gran diferencia.
Paso la mano por la pared, y este es el único motivo por el que me percato de que hay otra abertura, aún más pequeña que la anterior. El pasadizo al que da también es más breve; acaba en una pared que claramente tuvo una puerta en su día, pero que ahora está cubierta por un muro de ladrillos.
—Ahí no hay salida —sisea Vesper.
—No necesitamos salida. —Sobre todo porque estamos en sombras; en realidad, más que sombras.
Aparte de las antorchas repartidas irregularmente, cuya luz no llega a este punto en concreto, ahora mismo nos encontramos en medio de una oscuridad completa.
Puedo ocultarnos aquí… o eso espero—. Dame un segundo.
—No tenemos un… Oh.