Las Pruebas del Tarot Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

El Emperador pasa tambaleándose muy cerca, apurando su enésimo cáliz. Se ve lo ebrio que está en el rubor de sus mejillas y en sus balanceos de un lado a otro al andar. A mí no se me ocurriría beber durante las Pruebas, mucho menos tanto como para perder el control.

—Antes del alba ya lo habrán matado.

— Sí, y será su antiguo aliado quien lo haga. —Vesper señala al Loco, que contempla al Emperador con una expresión que me pone la piel de gallina. No me gustaría que me observase así.

Venciendo mi rechazo instintivo, me esfuerzo en pensar seriamente en la propuesta de Vesper.

Tiene razón, en muchos sentidos. Una alianza nos vendría bien, sobre todo porque esta noche no vamos a salir a hurtadillas de nuestros respectivos templos, sino que nos encontraremos todos en un lugar céntrico. Le lanzo una mirada de reojo.

—¿Es cierto que ningún Espada puede mentir?

Vesper resopla.

—No, no es del todo cierto. Lo que podemos es saborear la verdad en las palabras de los demás. Al igual que con la magia, esa capacidad heredada supone un alto precio. Mentir nos hace daño, el peor daño que imagines, y no hay forma de mitigar el dolor.

Reflexiono sobre sus palabras, sobre sus implicaciones.

—¿Y se entrenan los Espadas para soportar el dolor sin dar muestras de ello?

Vesper enarca las cejas.

—Estás al tanto de todo, ¿verdad?

Me ruborizo sin saber por qué.

—No has respondido.

—Lo sé. —Vesper sonríe—. Pero tú ya sabías la respuesta al formular la pregunta.

Sí, supongo que sí. La música disminuye de volumen hasta convertirse en algo claramente diseñado para no ser más que ruido de fondo.

El baile cesa y yo echo un vistazo a los demás campeones.

Todos han parado de bailar y se están reuniendo según las alianzas establecidas.

La Torre y la Muerte se apoyan en una pared al otro lado de la estancia, contemplando a los demás, igual que yo.

La Estrella charla despreocupadamente con la Sacerdotisa, el Carro y la campeona del Ermitaño.

No tengo claro lo que pueden hacer el Ermitaño y la Sacerdotisa, pero, después de que caiga la noche, quiero evitar a los dos miembros antiguos de la Cinque a toda costa.

El Mundo y el Hierofante observan al Loco con recelo.

Este, por su parte, parece centrado por completo en el Emperador, borracho y despatarrado en una silla al borde de la pista de baile, ya casi vacía.

No veo rastro alguno del Mago ni del Diablo entre la multitud, lo cual significa que son más inteligentes que nosotros.

No hay una sola alianza con cinco miembros, lo cual resulta interesante desde un punto de vista estratégico.

Eso les da flexibilidad a los campeones, les permite añadir a uno más si es necesario.

O  quizá, teniendo en cuenta la presencia de la Muerte, quieran esperar a ver qué tal le va a cada campeón por separado.

Por supuesto , está claro que a la Muerte le da igual formar un grupo de cinco según sus deseos, a diferencia de los otros dos grupos de ma yor tamaño.

A pesar de lo que hemos hablado antes, me esperaba ver a Cato en el grupo del Carro, pero está solo.

Claro que eso no demuestra nada, podría ser una treta barata…

, a no ser que esté diciendo la verdad. Desde luego, el Carro no lo mira como si fuese un aliado; más bien lo estudia como un depredador a su presa.

La alianza del Loco también se tambalea ; este prácticamente vibra por la expectación mientras los demás lo observan.

Cato es la indiferencia personificada: alza la cabeza y contempla los vitrales en las alturas.

Yo sigo su mirada y percibo un leve zumbido en mi mente. Casi es de noche. El Sol ya no tiene su vívido tono azul habitual, sino que empieza a pasar a uno violeta oscuro. Aún no ha llegado el ocaso, pero está lo bastante cerca como para que me hormiguee la piel . Me giro hacia Vesper.

—El tiempo se nos acaba .

—Justo lo que estaba diciendo. —Me tiende la mano—. Yo cuento con la suerte, pero me gustaría contar también contigo .

Contemplo su mano, dubitativa. Sé lo que me aconsejaría Mouse , y quizá sea la elección correcta, pero… Vesper no me mató anoche. De hecho, frustró el ataque de la Torre y me salvó la vida. Aunque aún no cuenta con mi confianza, está claro que necesita una alianza tanto como yo.

—Me gustas, Kestrel. —Me mira a los ojos —. Es motivo más que suficiente para proponerte que nos aliemos , sin tener en cuenta todo lo demás. —Esboza una sonrisa que no se refleja del todo en sus ojos ambarinos —. Y tiendo a confiar en mis instintos con la gente .

Vuelvo a pasear la vista por la estancia.

Veo que los grupos em piezan a alejarse unos de otros.

Me doy cuenta de que los Copas y demás miembros de gremios que antes pululaban por aquí han desaparecido, y eso que se los veía por todas partes mientras bailábamos.

Aunque los músicos siguen tocando, aparentemente ajenos a todo, los invitados parecen haberse escabullido en los últimos minutos, mientras el Sol desciende hacia un horizonte que ninguno de nosotros ve.

Todos quieren evitar la matanza inminente.

—Confiar en ti sería una necedad —murmuro. Una frase que parece menos cierta cada vez que la pronuncio.

—Tal vez. Aunque también es posible que la necedad sea no confiar en mí. —Me mira con atención—. ¿Cuánto crees que vas a sobrevivir tú sola?

He ahí la cuestión. Ojalá pudiera dar una respuesta optimista. Cuando subí al escenario y reclamé mi puesto como campeona de la Luna, tenía la seguridad de que nada podría detenerme. Ahora se me antoja que todo juega en mi contra.

—Está bien. Una alianza de prueba, solo por esta noche.

—Es lo único que te pido.

Puede que sea una trampa, pero la trampa segura es esta misma estancia .

Vuelvo a mirar en derredor. Las puertas por las que hemos entrado están ahora cerradas.

Los vitrales van perdiendo color a medida que el Sol se lleva la luz del día consigo.

Están demasiado altos como para romperlos, mucho menos para trepar hasta ellos.

Hay ventanas más bajas en la pared, pero siguen fuera de mi alcance, aunque quizá si acercase una mesa…

Sin embargo, aunque yo pudiese escalar la pared hasta una ventana con la ayuda de algún mueble , Vesper no podrá hacer lo mismo. Y, mientras tanto, estaríamos a merced de los demás campeones. Esta vez no podré escapar, sola no.

No me queda más alternativa que confiar en Vesper, al menos de momento. Le estrecho la mano.

—Salgamos de aquí de una puta vez.

—Buena chica. —Me agarra la mano con fuerza y tira de mí en el mismo momento en que siento un tintineo en la mente, un sonido suave y dulce.

El Sol se acaba de poner del todo. Al oír un chirrido a mi espalda, miro por encima del hombro y veo que empiezan a brotar llamas del cuerpo de Cato.

Bueno , no son exactamente llamas. Sus manos y sus brazos están al rojo vivo, tan brillantes que me dejan una impronta en la vista al apartar la mirada. Tenemos que salir de aquí. Ahora mismo.

Vesper sigue agarrándome con fuerza la mano mientras se dirige hacia la puerta.

—No te separes de mí.

Avanzamos con demasiada lentitud. Empieza a desatarse una pelea a nuestras espaldas, pero, cada vez que vuelvo la vista, me arriesgo a tropezarme y hacer que nos retrasemos aún más.

En cualquier momento, alguien se dará cuenta de que pretendemos escabullirnos y nos atacará.

Desesperada, intento volvernos invisibles obligando a las sombras a alzarse para ocultar nuestros movimientos.

Me hormiguea la piel mientras las sombras intentan obedecer mi orden muda, pero la sensación se desvanece tan pronto como empieza.

No puedo evitar acordarme de lo que la Muerte me ha dicho antes.

Si la Luna y las estrellas son demasiado brillantes como para que me esconda en un tejado, aquí dentro será imposible.

Hay demasiada luz, con tantas antorchas en las paredes y gemas titilantes.

De cualquier manera, los demás campeones parecen centrados en la lucha que se desarrolla en el centro de la pista de baile entre el Loco y el Emperador. Atisbo un movimiento fugaz y un chorro de sangre, y de pronto nos encontramos ante la puerta.

Agarro el pomo y suelto una maldición al ver que no se mueve.

—Los muy cabrones nos han encerrado aquí dentro. No va a…

—Paciencia, Kestrel. —Una diminuta chispa púrpura lejos de la puerta atrae la atención de Vesper—. Por aquí.

—Pero… —Cierro la boca sin protestar. Es hora de decidir si confío en Vesper, no podemos malgastar tiempo discutiendo.

Le doy un último tirón al pomo, pero este sigue firmemente inmóvil, así que me apresuro a ir tras Vesper, que está siguiendo un rastro casi imperceptible de destellos púrpura por un pasadizo distinto del que nos ha traído hasta aquí.

Cerca del otro extremo, un último destello púrpura nos señala una puerta anodina; está claro que la usan los sirvientes o la gente a la que los Copas no pretenden impresionar.

En la cerradura asoma una llave. Parpadeo.

—¿ Cómo has sabido…?

—Qué suerte haber encontrado esta puerta y que algún criado se haya dejado la llave puesta, ¿no?

Vesper gira la llave en cuestión y la puerta se abre sin un solo sonido.

Al otro lado vemos la calle a oscuras y el cielo estrellado.

Vesper me dedica otra de sus sonrisas de oreja a oreja, como si se lo estuviese pasando mejor que nunca, pero quisiese mantener una pose.

Acto seguido, me saca de un tirón a la calle.