Capítulo 10
L a estancia es tan grande que probablemente pueda esconderme tras la ridícula fuente burbujeante para no ponerme en evidencia.
Oh, dioses, quizá pueda marcharme y ya está, abrirme paso entre la multitud de Copas que cuchichean y ríen alrededor de la pista de baile, observándonos como si fuésemos su entretenimiento personal.
Yo no sé bailar. No, eso no es verdad, pero me parece que los desenfrenados movimientos de puro frenesí a los que nos entregamos en los Sedimentos no son el baile que se espera aquí .
En los Sedimentos, el baile es una celebración de la vida , el acto de reconocer que la Muerte ha quedado un paso atrás, al menos durante un día, una campanada, un instante.
El Granate echa la silla hacia atrás y me señala con el mentón.
—Gracias por acompañarme en esta comida conmigo. Espero verte mañana en la fiesta de los Pentáculos .
Se aleja antes de que se me ocurra qué responder . Me ha ignorado durante todo el tiempo que ha estado sentada a la mesa, así que no entiendo que espere verme mañana. Putos politiqueos.
Estoy tan concentrada contemplando al Granate mientras se pierde entre la multitud creciente al ritmo de la música que casi se me escapa que la Muerte se pone lentamente en pie.
Doy por hecho que va a seguir al Granate y a las demás personas que se acercan a la pista de baile, pero lo que hace es dar media vuelta.
¿Acaso se marcha? No he tenido la oportunidad de hacerle ni una sola pregunta.
Me pongo en pie y rodeo la mesa antes de que puede largarse.
—Espera. —Una vocecita en el fondo de mi mente me susurra que esto no es buena idea, pero estoy demasiado ocupada plantándome en su camino—. Baila conmigo.
Los tonos cobrizos y azulados de los vitrales en las alturas parecen acentuar sus demacradas facciones y la luz del sol del ocaso oculta casi por completo sus ojos, dándole aspecto de calavera.
—Apártate.
Nada me gustaría más. Por desgracia, ya me he metido en este brete y voy a tener que llegar hasta el final.
—No irás a escabullirte en lugar de darles a estos Copas el espectáculo que tanto ansían.
—Es justo lo que yo preferiría, pero la Muerte ha dejado claro que no le interesa hablar conmigo.
Así , esta es la única manera, aunque yo no sepa bailar como se espera entre los habitantes de la colina y lo más seguro es que acabe sufriendo una humillación.
Por otro lado, la opinión que ya tienen sobre mí no puede empeorar.
Dado que la Muerte sigue vacilando, digo—: La oportunidad que tenías de marcharte sin que te vieran ha pasado.
Más vale que bailes conmigo antes de que la gente empiece a darse cuenta de que estás montando una escena.
Él mira por encima de mi cabeza y parece llegar a la misma conclusión. Con un suspiro, me tiende su esquelética mano.
—Vamos, Luna. Acabemos con esto.
Mientras nos acercamos a la pista de baile y nos unimos a las demás parejas que allí bailan, los susurros a nuestro alrededor se multiplican.
La música está demasiado alta como para captar cada frase por separado, pero las expresiones de los Copas más cer canos son de conmoción y sorpresa.
En el momento en el que la Muerte me gira hasta que quedo justo frente a él, me veo obligada a reconocer que he cometido un error.
—No sé bailar —murmuro—. Al menos no como se baila aquí.
—No es difícil. —Si esa frase la hubiese pronunciado la Estrella, habría resultado pasivo-agresiva , aunque, tratándose de la Muerte, no es más que un hecho.
Me acerca hacia él lo suficiente como para ponerme la mano en la cintura, pero mantiene una cuidadosa distancia entre su cuerpo y el mío.
No quiero dar las gracias por este pequeño detalle, y menos viniendo de él .
Al mirar por encima de su hombro, veo que la Torre baila con Cato. Lo observa mientras habla, aunque no están lo bastante cerca como para que entienda lo que dicen. Sin embargo, todo eso da igual ahora. Es mi oportunidad de interrogar a la Muerte; puede que no tenga otra.
—¿Por qué obligaste a la Torre a matar al Juicio y a los demás sin ayudarle? —No es la pregunta que quiero hacerle en realidad, pero parece el modo más seguro de comenzar. Si Mouse se enterase de que ahora mismo estoy literalmente bailando con la Muerte, caería redondo de pura conmoción y rabia.
La Muerte alza las cejas .
—Hiciste bien en utilizar las sombras de la Luna para esconderte en aquel tejado, aunque no estabas oculta del todo .
Cuanto más profundas sean las sombras, más difícil será que los demás te vean; pero, si hay demasiada luz, tu silueta seguirá siendo visible.
—Me guía por la pista de baile mientras lo miro boquiabierta.
Tiene razón: si me dejo llevar, este baile no es difícil. Maldito sea.
Me esfuerzo por encontrar palabras. De todo lo que podría haber anticipado que dijera, no me esperaba esa respuesta.
—Si sabías que estaba ahí arriba, ¿por qué no enviaste a la Torre a matarme? ¿Por qué lo detuviste justo antes de que acabara conmigo en la calle?
La Muerte me hace girar hacia un lado y hacia otro fácilmente y sigue manteniendo la misma distancia respetuosa entre ambos.
—Por cada respuesta que te dé, te hago yo una pregunta. —T iene la voz áspera, como si le hubiesen introducido carbones al rojo vivo por la garganta en algún momento del pasado.
¿ Una pregunta por otra? Pero si tengo docenas de ellas . Para darme algo de tiempo para pensar, digo:
—Pues pregunta tú primero.
—¿Por qué te presentaste a las Pruebas?
¿ Y a él que le importa?, me pregunto, aunque decido que da igual. Esta es más o menos fácil de responder, al menos en parte.
—Ya oíste a la Estrella . Provengo de los Sedimentos. Jamás hemos tenido voz en el Concilium, nunca hemos tenido la opor tunidad de dirigir hacia nosotros la más mínima fracción de los recursos que abundan en los distritos de la Corte Menor. Nos merecemos algo mejor .
Ahora mismo estoy bailando con el otro motivo por el que entré en las Pruebas. Me resulta difícil interpretar su expresión sin verle bien los ojos, pero algo cambia en su semblante.
—Una causa noble.
—Yo prefiero pensar más bien que es práctica.
—Si tú lo dices. —Vuelve a hacerme girar—. Ahora pregun ta tú.
Hay muchísimas cosas que necesito saber, muchas respuestas que solo tiene él.
Trago saliva con dificultad. Por más que quiera creer que tendré otra oportunidad de interrogarle, la inesperada muerte del Juicio ha demostrado que no se puede dar nada por sentado en las Pruebas .
Si solo puedo hacerle una única pregunta a la Muerte , en realidad no hay otra opción.
—¿Por qué mataste a la última Luna? Quiero saber el motivo real.
Esta vez sí que puedo ponerle nombre a la emoción que ale tea en su rostro: pena . La Muerte guarda silencio durante varios segundos mientras la música nos envuelve.
—No tuve alternativa.
¿ Cómo que no tuvo alternativa? ¿Y eso qué significa? El Concilium gobierna toda Caelria y su política controla a sus propios miembros, al menos en teoría. No deberían tener la potestad de obligar a uno de ellos a ejecutar a otro. Eso es trabajo de los Bastos. Le clavo la mirada.
—Esa respuesta no me vale.
—Es la única que tengo.
—Yo he desarrollado mi respuesta —digo entre dientes, intentando mantener a raya mi temperamento—. Ten la buena educación de hacer lo mismo.
La Muerte suelta una risita, un sonido seco y áspero, como si se limpiase la garganta de telarañas al mostrar el más mínimo ápice de humor.
—Te pareces mucho a ella. Era fiera e implacable, no tenía la menor paciencia para la dialéctica.
Me detengo, o al menos lo intento, porque me agarra con más fuerza y me arrastra consigo a pesar de mis esfuerzos por plantar los pies en el suelo.
Por fin alzo la mirada hacia sus ojos de ónice.
Espero encontrar en ellos crueldad , pero descubro una extraña compasión, lo que resulta mucho peor .
¿Cómo se atreve a sentir compasión por la mujer a la que asesinó?
Me arrebató a mi madre y una vida en la que yo no habría tenido que robar, esconderme ni luchar por sobrevivir.
—Sé que eres su hija. No insultes mi inteligencia negándolo. —Giramos tan fuerte que la estancia entera oscila ante mis ojo s—. Ha pasado mucho tiempo; he tardado un poco en comprender por qué me resultabas tan familiar, pero sois idénticas excepto en el color del cabello.
—No te atrevas a hablar de ella — le espeto. He de esforzarme para no gritarle a la cara, para no echar mano de las hoces que llevo a la espalda, para no hacer nada que no sea seguir bailando como una condenada idiota.
Sus labios se curvan levemente, pero en sus ojos sigue esa horrible compasión que roza la lástima.
—Ella también era de los Sedimentos. De ahí proveníamos los dos.
No he encontrado nada en las historias que se cuentan sobre las últimas Pruebas que indique que la Muerte también procedía de los Sedimentos. Si fuera verdad, mi madre lo habría sabido. Y también Mouse.
—No me mientas. Si fueras los Sedimentos, me habría enterado.
—La Muerte no miente. —Se encoge de hombros ante mi patente incredulidad—. Lo digo de forma literal. Perdí la capacidad de mentir cuando me convertí en su campeón. En ese sentido , ahora soy como un Espada, aunque a mí nunca me han gustado los circunloquios que ellos usan tanto.
No sé si creerlo. Está muy bien afirmar que los campeones de la Muerte no pueden mentir, pero no hay modo alguno de demos trarlo. No puedo confiar en él. No puedo permitirme confiar en nadie .
—Si tú lo dices.