Las Pruebas del Tarot Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Suelto una maldición en voz baja y me apresuro a seguir al grupo.

Entre los edificios cuelgan estandartes color azul marino, turquesa y cobre.

Tienen un aspecto ridículo, pero en cuanto pasamos por debajo el calor del sol mengua levemente.

Frun zo el ceño y me restriego la nuca para enjugarme el sudor que ya se acumula en ella.

En la colina hace muchísimo más calor que en los Sedimentos .

La clériga no debería haberse esforzado tanto en peinarme, estoy segura de que mis cabellos son ya una maraña encrespada .

Giramos un recodo y luego otro, apartándonos del sendero principal para internarnos por uno más estrecho.

Nuestro destino es un edificio tan alto que tengo que estirar el cuello para verlo entero.

Tiene forma de copa invertida y las paredes están cubiertas de ventanas de todos los tonos imaginables de azul.

Es hermoso, aunque arroja una sombra tan larga que me recuerda a la muralla, por lo que no puedo evitar un estremecimiento al acercarme.

—Si sigues temblando así , nadie te va a tomar en serio.

No me había dado cuenta de que alguien me estaba prestando atención. Al girarme, veo que el Sol me observa con una expresión divertida en su hermoso rostro.

—Me da igual que nadie me tome en serio, y mucho menos uno de los lacayos del Carro.

—Pues no debería darte igual, si es que quieres sobrevivir. —Echa la cabeza hacia atrás y contempla el edificio, igual que yo—. Aquí, en la colina, les encanta construir mierdas muy altas. Están constantemente compitiendo con los dioses.

—Aquí arriba tienen sus propios dioses. —No sé por qué he dicho eso, ni por qué prolongo esta conversación ni un instante más de lo necesario—. Si se lo permitimos, conseguirán que nosotros también los adoremos. Ya lo están haciendo de maravilla: no dejan de convertir templos a su religión.

—Es una táctica de batalla básica: eliminar el apoyo del enemigo.

—¿Acaso son los dioses antiguos enemigos de la Corte Menor?

El Sol vuelve a posar su mirada en mí, ahora con un interés mayor.

—Esa es la cuestión, ¿verdad? ¿Tú qué piensas?

—Pienso que, si los dioses antiguos quieren que el pueblo los siga adorando, deberían ayudar a los más desesperados con algún que otro milagro.

Las únicas veces en que aparecen, si es que se puede decir así, es durante las Pruebas.

A mí no me sirven de nada, del mismo modo que yo no les sirvo de nada a ellos.

—Y, sin embargo, aquí estás, como campeona de la Luna. Menuda hipócrita.

Dejarlo aquí y largarme solo serviría para proporcionarle una falsa sensación de haber salido victorioso de este encuentro.

—No sabía que tenías tanta devoción por el Sol.

¿Qué piensa el Carro al respecto? — Un movimiento en la puerta capta mi atención.

Tardo unos segundos en comprender lo que estoy viendo: agua .

Brota de una espita astutamente escondida sobre la puerta y se divide en sendos chorros a cada lado—. ¿Otra fuente?

—Protección. —El Sol se inclina hacia delante y apoya los dedos en el marco tallado de la puerta. Se los restriega al comprobar que están húmedos—. Qué interesante. Tan lejos de las murallas y les siguen dando miedo las tierras salvajes.

Suelta un resoplido. Vivir a la sombra de las murallas implica que es imposible olvidarse de lo que representan, de hasta qué punto nos protegen.

Cuando yo era mucho más joven, estaba segura de que, si pudiera ver qué era lo que había al otro lado de las murallas que asustaba tanto a la gente, quizá me convenciese de que valía la pena arriesgarme a marcharme, dejar la protec ción de la ciudad.

Tenía claro que sería una vida mejor que la que tenía; siempre sucia, cansada y con el estómago gruñendo a causa del hambre.

A pesar de la desventura que viví con aquel marinero, dudo que la Kestrel más joven se equivocase.

Jamás he visto a los monstruos que campan por las tierras salvajes, los monstruos de los que nos protegen las murallas.

No sé si alguien los ha visto, aunque circulan rumores de vez en cuando sobre asentamientos fluviales que desaparecen por completo entre un cargamento y otro.

Pero también puede deberse a depredadores humanos que decidan arrasar aldeas pequeñas que no tienen murallas tras las que protegerse.

Sea como sea, no hay motivo para que los Copas lleven a cabo semejante ritual de protección. Toda una ciudad los separa de las tierras salvajes, terreno de sobra para cualquier peligro que se acerque si cayeran las murallas.

—Solo lo hacen para dar espectáculo —murmuro.

—Sin duda, pero así son los Copas. —El Sol se encoge de hombros y me contempla con demasiada atención—. Te había subestimado, Luna.

Yo lo estudio un instante. Esto casi parece una conversación civilizada.

Si he de cambiar de estrategia de cara a las Pruebas, quizá deba pensarme quién será el aliado del que más me pueda beneficiar.

El último Sol contaba con un intenso poder ofensivo, parecido a los rayos lunares de mi madre.

Sin embargo, no tenía nada más , y por eso muchos prefirieron aliarse con la Luna antes que con él .

Solo por eso, quizá no sea mala idea…, pero es que se trata de Cato, secuaz del Carro.

No tengo el menor deseo de aliarme con uno de la Cinque , y no sé cómo forjar una alianza con el Sol sin hacerlo también con el Carro. Empiezo a darle la espalda.

—Por supuesto que no me has subestimado. Conmigo, lo que ves es lo que hay.

—Lo que tú digas . —Su risa me sigue al cruzar el umbral y entrar en el edificio.

El aire fresco me roza la piel , congelando el sudor que se me acumula en la parte baja de la espalda.

Estudio la escena ante mí. Esa gigantesca escalinata en espiral que asciende hacia la oscuridad no puede ser infinita, pero esa es la impresión que da , lo cual basta para ponerme nerviosa. Todo en este lugar parece una ilusión.

«Compiten con los dioses».

Me estremezco . Resulta difícil llevarle la contraria al Sol cuando en la planta principal hay docenas de mesas redondas y otras más grandes repletas de comida, más de la que he visto en mi vida, más de la que podría comer toda la gente aquí reunida.

Siento un entumecimiento por todo el cuerpo al acercarme a una de esas muestras de riqueza , tan ostentosa que me deja sin respiración.

De las obras de arte de las paredes penden joyas.

Alargo una mano temblorosamente y acaricio con el dedo la cascada de gemas engarzadas.

Son verdes, rojas, tan claras que veo mi reflejo en ellas bajo la brillante luz.

No soy ninguna experta en estos temas, pues en Caelria no tenemos minas, como en Perfodia.

Sí, el Gremio del Granate importa gemas y las imbuye con su magia —en algunos casos, literalmente—, y luego las envía de nuevo a Perfodia o a Grexium , e incluso al otro lado del mar Cojumbroso.

Sin embargo , jamás he visto riquezas como las que cuelgan aquí acumulando polvo.

Solo una de estas gemas podría alimentar a mi familia durante un mes, o más si nos administramos bien .

Todo este derroche me da náuseas. Apenas llevo dos días en los distritos de la Corte Menor y ya me queda condenadamente claro que podrían mejorar la situación de Caelria si así lo quisieran.

Ayudarían a muchísima gente sin percatarse de que han gastado algo de dinero.

No pasarían hambre, ni siquiera tendrían que sacrificar buena parte de su absurda riqueza para que así fuera.

Y, sin embargo , prefieren… no hacerlo.

—¡Así me gustan a mí los recibimientos !

—El Emperador, un tipo bajo de piel pálida, ojos oscuros y cabello negro sedoso, se acerca a una de las mesas.

En ella descansa una enorme fuente de la que sale un líquido espumoso rosado, junto a la que hay una alta pila de cálices de plata.

Agarra uno de los cálices y, tras llenarlo bajo uno de los chorros que brotan de la fuente, lo alza en dirección a los demás campeones diciendo:

—Por el último que quede en pie.

Nadie repite el brindis.

—Durante las Pruebas pasadas, los Copas abrieron las puertas del Gremio del Rubí y agasajaron durante horas a los campeones —murmura Vesper tras mi hombro —. Comparado con aquello, esto resulta decepcionante, pero quizá es porque crean que ya se han asegurado a uno de sus miembros entre la Cinque.

Doy un respingo. No me había dado cuenta de que Vesper estaba tan cerca. Resulta difícil concentrarse en medio del remolino de colores y sonidos que me rodea. Vuelvo a sentir un nudo en el estómago .

—¿Era más extravagante que esto ?

—Extremadamente.

Me parece imposible. Niego poco a poco con la cabeza. Vesper me acaba de proporcionar un dato bastante importante y no consigo concentrarme lo suficiente como para analizarlo.

—¿Así vivís en la Corte de Espadas?

— Oh, por los dioses, no. —La sonrisa de Vesper se vuelve agridulce y adopta un tono algo más tenso, que me resulta familiar aunque no sea el de siempre —. Los Copas son muy toscos. Nuestras fiestas son refinadas, dignas. —Hace una mueca—. Aunque imagino que a ti te seguirían pareciendo vulgares.

El emperador vuelve a llenarse la Copa con ese espumoso líquido rosa y la apura de un trago.

—Todo esto me parece un derroche —digo.

—Y así es, tienes razón.

No sé si es mejor o peor que Vesper sea consciente de ello.

Es Paje de Espadas. Aunque no tenga voto en el Concilium, sí que tiene poder.

¿Qué uso le ha dado? No puedo dejar de recorrer con la mirada toda la estancia, tratando de digerir este desagradable espectáculo, aunque siento un nudo en el estómago y en la garganta.