Las Pruebas del Tarot Capítulo 8
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Capítulo 8

S igo a la clériga hasta la parte trasera de la estancia, donde hay una puerta astutamente escondida.

Lanzo una mirada a la pared del fondo en busca de la puerta que crucé anoche, pero la veo lisa y sin señal alguna de que haya existido.

Es imposible saber si se trata de una extraña magia que consigue que se muevan las paredes…

o si alguien sabía bien lo que se hacía al construir este lugar.

Ella empieza a descender unas escaleras en espiral y yo la sigo.

Trago saliva, pues se me ha formado un nudo en la garganta al comprender que he sobrevivido a la primera noche.

No tengo la menor idea de cómo voy a seguir haciéndolo.

Ojalá pudiera hablar con Mouse , seguro que él tendría alguna idea sobre cómo darle la vuelta a la situación para beneficiarme. Lo echo muchísimo de menos . Carraspeo.

—Sé que has dicho que no tienes nombre, pero habrá algún modo de llamarte.

Ella esboza una sonrisa lentamente .

—Con clériga está bien.

Inspiro, pero no insisto.

—Yo soy Kestrel.

Ya sabe mi nombre, pero daño no hará ser educada.

—Encantada de conocerte, campeona de la Luna.

Está bien . Cuando llegamos al pie de las escaleras, la clériga me lleva por un breve pasillo con tres puertas. Nuestro destino es la de la derecha.

—Ese será tu cuarto durante toda la duración de las Pruebas. Te despertaré cuando sea hora de que te prepares para los eventos de esta noche.

Lo único que quiero es entregarme a un dulce olvido durante unas cuantas horas, pero hay demasiadas preguntas bullendo en mi interior.

Jamás he estado tan cerca de la verdad de mi madre, y sin embargo esa información sigue fuera de mi alcance.

Si la clériga se niega a hablarme de ella, quizá haya otro modo.

—¿Guardáis registros aquí ? Me refiero a registros sobre los anteriores campeones de la Luna. —Sobre mi madre y sus predecesores, algunos de los cuales quizá tuvieran los mismos poderes que yo—. O sobre otros campeones.

La magia del Juicio parecía idéntica a la que empleó durante la Criba, aunque ese dato no pasa de anecdótico en el mejor de los casos.

Y la Muerte mató al Colgado, pero yo no estaba delante, así que no tengo ni idea de si usó sus poderes ni si estos son los mismos que poseía en las últimas Pruebas y en los años transcurridos desde entonces.

Vesper mencionó que tenía que acostumbrarse a sus poderes, así que cabe la posibilidad de que yo aún no haya explorado del todo los dones que me ha concedido la Luna .

La sonrisa de la clériga se desvanece.

—Hubo registros en su día. Teníamos la tradición de transmitirlos de generación en generación para honrar a la Luna y a sus hermanos.

—Aparta la vista. Por primera vez desde que entré en el templo, me parece del todo humana—.

Por desgracia , la Corte Menor decidió eliminar los registros después de los desafortunados acontecimientos que siguieron a las últimas Pruebas.

Otro callejón sin salida. Estudio el rostro de la clériga, las leves arrugas que rodean el rabillo de sus ojos sin color , las comisuras de su ancha boca.

—¿Y conserva la Corte Menor estos registros en algún sitio?

—Indudablemente. Lo más probable es que están guardados en los archivos del Distrito de Espadas.

—Entrecierra los ojo s—. Pero no tendrás oportunidad de investigarlos durante las Pruebas, a menos que pretendas romper las reglas , cosa que no te recomiendo.

—Tiene razón, aunque no me gusta. Por mucho que los registros resulten útiles, el precio es demasiado alto.

No tengo oportunidad de hacerle más preguntas a la clériga. Cuando me giro, ha desaparecido.

Me tomo mi tiempo para cerrar la puerta y arrastrar la robusta silla que hay en la habitación hasta colocarla bajo el pomo.

Luego me quito la ropa y me derrumbo bocabajo en la cama.

Antes incluso de haberme acomodado del todo , el sueño me arrastra como una marea, llevándome hasta sus profundidades.

No sueño, pero sí que tengo la vaga sensación de estar entre unos brazos suaves, meciéndome levemente a un ritmo tranquilizador.

Me siento… segura. Al menos hasta que unos golpes en mi puerta me despiertan de golpe.

Contemplo el techo, parpadeando, y repaso mis heridas por mera costumbre.

Aún me duelen la cara y el tobillo de anoche, pero no tanto como esperaba. Todo lo demás sigue igual.

La clériga me espera. De su brazo cuelga un resplandeciente vestido plateado.

—Es la hora, campeona. Te quedan dos campanadas hasta que llegue la escolta al patio para llevarte al evento.

Tras la puerta del otro lado del pasillo hay un baño privado. Me quedo ahí plantada, contemplando la bañera y el lavabo durante tanto tiempo que es la clériga quien tiene que abrir los grifos. De ellos sale agua, agua caliente que humea . Aturdida, me acerco y pongo la mano bajo el chorro.

—Menudo lujo.

—A la campeona de la Luna no ha de faltarle nada. —Cuelga el vestido en un gancho cerca de la puerta y se mueve decidida por el baño. Vierte en el agua algo que crea burbujas y desprende un aroma floral que se expande por el reducido espacio. Alza un pequeño paño—. Si quieres que te lave…

Le quito el paño de la mano.

— Ya puedo yo.

Apenas pone objeciones; inclina la cabeza como si tratase con una princesa.

—Por favor, no te retrases. He preparado un pequeño refrigerio para que comas mientras te arreglo el cabello.

—Seré rápida.

Ahora que estoy despierta del todo, siento la atracción de la Luna.

Imagino que es poco más del mediodía, pero es obligatorio asistir a los eventos de la jornada.

No sé lo que le sucedería a un campeón que no se dejase caer por ellos — es algo que no llegó a suceder en las últimas Pruebas—, aunque no vale la pena que me arriesgue a ser eliminada, desde luego.

Me quito la ropa y me sumerjo en la bañera.

El calor me inunda el cuerpo , calmando dolencias de las que apenas era consciente.

Me llevo las rodillas al pecho e inspiro hondo varias veces.

No puedo distraerme. La fiesta de esta tarde será vital a la hora de recabar información.

Aunque Mouse no dejaba de acribillarme con datos sobre las noches, su consejo para los días era significativamente menos preciso: «No confíes en nadie. No hagas promesas. No forjes alianzas».

Anoche, los campeones nos esforzamos por matarnos entre nosotros y ahora la Corte Menor quiere que bailemos para su disfrute.

Quizá sea una muestra de poder, para recordarnos quién tiene realmente a Caelria en la palma de la mano, la verdad es que no lo sé.

Jamás habría pensado que preferiría el tormento más sencillo y sincero de vivir a la sombra de la muralla antes que esta fantasía bañada en oro.

Con otro suspiro, me afano en lavarme el cabello y el cuerpo. Cuando acabo, el agua sigue caliente, pero hago un esfuerzo por ponerme en pie en lugar de disfrutar de este calor tan recon fortante. En pocos instantes, estoy seca y llevo el vestido que me ha dado la clériga.

Frunzo el ceño.

—Tiene que haber más prendas. —La tela es fina y me queda tan ceñida que parece una segunda piel. Además, brilla mucho, lo cual parece una mala elección para una campeona cuya vida depende del sigilo. Abro la puerta de golpe—. Quiero ponerme otra cosa.

—No hay tiempo. — La clériga señala con un gesto la silla que he usado para sujetar la puerta mientras dormía. Ahora hay una mesita junto a ella, sobre la que descansa un plato con fruta fresca y dulces—. Por favor, siéntate. Tengo que peinarte.

Yo me encojo y me llevo las manos instintivamente hasta mis mechones mojados.

—No es necesario. Voy a hacerme una trenza para apartarme el cabello del rostro, como siempre hago.

Bastante extraño me resulta llevar la misma ropa de calidad que la gente que vive en la colina como para imitar sus peinados y maquillaje. Me parece que es ceder a algo que no consigo precisar del todo.

—Sí que es necesario, campeona. Las apariencias importan, tanto en las Pruebas como en la Corte Menor.

No hay tiempo para discutir y, a juzgar por la tensión de sus hombros, este tema parece ser importante.

Ella no ha hecho nada malo y es la clériga de la Luna.

De entre toda la gente que he conocido hasta ahora, es seguramente quien más se preocupa por mi bienestar.

Así pues, aprieto los dientes y dejo que me peine con sus delicados movimientos.

Juraría que tarda más que yo en bañarme, pero, justo cuando estoy a punto de apartarle las manos, da un paso atrás.

—Lista. —Me insta a ponerme en pie y coloca las manos en mis hombros para girarme hacia un alto espejo de elaborado marco de plata.

Casi no me reconozco. Estoy segura de que no me ha maquillado, pero mi piel resplandece como si la cubriese el mismísimo brillo de la Luna.

Mi pelo, liso y sedoso, cae en bucles por la es palda y, por increíble que parezca, ya está seco.

Y el vestido… es aún más glorioso de lo que me ha parecido en un primer momento.

Cae en cascada por mi cuerpo y reluce como si fuera líquido.

También tiene una abertura a cada lado que deja ver mis muslos al andar.

Me siento como la verdadera representante de la Luna, aunque tengo la impresión de estar desnuda y en realidad lo que quiero es esconderme en un agujero.

—No puedo llevar esto. —Acaricio la tela, consiguiendo que mis callos no la raspen a pesar de ser tan suave. Sí, puedo moverme, pero desde luego no es la armadura que necesito para mantenerme con vida—. Es demasiado. O muy poco. No sé, pero… ¿de verdad quieres que luche con esto puesto?

—Así debe ser. Eres la campeona de la Luna.

—¿Pero cómo voy a ser su campeona si ir así vestida me va a suponer la muerte? —Al menos, las botas no tienen tacón; eso sería pasarse de la raya. Están hechas de un cuero de buena calidad, flexible, que se adapta al pie y al gemelo, doblándose y moviéndose sin resistencia.

—Confía en la Luna —es lo único que dice ella.

Dado que mi ropa de anoche ha desaparecido, parece que no me queda alternativa.

Suelto una maldición en voz baja y la sigo escaleras arriba hacia la zona principal del templo.

Mis hoces es peran sobre la mesa, colocadas en una posición idéntica a como estaban cuando entré por primera vez en el edificio . Suelto un suspiro.

—Esas hoces resultan útiles y tal, pero no sirven de mucho contra los campeones que tienen armas de largo alcance.

—La Luna…

—Proveerá. Sí, no dejas de decirlo. Aún estoy esperando alguna prueba de ello, aparte de un vestido bonito y unos poderes con los que no puedo hacer gran cosa.

Ella me sonríe, imperturbable ante mi actitud de mierda.

—Une las empuñaduras.

—¿Qué?

—Las empuñaduras. — Hace un gesto con las manos para indicar qué es lo que quiere que haga.

Yo agarro las hoces y las junto por el mango. Siento un hormigueo en la palma de la mano y el metal se mueve. Todo sucede en apenas un parpadeo: las empuñaduras se acoplan y alargan hasta alcanzar la longitud de un báculo si se incluyen las hojas.

Suelto un silbido.

—Vaya truco.

—Como te decía…

—La Luna proveerá —digo distraídamente—.

Ya lo pillo. —M uevo mi nueva arma, la giro, dejando que mi magia le diga a mi cuerpo lo que tiene que hacer.

No es una espada, no, y no se puede usar como tal, pero me proporciona un alcance bastante mayor.

Algo podré hacer con esto. No sé si será suficiente en caso de que la Torre decida que se acabó eso de estar segura en su compañía, pero tampoco pretendo averiguarlo—. ¿ Cómo puedo revertir el cambio?

—Concéntrate. —La orden resulta confusa , pero lo que hago es sujetar el báculo y visualizar dos mitades. Al instante, este se parte en dos. No llego a ver cómo disminuyen ambos lados hasta alcanzar su tamaño normal, pues todo sucede con un destello sin que haya movimiento como tal.

—Interesante. —La transición es muy rápida , así que, si no voy con cuidado, podría acabar mat ándome—. Gracias.

—Que los hados te acompañen, campeona. —Su sonrisa tiene un aire agridulce mientras observa cómo engancho las hoces al arnés, que complementa a la perfección este elegante vestido.

Tiene incrustaciones de plata y parece de adorno, pero me queda igual de bien que el que llevaba anoche .

Además, tiene a los lados sendos huequitos, en los que puedo introducir las monedas de la Luna y de la Rueda de la Fortuna.

Con este vestido sigo siendo un rayo lunar andante, pero al menos voy armada.

Y, aunque durante el día se nos prohíba luchar y matarnos entre nosotros, el sol no tardará en ponerse, y no quiero que me pillen indefensa cuando eso suceda.

Por lo que sea, no creo que la Corte Menor vaya a dejarnos marchar tras los eventos con tiempo suficiente como para dispersarnos .

Esta noche tendrá lugar otra masacre. Y voy a esforzarme al máximo para no estar entre las víctimas.