Las Pruebas del Tarot Capítulo 7 #3
22%

Capítulo 7 #3

El muy cabrón sonríe. Es una sonrisa torcida; la comisura derecha de su boca está más alta que la izquierda . Esa sonrisa hace pedazos su belleza antinatural y, de pronto , lo veo como un humano , una estampa tan devastadora que me corta el aliento mucho más que la caída.

—Nos vemos esta noche, Luna.

Me deja atrás y se dirige a su templo, un edificio torcido el doble de alto que los demás que asciende en espiral hasta una punta que parece tan afilada que bien podría ser capaz de empalar a alguien.

A la luz del día veo que hay docenas de figuras talladas en su superficie, todas ellas gritando mientras caen hacia la muerte, al igual que las que están representadas en el estandarte. Qué alegre. Muy alegre , no cabe duda.

Va a suponer otro problema para esta noche.

Para mi sorpresa, descubro que mi templo no está vacío al entrar.

Una anciana menuda me espera. Tiene la piel tan pálida que es casi traslúcida y sus ojos y cabellos carecen de color.

Lleva una túnica que parece resplandecer levemente, o quizá sea blanca y refleje el brillo de las paredes y el techo. Al verme, sonríe.

—Lo has hecho bien.

Reconozco su voz al instante. Es quien me guio en la negociación con la Luna.

—Eras tú quien hablaba antes.

No me refiero a la voz en mi cabeza. Tengo más o menos claro que esa parte me la imaginé.

—Sí.

—¿Y por qué no te mostraste ante mí?

—Es la tradición. —Su expresión pacífica se turba un tanto—. Los clérigos no deben conocer a sus respectivos campeones hasta después del alba de las Pruebas.

Casi pregunto por qué, pero la amargura en su tono me indica que no es cosa suya.

Eso implica que lo ha decidido la Corte Menor, como tantos otros aspectos de las Pruebas del Tarot.

Me resulta muy extraño que estén tan involucrados en un proceso que no sirve a sus dioses , pero ¿qué sabré yo de política?

—¿Sabes por qué decidió la Luna no concederme poderes ofensivos? Yo pensaba que los dioses antiguos quieren darles a sus campeones todas las oportunidades posibles de ganar.

La clériga no altera su expresión.

—La Luna lo hace todo por un motivo. Ajusta tus planes según lo que te dé. —Esboza una dulce sonrisa y el rostro se le llena de arrugas—. O quizá lo que suceda sea que no has ahondado lo suficiente en tus dones.

Puede. Y puede que no. No voy a vivir tanto como para ahondar en mis dones si muero esta noche a causa de no tener poderes ofensivos. Sin embargo, en lugar de discutírselo —¿para qué ?—, miro en derredor . La estancia está básicamente igual que la primera vez que la vi.

—¿Dónde está la entrada al piso inferior?

La sorpresa llamea en sus ojos pálidos.

—¿Conoces la disposición del templo?

—Mi mentor conoció a la última campeona y me transmitió toda esa información.

Mouse no ha hecho otra cosa que repetirme que no he de contarle a la gente que la última campeona de la Luna era mi madre .

Casi nadie quiere aliarse conmigo, aunque yo quisiera, por la desgracia que sigue relacionada con el papel de campeona de la Luna.

Si descubren que llevo su sangre, podrían pasar de ignorarme a unirse para ir a por mí.

—¿La conociste?, a la última campeona de la Luna. —Tuvo que conocerla. Desde luego, parece lo bastante vieja como para haber vivido las últimas Pruebas, e incluso las anteriores.

Se cierra en banda.

—Está prohibido hablar de ella.

—La mencionaste ayer , cuando yo estaba esperando. —¿Pero acaso cuenta? Esas respuestas fueron profundamente insatisfactorias y genéricas.

La clériga se niega a mirarme a los ojos.

—No sabía si ibas a sobrevivir a la primera noche. Ahora que lo has hecho, hemos de avanzar y respetar las reglas.

Maldita sea.

—¿Por qué? — Pero claro que sé por qué. Por el mismo motivo por el que nadie compitió conmigo a la hora de convertirme en la campeona de la Luna.

Por el mismo motivo por el que, cla ramente, otros campeones no tienen la menor intención de incluirme en sus alianzas—.

Porque la acusaron de traición. Y se dice que sus poderes la volvieron loca.

—Inspiro hondo—. Puede que el resto de la ciudad se lo crea, pero estoy segura de que tú no.

Ayer dijiste que era la campeona perfecta.

¿Cómo va a ser la campeona perfecta habiendo hecho todo lo que dicen?

— Está prohibido hablar de ella.

—Estoy segura de que eso no se aplica aquí dentro, en el templo de la Luna.

La clériga alza una mano, como si pretendiese taparme la boca con ella, pero se detiene a medio camino. Cuando habla, su voz es tan baja que apenas la oigo.

—Aunque eso fuera así en el pasado, el alcance de la Corte Menor ha aumentado drásticamente desde las últimas Pruebas. Hablar de ella está prohibido , campeona de la Luna. No pienso ponerme en peligro violando esa regla, ni tampoco a ti.

Reprimo un suspiro. No he jugado bien mis cartas.

Debería haber esperado unos cuantos días hasta que hubiese cierta confianza entre las dos para abordar este tema.

Es que la posibilidad de encontrar algunas respuestas me resultaba demasiado seductora como para dejarla pasar.

En un esfuerzo por cambiar de tema, digo:

—¿Cómo te llamas?

—Las clérigas no tienen nombre. No para estos dioses. —Sonríe—. Por aquí. Te enseñaré tu habitación.