Capítulo 7
V esper se inclina sobre mí, ocultando la luz de la luna. Su hermoso rostro está bañado en sombras que no parecen amigables, ni por asomo, y empuña un bastón rematado por una esfera que parece de suficiente tamaño como para aplastarle la cabeza a alguien.
A mí , por ejemplo.
Sigo sin poder respirar, joder. No es la primera vez que me quedo sin aliento de un golpe, aunque jamás ha sido como ahora. No sé cómo, pero he aterrizado en la postura justa para quedar completamente indefensa. Cuesta creerlo. Cuando intento hablar, solo me sale un gemido ronco.
—En realidad resulta bastante inteligente —dice Vesper en tono despreocupado—.
Para todo hace falta equilibrio. Del mis mo modo que la Justicia necesita una balanza, cuando la Rue da de la Fortuna gira en una dirección, hay consecuencias en la otra.
—Vuelve a reírse—. Si yo tengo buena suerte, tú tienes mala suerte.
—Alza una mano y yo vuelvo a gemir—. Cuando digo «tú» no me refiero a ti específicamente, digo «tú» de un modo genérico. Vamos.
Me agarra del brazo y me pone en pie de un tirón.
Mis pulmones eligen este momento para volver a funcionar.
Me levanto a trompicones y echo mano de las hoces; lenta, condenadamente lenta.
A estas alturas, podría haberme matado una docena de veces.
Sin embargo, lo que hace Vesper es quedarse en el sitio contemplándome con una expresión divertida.
—¿Has terminado con eso de perder los nervios?
—Yo no he perdido los nervios —digo con voz áspera—. Estamos en medio de las Pruebas del Tarot. Quieres matarme.
—Hay cinco ganadores. Lo que quiero es una alianza.
— Aún deben morir catorce personas para que queden cinco ganadores.
Retrocedo unos pasos tambaleándome. Si lo que se rumorea sobre su magia es cierto, Vesper cuenta literalmente con la suerte de su lado.
La Muerte puede convertir cualquier corte insignificante en una herida mortal.
La Torre es capaz de desintegrar edificios enteros.
El Carro se vuelve casi invulnerable mientras está en movimiento.
Enfrentarme a los demás campeones ya sería todo un desafío aunque contase con magia ofensiva. Sin ella…, me siento sobrepasada.
—No confías en mí. Tiene sentido. —Vesper se endereza un poco y golpea los adoquines con el bastón .
Es entonces cuando me fijo en su atuendo.
Lleva unos pantalones holgados blancos y una camisa ajustada de color carmesí con un diseño extraño que no consigo definir, a pesar de mi visión nocturna recién adquirida.
Sin embargo, no es nada de eso lo que me hace alzar las cejas .
No, eso lo consiguen los pinchos que bro tan de las hombreras de plata que lleva.
Solo cuenta con protección en los hombros, típico de los Espadas.
—Sería una auténtica estupidez confiar en ti —digo.
—Ahora mismo no te quedan muchas opciones.
O confías en mí o confías en él . —Se abalanza hacia mí.
Desde luego, soy una estúpida, justo lo contrario a lo que acabo de decir, porque no echo mano de las hoces cuando Vesper me agarra de los hombros.
Me limito a contemplarle mientras me zarandea—. Muévete , Luna.
Un gruñido a mi espalda me saca de golpe de esta extraña conmoción.
Giro en redondo, al tiempo que Vesper afloja su agarre para permitir que me mueva sin soltarme, y veo que la Torre está a pocos metros de distancia.
Es hermoso, como se supone que son los dioses, demasiado perfecto para ser real, aunque hay algo siniestro en sus ojos oscuros, algo que no encaja con esos pómulos pronunciados y esa boca sensual que tiene.
La sangre que mancha su pálida piel no hace sino acentuar esa sensación ultraterrena.
Por mero instinto, miro más allá de él , en busca de la Muerte, pero parece que la Torre no tiene compañía.
Es un sabueso enviado para encargarse de dos campeones que se han acercado demasiado a la matanza .
Blande la espada, escrutando el suelo como si este pudiera traicionarlo, y ataca.
Se ve un destello de color púrpura y un guijarro bajo el pie izquierdo de la Torre hace que resbale y pierda el equilibrio. La suerte de Vesper de nuevo.
No puedo confiar en nadie. Tengo que pelear. Será mejor que la Torre muera esta noche, antes de que tenga oportunidad de acostumbrarse a sus poderes. No sé si puedo matarlo, pero huir no es una opción . Se limitaría a perseguirme y decapitarme, como ya ha hecho con la Emperatriz.
—Suéltame —espeto.
—Eso no sería buena idea —dice Vesper con voz tensa—. Aún tengo que acostumbrarme a estos poderes. No puedo garantizar que no vayas a tener mala suerte.
Mientras Vesper me siga agarrando, no puedo luchar . He entrenado mucho, pero no para ese tipo de pelea .
—Pues huye.
Arremeto contra la Torre sacando las hoces. Tras haber visto la lucha de antes, sé que es muy rápido, así que mi vida depende de serlo aún más .
—¡Queda poco para el alba! —Vesper se retira, pero dice con voz suave—: No permitas que te mate, Luna.
«Lo intentaré».
La Torre esquiva mi ataque moviéndose con mucho cuidado, como si no confiase en el suelo bajo sus pies.
—No deberías fiarte de la Rueda de la Fortuna.
Intento girar las hoces, que desprenden chispas al entrechocar. El tenue resplandor que titila sobre su rostro solo sirve para acentuar su belleza ultraterrena.
—Ah, ¿y debería confiar en ti ?
—No.
Me ataca sin previo aviso, sin nada que anuncie su movimiento, sin un solo músculo crispado que evidencie el ángulo de su embestida.
Solo mi velocidad impide que acabe con una espada ensartada en el muslo.
Retrocedo de un salto al tiempo que engancho la hoz a la punta de su espada y la aparto.
La primera vez que empuñé las hoces, me parecieron absurdamente grandes, pero puedo darme por jodida si he de enfrentarme a una espada larga en manos de un guerrero hábil.
La Torre apenas pierde inercia, sino que cambia el ángulo del ataque, obligándome a seguir retrocediendo.
Es más fuerte que yo y tiene más alcance, por lo que mi única esperanza es acercarme lo suficiente como para rajarle la pierna o la garganta con el filo dentado de una de las hoces.
Deberían ser capaces de cortar la carne con facilidad.
Sin embargo , cada vez que intento aproximarme, la Torre me obliga a recular.
Una vez y otra y otra tengo que mantenerme a la defensiva, esforzarme por desviar sus ataques.
Cuento con la velocidad de alguien que está acostumbrada a huir por su vida, pero no soy ni de lejos la persona mejor alimentada de la ciudad, cosa que se refleja tanto en mi fuerza como en mi resistencia.
Tras pocos minutos , me tiemblan los brazos y sudo tanto que me cuesta hasta ver.
Por segunda vez esta noche me pregunto si esta será la persona que me matará. Joder, yo que entré con tanta seguridad en las Pruebas. Si muero la primera noche…
«Noche».
Noto algo en lo más hondo de mi mente, la presión del alba inminente. Ha ido aumentando a medida que luchamos. Esta ba tan centrada en evitar los ataques de la Torre que no me he dado cuenta de lo intensa que se ha vuelto la sensación . Vesper tiene razón: el alba es inminente.
Pago el precio de esta distracción.
La Torre engancha con la espada una de mis hoces y me la arrebata con un giro de muñeca. El arma sale volando y repiquetea sobre el tejado. Intento detener su ataque con la segunda hoz, pero él se las arregla para repetir la maniobra, desarmándome.
Estoy a punto de girar en redondo y echar a correr, pero la idea de que me atraviese con la espada mientras huyo es demasiado insoportable.
Así pues, lo que hago es atraer las sombras hacia mí, con más instinto que intención.
Tengo que hacer algo. Voy a morir. Tengo que…
Un instante estoy oscilando sobre mis talones, lista para abalanzarme sobre la Torre, y al siguiente me encuentro a pocos centímetros de él.
Sus ojos se desorbitan. Yo sigo intentando procesar qué cojones ha pasado, pero él me propina un puñetazo en toda la cara.
Es como si un caballo me hubiese dado una coz en los dientes.
Caigo de espaldas — otra vez — y mi cerebro me grita que me ponga en movimiento, aunque mi cuerpo es incapaz de obedecer la orden.
La Torre avanza un paso y descarga con toda su fuerza la espada…
—¡Basta! —retumba una voz.
Él se gira en el último segundo y la espada cae al suelo lejos de nosotros con un repiqueteo.
Hinca una rodilla a causa de la fuerza del ataque frustrado y acaba prácticamente a horcajadas encima de mí.
Me clava una mirada hostil, como si yo hubiese hecho algo malo, mientras su pecho asciende y desciende con violencia, al igual que el mío.
¿Qué acaba de pasar?
Después de tres latidos de mi corazón al galope, consigo mo verme, aunque lo único que puedo hacer es girar la cabeza para ver quién ha hablado.
La Muerte se encuentra a poco más de un metro de nosotros, contemplándome.
Todos mis instintos me exigen que me quede inmóvil con la esperanza de que se vaya, pero prefiero morir antes que enfrentarme al asesino de mi madre tumbada de espaldas.
Aparto a la Torre de un empujón y ruedo sobre mí misma hasta ponerme en pie, dolorida.
Dioses, es que me duele todo. Ya no tengo las hoces, ni tampoco controlo bien mi magia y me tiembla el cuerpo entero a causa de la caída y la pelea.
Estoy más indefensa que nunca, pero , aunque no me quede nada más, no he perdido las agallas.
—Si prefieres luchar tú mismo contra mí, acabemos con esto.
La Muerte me estudia y, luego, centra su atención en la Torre.
—El alba es inminente.