Capítulo 6 #4
Las raíces que rodean los muslos de la Torre ascienden unos centímetros más, pero parece que los poderes de la Emperatriz no llegan a tanto.
Si estuvieran más cerca de los jardines, podría haber atrapado por completo a la Torre para que la campeona de los Amantes le rajara la garganta.
Sin embargo, la distancia juega en su contra.
Además, este tiene las manos libres, así que no es en absoluto inofensivo.
Desde el lugar donde estoy agazapada , me parece que la reticencia de la campeona de los Amantes a acercarse es bastante razonable.
—Hazlo, mátalo ya —espeta la Emperatriz.
La campeona de los Amantes se pone en movimiento como si la hubiesen aguijoneado y se abalanza sobre la Torre.
Es bastante rápida y está claro que sabe usar un cuchillo; jamás llegaré a saber si se ha entrenado o es un don de su dios.
La Torre se echa hacia atrás en el último instante, y esquiva con facilidad su ataque a pesar de tener las piernas inmovilizadas.
Deja caer la espada y la agarra de la muñeca.
Incluso desde aquí oigo el crujido del hueso al romperse y tengo que llevarme la mano a la boca para reprimir un gemido.
La Torre atrapa la daga en plena caída y se la hunde a la campeona de los Amantes en la garganta.
—Ya ha acabado.
Ojalá no tuviera que ver la dolorosa sorpresa en el rostro de la campeona de los Amantes, que retrocede a trompicones y se desploma mientras su sangre se mezcla con el tono carmesí de su vestido, pero no puedo apartar la mirada. Ha muerto antes incluso de caer al suelo.
El campeón de la Torre se tensa y la magia lo recorre con un estruendo que siento en el mismísimo centro de mi pecho.
Las raíces que lo inmovilizan se desvanecen y la piedra a sus pies se agrieta, convirtiéndose polvo.
Aun así, la oleada de poder no se detiene ahí, sino que avanza, dejando una estela de destrucción y derribando a la Emperatriz.
La Torre recoge la espada del suelo y cruza la distancia que los separa de un salto.
Basta un salvaje tajo para que la cabeza de la Emperatriz eche a rodar por los adoquines.
El campeón de la Torre empieza a girarse hacia la Muerte, pero una pálida magia azul lo envuelve antes de que lo consiga.
A diferencia de lo sucedido con la magia de la campeona de los Amantes, esta sí le afecta.
El campeón gruñe y cae de rodillas con un movimiento espasmódico, aunque consigue mantener la espada en ristre.
El Juicio se acerca con aire de intensa concentración.
—Si tu dolor no basta para paralizarte, habrá que recurrir a tu culpa.
—Gira el puño, haciendo que la Torre suelte un gemido, y chasquea la lengua—.
Tantas muertes sobre tus hombros… —baja la voz, pero aún puedo oírlo con claridad—, y todas son culpa tuya.
Ojalá hubieras estado ahí. Ojalá no hubieras sido tan egoísta.
—Egoísta —repite la Torre débilmente.
Cada vez más cerca , el Juicio enarbola una pica. Durante las últimas Pruebas, le gustaba clavársela en los ojos a la gente; una maniobra violenta que ha perfeccionado aún más desde que entró a formar parte de la Cinque.
—Increíblemente egoísta. —Ahora casi lo tiene a su alcance—. Estaría bien poder librarse al fin de la culpa. Yo puedo ayudarte. —Se detiene delante de la Torre y alza la pica—. No serás absuelto, pero dejarás de sentir dolor. —Y arremete con la pica con todas sus fuerzas.
Parpadeo, sin comprender del todo lo que estoy viendo. La pica se clava en el hombro de la Torre en lugar de en su ojo. Y el Juicio tiene una expresión extraña, de sorpresa, casi de dolor . Al bajar la vista, ve la espada de la Torre , que se ha hundido en su pecho justo debajo del costillar.
El campeón de la Torre se alza, levantando al Juicio consigo, y acto seguido desprende la hoja del cuerpo de este con la mano libre.
—El dolor es necesario —dice con suavidad. Su voz está tan vacía que me deja helada. No parece sentir nada en absoluto. El Juicio , el miembro más aterrador de la Cinque, ya libre de la espada, muere a sus pies.
La Torre acaba de asesinar a tres campeones en pocos minutos… y uno de ellos era el Juicio .
—Hostia puta —jadeo.
La Muerte alza la cabeza de golpe en mi dirección.
Yo me pego contra el invernadero, esforzándome por manifestar la invisibilidad que no he sido capaz de conjurar antes.
No lo consigo…, pero las sombras a mis pies y a mi espalda se vuelven densas y se desplazan hasta cubrirme, haciéndose más intensas a mi alrededor.
Tras un instante, la Muerte ladea levemente la cabeza.
—Lo has hecho bien.
La Torre se aparta de los cadáveres del suelo sin vacilación alguna.
—¿Entonces qué me dices, alianza?
—Con una condición. —La Muerte sigue contemplando el tejado en el que estoy agazapada, con los ojos entrecerrados y el cuerpo tenso.
Estoy casi segura de que no puede verme, pero tengo mis dudas, por lo que he de salir de aquí.
Retrocedo lentamente, todavía agachada, hasta situarme detrás del invernadero.
Sin embargo, no basta. Si sospechan que hay otra campeona espiando por aquí, me perseguirán y mis sueños se acabarán ahora mismo.
Cuando llego al borde del tejado, sopeso mis opciones.
La calle de abajo es lo bastante estrecha como para que pueda saltar por encima hasta el que hay enfrente, pero no resultará sencillo ni mucho menos tan sigiloso como me gustaría.
Tendré que c orrer como si me fuera la vida en ello, porque así será.
Retrocedo despacio, dándole las gracias a la Luna por mis pasos silenciosos, y echo a correr a toda velocidad hacia el precipicio mientras calculo la distancia de cabeza: a esta velocidad, me parece fácil de salvar.
O al menos así debería ser.
En realidad, al dar el último paso que me impulsa sobre la calle entre los edificios, el tejado cede inexplicablemente bajo mis pies.
No debería afectar a mi trayectoria, pero me tuerzo el tobillo.
Las rodillas me fallan y caigo a plomo desde el tejado de espaldas en el suelo.
Se me escapa todo el aire de los pulmones y hasta el último músculo de mi cuerpo se tensa.
Muevo la boca, intentando recuperar el aliento con todo mi cuerpo, pero fracaso.
—Lo siento —dice una voz familiar —. Es que aún le estoy pillando el tranquillo. —Se oye una risa musical—. Pero ahora te tengo justo donde quería .
Mierda. Estoy muerta.