Las Pruebas del Tarot Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Instintivamente se me van los ojos hacia la muralla.

Apenas se ve, tan solo una zona demasiado oscura que oculta las estrel las alrededor del límite de la ciudad.

Resulta imposible escapar a su enorme tamaño cuando se vive bajo su sombra, pero desde esta distancia resulta aún más desconcertante.

Ya sabía que no era una estructura uniforme que rodea la ciudad, pero esos tramos escarpados que se alzan al cielo parecen las costillas de una criatura gigantesca.

Me estremezco. Se puede confiar en que los dioses creen algo que proteja la ciudad, pero a buen seguro lo harán del modo más perturbador posible.

Me obligo a girar en redondo y examino los edificios que me rodean.

Estos tejados no están vacíos. Ya me lo esperaba, después de ver los depósitos de agua del Distrito de Bastos —en una ciudad amurallada, hasta el último centímetro cuenta y debe ser usado—, pero nada podría haberme preparado para la estampa que presentan las habitaciones hechas de vidrio que hay pulcramente repartidas sobre el tejado en el que estoy agazapada.

Me acerco a la más cercana y ahueco las manos en torno a mis ojos para intentar ver el interior con más claridad: más plantas, más verdor, más comida .

Retrocedo de golpe y miro alrededor. Si el jardín que acabo de atravesar ya me parecía extravagante, todo un derroche, resulta que hay más . Aunque sé que tengo que ponerme en marcha, no puedo evitar rodear esa estancia hasta encontrar una puer ta, por supuesto abierta, y entro.

Noto un intenso calor al instante . Fuera, la noche ha empezado a refrescar hasta alcanzar una temperatura agradable, pero aquí es mucho más alta. Paso la mano por la humedad que flota ante mí, medio convencida de que puedo atravesarla.

Todo está dispuesto pulcramente en hileras y estanterías.

Hay tantas plantas que casi las puedo saborear .

Y eso no es más que una de tantas pequeñas casas de vidrio; solo en este tejado hay tres.

Ahora comprendo qué es lo que estoy viendo, por qué tenían un aspecto tan extraño los tejados.

Todo el mundo tiene este tipo de estancias, no me cabe en la cabeza.

Suena un segundo grito, tan cerca que me agacho por instinto, cubriéndome la cabeza con los brazos.

Aunque sé que debería seguir corriendo y esconderme hasta el alba, cuando sea seguro regresar, necesito saber más.

Tengo que averiguar si toda la estrategia que mi madre le contó a Mouse y que este me grabó en el cerebro se basa en información anticuada, pues puede que tenga que cambiar de planes.

No sé cómo hacerlo, pero es un problema para mañana por la mañana.

El Distrito de Copas —y parece que todos los distritos de la Corte Menor— tiene más comida de la que necesita, mientras que los míos y yo nos morimos de hambre cada maldito día.

Ya me enfadaré por ello cuando pueda cambiar la situación como miembro de la Cinque. Hasta entonces, tengo que sobrevivir.

Salgo por la puerta, dando las gracias por estos goznes bien engrasados, y me dirijo con cautela en dirección al grito.

El tos c o tejado que tengo bajo mis pies no emite ningún sonido a pe sar de que todo indica que debería hacerlo: sin duda, se trata de otro de los dones de la Luna; al menos, este resulta útil.

Me pego al invernadero más cercano al borde del tejado y me acomodo para contemplar la lucha que se desarrolla en la calle.

Hay un cadáver en el suelo, cuya sangre resplandece bajo la tenue luz de la luna.

Lo contemplo con el ceño fruncido, in tentando averiguar cuál de los campeones ha caído, pero es un misterio que tendré que resolver más tarde.

Cinco campeones se enfrentan entre sí. Reconozco al instante a la Muerte y al Juicio, aunque ahora no parecen ser del mismo bando.

Quienes están al lado del Juicio son la campeona de los Amantes y de la Emperatriz.

Junto a la Muerte se encuentra la Torre, un hombre alto de cabello negro corto, complexión fuerte y piel pálida como la luna.

¿Se habrán aliado ? La posibilidad me hiela por dentro.

Durante las últimas Pruebas, la Torre fue la última en caer.

Los otros cinco campeones supervivientes tuvieron que unir sus fuerzas para acabar con ella.

El Juicio abre bien los brazos y esboza una lenta sonrisa.

—Hace mucho tiempo que espero la oportunidad de matarte, Muerte. Tu culpa será para mí un auténtico festín.

—Tendrás que esperar un poco más para saborearla. —La Muerte ni siquiera ha desenvainado la espada. Mira a la Torre—. ¿Quieres aliarte conmigo? Mátalos.

Así pues, aún no han forjado ninguna alianza, solo es una prueba.

Supongo que es una buena manera de eliminar oponentes.

Puede que la Torre mate a los tres o que consiga acabar con uno o dos antes de que el Juicio lo mate.

El caso es que habrá menos campeones en pie cuando salga el sol.

La Muerte tiene suficiente poder como para vencer a los demás si la Torre cae, por lo que, con independencia de cómo acabe esta pelea, saldrá ganando.

El Juicio señala con el mentón a la campeona de la Emperatriz y a la de los Amantes.

— Tal y como hablamos: juntos.

Las dos mujeres bien podrían ser hermanas.

Son pálidas y altas, de larga cabellera castaña recogida en sendas trenzas casi idénticas.

La única diferencia es su atuendo: la campeona de los Amantes viste los colores de los Espadas, un vestido de un intenso tono carmesí con aberturas hasta las caderas por las que se ven los ajustados pantalones blancos que lleva debajo.

La Emperatriz, por su parte, pertenece a los Pentáculos y lleva una casaca verde de manga larga, poco práctica, y pantalones marrones remetidos por unas botas funcionales.

Ninguna de las dos lleva metal alguno, así que, si son miembros de estas cortes respectivas, deben de ser de rango bajo.

El atuendo que me han dado a mí representa inconfundiblemente a la Luna.

¿Por qué a ellas se les ha concedido la posibilidad de lucir los colores de sus respectivas Cortes Menores?

Yo sabía que habría alianzas de ese tipo, todo el mundo está al tanto de la relación de la Estrella con los Copas, pero no esperaba ver una señal tan clara en las prendas de otros campeones.

Si sobreviven a esta noche, cabe la posibilidad de que las cortes con las que están aliadas les otorguen alguna ventaja.

Yo pensaba que va contra las normas, pero está claro que no lo sé todo sobre las Pruebas.

Otro problema al que enfrentarse si sobrevivo a esta noche.

Lo añadiré a mi lista cada vez más grande de problemas.

La campeona de los Amantes y la de la Emperatriz se desplazan cada una a un extremo de la calle, en un claro intento de atacar a la Torre por los flancos. Este, por su parte, desenvaina su espada. No habla ni se abalanza sobre sus oponentes para terminar cuanto antes la lucha. Se limita a… esperar.

La campeona de los Amantes aprieta los labios, concentrada, y un intenso color rojo empieza a irradiar de su cuerpo.

En un primer momento es tan sutil que casi estoy segura de estar imaginándomelo.

Sin embargo, al cabo de unos segundos, está claro que se trata de su magia.

No sé cuál era la magia del último campeón de los Amantes, porque fue eliminado durante la primera noche y mi madre nunca lo vio luchar.

Esta magia se parece a la que el Juicio invocó durante la Criba, por lo que quizá sea mental, no física.

La Torre se gira hacia ella y empieza a emitir el mismo resplandor rojizo al tiempo que coloca la espada en posición defensiva a fin de proteger su cuerpo. Da un paso hacia la campeona de los Amantes con expresión firme.

Esta, por su parte, muestra un gesto de horror y se lleva una mano al pecho.

—¿Cómo… cómo puedes vivir así? Duele demasiado. —Incluso desde aquí veo que se estremece —. No… —Carraspea mientras le corren lágrimas por su hermoso rostro —. No hace falta que sufras tanto. Deja que te dé algo de paz.

—Este sufrimiento es mío.

La Torre se abalanza sobre ella. Cruza la distancia que los separa y le lanza un tajo a la cabeza con ese puto espadón. La campeona de los Amantes lo contempla con los ojos desorbitados, sin ninguna posibilidad de reaccionar a tiempo para salvarse.

Sin embargo, la Torre no llega a tocarla.

En pleno ataque, varias raíces brotan de entre los adoquines bajo sus pies, haciendo que trastabille.

Y, si bien luego recupera el equilibrio, ya es tarde.

Las raíces le han rodeado las piernas hasta los muslos, inmovilizándolo.

Le basta un rápido vistazo a la Emperatriz para comprender que ella es la culpable.

La campeona tiene las manos extendidas y el rostro bañado en sudor.

El jardín no queda cerca de aquí, así que debe de haberse esforzado al máximo para traer las raíces hasta este punto.

—Mátalo —jadea—, rápido.

La campeona de los Amantes saca un cuchillo y, sin dejar de llorar, se acerca a la Torre.

—Todo habrá acabado enseguida.

No quiero apartar la mirada, pero me parece increíble que tanto el Juicio como la Muerte estén plantados detrás de sus respectivos aliados y dejen que esta pelea tenga lugar sin interferir.

¿Cuál es su objetivo aquí, cribar a los débiles?

, ¿quizá poner a prueba a los demás campeones para asegurarse de que son dignos?

Podrían meterse en liza ahora mismo y matarlos a los tres, y sin embargo ninguno de los dos se mueve.

Yo estaba convencida de que los miembros de la Cinque volverían a establecer una alianza para sobrevivir a las Pruebas, pero, teniendo en cuenta lo que ha dicho el Juicio antes, está clara la animadversión que se profesan, incluso odio.

Eso sí que no me lo esperaba. Quizá pueda aprovecharlo para obtener respuestas sobre mi madre.