Capítulo 6
E l ocaso, cuando llega, se extiende como el frío de la noche en pleno invierno.
En un primer momento solo hay una advertencia, un leve indicio de que se está colando por las grietas de las paredes y el hueco bajo la puerta.
Y, de repente, estás temblando y estremeciéndote, a punto de perder el poco calor corporal que has conseguido acumular.
Así eran las noches en las que yo no me atrevía a dormir por miedo a que alguno de los pequeños rodase fuera de la pila de mantas en la que nos arrebujábamos.
Quedarse solo en medio de la oscura noche de invierno implica la muerte.
La única diferencia entre aquella época y ahora es que la energía cambiante dentro del templo no duele, sino que hormiguea sobre mi piel con la promesa de algo más, algo inminente .
Magia .
Racionalmente sabía que era real, pero experimentarla al fin …
Muevo los dedos en busca de más sensaciones y me pongo poco a poco en pie, pues mis piernas llevan tanto tiempo en la misma postura que me resulta extraño estirarme por completo ahora mismo.
Tardo unos cuantos segundos en percatarme de lo que ha cambiado: las paredes, el suelo y el techo desprenden un levísimo resplandor, como si estuviéramos en la primera noche tras la luna nueva.
Solo de pensarlo, el resplandor aumenta.
—Ha llegado la hora. —Una vez más, la voz parece proceder de todas partes y ninguna —. Da un paso al frente y acepta la her mosa carga de convertirte en la campeona de la Luna.
«Hermosa carga» es, desde luego, un modo de describirlo. Me adelanto, aunque la confusión ralentiza mis pasos. Mi madre le contó a Mouse tanto sobre las Pruebas como fue capaz, pero en cuanto a lo que sucedió en el templo se limitó a decir que hubo un trueque.
—¿Cómo se supone que tengo que aceptarla?
—El altar. —La voz es poco más que un susurro—. Una gota de sangre y la promesa de sellar el pacto. Poder a cambio de tu ofrenda.
Ah.
—Ya veo. —Es un trato, comprendo. El mundo funciona a base de tratos. Entra dentro de lo razonable que los arcanos mayores no entreguen su poder a cambio de nada. Sería demasiado bueno para ser verdad. Sería una mentira.
Me aproximo al altar sin vacilación y saco la pequeña daga que llevo en un bolsillo cosido en el interior de mis pantalones.
Quizá fuese más adecuado usar una de las hoces, pero son tan grandes que me preocupa cercenarme una mano en lugar de hacerme un pequeño corte para entregar la cantidad apropiada de sangre.
El altar en sí mismo parece una versión más pequeña de la cavidad donde estaba sentada.
Es un trozo redondo de piedra que resulta hermoso en su sencillez.
Ahora las hoces descansan a cada lado de un hoyo del tamaño de un cuenco en su centro.
No las he visto moverse, y tampoco ha entrado o salido nadie de esta estancia desde que llegué. Interesante.
—Sí, me queda claro. —Me doy un tajo en el interior del antebrazo con la daga y lo sostengo sobre el altar—.
Le ofrezco mi sangre a la Luna. —Contemplo cómo gotea la sangre en el cuenco, pero no hago ademán alguno de apartar el brazo—.
No tengo mucho aparte de ambición, fuerza y voluntad; pero todo ello te lo ofrezco.
El miedo me recorre, una advertencia de que esto no son meras palabras. Esta promesa tiene importancia .
«Pues adelante», pienso fieramente. O bien muero en las Pruebas , o bien vivo lo suficiente como para verme aplastada por el peso de mi juramento. Que así sea.
—Lo ofrezco todo —digo entre dientes.
—Niña necia. —Hay ternura en la voz, aunque esta se endurezca al pronunciar la última palabra —. Será la Luna quien decida si es suficiente.
—Hace mucho tiempo que no soy una niña. —Inspiro hondo—. Sí que será suficiente. —Tiene que serlo.
En las alturas, el brillo del techo abovedado aumenta; cada vez es más intenso, tanto que me veo obligada a entrecerrar los ojos. El gesto no sirve para protegerme del dolor. El resplandor se mete bajo mis párpados, se adentra hasta mis huesos, mi sangre , mi mismísima alma.
Me duele . Me veo abierta, rota, rasgada la piel, quebrados los huesos.
Todas las partes rojas y blandas de mi interior intentan zafarse de la sensación, y fracasan.
Algo me presiona por dentro, algo demasiado grande como para que lo abarque mi frágil piel humana.
¿De verdad pensaba que las noches de invierno eran frías?
No pueden compararse con esto. Hasta ahora no sabía que el frío puede quemar.
Si aún tuviera pulmones, gritaría. Quizá esté gritando .
Quizá esté sencillamente congelada en este perfecto momento de agonía y remordimiento.
Los humanos no están hechos para tratar con los dioses.
Y, de forma tan brusca como me he visto rota en mil pedazos, me vuelvo a recomponer, latido a latido, siguiendo el ritmo frenético de mi corazón desbocado.
Los huesos vuelven a su posición acostumbrada.
La piel queda recogida con hábiles pespuntes.
Incluso el calor regresa a oleadas…, oleadas que, como comprendo demasiado tarde, son mis propios jadeos, tan rápidos que apenas tengo oportunidad de exhalar entre ellos.
Todo el proceso dura una eternidad. Dura un suspiro.
Cuando abro los ojos, estoy tumbada de espaldas en medio de la estancia con una hoz en cada mano. Las aprieto con mis puños doloridos al tiempo que vuelvo a tomar conciencia de mi cuerpo y compruebo si está dispuesto a obedecer la orden de mi cerebro para que se incorpore.
Siento un dolor palpitante en los músculos, como si me hubiese pasado todo el día trepando por los tejados de los Sedimentos, saltando por los huecos entre los edificios o agazapada en la misma postura hasta que mi cuerpo grita, a la espera de que aparezca mi marca.
Alzo el brazo donde me he dado el tajo, sin creerme del todo que no he sufrido algún daño irreparable, pero tengo la piel lisa, inmaculada…
y limpia. Rápidamente repaso todo mi cuerpo y veo que este es el estado general.
Tengo hasta los cabellos lava dos, densos y algo ondulados, cosa que rara vez he llegado a experimentar.
Me paso los dedos por el pelo con delicadeza, preguntándome cuándo se me habrá soltado la trenza que siempre llevo.
Pues sí, magia .
«Buena caza, hija», susurra una voz. Suena diferente de la voz que he oído antes. Suena como si estuviera en mi mente .
—¿Luna? —pregunto vacilante.
No hay respuesta. Quizá la haya imaginado. Pero no hay ningún truco que pudiese llevar a cabo un clérigo para hablar dentro de mi mente. No es el tipo de magia que tenga nadie en Caelria. Suspiro y ruedo los hombros.
Las hoces no son mi arma favorita; de hecho, no son armas.
Una daga es más útil, más fácil de esconder.
Resulta más sencillo atacar con ella y escabullirse.
Pero las hoces no se le escaparán a nadie, no es que pasen inadvertidas.
Pruebo a girarlas en las manos. Aunque no debería sentirme acostumbrada a llevarlas, me resultan inexplicablemente familiares, como si me hubiese pasado toda una vida entrenando con ellas. ¿Será un regalo de la Luna?
Me giro hacia la entrada, pero compruebo que está sellada.
El suelo cambia bajo mis pies, la luz se dispersa y vuelve a concentrarse, formando una senda que se adentra en las tinieblas del templo.
Antes, cuando exploraba el interior, he examinado todo el espacio, por lo que no debería haber sombras aquí, y desde luego ninguna tan profunda como para esconder la puerta que descubro al seguir la senda de luz hasta la parte trasera del templo.
Hay ropa colgada junto a la puerta, de tela negra elástica que parece repeler tanto la luz como la atención.
Es suave, lisa y cara . Me desvisto rápidamente y me la pongo.
Los pantalones y la camisa me quedan ajustados, dejando poco a la imaginación, pero así no hay nada a lo que un oponente pueda agarrarse ni con lo que pueda engancharme.
Compruebo que estas prendas ceden y me permiten moverme sin trabas.
Incluso tiene un bolsillito que casi parece diseñado para las monedas que me dio Mara.
Aun que peque de sentimental, no quiero dejarlas aquí.
Del siguiente gancho cuelga un arnés de espalda. Lo cojo y me lo abrocho a la cintura. Tras un par de pruebas, descubro cómo envainar las hoces y desenvainarlas sin rajarme. Una vez más, es un movimiento que se me antoja familiar, aunque no debería ser así.
Me tomo unos segundos más para volver a trenzarme el pelo, para que tampoco puedan agarrarme de él. Miro en derredor, pero no hay nada que ver. ¿Qué iba a haber?
Los dioses llevan ausentes de Caelria desde más tiempo de lo que abarca la memoria colectiva.
No hay pruebas de que la voz de mi mente sea de verdad la Luna.
Es bastante más probable que se trate de un efecto colateral del influjo de la magia.
Aun así, la voz ha dejado claro que acepta mi oferta. Daño no hará ser educada. Por si acaso.
—Ah…, y gracias. Seas quien seas. — No hay respuesta, pero tampoco esperaba que la hubiera.
Y, ahora, veamos si funciona esa magia de verdad .
Alargo la mano y me concentro, tal y como intentó explicarme Mouse.
Focalizo mi atención en el espacio de la palma de mi mano e intento, a fuerza de voluntad, que la magia de la Luna se acumule en ella.
Esta será mi arma principal, al igual que fue la de mi madre durante el tiempo que pasó como campeona de la Luna.
Una oleada de sombra que se lo trague todo en su camino, incluso a la Muerte.
Cierro los ojos y me concentro aún más, intentando que la energía se acumule en mis manos.
No pasa nada. Nada excepto que se me está despertando un dolor de cabeza justo entre los ojos.
—¿Pero qué cojones…?