Las Pruebas del Tarot Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Se gira hacia el Carro y le dice algo que hace que este se vuelva hacia mí. Si la mirada de la Estrella es como el zumbido de un mosquito, la del Carro es como verse sumergida en hielo: fría y peligrosa.

Huyo. Por suerte, bajo el arco del templo de la Luna se está fresco.

Me acomodo en un hueco para dar cuenta de la comida que me he llevado.

La carne —creo que es ternera— está tan tierna que prácticamente se me deshace en la boca.

La ternera es muy escasa en los Sedimentos.

Cuando conseguimos echar mano de algo parecido, es más bien cecina, conservada para durar una eternidad.

Conozco a mucha gente que ha perdido un diente al morderla.

En Caelria no tenemos tierras de pastoreo, así que hay que importar toda la carne por el río desde Grexium, lo que implica que es muy cara .

Esto es lo que come la Corte Menor mientras mis pequeños se mueren de hambre.

La idea me hace bajar el ritmo. Doy un mordisco cauteloso al pan y casi se me escapa un gemido por lo blando y caliente que está.

Mi estómago amenaza con sufrir un espasmo con apenas un bocado, así que, a regañadientes, me meto el resto de la rebanada bajo el brazo para comérmela luego.

El tiempo sigue avanzando y nadie me garantiza que vayamos a disfrutar de otro festín antes de que empiece la matanza.

Echo una última mirada por el patio y veo a varios de los campeones…

, incluyendo a Vesper, quien sin duda habrá disfrutado de un copioso desayuno antes de presentarse a campeone de la Rueda de la Fortuna.

Todos entran en sus respectivos templos, desapareciendo entre las sombras del interior.

No hay motivo para perder más tiempo. No me dejo llevar por los nervios.

Me limito a atravesar el arco e internarme entre las sombras del templo.

Freno en seco casi de inmediato. Me quedo inmóvil mien tras espero a que se me acostumbre la vista. No hay luz alguna en este espacio tan pequeño. Ni siquiera el Sol de media tarde es capaz de penetrar las sombras.

—Interesante.

La estancia es esférica, a pesar de que el templo es cuadrado por fuera.

Las paredes son curvas y forman una gran cúpula, con una línea de separación en lo alto, como si pudiesen abrirse.

Lo único apreciable en este espacio vacío es una pequeña cavidad circular en el centro y, en el lado contrario al arco, una mesa redonda, un altar, sobre el que descansan dos hoces cruzadas.

Me acerco y las examino. No se parecen a las hoces que estoy acostumbrada a ver en la ciudad, hechas de metal importado de las minas de Perfodia y forjadas por herreros Diamante que luego se envían al este, a Grexium.

Estas hojas tienen una curva más pronunciada que las que se usan para la cosecha y un filo ligeramente dentado que hace que se me contraigan los músculos y sienta el impulso de proteger mis órganos vitales.

—Aún queda tiempo hasta la puesta de sol. —La voz parece provenir de todas partes y de ninguna. Habla con tono firme y casi apacible—. Mientras tanto, puedes descansar aquí tanto como desees, Kestrel.

Con un sobresalto, me giro deprisa . No hay nadie. Al menos nadie a quien pueda ver.

—¿Me conoces?

—La Luna ha contemplado tus actos bajo s u luz… y su oscuridad.

Eso no es ninguna respuesta, pero aun así se me crispa el vello de la nuca, así que me la restriego.

Probablemente haya algún clérigo bastante teatral escondido en un rincón.

Echo un vistazo por todo el espacio y no veo a nadie, aunque eso no significa nada.

Mi madre le contó al Mouse que hay estancias bajo el templo principal.

Está claro que aquí hay más de lo que se ve a primera vista.

No me apetece mucho salir otra vez bajo el implacable s ol y tener que enfrentarme a las miradas de la gente a la que pretendo asesinar en cuanto den comienzo las Pruebas, así que me acerco al centro de la habitación y me siento en la cavidad, con las piernas cruzadas y el pan en el regazo.

Aquí se está bien. Todo el lugar está polvoriento, sí.

Sucio, también. Pero, con cada inspiración profunda que doy, una suave paz se va adueñando poco a poco de mí.

—Estoy aquí. —Inspiro. Exhalo—. Lo he conseguido.

La verdadera prueba comenzará pronto, pero me tomo un instante para estudiar el templo.

Es la primera vez que me encuentro en un espacio que haya ocupado también mi madre, al menos desde que yo no era más que un bebé en sus brazos.

Antes de las Pruebas vivíamos en una parte distinta de los Sedimentos, junto a la muralla oriental de la ciudad, al lado del Distrito del Rubí.

Tras su muerte, Mouse nos trasladó al oeste, pues le preocupaba que la traición que mancillaba su recuerdo implicase que los Bastos fueran a por cualquiera que hubiese tenido relación con ella.

No hay rastro alguno de mi madre aquí, pero aun así me siento más cerca de ella.

Quizá se sentara en este mismo luga r a la espera de la puesta de sol mientras soñaba con una Caelria mejor, más justa.

Una ciudad en la que pudiese crecer su hija, segura y con las mismas oportunidades que los demás niños de los distritos gremiales.

Con la posibilidad para determinar su propio destino, en lugar de verse obligada a cometer actos cada vez más desesperados para mantenerse a salvo a sí misma y a la familia que le quedaba.

«¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué lo arriesgaste todo para morir?

». Da igual cómo formule la pregunta, da igual cuántas veces haya sacado el tema, Mouse jamás me ha dado una respuesta.

Con el paso de los años me di cuenta de que era mejor dejar de preguntar, aunque fuera para evitar la expresión atormentada que mostraba cada vez que sacaba el tema.

Mouse, que tiene respuestas para todo, no tenía ninguna para la pregunta que más me importaba: ¿por qué?

Pensar en mi madre es como relajar un músculo que tengo contraído siempre. Me he esforzado por llegar a este punto, a esta lucha, desde el momento en que murió, por encontrar respuestas sobre la extraña cuya sombra envuelve todos y cada uno de los instantes de mi vida.

Cuando Mouse se presta a hablar de mi madre como persona en lugar de como campeona, lo hace como un padre contando un cuento de hadas entre susurros.

Mi madre era fuerte, hermosa, amable. Cuando yo era pequeña, esas historias me daban consuelo.

A medida que iba creciendo, sobre todo en los años en los que no me sentía a gusto en mi propia piel, no podía evitar imaginar a aquella mujer perfecta a cuya altura yo nunca estaría.

Cuando llegué a la madurez, me di cuenta de que mi madre no era perfecta, que Mouse me presentaba una versión exagerada de ella en un intento de mantener viva su memoria.

La muerte tiene la virtud de borrar todo lo malo y dejar lo bueno, por más injusto que resulte eso para quienes siguen con vida.

—¿Cómo era la última campeona de la Luna?

No pretendía formular esa pregunta. De verdad que no.

La voz guarda silencio durante tanto tiempo que supongo que no va a contestar. Sin embargo, cuando habla, capto un poso de cariño bajo esa plácida calma.

—Era la mejor de todos los campeones. Sagaz e implacable, leal y violenta. Fue una buena elección.

Trago saliva para reprimir la decepción.

—Esas palabras no significan nada. —Bien podría haberlas pronunciado el propio Mouse. «Era fuerte, hermosa, amable»—. Cuéntame algo que sea real.

Esta vez, la pausa dura más tiempo aún y la réplica es más lenta.

—No tengo las respuestas que buscas. Nadie de entre los vivos las tiene.

¿Qué otra cosa se podía esperar ? Esta voz desconocida no me iba a decir que mi madre me quería, que le costó dejar atrás a su bebé por su ambición… o su desesperación. ¿De verdad era leal? ¿Leal a quién ?

—Tienes razón. Ni tú ni nadie tiene respuestas.

Tengo demasiadas preguntas que jamás obtendrán respuesta.

Jamás sabré si me quería, con independencia de lo que diga Mouse.

Quizá sí, pero lo cierto es que ella valoró su sueño de conseguir una vida mejor para muchos por encima de mantenerse a salvo para ser mi madre.

A ojos de Mouse, eso la convierte en una heroína, una mártir.

A mí nadie me preguntó si prefería a una mártir o a una madre.

Nadie pareció pensar en mí en absoluto. Desde luego, no mi madre.

Mi madre lucho, mató y, supuestamente, usó sus nuevos poderes para cometer traición.

Y tampoco mi padre, desconocido y ausente durante todos estos años.

Ni siquiera Mouse, que se ha pasado toda mi vida entrenándome para ocupar el lugar de mi madre.

Nadie se ha preguntado jamás lo que yo quiero. Inspiro y cierro los ojos.

Quiero respuestas sobre mi madre.

Quiero que mis seres queridos estén a salvo, que sean felices, que estén sanos.

Quiero el poder para hacer realidad esos deseos.

He repetido tantas veces este mantra durante los últimos veintidós años que casi parece una piedra erosionada a base de preocupación. Por fin, por fin , tengo a mano las respuestas que me he pasado toda la vida buscando. Y pienso encontrarlas. Sin importar lo que me cueste.