Capítulo 5 #2
Odio estar de acuerdo con este tipo en cualquier cosa, pero tiene razón.
Incluso crecer dentro de los límites de la influencia del Carro es diferente a hacerlo en la Corte Menor.
He visto cómo es el llamado «territorio» del Juicio: un complejo amurallado en el que abundan sus esbirros.
Abarca una manzana entera de la ciudad, lo cual resulta demencialmente enorme para alguien que ha compartido durante toda su vida un diminuto dormitorio.
Y, sin embargo, no se acerca ni de lejos al tamaño del hogar de Vesper.
Según me dijo Mouse, a todos los miembros de la Cinque se les concede un terreno similar para que hagan lo que les apetezca en él, pequeñas islas en medio de los distritos de los gremios.
—Todo no. —Vesper aprieta los labios—. Además, he entrenado.
—Qué monería . Yo he matado. —Cato me mira de reojo y, por más odio instintivo que siento hacia él, hay cierta conexión entre ambos.
Los dos hemos luchado en batallas a vida o muer te.
Yo nunca he matado a nadie, pero solo porque en su momento he tenido otras opciones.
Él asiente —. Apostaría a que la Luna también tiene las manos manchadas de sangre, al igual que la mayoría de los campeones. Esto te viene grande, Espada.
Antes de que la tensión en el carruaje tenga oportunidad de explotar, pasamos por encima de un puente y nos detenemos.
Soy la primera en salir por la puerta, pues no me interesa quedarme a ver si Vesper cede al impulso de atacar a Cato.
El Sol le ha dado la vuelta a la situación con bastante elegancia y, por más satisfactorio que haya sido presenciarlo, el hecho es que no importa, al menos hasta que comiencen las Pruebas.
Me echo a un lado y me tomo mi tiempo para contemplar este patio circular.
Ya he oído hablar de este lugar. Todos han oído hablar de este lugar; es el único emplazamiento de la ciudad que tiene templos dedicados a los veintidós arcanos mayores.
Resulta extraño que todos se hayan ubicado en esta isla en medio del Distrito de Copas, en vez de en alguna parte más accesible para el resto de la población.
Casi ninguno de los caelrianos quiere o puede ascender la colina para visitar a los dioses y los Copas adoran a los elementos primordiales, así que no pueden darles ningún uso a estos edificios dedicados a los dioses antiguos.
A decir verdad, si los elementos primordiales no estuviesen tan fuertemente vinculados a la Corte Menor, entendería su atractivo.
Los elementos son algo que la gente puede ver y tocar.
Sin aire que respirar, nos morimos. Sin fuego para protegernos del frío en las noches de invierno, nos morimos.
Sin agua con la que aplacar la sed, nos morimos.
Sin los frutos que da la tierra en forma de plantas y animales, nos morimos.
Resulta hermoso en su simplicidad…, pero los elementos primordiales no son nuestros dioses.
Giro lentamente en círculo. Nos encontramos en una pequeña isla en medio del río Saevus.
No veo el agua, pero la oigo mucho más abajo, un temible estruendo que me pone la piel de gallina.
He pasado algún tiempo contemplando la bahía y, en una ocasión, fui más allá de la muralla en un estúpido intento de escapar de la ciudad.
Sin embargo, hay algo extraño y por completo antinatural en el constante movimiento del río, sobre todo para alguien que ha pasado toda su vida confinada entre el suelo bajo sus pies y la piedra que se alza hasta las alturas a su espalda.
Para distraerme, me centro en los veintidós edificios que r odean el patio.
Son extravagantes, de un modo casi ultraterreno…
, aunque no son particularmente grandes.
Sobrevuelo con la mirada las escenas íntimas talladas en el templo de los Amantes, la estilizada rama del árbol que brota del templo del Colgado, la es cabrosidad del templo del Diablo…
hasta aterrizar en el templo de la Luna.
No debería sorprenderme que los templos se encuentren limpios y parezcan en buen estado, pues se rumorea que fueron los primeros que se erigieron en honor a los dioses y que datan de la fundación de Caelria.
Se supone que son tan antiguos como la propia muralla, aunque no hay duda de que los construyeron manos humanas, no la fuerza de la naturaleza.
La mera impronta de su edad me cala hasta los huesos.
Me alejo de todos los que hay repartidos por el patio y me dirijo al templo de la Luna.
A mi templo. Al antiguo templo de mi madre.
Al igual que los otros, está hecho de piedra blanca.
A diferencia de los otros, no hay florituras bañadas en oro ni colores.
Si bien es austero, resulta agradable, aunque la falta de extravagancia crea una imagen espectral en las tallas del arco de entrada.
Las contemplo un largo instante y, al cabo, comprendo.
No son árboles. Representan un río embravecido.
Por encima, el ciclo de la Luna aparece en toda su gloria, de nueva a creciente, luego a llena y vuelta a empezar. Como en la moneda que me dio Mara.
Doy un paso hacia la entrada ensombrecida, pero una voz me frena en seco:
—¡Bienvenidos, campeones!
Me giro a medias y veo a un Copa plantado en mitad del patio.
Lleva un anillo de cobre en el pulgar derecho.
Es más alto que la mayoría de los campeones, tiene la piel canela, los hombros anchos y una mata de rizos oscuros recogida con una banda de tela de tono cobrizo.
Lleva una túnica holgada de color azul marino y turquesa de factura engañosamente sencilla.
Quizá sea seda; desde luego, se mueve como si fuera agua.
El Copa nos muestra una amable sonrisa radiante.
— Aunque estoy seguro de que todos conocéis las reglas de las Pruebas del Tarot, espero que me permitáis recordároslas. Podéis entrar y salir a placer de vuestros respectivos templos, pero, por favor, no entréis en aquellos dedicados a otros dioses, pues a estos… no les complacen los allanamientos.
La advertencia despierta mi curiosidad. ¿Qué sucedería si un campeón entrase en un templo que no es el suyo?
Yo suponía que la Corte Menor habría dispuesto guardianes por la isla para asegurarse de que se cumplen las reglas, pero, por lo que dice este Copa, parece que son los mismísimos dioses quienes obligan a cumplir esa regla en particular.
El Copa se gira un poco y pasea la vista entre los campeones mientras dice:
—Todo el mundo debe estar en el templo de su dios antes de que se ponga el s ol.
Los dioses os concederán las bendiciones que crean que os merecéis y, luego, darán comienzo las Pruebas del Tarot.
Os recuerdo que debéis regresar a vuestro templo cada mañana cuando dé la sexta campanada y asistir a los eventos que haya planeado la Corte Menor cada tarde.
No se permite ningún acto de violencia entre el alba y la puesta de sol.
Quien viole estas reglas será expulsado de las Pruebas de inmediato, y la expulsión es…
violenta. No os recomiendo contravenir las reglas.
—Suelta una estruendosa carcajada que nos invita a reír con él. Nadie lo hace.
Yo he optado por ser la campeona de la Luna en estas Pruebas sabiendo cuáles son las reglas y las consecuencias, y volvería a hacerlo sin parpadear siquiera.
Sin embargo, este Copa parece encantado ante la idea de que muchos de quienes estamos en este patio vayamos a morir violentamente, lo cual resulta muy desagradable.
El Copa abre del todo los brazos .
—Mientras tanto, por favor, disfrutad del refrigerio que hemos preparado .
Siento la llamada del templo de la Luna y de la oscuridad en su interior.
Mi madre cruzó esa misma puerta. Ofreció algo que a la Luna se le antojó digno.
Tal vez quede algún rastro de ella ahí dentro , algo que se dejase esa mujer a la que no tuve la oportunidad de conocer.
Puede que dentro del templo haya respuestas .
La mesa hacia la que señala el Copa está repleta de comida; más de la que yo haya visto jamás, más de lo que podrían comer veintidós personas en un único almuerzo.
Aunque me digo que no debería, me acerco a la mesa.
Los demás campeones se reparten por ella a mi alrededor.
Algunos van directos hacia la comida, mientras que otros se ponen a charlar entre ellos.
Parece que las alianzas que han empezado a establecerse en los carruajes se mantendrán. Nadie ha roto ninguna de momento.
La brisa cambia de dirección y me llega un olor tan intenso que me veo obligada a reprimir un gimoteo.
Tengo el estómago contraído de hambre y estoy tan acostumbrada a sus gruñidos que suelo ser capaz de ignorarlos.
Sin embargo, ahora mismo no consigo ignorar nada. Los gruñidos se convierten en rugidos.
Lo único que impide que me abalance sobre la comida es la certeza de que dentro de unas horas voy a estar luchando por mi vida. Después de tanto tiempo pasando hambre, no puedo permitirme caer enferma por glotonería.
Es difícil librarse de las viejas costumbres.
No consigo acercarme a la mesa y llenarme un plato con comida, tal y como están haciendo algunos.
Lo que hago, en cambio, es agarrar una rebanada de pan y un jugoso trozo de carne, y retroceder con las manos temblorosas, casi a la espera de que alguien me grite o me arrebate la comida.
No obstante, me encuentro con… risas.
Al girarme, veo que la Estrella me contempla con una mano en la boca y los ojos centelleantes.
—Querida, no hay necesidad alguna de caer en dramas. Hay comida de sobra. —Recorre mi cuerpo con su pálida mirada—. Por otro lado, no te sentaría mal un baño.
Me arde el rostro, pero me esfuerzo por mantener la compostura.
—Nos vemos esta noche, Estrella.
Ella se echa a reír.
—Supongo que ya lo averiguaremos, ¿no?