Las Pruebas del Tarot Capítulo 5
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Capítulo 5

V esper y Cato siguen lanzándose pullas mientras el carruaje avanza, pero a mí me interesa más lo que pasa ahí fuera.

Miro por la ventana, no para contemplar las riquezas del otro lado, que cualquiera podría arrancar de las paredes, sino para fijarme en sitios a los que huir donde esconderme… , desde donde atacar.

Una vez que se ponga el sol, lo mejor sería que me alejase de esta parte de la ciudad, de esos portones bañados en oro y esas resplandecientes ventanas de vidrio, al otro lado de las cuales no hay un solo bar a la vista .

Ni siquiera veo mendigos por las esquinas. Los Bastos se han asegurado de que no haya gente desagradable que les arruine la tarde a sus residentes cuando estos salen a comprarse su centésimo sombrero o su milésima bufanda. O lo que sea en lo que estos putos ricos se gastan el dinero.

Las calles están tan limpias que me pongo de los nervios.

No hay aguas residuales en las alcantarillas , no hay basura en medio de los embarrados caminos.

Ya es más de media tarde y, aun así, la luz de este sol veraniego sigue cayendo sobre este lugar.

En los Sedimentos, a estas horas ya estaría oscureciendo.

El Distrito del Peridoto está a un mundo de distancia de los Sedimentos, pero al parecer las Cortes Menores se encuentran aún más lejos.

Ya me di cuenta cuando Mouse y yo atravesamos el Distrito de Bastos, por supuesto, pero entonces casi toda mi atención estaba puesta en la Criba.

Nos dirigimos al norte y cruzamos el puente que atraviesa el río Verso, entrando en el Distrito de Espadas.

Le lanzo una mirada a Vesper y me pregunto cómo habrá sido creer en este lugar repleto de riquezas y luz solar.

Veo la huella de este sitio en su rostro, tan saludable que resplandece.

Tener una pierna tullida en los Sedimentos implica mendigar en el distrito gremial más cercano —y buena suerte , porque a los Bastos les encanta dar palizas a los «holgazanes»—, o depender de una familia para comer.

Cuando conseguimos algún trabajo, este suele ser extremadamente físico; y cuando no podemos encontrar trabajo alguno tenemos que robar, lo cual supone trepar por paredes y correr a toda velocidad por entre los tejados.

Me centro en la ciudad que cruzamos. El Distrito de Espadas se parece mucho al de Bastos, excepto por los colores que adornan los edificios y la ropa de la gente.

No sé si es obligatorio llevar esos colores, ni si se permite algo distinto, pero las únicas excepciones que veo son de personas que claramente pertenecen a otras cortes y han venido al Distrito de Espadas por algún motivo.

Los transeúntes se detienen y nos contemplan al pasar.

¿Cómo no hacerlo? Algunos de ellos parecen lo bastante mayores como para recordar las últimas Pruebas, pero este espectáculo solo se produce una vez cada veintidós años.

La piel de esta gente reluce, limpia y saludable.

Todos llevan ropa y joyas que servirían para alimentarnos a los míos y a mí durante meses.

Los odio.

«Céntrate en la estrategia, Kestrel. No es esta gente de la que tienes que preocuparte».

Casi sonrío al darme cuenta de que mi voz interior es la de Mouse.

No se encuentra aquí físicamente, pero está presente de todos modos.

Espero que haya vuelto sano y salvo al apartamento.

En medio de la multitud debería estar resguardado de los Bastos, pero se encontrará cada vez en más peligro a medida que descienda por la colina. Si deciden darle una paliza…

No puedo hacer nada al respecto. De todos modos, Mouse no habría llegado a viejo si no tuviese habilidades. Aunque sea más lento que antes, es lo bastante listo como para no meterse en problemas. Eso espero.

Si hay algo con lo que no contaba, es con que no hubiese callejones en los distritos de la Corte Menor.

Los edificios están apretujados, como si luchasen por ocupar el mejor lugar de la calle y lucen colores brillantes; claramente, los han pintado hace poco.

Pintado . Entre tantas frivolidades que se pueden hacer.

Siento que Vesper me clava la mirada, pero me niego a devolvérsela.

El Distrito de Espadas es su hogar. A  sus ojos, aquí no hay nada que resulte revolucionario.

Imagino que ha pasado con despreocupación por esta calle en incontables ocasiones, que ha gastado una cantidad inimaginable de dinero en estas mismas tiendas.

Sin embargo, quien habla no es Vesper, sino Cato.

—No suele haber muchas ratas de los Sedimentos en esas competiciones, ¿sabes? Tu gente suele saber qué lugar ha de ocupar.

Yo aprieto los dientes ante este claro intento de alterarme. Me han llamado cosas peores que «rata de los Sedimentos». De todos modos, es justo eso lo que soy. No me avergüenzo.

—Lo que quieres decir es que yo trabajo para vivir. —No quería responder, pero su arrogancia me crispa los nervios—. No hay vergüenza en ello.

Vale, quizá «trabajar» no sea exactamente lo que hago.

Los chicos de más edad y yo hacemos lo que podemos por conseguir alguna chapucilla, pero el trabajo escasea en los Sedimentos y en el Distrito del Peridoto hay mucha competencia.

Todo el mundo pasa hambre. Todo el mundo está desesperado.

Si no llevo comida a casa, los niños se nos mueren.

Así pues, siempre lo hago, aunque tenga que robarla.

Me atraviesa una punzada de preocupación.

Pika es una gran ladrona, pero le dan muchísimo miedo los Bastos; y con razón, porque son una condenada amenaza.

Sin embargo, eso significa que prefiere huir antes que birlar nada en cuanto ve a uno de los Bastos entre la multitud.

Sabe tan bien como yo lo que nos jugamos.

Se asegurará de que los pequeños tienen comida.

Y, aun que Mouse sea más viejo que un bosque, la cabeza le sigue funcio nando, por lo que será de gran ayuda.

Y Mara también. Vuelvo a sentir una punzada, esta vez de algo parecido a la pena.

He sacrificado mucho para llegar hasta aquí, y no ha sido más que el principio.

La Criba me lo ha dejado claro. Cada uno de los campeones es despiadado a su modo y todos pretenden sobrevivir para formar parte de la Cinque.

Yo ya sabía que me enfrentaba a una tarea casi imposible, pero la recompensa vale cualquier sacrificio que haga y mucho más.

Quiero respuestas sobre lo que pasó con mi madre.

Y quiero una vida mejor para mi familia, el tipo de vida que solo yo puedo garantizarles, porque los demás campeones no ansían más que poder.

Una vez que yo forme parte de la Cinque, mi familia no tendrá que volver a preocuparse por nada.

Los pequeños crecerán con la misma salud que refleja la piel de Vesper.

Mouse podrá permitirse los tratamientos de los Rubíes que lo ayudarán con el dolor de sus articulaciones.

Y Quoll y Pika podrían asistir a la escuela de algún gremio — los dos son lo bastante listos para ello— e incluso contar con un trabajo fijo gracias al cual no tengan que preocuparse por los Bastos.

—Cato. —La voz de Vesper, cuidadosamente neutra, me saca de mis pensamientos—.

Me sorprende ese sentido de superioridad que apenas te has ganado.

Tú mismo naciste a pocas manzanas de los Sedimentos.

Suerte tuviste de que tu madre fuese lo bastante hermosa como para llamar la atención del Carro el año después de que este entrase en la Cinque.

De no ser por eso, jamás habrías acabado ocupando el puesto que tienes.

Alzo la mirada. Eso no lo sabía. No sé por qué lo sabrá Vesper.

Los miembros de la Corte Menor suelen ir a lo suyo, dejando aparte las Pruebas del Tarot.

Los Bastos son la única excepción, pero Vesper es Espada.

Los Espadas supervisan los juicios de los supuestos criminales y a nadie le interesa malgastar su tiempo sometiendo a juicio a una rata de los Sedimentos.

Cato se pone tenso y aprieta los puños.

—Ojito con lo que dices.

—¿O qué? —Vesper apoya la mano en el regazo, un gesto de completa relajación. No le preocupa lo más mínimo la violencia que Cato pudiera desatar aquí dentro, en la escasa intimidad del carruaje.

A mi pesar, me sorprende el arrojo de Vesper, aunque también su ingenuidad. Ha conseguido alterar a Cato en poco tiempo, lo cual resulta impresionante. Sin embargo, se equivoca al confiar tanto en las reglas de las Pruebas.

Sí, va en contra de las reglas atacar a otros contendientes durante el día —o antes de que empiecen las Pruebas—, pero de poco servirá que ejecuten a tu agresor si a ti ya te han matado.

De momento, ni siquiera contamos aún con nuestra magia, y aun así Vesper siente una seguridad absoluta, está a sus anchas.

Tendré que andarme con ojo con elle…, a no ser que muera durante la primera noche. Sea como sea, mejor evitarle.

Me reclino un poco mientras Cato aprieta los puños, con rabia en sus ojos oscuros.

—¿Qué sabrás tú de nada, Espada? Has vivido toda tu vida dentro de la Corte Menor, con comida que llevarte a la boca y sin que tenga que rugirte el estómago, con medicina disponible para cada dolencia y cada tos, con suficiente dinero como para comprar todo lo que se te antojase.