Capítulo 4 #2
Me acerco al último carruaje de la fila, que también pertenece a los Espadas, y les lanzo a los caballos una larga mirada.
Parecen bastante calmados, teniendo en cuenta el rugido que aún llega desde el estadio.
Los demás campeones han entrado en los carruajes y ninguno de los caballos ha sentido pánico ni ha intentado huir, así que no hay motivo alguno para creer que conmigo será distinto. Inspiro hondo y subo.
Aunque no esperaba viajar sola, me resulta una sorpresa que otre campeone suba segundos más tarde: la Rueda de la Fortuna. Se acomoda con aire despreocupado en el asiento frente a mí y me sonríe.
—Muy valiente por tu parte ocupar el puesto de la Luna. Pensaba que tendrían que obligar a alguien a hacerlo.
Por mera costumbre, me fijo en las manos de la Rueda de la Fortuna.
Lleva anillos en ambos dedos, más elegantes que el mío del pulgar izquierdo.
Cada uno tiene un intrincado dibujo pare cido a una espada grabado en plata y los dos resplandecen so bre su piel tostada.
Le campeone lleva anillos de diferentes colores en cada uno de los demás dedos; y en algunos, dos o incluso tres.
No sé qué significarán y no quiero hacer alarde de mi ignorancia preguntando.
—Si tú lo dices.
El carruaje se mece levemente cuando otro campeón entra y cierra la puerta tras de sí.
Yo aprieto la mandíbula al reconocer al Sol, que lleva un único anillo de piedra en el pulgar derecho.
Este tipo va a ser problemático. No le costó nada acabar con todos sus oponentes en su camino hasta el escenario, lo cual indica que tiene suficiente experiencia como para resultar peligroso, sin necesidad de la magia que el Sol le concederá esta noche.
Y pensar en el modo en que se rio …, me recordó un poco a la risa del Carro tras acabar con todos los aspirantes a campeón.
El Sol me mira a los ojos con interés.
—Nadie quería arriesgarse a ser el campeón de la Luna .
Todo el mundo sabe que la Luna volvió loca a su última campeona.
Esa mujer sobrevivió por poco a las Pruebas y acabó cometiendo traición cuando toda la ciudad estaba a sus pies.
—Ladea la cabeza—. Nadie quiere una aliada en la que no puedan confiar, y la Luna no supone más que engaños.
Espero que hayas disfrutado de lo fácil que ha sido llegar hasta el escenario, porque vas a estar en el punto de mira de todos y cada uno de los campeones desde el principio.
Mantengo la boca cerrada. Sé que el Concilium acusó a mi madre de traición, pero Mouse siempre me ha dicho que fue una patraña para asesinar a una oponente política muy peligrosa con la que no podían lidiar.
Mouse conocía a mi madre, pero el Sol no.
Nadie de esta puta ciudad la conocía, por mucho que finjan que lo único que hay que saber es el motivo de su muerte.
Contarles a los demás campeones que soy su hija irá en mi contra.
—Por favor, Sol, vas a tener que esforzarte por ser más en cantador si pretendes establecer alguna de esas alianzas que tanto te interesan. —La Rueda de la Fortuna me tiende la mano—. Me llamo Vesper.
—Yo puedo ser encantador. —El Sol sonríe y, aunque estoy bastante segura de que lo odio, no puedo negar que esa sonrisa me desarma.
El cabrón es muy guapo, y está claro que lo sabe.
El Sol se inclina hacia la Rueda de la Fortuna.
Incluso sentado, es de mayor tamaño, pero se las arregla para que la diferencia resulte seductora en lugar de amenazadora.
Al menos hasta que sigue hablando—. A ti, por otro lado, te espera un camino difícil, Vesper .
Ser Espada y tener la pierna tullida…, dos puntos en tu contra para cualquiera que desee aliarse contigo.
Tiene razón, pero no me gusta que le hable así. O quizá lo que no me gusta sea él .
—Hay muchas estrategias para ganar las Pruebas.
—Si tú lo dices. —El Sol se reclina en el respaldo y apoya los pies en el asiento a mi lado. Está muy cerca. Resulta demasiado amenazador teniendo en cuenta lo relajado que está.
—Yo ya sé cuál es tu estrategia, Cato. —Vesper hace un ademán distraído en su dirección—.
Vas a aliarte con el Carro y dejar que te lleve hasta la victoria.
—La Rueda de la Fortuna ignora la expresión de sorpresa del Sol, se gira hacia mí y baja la voz al tiempo que me guiña un ojo—.
Verás, este de aquí es uno de los muchos secuaces del Carro.
Aliarse con otros campeones antes de tiempo es una maniobra arriesgada, porque hay muchas posibilidades de no llegar al escenario, pero parece que esta vez le ha salido bien.
—Me sonríe—. No le hagas caso. El único motivo por el que viaja aquí es porque no hay sitio en el otro carruaje. No viene buscando ninguna alianza.
«Cato».
Centro mi atención en él, con interés renovado.
Ya he oído antes ese nombre. Al igual que el Juicio, el Carro reclamó para sí un pequeño territorio después de ganar en las últimas Pruebas.
Pero, a diferencia del Juicio, lo hizo en el otro extremo de Caelria, por donde nunca he tenido motivo alguno para pasar .
Mouse siempre ha conseguido mantenerse bastante al tanto de las personas clave que sirven a la Cinque y Cato es una de ellas.
Solo tiene un par de años más que yo, pero ya se ha ganado fama de ser implacable y de ejecutar a la gente para dar ejemplo .
A juzgar por lo sucedido en la Criba, su fama le hace justicia.
—Yo tampoco voy en busca de ninguna alianza —digo al fin.
—¿Seguro? —Vesper se reclina y suelta un suspiro de satisfacción, pasando elegantemente por alto el hecho de que no he aceptado su mano tendida—. Pues a mí me gustaría resolver el misterio que te rodea. ¿Quién eres ? ¿De dónde has salido?
—Pues…
—Si tanto sabes, deberías ser capaz de reconocer las señales. —Cato vuelve a menear los pies y casi me da una patada—. Está demasiado delgada , demasiado pálida, va vestida con harapos. La Luna es de los Sedimentos.
No tengo la menor intención de ocultar de dónde vengo, pero me enfada verme etiquetada tan rápida y certeramente. Sobre todo, porque Vesper se gira hacia mí con una mirada distinta.
—Los Sedimentos. Qué interesante .
—¿Quién eres tú ? —prosigue Cato—. No te reconozco.
—¿Cómo ibas a reconocerme? Los sicarios no pasan por la corte. —Vesper se encoge de hombros—. Soy le Paje de Espadas. O lo era. Cuando todo esto acabe, formaré parte de la Cinque.
Cato suelta un silbido por lo bajo.
—Perteneces a la nobleza de la Corte Menor, ¿eh? No abundáis por las Pruebas.
Tiene razón. Los nobles no tienen ningún motivo para poner se en riesgo. Ya cuentan con todo el poder. Prefieren apoltronarse en lo alto de su colina y consumir todos los recursos mientras los demás luchamos por vivir.
—Los pajes no son miembros del Concilium. No tienen voto —digo despacio. Pero, si Vesper llega a formar parte de la Cinque, los Espadas contarán con un voto extra que no habrían conseguido de otro modo.
—Exacto. —Vesper se mira las uñas. Ahora me fijo en que las tiene largas y las lleva pintadas con un motivo plateado y blanco y las puntas en tono carmesí, los colores de su casa—.
A mis padres les quedan décadas de vida y, cuando pase el tiempo, habrá un aluvión de primos jóvenes y ambiciosos que estarán listos para acabar con quien sea a cambio de hacerse con un título en la corte.
A mí no me interesa seguir siendo paje durante décadas, y prefiero evitar tener que asesinar a miembros de mi familia si es posible. Así es mejor. Más eficiente.
Más eficiente . La Rueda de la Fortuna ha perdido la puñetera cabeza.
No dudo de que Vesper sepa más de la política de Caelria que todos los demás campeones juntos, exceptuando a los miembros de la Cinque, pero las Pruebas son más que nada un desafío físico.
Hasta los campeones cuya magia no es directamente física —como el Juicio— han de ser capaces de luchar y matar si es que quieren ganar.
Pero si Vesper comete la necedad de no darse cuenta de ello, si cae en el error de no comprender que no debería contarnos nada de esto porque la información es un arma tan peligrosa como una hoja, no es asunto mío.
Mi estrategia de cara a las Pruebas es fundirme con las tinieblas cada noche y evitar a los demás campeones mientras se matan entre ellos, al menos hasta que no me quede otra alternativa.
Durante el día, cuando se prohíbe la violencia bajo pena de muerte, pretendo descubrir lo que le sucedió a mi madre. Quiero saber por qué se la jugaron sus aliados y quién le ordenó a la Muerte que acabara con su vida.