Las Pruebas del Tarot Capítulo 4
10%

Capítulo 4

S i caminar hasta el escenario para ocupar mi lugar como campeona de la Luna ya me ha resultado horrible , estar plantada tan cerca de la matanza resulta peor en muchos sentidos.

La Reina de Copas anuncia al Sol. Pocos segundos después, los aspirantes a campeón dan un salto al frente.

Cada vez son menos. No tardo en identificar a quien probablemente será el ganador: se trata de un hombre de mi edad con la piel canela, cabeza afeitada y una fiera sonrisa.

Enarbola dos dagas como si hubiese nacido con ellas y no tiene problema para acabar con sus competidores.

Una mujer está a punto de llegar al escenario corriendo como si le fuera la vida en ello, pero el tipo le arroja una daga con gesto despreocupado y la alcanza por la espalda cuando le quedan pocos pasos de distancia.

Siento cómo se mueve el aire cuando la mujer se desploma.

Apartar la vista sería señal de debilidad, pero resulta horrendo ver cómo crece el charco de sangre bajo su cadáver.

Resulta mucho peor el momento en que el tipo se acerca, le extrae la daga de la espalda y sube de un salto al escenario junto a mí, esbozando una sonrisa.

—Si vas a vomitar, no me manches los zapatos.

De golpe, ya no siento náuseas. Resulta mucho más sencillo estar enfadada que gestionar la confusa mezcla de emociones que me invaden.

—Que te follen.

—Qué agallas —murmura el tipo mientras le maestre gremial Fox se adelanta para anunciar al siguiente campeón—. Quizá sobrevivas a la primera noche, a fin de cuentas.

Si sigo hablando con este gilipollas arrogante, podría cometer alguna imprudencia. Así pues, prefiero centrar mi atención en Fox, que me contempla en este mismo instante con sus intensos ojos ambarinos, con una expresión que casi consigo identificar. Luego se gira hacia la multitud.

— Juicio.

Solo quedan dos dioses, así que hay otra oleada de contendientes que intentan llegar al pedestal.

Esta vez es una docena. Apenas dan tres pasos cuando el Juicio alza la mano.

En un primer momento me parece que solo está dando la nota, pero entonces brota de él una pálida niebla azul.

Resulta hermosa, lo cual ya es de por sí terrible a su modo.

En parte, siempre he creído que Mouse exageraba al hablar de los peligros del Juicio, pero me equivocaba. Me equivocaba muchísimo.

La magia recorre la arena en cascada, cada vez más deprisa.

Yo me crispo al ver que alcanza al primero de los contendientes, se le engancha al tobillo y trepa por su cuerpo.

En apenas un instante, lo ha rodeado del todo.

Espero que le cause algún tipo de daño físico, pero lo que sucede es que cae de rodillas, dejando escapar un agudo lamento que oigo incluso por encima de los rugidos de aprobación de la multitud.

Uno tras otro van cayendo todos los aspirantes a campeón.

Algunos lloriquean. Otros se ponen en posición fetal, como si empequeñecerse fuera a evitar el tormento que el Juicio ha desatado sobre ellos.

En cuanto al propio Juicio, camina de forma despreocupada entre sus víctimas y se detiene delante de Fox, que alza una mano, impasible.

—Yo no soy aspirante, Juicio. Como se te ocurra intentar esas mierdas conmigo, te rajo la garganta.

En lugar de amilanarse, el Juicio se limita a esbozar lentamente una sonrisa.

—Puedo saborear tu culpa, Fox. Es decadente .

El Juicio sube al escenario y se sitúa junto al Sol antes de que Fox pueda replicar siquiera.

Vaya, eso no ha sido nada siniestro. Qué va, en absoluto.

La campeona del Mundo termina con rapidez.

Me parece que apenas me da tiempo de parpadear antes de que suene el gong.

Me inclino hacia delante y echo una mirada al otro extremo del escenario, donde veo a una persona esbelta de piel canela y melena rizada que le llega por los hombros.

Debe de rondar los dieciocho años como mucho.

Lleva ropas demasiado elegantes como para provenir de los Sedimentos, aunque ningún color la señala como miembro de un gremio o de las Cortes Menores.

«¿Qué haces tú aquí? Tienes toda la vida por delante».

Es Fox quien da un paso al frente y alza las manos.

Lleva anillos resplandecientes en cada dedo; en algunos, varios amontonados.

En Caelria, la mayoría de los adultos portan anillos para señalar el género con el que se identifican.

He oído que la gente que vive en lo alto de la colina lleva varios, que se traducen en todo un código de preferencias y deseos.

Sin embargo, no había visto pruebas de ello hasta ahora.

Aunque me pica la curiosidad, Fox está hablando, así que trato de centrarme.

—¡ Felicidades a nuestros campeones de las quincuagésimas Pruebas del Tarot!

— La multitud enloquece. Fox sonríe, disfrutando de la atención de miles de personas—.

Por favor, permaneced en vuestros asientos un poco más y permitidnos ofreceros algo más de entretenimiento.

Como ya sucedió en las últimas Pruebas, mis Rubíes contarán las exquisitas historias de las lu chas de cada noche por toda la ciudad.

Aseguraos de darles alguna propina, amores.

Se esforzarán mucho para manteneros informados.

La multitud suelta una carcajada sincera. Luego vuelven los vítores, tan altos que los siento reverberar en mi cráneo.

—Que nuestros campeones sigan, por favor, al Concilium. Vuestros carruajes os esperan.

Me giro junto con los demás y me alejo del escenario.

No sé cómo debería sentirme. Estoy haciendo aquello para lo que llevo toda la vida preparándome, y sin embargo me parece increíblemente irreal.

En los momentos en los que me daba el lujo de imaginar la victoria, de pensar qué sucedería después de la Criba, jamás imaginé esto.

La sangre se está secando en mis botas mientras los demás campeones avanzan junto a mí.

Algunos ríen, claramente enardecidos por la matanza.

Otros se limitan a mirar al frente con ojos huecos.

Las Pruebas ya se han cobrado un precio muy alto, y eso que acabamos de empezar.

Salimos del óvalo de arena por una puerta lateral en la que no me había fijado hasta ahora y recorremos un camino sinuoso por pasillos que quizá debería memorizar.

Sin embargo, tengo la mente demasiado embotada como para hacer algo que no sea poner un pie delante de otro.

Al salir del estadio, me llevo otro bofetón de realidad.

Nos esperan media docena de carruajes. Carruajes .

Resplandecen bajo el sol —es cierto que los distritos de la Corte Menor están bañados por su luz a diario— y van tirados por un par de caballos cobrizos.

Me obligo a inspirar hondo y a observar .

Mou se se pasó demasiados años entrenándome como para que fracase a los pocos minutos de convertirme en la campeona de la Luna.

Los carruajes son una mezcolanza de las cuatro Cortes Menores.

Que yo sepa, rara vez se ponen de acuerdo, y mucho menos trabajan juntas.

Las Pruebas son la única excepción. No sé mucho de caballos, aparte de que son increíblemente caros, y estos de aquí lo parecen aún más.

Tienen el pelaje brillante y un cuerpo saludable y musculoso.

En la colina se trata mejor a los animales que a la gente de los Sedimentos.

«Pero eso va a cambiar pronto . En cuanto yo sea parte de la Cinque».

Lo he conseguido. Eso es lo único que importa.

La parte del plan en la que se daban más variables era la Criba.

El viejo bastardo de Mouse estaba en lo cierto al pensar que nadie me disputaría el puesto de campeona de la Luna, aunque se equivocaba de pleno en cuanto al motivo.

Toda la ciudad piensa que el puesto est á maldito, lo cual probablemente significa que también creen que yo lo estoy.

¿Cómo puede habérsele escapado algo así a Mouse en sus investigaciones?

Niego de forma repentina con la cabeza. Da igual.

Tenía razón, no he necesitado luchar. Ahora he de creer que los demás datos que recabó son ciertos.

Después de que mi madre entrase a formar parte de la Cinque, Mouse trabajó concienzudamente con ella durante su primer mes para crear un registro meticuloso que cubriese toda su participación en las Pruebas.

Con estos datos, seguro que podré arreglármelas en la presente edición.

Paseo la vista entre los demás campeones. Incluso en estos primeros minutos, ya veo que empiezan a formarse alianzas. Queda por ver si seguirán vigentes una vez que se haya puesto el sol y se haya alzado la luna. En cualquier caso, tomo nota mental de todo.

La Estrella charla despreocupadamente con la Sacerdotisa, el Ermitaño y el Carro, y los veo subir a todos al mismo carruaje, el de los Copas.

Yo habría esperado que la Muerte y el Juicio se aliasen con la Estrella y el Carro en estas Pruebas, teniendo en cuenta que su alianza le salió bien la última vez, pero ahora mismo el Juicio les hace un gesto a la Emperatriz y a la campeona de los Amantes para que monten en un carruaje y cierra la puerta en cuanto lo hacen.

Por su parte, la Muerte se acerca al carruaje vacío de los Espadas y entra sin mirar atrás.

Resulta interesante que la Torre suba tras él con expresión decidida.

El Mundo y el Diablo se apresuran a seguirlo.

Aunque la Muerte no tenga interés en establecer alianzas tan pronto, está claro que los demás comprenden que puede ser un aliado muy valioso.

«Si ellos supieran…».

Aunque los campeones charlan bastante entre sí, nadie hace el menor intento de acercarse a mí.

Puede que la situación cambie con el tiempo, pero ahora mismo, aunque yo quisiera tomar parte en este baile de alianzas, no parezco tener ninguna opción.

Pero está bien. Mouse ya me advirtió que guardase las distancias, así que mi estrategia se basa en mí misma y en nadie más.