Las Pruebas del Tarot Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

A pesar de que las Pruebas se celebran específicamente durante el año de la Rueda de la Fortuna, Mouse no ha encontrado ningún registro que indique la última vez que su campeón llegase a formar parte de la Cinque.

Parece una elección extraña para alguien que a todas luces cuenta con los privilegios de la Corte Menor .

La Justicia y el Colgado aplastan sin dificultad a los demás contendientes.

Luego le toca el turno a la Muerte . La anuncia el Rey de Bastos —que en realidad es una mujer mayor baja de piel trigueña y una larga melena gris lacia que lleva recogida para dejar su rostro al descubierto—. Yo aguanto la respiración.

Se oye un barullo entre la multitud. Algunas personas parecen a punto de saltar el murete y echar a correr hacia el escenario, pero nadie abre la boca cuando la Muerte se levanta y echa a andar con tranquilidad.

No mira al gentío; no parece preocuparle la posibilidad de un ataque.

¿Por qué iba a hacerlo? Todo el mundo sabe de lo que es capaz.

Aun así, yo pensaba que alguien intentaría arrebatarle el puesto como campeón de la Muerte.

La muchedumbre guarda un silencio casi absoluto mientras la Muerte pasa por encima de los cadáveres al cruzar la arena ensangrentada. Inclina la cabeza mirando al Rey de Bastos, frío y educado, y sube al escenario, donde se detiene junto al Colgado.

El gong aún tarda varios segundos en sonar, como si quienquiera que sea responsable de tocarlo se hubiese quedado tan pasmado como los demás.

Yo pensaba que el Carro sería el oponente más aterrador al que podría enfrentarme, pero esto es mucho peor.

Percibo el miedo entre quienes me rodean y, por más que intente resistirme, yo también lo siento.

La Muerte da miedo… y tiene las respuestas que llevo buscando toda mi vida.

Me clavo las uñas en las palmas de las manos en un intento de centrarme.

Yo ya sabía que la Muerte iba a ser un problema. Esto no cambia nada.

La Templanza opta por el sigilo. Ni siquiera veo al aspirante hasta que sube al escenario.

El Diablo parece ser alguien del Distrito de Bastos, ya que va vestido de púrpura y negro, y logra la victoria a base de tajos con su enorme espada.

La Torre hace lo mismo, aunque lleva unas ropas tan extrañas que por un momento me pregunto de dónde viene, porque no reconozco el estilo de su armadura, que es considerablemente más grande en un hombro, como si la hubieran diseñado para protegerle el cuello, pero ¿por qué solo un lado?

Luego llega la Estrella, a quien anuncia el Rey de Pentáculos, una persona de aspecto frágil con cabellos canos y piel pálida .

A diferencia de lo sucedido con la Muerte, varios aspirantes parecen interpretar su delicada constitución como señal de ausen cia de peligro.

Pronto descubren lo equivocados que están.

La Estrella pasa por entre ellos esquivando sus ataques sin problema al tiempo que roza su piel desnuda con las manos enguantadas.

Uno tras otro, todos los aspirantes caen al suelo, sangrando por la boca, los ojos y las orejas.

Yo me estremezco . Qué manera tan horrible de morir.

La Estrella sube con gracia al escenario y hace una reverencia. A la multitud le encanta.

—Ha llegado la hora, Kestrel. —Mouse me aprieta la man o—. Haz que esté orgulloso de ti. Gánate el puesto . Te espero al otro lado.

El maestro gremial Fortuo, del Gremio del Peridoto, da un paso al frente.

Es un cabronazo avejentado con reputación de ser tan inflexible como justo .

Es alto, con la complexión de un barril, un barrigón y un pecho a los que no me gustaría tener que dar u n puñetazo.

Tiene la piel ligeramente tostada y el pelo rizado y canoso con bastantes entradas. Carraspea y vocifera:

—La Luna.

Yo me pongo en pie, lista para echar a correr escaleras abajo y saltar sobre el murete para vencer a los demás aspirantes en la carrera hasta el escenario.

Estoy dispuesta a matar si hace falta, pero está claro que el sigilo y la velocidad son armas igual de válidas, así que prefiero optar por ello si es que puedo elegir.

Tardo tres pasos en percatarme del silencio que se ha adueñado del estadio.

Ninguno de los demás aspirantes a campeones se mueve. Ni siquiera se inmutan , como ha sucedido al anunciar a la Muerte.

—Ese puesto está maldito —murmura un hombre junto a mí mientras bajo por los escalones hacia la arena.

—Mala suerte asegurada —dice otro.

—Mentirosa.

—Traidora.

—Deshonrosa.

—Es una maldición, sin duda.

Uno tras otro, los murmullos van subiendo de tono hasta transformarse en otra cosa. No es un rugido ansioso de violencia , como en el resto de la Criba. Esto es más extraño, más sutil pero no menos persistente. Un hormigueo que me recorre la piel y me da ganas de gritar .

La sensación empeora cuando algunos empiezan a darse cuenta de que estoy bajando los escalones para reclamar la plaza de campeona de la Luna.

Varias cabezas se giran en mi dirección y los susurros crecen hasta el punto de que siento el impulso de dar media vuelta y huir.

Me parece que todos los ojos de este lugar están clavados en mí.

La pesadilla de cualquier ladrón es llamar tanto la atención sin tener un solo sitio en el que esconderse.

Me obligo a continuar, con el mentón bien alto , y apoyo una mano en el murete para pasar por encima, entrando en el óvalo.

El Sol ya no se halla en su cénit, pero sigue haciendo un calor infernal en la arena, y el hedor a muerte es muchísimo peor aquí abajo.

Casi de inmediato, la sangre empapa la fina suela de mis botas, calándolas.

Esquivo un cadáver tras otro. Contemplar sus expresiones doloridas solo servirá para provocarme pesadillas, aunque mirar a los campeones y al Concilium resulta peor.

Algunos de los reyes y reinas parecen de verdad sorprendidos.

La mayoría de los campeones muestran cierta curiosidad, pero los tres miembros de la Cinque que se encuentran en el escenario me escrutan con mucha más atención de la que me gustaría.

En particular, la Muerte, que tiene una expresión extraña, y su piel, pálida de por sí, se ha vuelto espectral.

Asiento con la cabeza mirando al maestro gremial Fortuo, que se recupera de la conmoción y me dedica lo que parece ser una sonrisa genuina. Su envejecido rostro se arruga hasta el punto de que sus ojos casi desaparecen.

—Vamos, chica, sube aquí. —Las palabras son bruscas, pero no desagradables.

Subo al escenario y asumo mi destino.