Capítulo 3
N os hemos reunido hoy en este lugar para honrar a los dioses antiguos celebrando las Pruebas del Tarot, que determinarán quiénes serán los miembros de la próxima Cinque.
—La voz del Basto es baja y agradable, aunque parece propagarse por todos los rincones del estadio.
No estoy segura de cómo lo hace, pero al fin y al cabo poco importa.
Se gira despacio, contemplando a la multitud, y prosigue—: Los miembros del Concilium están aquí presentes para supervisar la Criba.
Anunciaremos a cada dios uno tras otro. Una vez que se nombre a un dios, podréis intentar llegar al escenario.
La primera persona que suba se convertirá en campeona de ese dios.
—Hay una tensa pausa durante la que nadie del estadio parece respirar—. Empezaremos, como siempre, por el Loco.
Le maestre del Gremio del Rubí da un paso al frente.
De los cinco gremios de Caelria, el del Rubí es el único con integrantes que trabajan en los Sedimentos.
Quien participa de alguna manera en el trabajo sexual de Caelria debe formar parte del Gremio del Rubí.
Violar esa ley es una necedad en muchos sentidos, aunque no sé por qué iba nadie a hacer algo semejante.
Los Rubíes cuidan de sus miembros, incluso de quienes viven en los Sedimentos.
El gremio les proporciona alojamiento seguro, casas de baño privadas y varias ventajas más a cambio de un porcentaje de sus ganancias.
Jamás había visto a le maestre gremial en mi vida, pero conozco su reputación.
Es Fox, un nombre que da a entender que en su día fue parte de los Sedimentos.
Siempre me ha fascinado el misterio que supone que alguien de la misma procedencia que yo haya conseguido ocupar dicho puesto siendo todavía joven.
Fox tiene la piel morena clara y el cabello corto de color rojo oscuro.
Contonea su cuerpo de generosas curvas con un vestido rosa intenso con el que parece casi imposible caminar, aunque Fox lo consigue y se acerca grácilmente al Basto.
Le sonríe al público y varias personas a mi alrededor sueltan un suspiro como respuesta.
Incluso desde tan lejos, capto su hermosura… , pero, claro, se trata de une Rubí.
—Si queréis ser campeones del Loco… —Fox sonríe—, ha llegado el momento, amores. ¡Dad un paso al frente para demostrar que os lo merecéis!
Aunque me lo esperaba, la oleada de gente que se abalanza sobre el óvalo de arena me provoca un nudo en el estómago.
Es un caos. Hay quienes intentan correr a toda velocidad directos hacia el escenario, pero solo consiguen avanzar unos pasos antes de que quienes van detrás los derriben de un tajo.
A partir de entonces, todo se convierte en una batalla campal y me llega un tufo a muerte —y a sangre y mierda y otras cosas que es mejor no mencionar—.
He de respirar hondo para mantener la calma.
No tengo ni idea de cuánto dura la lucha.
Durante una pelea, el tiempo suele alargarse extrañamente, incluso en aquellas que se presencian de lejos.
Los gritos se mezclan con los vítores de la multitud.
El público lo está disfrutando, ¿pero por qué no iba a hacerlo?
Este estadio se construyó para la muerte y el entretenimiento.
Trago saliva e intento mantener la expresión neutra.
Quien emerge victorioso del barullo chorreando sangre es un hombre alto de piel pálida y cabello pelirrojo que enarbola una maza que bien podría ser tan larga como mi brazo.
Suelta una risa al tiempo que la estrella contra la cabeza de la última persona que quedaba en pie, sin dejar de caminar hacia el Concilium y el escenario.
Se acerca a le maestre gremial y dice algo, a lo que Fox niega con la cabeza.
Acto seguido sube al escenario. En alguna parte suena un gong que anuncia el primer campeón: el Loco.
El Rey de Copas es un hombre bajo y delgado con la piel morena clara y el cabello y la barba encanecidos.
Lleva las inconfundibles ropas de los Copas: múltiples capas de tela color turquesa y azul marino con detalles cobre que resplandecen bajo la luz del sol.
Se apoya pesadamente en un bastón y atraviesa la arena para anunciar al Mago.
Al igual que con el Loco, tiene lugar una auténtica carnicería.
Ahora, los cadáveres se acumulan sobre la arena, cuya sangre forma charcos en el suelo dibujando patrones carmesíes.
Espero que la lucha continúe, pero entonces vuelve a oírse el gong, tan alto que me sacude hasta los huesos, y se detiene.
El rey se echa a reír, con un sonido que parece más intenso de lo que cabría esperar de su menudo cuerpo.
—Tenéis que ser mucho más rápidos si queréis ser campeones. —Señala tembloroso a la segunda persona que se ha plantado en el escenario—. Tenemos a nuestro Mago.
Así pues, el sigilo sí que es una opción.
Yo estudio al Mago mientras los candidatos a campeones que siguen vivos se retiran de la arena.
El nuevo campeón es bajo —junto al gigantesco Loco , lo parece incluso más—, de complexión delgada, piel tostada y melena negra rizada que le llega por los hombros.
El maestro Diem, del Gremio del Cuarzo, anuncia a la Sacerdotisa .
Esta vez identifico a la campeona antes de que llegue al escenario: se trata de una mujer baja de piel bastante morena con el cabello negro recogido en dos moños .
Derriba a sus oponentes con una facilidad que me provoca un hormigueo en la piel.
Cuando cae el último, la mujer limpia la sangre de sus cuchillos y ocupa su puesto como campeona de la Sacerdotisa.
Y así sigue el proceso. Se suceden los maestros gremiales, los reyes y las reinas.
Van llamando a los dioses uno tras otro, contemplando con deleite las oleadas de muerte que se estrellan a sus pies.
La Emperatriz, el Emperador, el Hierofante, los Amantes : cada uno de ellos se abre paso hasta el escenario y reclama su puesto.
—El siguiente es el Carro.
Mouse prácticamente está dando botes en su asiento a mi lado .
¿Estará contemplando esta Criba o la de hace veintidós años , en la que vio la proclamación de los campeones sentado junto a mi madre?
En aquel entonces, la estrategia de mi madre fue esperar hasta que se nombró a uno de los últimos dioses, con la esperanza de que la mayoría de los aspirantes a campeones hubiesen muerto ya o estuviesen demasiado cansados como para presentar batalla en condiciones.
La Luna es el número diecinueve de veintidós, así que no fue mala estrategia. Espero que me sirva a mí también hoy.
La Reina de Espadas da un paso al frente .
Es una mujer alta y corpulenta de piel muy oscura y melena ensortijada que empieza a encanecer.
Lleva la inconfundible armadura ornamentada al estilo de los Espadas, que hace parecer que tenga olas rompiendo en sus hombros.
Tiene aspecto de ser muy capaz de abrirse camino luchando hasta ocupar el puesto de campeona sin ningún problema.
Pasea la vista por el estadio y exige silencio sin siquiera alzar las manos .
Una vez la gente se calla, se limita a decir :
—Carro.
Yo me había preguntado si alguien estaría dispuesto a enfrentarse a los campeones pasados.
Al parecer, la respuesta es sí, aunque ahora se lanzan a la arena menos personas que con los dioses anteriores.
El Carro suelta un bramido a modo de risa, salta con facilidad el murete que rodea la arena y echa a correr.
Aunque sé cómo funciona su magia, no estoy preparada para ver cómo parece crecer con cada paso que da.
Pronto supera los dos metros diez de altura, corriendo a todo lo que le dan las piernas.
Los esperanzados rivales no tienen ni una oportunidad.
Queda claro que el Carro ha aumentado de velocidad y podría llegar al escenario antes que los demás sin problema.
No lo hace. En cambio, lo que hace es correr alrededor del escenario, arremetiendo contra cada uno de sus oponentes.
Juraría oír los huesos rompiéndose por encima de los gritos y vítores de la multitud.
Algunos aspirantes intentan huir al comprender lo que se les viene encima, pero él los aplasta todos sin dejar de reír. Está disfrutando de la matanza.
—¿Lo entiendes mejor ahora? —me dice Mouse al oído—. Los miembros de la Cinque han tenido veintidós años para acostumbrarse a usar los dones de sus dioses. Debes evitar luchar contra ellos a toda costa.
No me extraña que mi madre se aliase con el Carro .
Tenerlo de su lado debió de ser crucial a la hora de ganar las Pruebas la última vez.
Vencerlo va a ser… Ni siquiera sé si será posible.
Mi idea de tenderle una trampa no es buena, sobre todo tras haber visto el Distrito de Bastos.
Hay menos lugares en los que esconderse y huir de lo que estoy acostumbrada .
Aunque los caminos estuviesen hechos de barro en lugar de adoquines, la idea de cavar un agujero que lo inmovilice resulta imposible. El Carro va a ser un problema.
Los campeones de la Fuerza y del Ermitaño se abren paso hasta el escenario con gran destreza, dejando un reguero de sangre tras ellos.
La Rueda de la Fortuna imita al Mago y aprovecha la lucha para subir con sigilo al escenario.
Alzo las cejas al ver la ornamentada armadura que cubre sus estrechos hombros.
Es de plata por completo, lo cual me indica que pertenece a los altos rangos de los Espadas, probablemente a la nobleza.
¿Qué hace alguien así aquí ? También lleva bastón; seguro que debido a la férula que parece tener en su pierna izquierda, por lo que asoma por el bajo.