Capítulo 2 #3
Aunque hay asientos casi al lado de la arena, Mouse elige un sitio a medio camino y me hace un gesto para que me siente. Yo vacilo, calculando la distancia entre el lugar en el que nos encontramos y el escenario ubicado en medio del óvalo.
—Para cuando llegue a la barrera, la lucha por la Luna habrá acabado. —No puedo permitir que suceda tal cosa. Todo esto no puede haber sido para nada . Cambio el peso de un pie a otro—. Deberíamos acercarnos .
—No hace falta que nos acerquemos. No vas a tener que luchar por la Luna.
—Me lo ha dicho mil veces y sigo sin creérmelo.
Para Mouse, ser la campeona de la Luna es algo sagrado, porque es el papel que desempeñó mi madre cuando ganó.
Cuando murió, en cambio, dudo mucho de que el resto de la ciudad pensase igual.
Los demás aspirantes a campeones no permitirán que algo como la ejecución de la última Luna por traición impida que se hagan con el poder.
Solo hay veintidós campeones cada vez que se celebran las Pruebas, y aquí hay miles de personas contemplando ese escenario, imaginando lo que podrían hacer si ganasen las Pruebas.
Ser parte de la Cinque implica tener acceso al Concilium, el órgano de gobierno de Caelria.
Implica tener voto en las políticas que afectan a toda la ciudad.
Implica poder proponer esas políticas. Sí, el papel acarrea también riquezas y lujo, pero todo eso no es tan importante como el poder; en este caso, en sentido literal, porque la Cinque se queda con la magia que les otorgan sus respectivos dioses.
—Fíjate.
Mouse señala al lugar por el que acaban de entrar en el estadio el Juicio y un par de esbirros, ambos vestidos de negro y armados hasta los dientes.
La gente se aparta de su camino mientras el Juicio se dirige a la arena, en cuyo borde se detiene.
Todos los miembros de la Cinque volverán a competir en un intento de mantener sus puestos.
Si optan por no hacerlo, perderán su magia, que pasará al siguiente campeón.
Mouse jamás ha sabido de nadie en toda la historia de las Pruebas que haya tomado semejante decisión.
No para de llegar gente al estadio, ocupando los sitios vacíos. Mouse carraspea.
—Ahí está la Estrella. Es inmune al veneno; de hecho, empapa en él sus guantes de encaje. Prefiere matar con sigilo y, durante las últimas Pruebas, se apoyó muchísimo en sus aliados para ganar.
Entre sus aliados estaba mi madre, pero cualquier lealtad que la Estrella tuviese para con ella acabó con las Pruebas…, por que tampoco abrió la boca para defenderla.
Aprieto la mandíbula para no señalar que Mouse me ha hablado de todos los campeones pasados más veces de las que soy capaz de contar. No me lo repite porque crea que no me sé todos estos datos; lo hace porque está preocupado.
—Tiene pinta de Copa —digo. Y es cierto. Desde esta distancia, no veo muchos detalles, pero es una mujer delgada de pelo rubio corto y piel pálida vestida con unas capas de tela fina de color turquesa que caen por su cuerpo como si de agua se tratase.
—Está aliada con los Copas. Ellos valoran su alianza e intentarán ponérselo fácil llegado el momento. No te fíes.
No pienso fiarme de nadie . Dado que hay cinco ganadores, la esencia del juego se basa en las alianzas, pero Mouse rechaza de plano aliarse con nadie.
Mi madre sí que lo hizo y, aunque técnicamente eso la ayudó a ganar junto con los otros cuatro, cuando la Corte Menor declaró que había cometido traición, los demás le dieron la espalda sin dudarlo.
—Ahí está el Carro. —No necesito haberlo visto antes para reconocerlo.
Es un gigantón que les saca más de una cabeza a todos los que lo rodean.
Su calva resplandece bajo el sol y tiene la pálida piel de los muslos cubierta de tatuajes.
Lo acompaña una docena de personas mientras atraviesa la multitud a paso largo, acortando enseguida la distancia.
Su magia se basa en la inercia: una vez que se pone en movimiento, es prácticamente imparable.
Cuanto más se mueve, más poderoso se vuelve.
En cuanto me haga con los rayos de la Luna, la mejor jugada para acabar con el Carro será tenderle una trampa en la que no pueda moverse.
No sé cómo voy a conseguir eso , pero es un proble ma para el futuro.
En un mundo perfecto, algún otro campeón acabará con él antes , aunque yo nunca he vivido en un mundo perfecto, y dudo mucho de que mi suerte vaya a cambiar ahora .
Mouse, a mi lado, se pone tenso.
—Ha llegado la Muerte. —Señala, pero me cuesta localizarlo en medio de la multitud.
A diferencia de los demás, no lo acompaña ningún séquito.
Tiene el cabello oscuro y la piel pálida, está tan delgado que casi parece cadavérico y lleva una simple armadura negra—.
No permitas que te toque. Le bastaría un único arañazo para matarte.
—La voz de Mouse se vuelve ronca—. El muy cabrón asesinó a tu madre a sangre fría.
La Corte Menor le dio la orden y la cumplió sin dudarlo.
No hubo juicio ni explicación pública. Un día, tu madre estaba viva y, al siguiente, la Muerte le cortó la puta cabeza.
Siento un nudo en la garganta. Mouse no suele hablar mucho de la muerte de mi madre.
Le duele. A mí también, pero los únicos recuerdos que yo tengo de ella son algún suave abrazo o el aroma a gayuba.
Tomo té de gayuba cuando quiero sentirme más cerca de esa mujer que es una desconocida y, al mismo tiempo, la luz que guía mi vida.
—No sobrevivirá a las Pruebas —prometo.
—No te acerques a él, Kestrel. —Mouse me agarra con demasiada fuerza la muñeca—.
Su magia es el menor de sus poderes. Es capaz de retorcer la verdad con palabras.
Puede que creas que eres inmune, tu madre también lo creía, pero se equivocaba, y tú también si lo piensas.
No puedes confiar en nada de lo que te diga.
—No me acercaré a él —miento. Antes de vengarme, voy a obtener respuestas sobre la muerte de mi madre.
Ahí abajo, trece personas se internan en la arena.
Los color es que llevan los identifican como lo que son: los miembros que quedan del Concilium.
Cinco líderes de gremios, así como el rey y la reina de cada una de las cuatro Cortes Menores .
Uno de los Bastos da un paso al frente y alza las manos para que el estadio entero guarde silencio .
La Criba está a punto de comenzar.