Capítulo 1 #2
—Pero tú no piensas decirle a nadie que tu madre fue la última campeona de la Luna, porque ya sabes lo que sucederá si lo haces.
—Mara me dedica una larga mirada, como si se estuviese pensando si quiere volver a tener otra vez la misma discusión—.
A tu madre la acusaron de traición. Dicen que sus poderes la convirtieron en un animal salvaje.
Aunque ganases, te espera el mismo destino.
—Eso es mentira.
Mi madre no se volvió loca; me da igual lo que digan los rumores que siguen corriendo por la ciudad. El Concilium se lo inventó para justificar su ejecución. Mouse me contó la verdad .
—Kestrel…
Reprimo una maldición.
—Mara, por favor, no quiero discutir . Ya hemos hablado de esto y jamás nos ponemos de acuerdo. No me has traído aquí para volver a pelearnos . Por favor.
—Tienes razón. Lo siento. Es que no quiero que te pase nada malo.
Se detiene delante de un lienzo hecho jirones que algún alma con iniciativa ha clavado en la muralla. Entiendo por qué en cuanto lo aparta y veo lo que esconde…
—¿Qué es esto? —Me acerco lentamente y contemplo el dibujo que hay en la pared .
Es un círculo casi perfecto dividido en partes iguales sobre las que hay unos símbolos inconfundibles.
Es la imagen de la Rueda de la Fortuna, una de los veintidós dioses de Caelria—.
¿Por qué no hemos ido al templo de la calle del Pez?
Está más cerca de casa; de haber ido allí, no tendría que haber subido hasta aquí , joder.
—Porque está cerrado. —Mara recorre con un dedo la curva del círculo—. El último clérigo murió hace unos meses . Pocos días después, los Bastos compraron el templo.
—¿Pero por qué está dibujado este símbolo aquí? —No consigo apartar la vista de la imagen. Aunque no es más que un dibujo sobre la piedra, desprende una energía extraña, haciendo que me hormiguee la piel—. Podrías haber creado el altar más cerca de casa.
—Aquí arriba no viene nadie. —Se gira y me agarra de las manos, con una súplica en sus ojos azules—. Vamos, Kestrel. Haz una ofrenda conmigo. Lo peor que puede pasar es que no funcione, pero habrás complacido a una vieja amiga.
—Lo peor que puede pasar es que sí funcione, y la suerte de la Rueda se vuelva contra mí. —Solo hay algo peor que no tener suerte: tener mala suerte.
Mara esboza una sonrisa.
—¿Ves ? Sí que crees que nos están observando los dioses.
— Tal y como tú misma has señalado, soy una ladrona.
Por supuesto que me da miedo que la suerte de la Rueda se vuelva contra mí.
—Alzo la cabeza y contemplo la larga superficie de la muralla hasta llegar al leve gajo de la luna creciente, que ya se está ocultando—.
Pero no voy a ser la campeona de la Rueda, sino de la Luna.
—Ya lo sé. Por eso he venido preparada. —Me enseña dos monedas, baqueteadas como solo lo están las cosas verdaderamente viejas. Con una floritura, en su otra mano aparece un alfiler—. Un par de gotas de sangre, algunas palabras sinceras y te librarás de mí.
La leve sonrisa que esbozo desaparece y un dolor familiar brota en mi pecho.
—Yo jamás he querido librarme de ti, Mara. No fui yo quien lo decidió.
El dolor que sentí después de que rompiese conmigo ha dado paso a una ternura omnipresente, pero, por mucho que a Mara le guste reescribir el pasado a veces, no pienso permitírselo.
Es otro de los motivos por los que probablemente lo nuestro jamás habría funcionado, aunque hubiese apoyado lo que voy a hacer hoy.
—Ya lo sé. —Lanza las monedas al aire con un ligero movimiento y las atrapa de nuevo—. Pero deberías llegar a las Pruebas tan protegida como sea posible.
La curiosidad acaba con mis reticencias.
Me inclino para echarles un vistazo de cerca a las monedas.
Hace mucho tiempo, puede que cuando los clérigos establecieron el calendario de los dioses, este tipo de monedas eran de uso común.
Durante las últimas Pruebas no resultaba difícil hacerse con ellas.
Sin embargo, a medida que he ido creciendo, cada vez se ven menos, hasta el punto de que ya no recuerdo la última vez que vi una.
—¿Dónde las has encontrado?
— Por ahí. —Eso significa que las ha robado.
Suelto un suspiro.
—Esto es una mala idea.
—Cállate ya. —Se sienta con las piernas cruzadas—. Dame la mano.
No puedo sino hacerle caso. Me siento, y mis rodillas rozan las suyas.
Dejo que me agarre la mano y deposite en ella las dos monedas.
En una se ve la inconfundible Rueda de la Fortuna, mientras que la otra muestra el ciclo lunar, de llena a nueva y una vez más a llena, sobre un garabato que se supone que es un río. La Luna.
Mara agarra mi mano libre y, sin perder un instante, me da un pinchazo en el dedo corazón. Contemplo la sangre que brota: un punto negro resplandeciente sobre mi piel en medio de la oscuridad.
—Ay.
Me ignora.
—Para la Rueda de la Fortuna, nuestra ofrenda es una gota de sangre a cambio de buena suerte para Kestrel. —Pega mi dedo a la moneda de la Rueda—. Y para la Luna…
A Mara se le quiebra la voz. Me contempla con esos límpidos ojos azules en los que está todo mi pasado y también mi futuro, dividido entre una muerte segura y la posibilidad de algo más, de algo mejor, no solo para mí, sino para todos los habitantes de los Sedimentos.
Aunque Mara no me vea con muchas posibilidades de sobrevivir a las Pruebas, comprende por qué voy a participar.
Los Sedimentos no les importan a los dioses ni a la Cinque actual, pero a mí sí .
—Bendice a tu hija, Luna. Será la mayor campeona que has visto jamás —añade Mara, y pega mi dedo ensangrentado a la moneda de la Luna.
Me doy cuenta de que estoy aguantando la respiración a la espera de…
algo. Que la Luna altere su curso y me bañe con su luz a modo de bendición.
Que sople una brisa que no apeste a humanos e inmundicia, incluso a esta altura.
Un hormigueo. Algo . Sin embargo, lo único que pasa es que sigo aquí sentada, sintiéndome como una niña que se ha inventado un juego. Carraspeo.
—Bueno, ha sido bastante decepcionante.
Mara me da un golpecito en el hombro.
— Ten fe, Kestrel. Es la primera regla de la religión. — Se pone en pie, con un crujido en la rodilla ( una vieja herida), y rueda los hombros—. ¿Me dejas un momento a solas?
—Claro.
Me levanto y me alejo para darle algo de intimidad.
Ella apoya la mano sobre el dibujo de la Rueda de la Fortuna en la pared e inclina la cabeza.
No alcanzo a oír lo que dice, y si hace una ofrenda de sangre, tampoco lo veo.
No lo habría visto ni aunque lo hubiese intentado.
Mara tiene las manos más rápidas que conozco.
Ni siquiera ha tenido que huir en su vida de los Bastos, cosa que casi ninguno de nosotros puede decir.
Unos instantes después se acerca a mí. Tiene los hombros hundidos, pero, en cuanto ve que la observo, se endereza y sonríe.
— Te acompaño a casa.
—No hace falta.
—Lo que no hace falta es que tú pongas pegas cada vez que alguien te ofrece la más mínima ayuda. —Me pasa un brazo por los hombros y me da un apretón—. Vámonos, no sea que el viejo piense que te has escapado y se le pare el corazón.