Las Pruebas del Tarot Capítulo 1
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Las Pruebas del Tarot

Las Pruebas del Tarot

Por Katee Robert

© inepub.com

Capítulo 1

H oy es el día más importante de mi vida. Ahora mismo debería aprovechar para dormir unas horas, acurrucada entre Quoll y Pika, con el fin de estar tan preparada como sea posi ble para el baño de sangre que se avecina.

En cambio, a petición de mi exnovia, lo que hago es ascender hacia una parte de los Sedimentos por la que casi nunca paso.

Quién sabe por qué querrá Mara que nos veamos tan cerca de las murallas; probablemente se trate de un último intento a la desesperada para hacerme cambiar de opinión.

Qué necia soy por haber accedido. Debería dar media vuelta ahora mismo y regresar a la relativa comodidad de mi cama.

Me detengo a recuperar el aliento y me asomo al borde de un tejado.

Se me corta la respiración por la altura.

Creía haber perdido hace años el miedo a una caída mortal, pero, claro, apenas he tenido motivos para alejarme tanto de las calles de ahí abajo.

Y aún me queda un buen trecho que ascender, porque mi destino está en uno de los tejados más altos.

Quizá Mara pretenda arrojarme desde allí.

Suelto una risita y me sujeto a uno de los agarraderos cincelados del edificio que tengo enfrente.

Están desgastados y lisos a causa de cientos de manos y pies que han pasado por este lugar a lo largo de los años.

Me impulso y sigo ascendiendo, atisbando a la gente que vive aquí: dos ancianos bebiendo en una mesa ajada.

En el siguiente edificio veo una familia arrebujada sobre una alfombra en el suelo.

En otro, una pareja que está… Aparto la vista de golpe y sigo subiendo. Lo que hacen no es asunto mío.

Tardo una hora más en llegar a la cumbre.

Cada nivel que subo me acerca más a la muralla en sí: un gigantesco monstruo que nos impide escapar.

Aquí, el aire me parece diferente, pero quizá sea mi imaginación.

Me encuentro en la parte más alta de los Sedimentos y, aun así, la muralla se eleva hacia el cielo nocturno.

En esta parte debe de medir casi cuarenta y cinco metros; es uno de los grandes dedos que se alzan para bloquear el Sol, un recordatorio omnipresente de que los habitantes de los Sedimentos estamos aquí atrapados para siempre, entre la muralla y el resto de la ciudad, que descansa sobre una alta colina.

Nos encontramos, literalmente, a la sombra de ambas, hasta el punto de que el Sol solo nos toca un rato cada día durante la mayor parte del año.

Y en invierno ni eso: no nos alcanza en absoluto.

Me obligo a avanzar por el tejado hacia la muralla. Podría alargar la mano y tocar la piedra si quisiera. Pero no quiero. Su mera presencia me pone de los nervios, como una voz ligeramente desafinada.

Para distraerme, me giro y contemplo las partes de Caelria que alcanzo a ver.

En cada lado, la muralla se curva alrededor de la ciudad, dejando los Sedimentos bajo su sombra.

Es como si quienes viven en la colina —los gremios, la Corte Menor y sus ciudadanos privilegiados— arrojasen a los marginados para que se estrellasen contra la muralla, como una ola contra la piedra.

El único lugar donde los Sedimentos no tocan la muralla es en el pequeño trecho del mar Cojumbroso donde esta se adentra, un mar que da forma a la bahía en la que se encuentra Caelria.

Aquí, en la ciudad, se nos niega hasta el horizonte.

—Has venido.

Al girarme veo a Mara, que está en el tejado a mi espalda. No la he oído llegar, pero es algo a lo que ya estoy acostumbrada. Nadie oye a Mara a no ser que esta quiera que la oigan.

—Me pediste que viniera.

—Sí, bueno, te pido muchas cosas, pero solo accedes a veces.

Es muy delgaducha, un amasijo de huesos y cartílagos, de piel demasiado pálida, cabellos de tono rubio oscuro y un rostro tan afilado como su temperamento. Mara atraviesa el tejado con movimientos rápidos y furtivos y me da un fuerte abrazo.

—Supongo que no has cambiado de opinión sobre lo de ir a la Criba.

Me tomo la libertad de aferrarme a ella durante un instante demasiado largo. Aunque nuestra relación se haya acabado, no fue por decisión mía. En realidad, tampoco fue decisión de Mara. Lo que va a suceder mañana pesa demasiado sobre ambas.

—Sabes bien que no.

— Siempre queda la esperanza. —Suspira y me da un último apretón—. En ese caso, espero que puedas perdonar a una amiga que se preocupa por ti.

Mi suspicacia aumenta. Creo que Mara sería capaz de encerrar me bajo llave en alguna habitación durante las siguientes doce horas…

, lo suficiente para asegurarse de que no participo en la Criba.

Pasarán otros veintidós años hasta que se me presente otra oportunidad de formar parte de la Cinque, para poder tomar decisiones que afecten realmente a la ciudad, encontrar respuestas a lo que le sucedió a mi madre hace tantos años.

Para entonces, ya seré tan vieja y estaré tan rota como Mouse. No puedo dejar pasar esta oportunidad.

—Mara… —Trago saliva para reprimir las palabras a la defensiva que amenazan con salir por mi boca—. No quiero pelearme contigo. Por favor.

—Yo tampoco quiero pelearme contigo. —Me agarra de la mano y me lleva hasta el extremo opuesto del tejado. Me da la sensación de que la temperatura baja con cada paso que damos hacia la muralla—. No vamos a tardar mucho tiempo.

—Estupendo. Sabes bien que la muralla me pone de los nervios.

No entiendo cómo puede vivir así la gente que hay bajo este tejado.

En nuestro apartamento apenas cabemos Mouse, Pika, Quoll y yo misma junto con los pequeños, pero al menos nos separa cierta distancia de la muralla.

En ocasiones, estoy casi convencida de que no siento la presencia de la muralla, que queda fuera de mi vista.

Mara pone los ojos en blanco.

—No entiendo por qué la odias tanto. Si no fuera por la muralla, los monstruos de las tierras salvajes arrasarían Caelria. ¿A quién crees que se comerían primero? No sería a esos hijos de puta ricos que viven colina arriba.

Es otra discusión que hemos tenido tantas veces que ya no da para más.

Mara no se equivoca, pero tampoco está del todo en lo cierto.

Dentro de Caelria hay muchos otros depredadores, la mayoría de los cuales cazan en los Sedimentos.

Por mucho que estemos protegidos de las tierras salvajes, no estamos a salvo del todo.

Inspiro hondo y, reprimiendo mi réplica habitual, digo:

—No dispongo de mucho tiempo.

Tengo que recoger a Mouse, que me va a acompañar al Distrito de Bastos para entrar en el estadio antes de que suene la duodécima campanada.

El estadio suele usarse para albergar a los prisioneros condenados a muerte, pero, cada veintidós años, durante el primer equinoccio del año de la Rueda de la Fortuna, se emplea para celebrar la Criba.

Mara también suelta un suspiro.

— Si tan decidida estás a hacer esto, deja que te ayude de la única forma que sé.

—Alza una mano antes de que yo tenga oportunidad de protestar—.

No quiero discutir, Kestrel. No me vengas con que no crees en los dioses cuando estás a punto de luchar para convertirte en la campeona de una de ellos.

Ya hemos visto lo que pueden hacer los de la Cinque. ¿De dónde crees que proviene su magia?

—Nunca he dicho que no crea en los dioses. —No puedo evitar que me salga un tono brusco. Nunca lo consigo—. Está claro que existen…, igual que lo está que no les importamos una mierda más allá de las Pruebas del Tarot.

Yo tenía tres años cuando se celebraron las últimas Pruebas.

Aunque pudiese recordar aquella época, en realidad no las presencié personalmente.

Puede que fuera mejor así, teniendo en cuenta que mi madre estaba entre los campeones que se abrieron paso a sangre y fuego hasta la victoria.

Poco le duró la alegría: apenas un mes después, la ejecutaron por traición.

¿Pero cuál fue el delito que cometió? Al parecer, no es algo que deba saberse en la ciudad.

Ni siquiera Mouse lo sabe a ciencia cierta, por más talento que tenga para discernir entre rumores y mitos hasta llegar a la verdad.

— La Cinque…

—A la Cinque tampoco le importamos una mierda. Al menos a la de ahora.

La Cinque: los cinco ganadores de las Pruebas.

Se supone que son las voces de los dioses en el Concilium, el órgano de gobierno de Caelria.

No he visto que los cuatro miembros que siguen vivos desde las últimas Pruebas —el Juicio, el Carro, la Estrella y la Muerte— hayan hecho lo más mínimo para ayudar a la gente que tanto los necesita.

Puede ser que no les importemos a los dioses o que estos se encuentren demasiado lejos como para obligar a sus campeones a hacer nada.

La conclusión es la misma: no vale la pena preocuparse por ellos en el día a día.

—Todo eso cambiará cuando yo gane —añado.

—Puedes mentirte a ti misma si lo necesitas, pero a mí no me mientas —dice Mara impertérrita—. A ti lo que te impulsa es la muerte de tu madre, su espectro.

Pues claro que sí. ¿Qué otra cosa iba a ser?

Mi madre logró todo lo que Mouse y ella habían soñado , pero fue asesinada antes de poder usar aquel poder que tanto le había costado conseguir para ayudar a los demás habitantes de los Sedimentos.

Mouse lleva a mi lado desde que ella murió, guiándome hacia las Pruebas. Hacia el cambio , hacia las respuestas.

—Quiero saber por qué murió. Por qué la traicionó la Muerte.

Los demás también la traicionaron, pero fue la Muerte quien la ejecutó.

—Ya lo sé. —Sus palabras son poco más que un suspiro—. Pero la Muerte es parte de la Cinque desde hace veintidós años, y ya por aquel entonces era temible, cuando aún no había tenido la oportunidad de cultivar sus poderes. Antes de darte las respuestas que buscas, te matará.

—Fue aliado de mi madre y acabó cortándole la puta cabeza —espeto—. Me debe una respuesta.