55. El perdón
EL PERDÓN
La escena me impresiona. Sitara lleva un vestido rojo rasgado a la altura de los muslos. Es la primera vez que la veo con el pelo suelto. Cientos de trenzas negras le caen sobre el pecho. No forcejea, solo mira a la masa enfurecida con una mezcla de asco y superioridad.
Me abro paso a empujones hasta llegar delante. Me ve salir y suelta una carcajada. Está lo bastante cerca como para que vea el odio en sus ojos. Alza la voz para que pueda escucharla.
—¡Aquí estás, mi pequeño loto! ¿Contenta?
¿Es esto lo que querías? ¿Una revolución?
—Suelta una carcajada—. Tenía que haberlo previsto.
Supongo que siempre lo supe. Homo hominis lupus est , ¿recuerdas?
Leviatán . Incluso tú, con tu discursito sobre la igualdad, eres un lobo con ansias de poder.
—Abre los brazos y observa a la masa, que escucha en silencio—.
Sí, ¡miradla todos! Nova Black, la nueva Gobernadora de Babel.
O de Aletheia Phōs. ¡Qué más da! Mismo perro con distinto collar.
Vuelve a centrar su mirada en mí.
—Venga, hazlo ya. Mátame y reinicia el bucle. Así ha sido por milenios, pequeña estrella. Todos los imperios caen tarde o temprano. No lo olvides cuando sea tu hora.
Alzo la voz para que me escuche.
—No quiero matarte. Tampoco busco ocupar tu lugar. —Sitara ríe y niega con la cabeza, como si no creyera mis palabras—. Solo intento hacer de este mundo un lugar más justo. No busco poder, busco verdad.
Suelta otra carcajada.
—¿La habéis oído? Dice que no busca poder, pero aquí está, volando por los aires una ciudad entera en vez de cambiarla desde dentro.
Eso, querida mía, es hambre de poder. Pero no te preocupes, cuando lo pruebes, cuando sepas lo que conlleva, seguirás mis pasos.
Y lo que ahora te parecen errores se convertirán en decisiones difíciles para mantener el equilibrio.
Somos iguales. Dos estrellas iluminando el mismo camino.
—No lo somos, Sitara. Míralos. —Alargo un brazo para señalar a la masa detrás de mí—. Tú los has tratado como monstruos. Los has convertido en esclavos. Yo los he hecho libres. Y eso lo cambia todo desde el principio.
No estoy preparada para la ovación. El rugido me sacude.
—¡NOVA! ¡NOVA! ¡NOVA!
Me cuesta respirar.
El eco de mi nombre me retumba en el pecho mientras levantan los puños al aire. Me noto mareada, como si el suelo no fuera estable bajo los pies. Miro a mi derecha al notar una mano sobre mi hombro. Adrien acerca la boca a mi oído.
—Te dije que tú sola podías hacerle jaque al mundo y parece que no me equivoqué.
No respondo. Estoy aturdida.
Los gritos empiezan a bajar de intensidad y Sitara alza la voz sobre nuestra cabezas.
—¿Lo ves? Ya ha empezado. Puede que te sientas incómoda al principio, pero los baños de validación se vuelven adictivos. Y ahora, haz lo que has venido a hacer. Mátame y comienza con tu perfecto gobierno de luz y verdad.
Me giro buscando el mecanismo que me permita bajar a Sitara del muro.
—¿Alguien sabe cómo…?
Antes de terminar mi petición, se activa. Empieza a descender por el hormigón lentamente hasta que sus pies tocan el suelo. Se queda rígida, con la espalda pegada al muro y la barbilla levantada.
Me acerco a ella y bajo la voz para nadie más pueda escucharnos.
—No quiero que mueras, Sitara. Me pareces una mujer fuerte e inteligente. Muchos aquí te respetan. Si te arrepientes de manera pública, si nos apoyas, podríamos trabajar para reconstruirlo todo desde un lugar más humano.
Alza una ceja y sonríe. Tiene los labios rojos y gruesos cuarteados por el sol.
—Arrepentirme. —Pronuncia la palabra de forma pausada, saboreando cada sílaba. Proyecta la voz para que todos puedan escucharla—: ¡Vuestra nueva Gobernadora me pide arrepentimiento! Arrepentirme. Yo. ¿De qué, si puede saberse?
Sabía que no iba a ser tan fácil. Antes de que pueda responder, oigo un grito gutural a mi espalda.
Sira sale de entre la multitud y señala a su madre con lágrimas en los ojos.
No puede hablar, pero sus gestos lo hacen por ella.
Apunta el dedo hacia el muro, hacia el suelo, hacia su propia boca y hacia Sitara de nuevo.
Respira hondo y abre la boca para pronunciar lo único que, por irónico que parezca, su amputación le permite decir.
—Ma-má… —Señala al resto de los modificados y luego se pasa el pulgar por el cuello. Lo repite de nuevo, gritando—: MA-MÁ…
Se da un golpe en el pecho. Se le contrae la cara por el dolor.
Sitara guarda silencio unos segundos y algo en su rostro cambia. Aprieta los labios, inspira despacio y abre los brazos de manera lenta y controlada. El gesto recorre la multitud como una ola de murmullos. Es la primera vez que noto el temblor en su voz.
—Si de algo tengo que arrepentirme… es de haberte causado tan inmenso dolor. Ven, Sira. Ven, hija mía.
Miro a Sira, que nos observa con la boca abierta por escuchar a su madre pronunciar su propio nombre.
El conflicto se refleja en sus ojos. La lucha entre la duda y las ganas de correr hacia ella.
Empieza a llorar con más fuerza. Da un paso.
Luego otro. Se lanza a los brazos de Sitara con un ataque de llanto.
Reculo y me aparto para dejarles intimidad.
El silencio en el claro es total, solo roto por los lamentos guturales de Sira.
La Gobernadora le acaricia el pelo con ternura.
Me mira y sonríe. Y entonces, en un gesto que me confunde, levanta la punta de su zapato y alarga el brazo derecho para coger la cadena del arnés, suelta a sus pies.
Ocurre tan rápido que no me da tiempo a reaccionar. Rodea el cuello de Sira, tira con violencia y la aprisiona contra su cuerpo. Doy un paso hacia ellas, pero La Gobernadora niega con la cabeza.
—¡Ni se te ocurra, Nova! ¡Que nadie se mueva o juro por Babel que la mato ahora mismo!
Mierda.
—Te hice fuerte, maldita sea. —Escupe las palabras, apretando con fuerza la cadena en torno a su cuello—. Te enseñé lo que es la justicia. ¿Y así me lo pagas?
Las manos de Sira arañan la cadena. Me mira asustada.
—Sigues siendo una traidora, mod 3.709. Igual que él . Y en Babel, los traidores pagan su castigo con su patética vida.
Aprieta con más fuerza. Sira empieza a ahogarse y el pánico me atraviesa. Va a matarla.
Pienso en la manera más rápida de impedírselo. Y entonces, justo cuando mi cuerpo se prepara para saltar sobre ellas, ocurre.
Veo el destello antes de entender qué está ocurriendo.
El cuchillo sale volando de la multitud y la hoja se clava en la garganta de Sitara.
Abre los ojos con expresión de sorpresa e intenta hablar, pero la sangre empieza a salirle a borbotones por la boca.
Suelta la cadena y Sira da un paso hacia atrás con expresión de terror.
Su madre se lleva el puño derecho al pecho y balbucea mientras la sangre le resbala por el vestido rojo, confundiéndose con el tejido.
—Pureza… Permanencia… Humani…
No termina la última palabra. Su cuerpo golpea el suelo. Sira suelta un grito y se tapa la cara con las manos. La sangre de su madre le ha salpicado las mejillas.
Corro hacia ella y la rodeo con los brazos. Está temblando.
Levanto la vista, aturdida, buscando al responsable.
La multitud se abre lentamente, como empujada por una fuerza invisible.
Veo a miembros del Círculo Plateado, con Malacai al frente. Aprieto a Sira con fuerza, preparada para cualquier cosa.
El comandante se detiene a unos metros, me sostiene la mirada y levanta el puño derecho al aire.
—¡POR ALETHEIA LIbrE!
El rugido es inmediato.
Y en ese momento entiendo que los rumores eran ciertos.
Había un topo en las filas de Sitara.
Malacai Reed, comandante del Círculo Plateado. Líder de Aletheia en las sombras.
Auténtico símbolo de la revolución de Babel.