Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 49. El pasado
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49. El pasado

EL PASADO

Adrien

Intento avanzar hacia los escombros, pero dos supervisores se me adelantan.

Uno de ellos se tapa la nariz con la manga del uniforme.

«—Joder, odio venir a este sector. Huele a muerto.

El otro se agacha cerca de la mano y tira de ella con todas sus fuerzas hasta que un cuerpo emerge.

»—Para muerta esta de aquí. ¿Has oído eso? Escanéala, voy a inspeccionar el fondo. —Tras unos segundos, reaparece señalando algo que no logro ver—. ¡Hay un niño!

Se me aceleran los latidos, como si acabara de darme cuenta de quién es esa mujer de largo pelo negro y labios amoratados.

»—Lívia Solterra. Modificación sexual. Veintitrés años. Qué raro, no aparece descendencia en su registro…

El otro supervisor reaparece de la mano de un niño de apenas dos años. Tiene los ojos grises y la cara sucia, llena de legañas y restos de lágrimas. Le pasan el escáner por el brazo.

»—No me jodas. Mira esto.

Uno de los supervisores le muestra la pantalla a su compañero y se miran con una expresión difícil de descifrar.

»—Joder… Pues según esto, ha rechazado la paternidad pese a que el sistema da por válido el ADN. La petición debe de ser muy reciente para que ERIS no haya borrado aún el apellido del sistema…

»—Me da la opción de modificarlo.

»—Pon Adrien Solterra entonces».

Intento acercarme para ver la pantalla, pero está borrosa. Necesito entender a qué se refieren. Hablo por primera vez, pero me ignoran.

—¿De qué coño habláis? ¿Qué apellido habéis cambiado?

—Nadie te escucha. —Miro a mi derecha y doy un paso atrás al verme a mí mismo vestido como benefactor—. Esto es solo un recuerdo de tu subconsciente mezclado con imágenes grabadas por ERIS.

Me llevo la mano a la cabeza. Empiezo a recordar por qué estoy aquí.

—¿Dorian?

—¿Dorian? —Me imita en tono de burla—. Vas perdiendo reflejos, Solterra. Empiezo a preguntarme si hice bien en transferirme a un tío incapaz de proteger a la mujer a la que ama.

Parpadeo y sacudo la cabeza para intentar alejar el dolor. Hago un esfuerzo por responderle del mismo modo que si estuviéramos en la vida real.

—¿Te jode que Rissman esté a punto de extirparte como el tumor de mierda que eres?

Me ignora.

—Quiero que entiendas por qué te he enseñado este recuerdo.

Tienes que dejar de mentirte a ti mismo con la historia melodramática del niño huérfano sin implantar.

Tu madre era una furcia a la que alguien con poder se trajinó.

Fin. Fuiste un error que quisieron ocultar a cualquier precio.

¿O crees que el módulo colapsó por casualidad?

Se agacha y señala a mi madre.

—Pobre Lívia. Estoy seguro de que pensaba que tu padre iba a ayudaros, aunque fuera por caridad. Pero ¿quién se preocupa por una trabajadora sexual del Nivel 42 cuando lo tiene todo varios kilómetros más arriba?

—¿Quién era? ¿Quién coño era mi padre?

Se pone de pie, hace una mueca y vuelve a imitarme con tono de burla.

—Oh, Dorian, cuéntamelo, por favor. Cuéntame quién era mi papá para que pueda curar mi herida de machito egocéntrico.

—Suelta una carcajada—. ¿Sabes qué, Solterra?

Me das una pereza tremenda. Ahora que te conozco tan bien, que sé lo triste y pusilánime que eres, me da vergüenza ajena hasta tener tu aspecto.

Chasquea los dedos y su imagen cambia. Sigue llevando mi traje de benefactor, pero es otra persona. Un hombre joven, de pelo rubio y un ojo de cada color: azul y anaranjado.

Parpadeo y aparezco en El Atrio, rodeado de candidatos. No se mueven, como si el momento estuviera congelado en el tiempo.

—Mírala. La increíble tocapelotas de Nova Black.

Dorian le acaricia la mejilla. Tiene la vista clavada en el techo. Los candidatos están bajo los círculos azules.

—Y mírate a ti, en las escaleras. Le echaste el ojo desde que Cyrus leyó su ficha delante de la audiencia: sin modificaciones y sin estadísticas.

Pensaste que podría ser la infiltrada de Némesis.

Es lo que más te jodió, ¿verdad? Confirmar en El Núcleo tu primera intuición y darte cuenta de que ya era demasiado tarde.

Estabas completamente enamorado de ella. Aunque no eras el único.

Da unos pasos a su izquierda. Un hombre negro, joven y corpulento, con el brazo derecho biónico y el pelo trenzado, mira en dirección a Nova.

—Kieran Renn. No lo recuerdas, pero fue el mejor amigo de Nova. El único, en realidad. Drax le reventó la cabeza en La Caza y la obligó a mirar mientras moría.

Parpadeo y volvemos a cambiar de escenario. Estoy en el bioma de una ciudad en ruinas. Delante de mí, abrazo a una Nova rota, que grita y se revuelve entre mis brazos.

—Te saltaste las normas por ella. Creíste que si abrías tu corazoncito de hombre difícil quizá la ayudarías a superarlo.

Pero ¿sabes algo, Solterra? Cuando Nova llegó a Inferno, la forcé a superar una ronda de supervivencia en forma de bucle con su vida perfecta.

¿Quieres verla, Adrien? ¿Quieres ver quién aparecía en esa vida perfecta?

Al parpadear, veo a Nova en la cama de un módulo, sentada a horcajadas encima de Kieran, moviéndose en círculos sobre él mientras gime. Aparto la vista.

—No, no, mírala, Solterra. Mira a tu Nova tirarse a su amigo del alma en su vida perfecta. Una en la que tú no tienes cabida. ¿Te ha dicho que eres extraordinario? ¿Especial?

Los gemidos de Nova no me dejan pensar con claridad.

—¿Cómo no iba a decirlo, Adrien? Eres el clavo ardiendo al que se agarra cuando no tiene nada más a lo que cogerse. ¿Quieres saber lo que piensa de verdad de ti? ¿El miedo que le provoca tu oscuridad?

La siguiente escena hace que me caiga de espaldas. Me veo sobre la nieve, de rodillas, inclinado sobre el cuerpo de Moriander. Vamos vestidos con trajes de combate negro. Me contempla con lágrimas en los ojos.

«Para, por favor… Por favor… Adrien…».

Le arranco una de las cuchillas y el tendón salta con un chasquido seco. Su grito me hiela la sangre.

—Eso es lo que eres, Adrien. Un monstruo cegado por el odio. Mira a Moriander. ¿Cuántas veces la sentaste en tu regazo, desnuda, con su larga melena pelirroja cayendo sobre los muslos? ¿Eso es lo que querías? ¿Usarla como usaron a tu madre para terminar torturándola? Tú la mataste. A las dos.

Niego con la cabeza. La voz de Dorian se me mete en el cerebro y cierro los ojos con fuerza. Cuando los abro de nuevo, el escenario ha vuelto a cambiar. Me quedo paralizado. Mi corazón ha dejado de bombear. El oxígeno no entra en mis pulmones.

—Levi…

Estoy en la esquina de una celda. Me veo a mí mismo intentando acudir junto a mi hermano. Tiene una mano levantada para impedir que me acerque mientras miles de larvas lo devoran.

Dorian susurra a mi lado:

—Dijiste que lo protegerías siempre, ¿recuerdas? Cuando era niño. «Siempre hermanos». Se lo repetiste la misma noche que escapaste de El Foso. «Siempre hermanos, Levi. Voy a cuidar de ti». Y lo abandonaste.

La imagen se congela con Levi contorsionado y las cuencas de los ojos vacías. Noto las lágrimas resbalarme por las mejillas.

—Subiste a El Atrio, te convertiste en campeón, luego en benefactor y…

—Suelta una carcajada y me da un golpe en la espalda—.

Joder, Solterra, tuviste los cojones de bajar al Nivel 42 para disfrutar de las fiestas clandestinas y no te dignaste ni a saludarlo.

Lo ignoraste del mismo modo que se ignora a la pasta grisácea de cuarta impresión que vendéis en ese mercado negro vuestro.

No puedo apartar la mirada de Levi. De su cuerpo lleno de agujeros. De su expresión de horror.

—Ese eres tú: Adrien Solterra. Una vez del 42, siempre del 42. Una vez monstruo…

Las palabras me atraviesan. Caigo de rodillas y me llevo una mano al corazón.

—Sí, Adrien. Así me gusta. Siente cómo te consumes. Cómo te gano terreno. Admítelo: no le llegas ni a la suela de las botas a tu queridísima Nova Black.

Al mencionar su nombre, oigo una voz en mi mente.

«No olvides lo que te dije en el módulo: eres mi hogar».

—Su hogar…

—¿Cómo dices?

Cierro los ojos y trato de concentrarme. El escenario cambia de nuevo. Escucho su risa antes de abrirlos de nuevo. Estamos en un módulo de El Núcleo. Nova y yo nos abrazamos bajo las sábanas.

Busco a Dorian, pero no está. Vuelvo a centrar la mirada en nosotros.

Tenemos los dedos entrelazados y nos acariciamos el dorso de las manos, las muñecas y los antebrazos con movimientos lentos, casi distraídos. La intimidad me abruma. Jamás he vivido algo así con nadie. Ella vuelve a reír y el calor me inunda el pecho.

«—Me haces cosquillas.

»—¿Cosquillas? —Cuelo la mano por debajo de las sábanas y Nova ríe de manera compulsiva—. Esto sí son cosquillas.

»—¡Adrien!

Intenta devolverme la jugada y acabamos riendo los dos acalorados.

Nova me sujeta la cara con las manos y coloca los pulgares bajo mi mandíbula. Empieza a darme besos cortos y rápidos con urgencia mientras sonríe. No opongo resistencia.

Su boca roza cada centímetro de mi piel: las mejillas, la frente, los párpados. Pasa por la comisura de los labios, baja hasta la barbilla y me recorre el cuello con más besos. Se separa un momento para mirarme y veo mi cara de éxtasis.

»—Te quiero tanto, Adrien».

Aunque no soy yo el que está en esa cama, el amor que proyectamos juntos me inunda.

—Conque jugando al escondite, ¿eh, Solterra? —Me giro para confrontar a Dorian—. Me ha costado encontrarte, pero aquí estamos de nuevo.

El escenario se emborrona, como una mancha de colores mezclados. Lucho por controlar la situación y Dorian me mira con el ceño fruncido. Intento llegar a otro recuerdo, pero él refuerza su poder y contrarresta el mío.

—¿Te crees que esto es un pulso? Porque no pienso dejarte ganar. Eres un puto despojo humano incapaz de…

Me concentro en lo que acabo de sentir al escucharla hablar.

En el sonido de sus besos. En la risa.

Joder, esa risa.

El escenario cambia a mi favor. Aparecemos en una selva. A mis pies, veo a Nova reposar la cabeza sobre mi pecho. Nos escucho hablar en voz baja.

«—¿Lo entiendes, Nova? Baal y yo no somos tan diferentes.

»—Sé quién eres, Adrien Solterra. Lo sé mejor que tú mismo».