45. El mecenas #2
—Conocí a Barron Vanderly durante una cena benéfica organizada por su madre.
Arabella me dejó tirado en el último momento.
La convencí para que me perdonara por asociarme con ellos y le dije que, aunque su nombre no apareciera en ningún lado, ella seguiría formando parte del proyecto.
Le mentí, claro, no le dije cuáles eran los términos de la venta.
No se dio cuenta de lo que había hecho hasta el final.
Cierra los ojos y el escáner aparece de nuevo.
Cuando entramos en el recuerdo, Elias y un chico joven están tumbados en lo que parece ser un tejado. Es de noche.
—Me encantaba fumar hierba con él. Salían ideas tan locas…
El Elias del recuerdo suelta una bocanada de humo y mira a su amigo.
«—Papá me ha dicho que ya sabéis dónde será la primera. Y que nosotros iremos allí cuando llegue el momento. La U.N.T.E.R. central la llamáis, ¿no? Pensaba que elegirías Las Vegas, pero el Área 51 me parece una puta pasada. Muy de peli de ciencia ficción.
Elias le pasa un cilindro de papel torcido de color marrón y asiente.
»—Sí, ya está el cupo completo. Tu padre solo tuvo que hacer unas llamadas y en quince minutos tenía la unidad llena con las familias más poderosas de Occidente, algunos millonarios tecnológicos, políticos amigos de tu padre y militares, como protección.
»—¿Cuántos caben?
»—En el resto, más de cincuenta mil. En esa, tu padre ha insistido en mantenerla por debajo de cinco mil para reforzar el estatus. Teniendo en cuenta que tendremos la mayor reserva de comida de toda la red, podríamos vivir casi setecientos años bajo tierra sin escasez de recursos.
»—¿Y el resto de las unidades?
»—También subsistirán, pero el sistema de huertos hidropónicos solo estará bajo las cúpulas bioclimáticas, para la élite. Los demás niveles tendrán acceso a comida impresa.
»—Qué asco. El otro día me dieron a probar caviar impreso y casi lo vomito. Sabe fatal.
»—Se acostumbrarán.
Barron suelta una carcajada.
»—Qué remedio, ¿no?».
El cambio de recuerdo ocurre muy rápido. Parpadeo para acostumbrarme.
Estamos en una especie de biblioteca. Una Arabella más adulta está sentada en el suelo, con las rodillas flexionadas y los ojos hinchados.
«—Dime que los rumores no son ciertos, Eli… Dime que no es verdad que vayan a provocar una guerra química para cargarse a Oriente mientras nosotros bajamos a escondernos como ratas a las putas ciudades que tú y yo diseñamos. ¿Desde cuándo lo sabes?
Elias se apoya en una de las estanterías y la mira impasible con las manos en los bolsillos. No responde a su pregunta.
»—Dime que vendrás conmigo a la U.N.T.E.R. central, Bella. Hay sitio para tus padres y para ti. También para tu hermano. No os faltará de nada. Puedes traerte los libros, si quieres. Es la única unidad donde no están prohibidos.
Arabella niega con la cabeza y se limpia las lágrimas con el dorso de la mano.
»—¿Te estás escuchando? ¿Has perdido la cabeza?
¿Tienes idea de a cuántas personas han dejado fuera de las unidades?
Dicen que el aire dejará de ser respirable en menos de tres meses.
¡Tres meses, Eli! Han desaparecido miles de reclusos de las cárceles.
Se rumorea que los han llevado a una instalación experimental cerca del Darién.
Dime que no sabes nada de eso, por favor.
»—¿Vendrás conmigo o no?
Ella abre mucho los ojos y empieza a respirar con dificultad. Saca un libro de la estantería y se lo lanza con rabia.
»—Te odio. Te odio, ¿me oyes? ¡Maldito hipócrita de mierda! —Saca más libros y se los tira en un ataque de histeria—. ¡Mentiroso! ¡Puto mentiroso! ¡Cretino egoísta! Ojalá no te hubiera conocido nunca… Ojalá no…».
El recuerdo cambia de nuevo. Reconozco la zona central frente al cilindro de acceso de la ciudad subterránea.
Solo que en su memoria las barandillas aún son doradas y los jardines verticales están impecables.
Preston Vanderly mira desde un sofá de terciopelo a un Elias nervioso que se pasa las manos por el pelo desordenado.
«—Solo necesito que me confirmes si su familia ha entrado en U.N.T.E.R. 09. De verdad, solo eso… Por favor…
»—Elias, hijo, soy El Canciller, no tu criada. Tus líos de faldas no me interesan.
Varias personas alrededor de Preston le ríen la gracia.
Seguimos a Elias por un corredor hasta la puerta de un módulo. Al entrar, Barron se levanta de la cama y se tapa la entrepierna con una camiseta. Una chica se cubre con las sábanas hasta el cuello.
»—Joder, tío, ¿es que no puedo echar un polvo tranquilo? ¿Cómo se bloquean estas puertas?
Elias se acerca a él con voz suplicante.
»—Barron, ayúdame, por favor. Necesito saber si Bella está bien. Ayúdame a contactar con ella.
»—Su padre ha sido uno de los banqueros más conocidos de Londres, ¿de qué te preocupas?
Hasta donde sabemos, compraron el pasaje para la U.N.T.E.R.
09, ¿no? Por sus negocios en Panamá, los Rocheldy y sus amiguitos se han quedado con El Núcleo.
A ver, no creo que a los padres de Arabella les haya dado para un puesto en la élite, pero seguro que habrán entrado en alguno de los cinco primeros niveles.
»—Ha habido revueltas, Barron. En las puertas de las unidades más accesibles. Miles de personas han intentado forzarlas para escapar del aire tóxico.
Vuelve a tumbarse en la cama y la chica lo abraza por la espalda y lo besa en el cuello.
»—Deja de preocuparte, Eli. Son impenetrables, tú mismo lo dijiste. Ella estará a salvo.
»—No me preocupa que entren. Me preocupa que se haya quedado fuera, ¿es que no lo entiendes?
Barron chasquea la lengua y vuelve a levantarse de la cama.
»—Vale, joder, vamos a la puta sala de comunicaciones».
El recuerdo termina y Elias se cubre la cara.
—Vi las grabaciones. Las vi muchas veces.
En bucle. Me obsesioné con cada detalle de su rostro en esa playa, calmando a las masas asustadas.
Bella se negó a dejarlos fuera. Entró con sus padres al Nivel 3, se acomodaron y, antes de que las compuertas se cerraran, dio media vuelta y subió para intentar convencer a los guardias y a El Canciller de que había sitio de sobra para los demás.
ERIS lo impidió, por supuesto. La entrada masiva de miles de personas habría puesto en jaque el plan de desarrollo y natalidad controlada.
Pero a ella le dio igual. Murió en esa playa poco después.
Elias me mira y se acerca en su silla de ruedas hasta mí para apretar mis manos entre las suyas.
—Ojalá tuviera lágrimas, Nova. Porque ahora mismo me verías derramar cada una de ellas por el mayor error de mi vida.
Trago saliva, incapaz de saber qué decir.
—Te pareces tanto a mi Bella, Nova. ¿Cómo no ibas a parecerte? Consiguió introducir muchos de sus libros bajo tierra a pesar de la prohibición. La mayor biblioteca clandestina de toda la red.
Lo miro con el ceño fruncido, tratando de conectar todos los puntos.
—Se llamaba Arabella Black. Y, por lo que sé, su hermano Edmund fue tu tatarabuelo.