Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 45. El mecenas
81%

45. El mecenas

EL MECENAS

—¿Sois conscientes de lo que está ocurriendo allí arriba? Se han vuelto todos locos. Todos. Desde el Círculo Dorado hasta la ciudad subterránea. Mirad esto.

Me inclino para observar la pantalla que señala. El montacargas por el que entramos está rodeado de drones dorados de seguridad. Hay cadáveres por el suelo y grupos de personas protegiéndose con planchas de metal, intentando avanzar hasta la entrada.

—Sitara y Gorgu han hecho una alianza pública. Lo nunca visto. Y todo con el único objetivo de encontraros.

Estamos en la sala de comunicaciones. Me recuerda a la que vi en Inferno, con muchas pantallas frente a una consola con paneles y botones.

—¿Podemos contactar con los nuestros?

Elias chasquea la lengua.

—Antes me gustaría enseñarte más recuerdos, Nova. Necesito que sepas quién soy y qué ocurrió para que entiendas mis decisiones. ¿Me lo permites? Por favor. Además, antes de movilizar a nadie, me gustaría realizarle la intervención a Solterra. Es mejor eliminar al parásito enseguida.

Asiento y me giro hacia Adrien. Tiene la mirada perdida desde que accedió a llevar a cabo el procedimiento.

Después de besarnos en la sala Memorium, pensaba que ocurriría lo inevitable y que esa misma noche terminaríamos haciendo el amor, sobre todo después de habernos tocado en aquella ducha del Nivel 36. Pero no quiso.

Volvió a cogerme la cara entre las manos, me dio un beso corto en los labios y me dijo que prefería tener sexo conmigo recordando toda nuestra historia. Para rebajar la intensidad, puso su voz de capullo arrogante y me pidió perdón por privarme del increíble cuerpo de Adrien Solterra.

Hemos dormido en módulos separados. O al menos eso he intentado. Dormir sin él teniéndolo tan cerca después de ese beso ha sido peor que no verlo.

Volvemos a la sala burbuja, esta vez sin Sam, que insiste en prepararnos melocotones en almíbar para más tarde. Elias avanza hacia el centro y nos mira antes de entrar.

—Todo cambió cuando conocí a Barron Vanderly, el hijo más joven de la familia más poderosa de Occidente.

Tenía un par de años menos que yo, pero por su aspecto y actitud, ya lo veréis, parecía llevar décadas dominando el mundo.

Para cuando los Vanderly llamaron a mi puerta, mi abuela ya había muerto.

Yo había vendido Memorium para financiar muestro proyecto y me mudé a Washington, la ciudad que se convirtió en el epicentro del mundo occidental, hasta que ocurrió lo que veréis más adelante.

Mueve su silla de ruedas para colocarse dentro del círculo rojo y se aclara la voz.

—Os pongo en contexto para que entendáis mi situación.

Arabella nunca quiso que me marchara. Ella se quedó en Oxford, donde nos permitieron desarrollar nuestro proyecto cuando el dinero y el prestigio de Memorium me hicieron aparecer en todos los medios.

Teníamos un equipo de ochenta y cuatro personas, seis laboratorios y dos naves industriales.

—El escáner se activa y le recorre el cráneo—.

La dejé sola liderando el proyecto mientras me reunía con posibles inversores.

Tenía dieciocho años, pero me sentía como un magnate de cincuenta al que le abrían todas las puertas.

Y eso es lo que vais a ver ahora. Cuando la oportunidad más grande de todas se presentó ante mí y los Vanderly me prometieron lo único que Arabella no podía darme: gloria eterna y poder absoluto.

Entramos en el recuerdo y todo aparece de golpe. El ruido, el aire frío, el cielo encajonado entre edificios altos. Un vehículo amarillo surge de la nada y doy un paso atrás por puro reflejo. Mi espalda choca contra el pecho de Adrien, que se inclina para susurrarme en el oído:

—No es real, ¿recuerdas?

La escena se mueve con un Elias joven vestido con traje gris y el pelo rubio engominado y peinado hacia atrás.

Ya no lleva gafas, pero sí un visor transparente sobre el ojo derecho.

Cruza la calle y lo seguimos al interior de un rascacielos altísimo.

Se detiene frente a un mostrador, esperando a ser atendido. Parece hablar a través del visor.

«—Te he dicho que ahora no puedo hablar, Bella. Joder, estoy en la Torre Vanderly, ¿es que no lo entiendes?

La mujer tras el mostrador señala un aparato sobre la mesa. Me sorprende ver que tiene ojos biónicos.

»—Muestre su implante identificativo por el escáner, por favor.

Elias asiente y pasa el antebrazo de manera distraída mientras sigue hablando con Arabella.

»—Volveré esta noche, ¿vale? Pasaremos juntos el fin de semana. Por favor, Bella, no me jodas esto. Si sale bien, podría cambiarlo todo. Sí, llegaré para cenar. Dicen que la nueva lanzadera suborbital cubre Washington con Londres en menos de dos horas. ¿Puedes creerlo?

La mujer de ojos biónicos termina unas gestiones y señala la zona de los ascensores.

»—Todo en orden, doctor Rissman. Preston Vanderly lo espera en su despacho de la última planta.

Seguimos a Elias hasta el ascensor. Cuando entra, este se activa solo, como si el implante se conectara con el sistema y supiera la planta a la que tiene permitido ir.

»—Voy a colgar, Bella… Déjalo ya, ¿quieres?

Claro que voy a intentar vender, por eso estoy aquí.

¿Qué parte de “tengo una reunión con el jodido Preston Vanderly” no entiendes?

¿Que no venda tu cincuenta por ciento? ¿De qué coño hablas?

Es mi nombre el que está en los papeles.

Soy yo el que puso los fondos. Siento tener que decirte esto, pero te recuerdo que Proyecto U.N.T.E.R.

es mío, al igual que ERIS. Y la manera en la que dirijo esto también. Adiós».

Se apoya en la pared del ascensor con las manos en los bolsillos y respira hondo.

El Elias anciano nos mira con tristeza.

—¿Queréis saber lo que estaba pensando en ese momento?

En que ya se le pasaría. Pensaba en qué flores comprarle cuando estuviera de regreso en Inglaterra.

En que, después de todo, por muy mal que la tratara, ella siempre volvía a mí.

Porque en eso me convertí. En un capullo arrogante y evitativo incapaz de decirle a mi socia, una mujer brillante que dedicó tres años de su vida a construir mi sueño, que sobre el papel no era más que una empleada con derecho a roce.

Miradme. Tan joven, tan inseguro y lleno de ego a la vez.

Adrien y Elias se miran, como si ambos se reconocieran en esa herida compartida.

El ascensor se abre ante una sala diáfana y lujosa repleta de estatuas y obras de arte.

Elias camina erguido y con paso seguro sobre una moqueta morada en dirección a un escritorio de cristal.

Está colocado de manera estratégica frente a un enorme ventanal que muestra toda la ciudad desde las alturas.

Siento vértigo al ver a un hombre apoyado en él.

Se gira y alza una ceja, como si algo lo sorprendiera.

Va vestido con un traje negro y, al igual que Elias, también lleva un visor en el ojo derecho.

Tiene el pelo negro, canoso por los lados, y sujeta un vaso de cristal lleno de un líquido ámbar.

Al mirarlo, veo que su piel blanca tiene dos tonalidades, como si la zona de los nudillos y las partes del dorso tuvieran manchas más claras.

«—Aquí tenemos al genio más joven de la Historia. —Se acerca a Elias para estrecharle la mano—. Me declaro fan tuyo, hijo. Fui de los primeros en adquirir Memorium. Aunque no puedo usarlo delante de mi mujer. Tú ya me entiendes.

Le da un codazo y se ríe de su propia gracia. Elias fuerza una carcajada. Su postura tensa deja claro que no está cómodo.

»—Siéntate, vamos. ¿Quieres una copa? Dime, ¿qué te pongo?

»—Beberé lo mismo que usted.

»—Whisky japonés, entonces. —Elias abre mucho los ojos—. ¿Sorprendido? Y no es cualquier whisky, hijo, es uno de los últimos Yamazaki Mizunara 18 que pasaron la frontera. Imposible de conseguir desde que el mundo se partió en dos. Aunque debo decirte que, para mí, pocas cosas son imposibles.

Le sirve el vaso a Elias, que da un sorbo y contiene una mueca de asco.

»—Entonces ¿qué es eso tan increíble y secreto que lleváis tres años montando por Oxford? He oído rumores, pero prefiero que seas tú quien me lo cuente.

»—Por supuesto, señor.

»—Llámame Preston, Elias. No hay confianza, pero intuyo que la habrá.

Tengo ojo para los negocios, ¿sabes? Puede que heredara la fortuna de mi padre.

Y él de su padre. Y así hasta el glorioso principio de esta nación.

Pero lo difícil, amigo mío, es mantenerla.

El dinero te quema en las manos cuando tienes demasiado.

Pero yo prefiero multiplicarlo. Así que dime, ¿qué es y cuánto me va a costar? ».

El recuerdo desaparece de golpe y la luz perlada de las paredes me ciega por un momento.

Elias nos habla sin despegar la mirada de sus muslos.

—No quiero recordar esa conversación. No quiero que nadie me escuche aceptar sus términos.

Fue Preston quien me dijo que su equipo comercial se pondría manos a la obra para construir la narrativa en torno a la necesidad urgente de conseguir un pasaje a la U.N.T.E.R.

más cercana. El precio que marcó era prohibitivo.

Quizá os sorprenda saber que los ciudadanos de vuestro Nivel 42 formaban parte de la clase media en nuestros días.

Personas trabajadoras, con buenos sueldos, casas, coches y visores de última generación que, en algún momento, dejaron de considerarse clase obrera cuando, comparados con Vanderly, eran solo el barro que él pisaba.

La voz le tiembla y aprieta los puños con rabia. Me acerco para apoyar una mano en su hombro.

—Si necesitas un descanso…

—No. De verdad que no. Quiero que conozcáis a Barron y que entendáis qué ocurrió para que lleve más de un siglo recluido en la Zona Cero. Esta vez voy a mostraros fragmentos de distintos recuerdos cortos, uno detrás de otro.

Asiento y vuelvo junto a Adrien.