Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 44. El amor
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44. El amor

EL AMOR

Las formas se difuminan, como si el recuerdo se fragmentara, hasta dejar la sala como al principio. Parpadeo para acostumbrarme a la luz blanca que emanan las paredes. Elias nos mira y respira hondo antes de hablar.

—Una época complicada, la mía. Habían pasado cincuenta años desde la democratización de la inteligencia artificial y los avances tecnológicos eran…

¿Cómo decirlo? Brutales. Y ahí estaba yo, en una casa del siglo veinte con una mujer anclada en el pasado y la mente a mil revoluciones por hora. Por suerte, la conocí a ella.

Sam se acerca a nosotros en dos zancadas. Adrien y yo damos un paso atrás para no chocarnos con él. Junta las manos con emoción.

—Mis recuerdos favoritos del doctor son en los que aparece ella, sin lugar a dudas. Arabella os va a encantar.

—No te adelantes, Sam. Deja que la conozcan por sí mismos, ¿quieres? Aunque no habrá nunca un recuerdo que le haga justicia.

Elias mira hacia su regazo, cierra los ojos y el escáner vuelve a activarse. Tarda más en terminar esta vez.

—Si os preguntáis cómo funciona esta máquina, detecta la actividad cerebral dentro del círculo. Cuando recordamos, se activa un circuito muy concreto. Primero el hipocampo, luego el lóbulo frontal y, si hay emoción, y casi siempre la hay, la amígdala.

Adrien se adelanta al cambio de escenario y me agarra de la cintura para evitar que vuelva a perder el equilibrio. El contacto con su mano y su instinto protector me provocan un tirón en el estómago.

La oscuridad vuelve a durar un segundo y siento vértigo al aparecer de golpe al aire libre. Adrien me aprieta con fuerza.

Delante de nosotros hay un gran edificio, demasiado cerca como para abarcarlo con la vista.

La fachada es enorme, de piedra clara, con ventanales altos y estrechos que se repiten a lo largo de toda la estructura.

Estamos frente a la entrada principal en forma de arco que conduce al interior.

Hay personas difusas que entran y salen sin detenerse.

Elias habla a nuestro lado:

—Oxford. Una de las universidades más prestigiosas del mundo. Al cumplir los quince, tuve la enorme fortuna de que me enviaran a un programa de jóvenes genios en Inglaterra.

A veces me cuesta seguirlo cuando habla. Parece darse cuenta.

—No sabéis lo que es Inglaterra, ¿cierto?

—Negamos con la cabeza y suspira—. Yo voté en contra, quiero que lo sepáis.

Cuando decidieron prohibir los libros, la Historia y todo lo que tuviera que ver con el mundo antes de U.N.T.E.R.

, voté para preservar nuestra memoria, pero se me echaron encima diciendo que el modo más fácil de controlar a una sociedad es olvidar y empezar de cero.

En fin, os basta con saber que Inglaterra era un país de Occidente muy importante y que ese programa formativo para jóvenes genios me cambió la vida. Mirad, ahí estoy yo.

Señala un árbol cerca de nosotros. Debajo, sentado con las piernas cruzadas, veo a un Elias adolescente vestido con una camisa blanca y tirantes.

—Y ahí viene Bella…

Una chica joven se acerca hasta él y se apoya en el árbol.

«—Hola, Rissman.

Tiene el pelo negro y corto, a la altura de la mandíbula. Lleva un vestido azul sencillo y un pequeño visor sobre el ojo derecho. Mueve el dedo sobre su palma, como si viera una pantalla invisible.

Elias se saca las gafas para limpiarlas en la camisa y tarda unos segundos en responder.

»—Hola, Arabella. ¿Qué… qué tal estás?

Se lleva una mano a la nuca con actitud nerviosa.

»—Aburrida.

»—¿Y eso?

»—Ya he terminado los retos que han mandado para toda la semana. Pensaba que este encuentro sería estimulante, pero no es más que una prolongación de lo que siento a diario en la universidad.

Se sienta junto a él y le quita el cuaderno.

»—¿Qué estás haciendo?

»—Devuélvemelo.

Los ojos de Arabella pasan rápido por las hojas y sonríe.

»—¿Ciudades subterráneas con sistemas autónomos de inteligencia artificial? Joder, Rissman, es brillante.

Elias se lo arranca de las manos.

»—No es asunto tuyo.

Ella estira las piernas, las cruza a la altura de los tobillos y se reclina hacia atrás apoyada sobre las raíces del árbol.

»—Creo que intentaron algo parecido en la Antártida. Una tecnocracia para millonarios o algo así.

»—Lo sé. Pero esto es distinto. No es una única ciudad. Lo veo más como una red interconectada a través del propio sistema. Ciudades subterráneas con capacidad para más de cincuenta mil personas que podrían usarse en caso de emergencia.

»—Ajá. ¿Y cómo piensas hacer funcionar un búnker de ese tamaño? ¿Con qué energía? Porque si vas a decirme nuclear, deja que te recuerde la cantidad brutal de residuos que…

»—Centrales de fusión aneutrónica.

Arabella parpadea y amplía la sonrisa.

»—Puto genio. ¿Ya has desarrollado el sistema? ¿Has empezado con el código?

Asiente.

»—Llevo un año con esto. Es lo único que me motiva.

»—¡No me extraña! Me parece revolucionario. Me encanta la idea de que pueda servirnos a todos. Últimamente las noticias que me llegan a la interfaz son para echarse a llorar.

»—Prefiero no saber nada.

Ella pone los brazos en jarra.

»—¡Pues hay que saber, Elias! La información es poder.

¿Cómo pretendes salvar a la Humanidad si no sabes qué ocurre?

Me da igual que no quieras enterarte. Las ofensivas son cada vez más grandes.

Tanto unos como otros se pasan el día violando el Tratado de Escisión en la frontera.

Es cuestión de tiempo que terminemos en guerra.

Y solo se salvarán los millonarios, como siempre.

Él chasquea la lengua.

»—¿No perteneces tú a una de las casas más ricas de Inglaterra?

Bella alza una ceja y se cruza de brazos.

»—¿Insinúas que haber nacido con privilegios me invalida para tener conciencia social?

»—No insinúo nada. Es solo que…

»—Además, las políticas sociales ya no van de repartir riqueza, sino de decidir quién tiene derecho a seguir vivo cuando todo vuele por los aires.

Me gustaría pensar que las guerras no se van a ganar con dinero, sino con acceso a la información y refugios.

—Elias abre la boca, pero Arabella sigue—: Tú estás diseñando la forma de salvar a la Humanidad.

Y yo te estoy haciendo una pregunta: ¿a cuál?

Una hoja seca cae sobre el hombro de Arabella y Elias se apresura a quitarla.

Se aclara la voz antes de hablar.

»—Pues yo tengo otra pregunta para ti. —Arabella lo mira con curiosidad—. ¿Quieres salvarla conmigo?».

La imagen se fragmenta y volvemos de nuevo a la burbuja. El contraste me marea otra vez y me llevo una mano a la sien. Adrien susurra a mi lado:

—¿Estás bien?

Asiento y muevo el cuello para liberar la tensión acumulada.

Elias nos mira y apoya la cabeza en una mano.

—Arabella tenía un año más que yo y me superaba en todo.

Además de ingeniera, era artista. Su cerebro funcionaba de un modo que jamás entenderé.

Era capaz de resolver ecuaciones imposibles en un segundo y, al siguiente, escribirte un soneto a la altura del Siglo de Oro español.

Pero lo que más me gustaba de ella era, sin duda, su pasión.

La intensidad con la que vivía. La libertad con la que se permitía decir lo que pensaba sin miedo a la reacción del resto.

—¿Te ayudó a crear la red U.N.T.E.R? ¿La diseñasteis entre los dos?

—Así es. Pero no solo me ayudó con el proyecto.

Logró darme algo que me faltaba: seguridad en mí mismo.

Solo me creía un genio cuando la palabra salía de sus labios.

Fue mi motor. Sin ella, ni ERIS ni U.N.T.E.R.

habrían existido nunca. Quizá habría sido lo mejor.

Porque de haber sabido lo que hice poco después, nunca se habría acercado a ese maldito árbol.

Adrien interviene.

—¿Lo que hiciste?

—Traicionarla. A ella, a sus valores y a cada promesa que nos hicimos.

Supongo que, de algún modo, mentí cuando le dije que los refugios serían para todos.

Yo lo pensaba, os prometo que sí. Juro que el proyecto nació para salvar a la Humanidad.

Pero debo admitir que, cuando el poder llamó a mi puerta, me bastaron apenas unos minutos para elegir bando. Y me quedé con el ganador.

—Es lógico. —Miro a Adrien interrogante sin entender por qué lo dice—. No me refiero a la traición, sino a tu reacción al poder. Corrompe, sí, pero sobre todo te acostumbra. Cuando lo tienes, lo único que buscas es no perderlo. Mirar por tus propios privilegios es lo más humano que hay.

Me cruzo de brazos y lo confronto.

—¿Humano o cómodo?

—Humano. Si has crecido dentro del sistema, este se convierte en tu marco mental. No te preguntas si es justo, te preguntas cómo sobrevivir dentro de él. Eliges lo que mejor funciona para ti. ¡Joder, todos haríamos lo mismo!

Niego con la cabeza.

—No. Todos no, Adrien. Yo no lo hice. Y cuando llegó el momento de elegir, tú tampoco. Sacrificamos nuestros privilegios por el resto.

—No te lo tomes a mal, preciosa. Aunque no lo recuerde, estos días contigo me dejan algo muy claro: lo que hice no fue por el resto. Fue por ti.

Sam aplaude.

—¡Oh, Dios mío! ¡Qué bonito! Ojalá alguien me dijera esas cosas.

Me quedo en silencio. No sé cómo me hacen sentir las palabras de Adrien.

Elias mueve la silla de ruedas y se coloca frente a nosotros.

—Desde luego, Solterra. Cuando recuperes la memoria, sabrás a ciencia cierta lo que ya intuyes.

Y es que tu amor por Nova fue lo único capaz de anular tu obsesión por el poder.

Algo que a mí, como os acabo de contar, no me ocurrió.

Era joven y ansiaba la validación del resto, pero eso no justifica haber traicionado a la única persona que creyó en mí de verdad.

La única que fue capaz de ver más allá del genio.

El silencio se vuelve pesado. Sam da una palmada.

—¿Os apetece un sándwich de mantequilla de cacahuete?

Elias hace un gesto con la mano.

—Creo que será mejor que sigamos mañana. Siempre hay tiempo para viajar al pasado. Necesito descansar… Lo sé, sé lo que vais a decir… ¿No eres solo una conciencia en un ser sintético? Pero mi agotamiento no es físico. Supongo que esto demuestra que el alma poco tiene que ver con el cuerpo…

La voz se le quiebra mientras habla. Sam empuja la silla de ruedas. Antes de que salgan, los alcanzo.

—¿Puedo usar Memorium?

Elias asiente mientras parece limpiarse unas lágrimas invisibles de las mejillas.

—Claro, Nova… Úsalo como gustes…

Adrien y yo nos quedamos solos en la burbuja.

Me giro para sonreírle.

—Me gustaría enseñarte algo.

—¿Algo como qué?

—Algo como al gran Adrien Solterra perdiendo al ajedrez.

Suelta una carcajada y se pasa una mano por el pelo.

—Adelante, lo estoy deseando.

Me coloco en el círculo rojo. Cierro los ojos para intentar recordar el momento exacto. Quiero que vea nuestra primera partida. La noche que desperté en su cama y le recomendé la jugada maestra en tres movimientos.

—Cuidado con lo que piensas, Black.

Al escuchar su voz susurrante, mi mente se va a nuestra otra primera vez.

Mierda. No puedo controlarlo. Adrien agarrándome de las nalgas sobre la mesa improvisada con una puerta.

Adrien introduciendo sus dedos por dentro de mi pantalón.

Adrien haciéndome el amor sobre el catre de la sala clandestina de Némesis en el Nivel 42…

Son apenas dos segundos, pero el escáner termina y todo se queda oscuro. Cuando la luz vuelve, La Cloaca aparece delante de mis ojos.

Adrien frunce el ceño al verse a sí mismo cosiéndome la herida del labio.

—¿Vamos vestidos de umbras? —Se acerca unos pasos y se coloca al lado de nuestras versiones del recuerdo—. Joder, te sienta de muerte esa ropa, Black. ¿Las trenzas te las hice yo? Tienen mi sello.

—Sí…

—¿Y cuándo se supone que jugamos al ajedrez?

Todo pasa muy rápido. Mi yo del pasado se desnuda de cintura para arriba.

«Quiero que me mires como si estuvieras a punto de romperme. De hecho, quiero que me rompas…».

Adrien silba a mi lado.

—¡Joder, Black! Creo que voy a tatuarme esa puta frase.

Noto la sangre subirme a las mejillas y me tapo la cara con las manos cuando mi primer gemido de placer resuena por toda la sala. Doy un pequeño paso hacia delante, pero Adrien se acerca y me agarra por los brazos.

—Ni se te ocurra pararlo. Quiero verlo todo hasta el final. Porque tiene pinta de que vamos a llegar , ¿verdad que sí?

La respiración se me acelera y asiento.

Adrien no me suelta. Mira hacia el catre mientras nos desnudamos.

—Si ahora mismo me dijeras que soy un puto ególatra, te daría la razón. —Me agarra de la mandíbula para obligarme a permanecer frente a nosotros—. Míranos, joder. Mira cómo nos movemos. Lo bien que encajamos.

La voz jadeante del Adrien del recuerdo me enciende.

«Dilo. Di que eres mía».

El Adrien de la realidad se pasa la lengua por los dientes mientras sonríe.

—Si este es nuestro primer polvo, no quiero ni imaginarme cómo han sido los demás. —Pone una mano a la altura de mi corazón sin dejar de mirar cómo me embiste en el recuerdo—. Podría oír tus latidos incluso sin modificación biónica, preciosa.

«Te quiero, Nova».

La expresión de Adrien cambia. Baja las manos hasta mi cintura. El recuerdo se desvanece y las paredes blancas vuelven a rodearnos. Me mira con una expresión difícil de descifrar. Parece haber perdido el control de sus emociones. La fachada de tío duro ha desaparecido del todo.

—Nunca lo había dicho después de… No soy ese tipo de tío. Soy un egoísta. Un capullo. Un imbécil incapaz de…

Coloco un dedo en sus labios para callarlo.

—Eres el hombre más extraordinario que he conocido en toda mi vida.

Deslizo la palma hasta su pecho.

Acercamos la cara unos milímetros. Lo suficiente como para que pueda notar su respiración sobre mi frente.

No puedo evitarlo. Tiro de las solapas de su chaqueta, me pongo de puntillas y lo beso. Se queda paralizado un segundo antes de corresponderme. Sube las manos hasta mi nuca y el beso se vuelve profundo.

Sentir de nuevo su sabor me provoca un cortocircuito. Es como regresar a un lugar que creía haber perdido. Como si volviera a mi hogar.

Me rodea con los brazos y me aferro a él con urgencia sin dejar de explorar su boca.

Cuando nos separamos, no nos soltamos del todo.

Me acaricia la espalda y apoyo la frente sobre su pecho.

Respiro hondo, dejando que el calor, el olor y la presión de sus manos me hagan sentir algo que creía enterrado.

—Lo haré.

Lo miro mientras me paso la lengua por los labios hinchados.

—¿Qué?

—El procedimiento de Rissman para eliminar al parásito. Voy a hacerlo.

—Dice que no es seguro. Podrías morir durante la intervención…

—Lo sé. Pero prefiero arriesgar mi vida por conseguir una en la que sepa quién soy cuando te miro.

Y aunque aún no pueda decirme «te quiero», sus palabras vuelven a hacerme sentir a salvo una vez más.