43. La memoria
LA MEMORIA
Seguimos a Elias por un corredor. Sam lo empuja mientras silba la misma melodía que el reloj de cuco. Adrien camina a mi lado con las manos en los bolsillos y me mira de reojo cada pocos segundos.
—Suéltalo ya, ¿quieres?
Suspira con resignación.
—Te he dejado los dedos marcados en el cuello. —Levanta una mano para señalar los moratones—. Tiene mala pinta. Perdona por haberte atacado.
—No te preocupes…
—¿Cómo murió mi hermano?
Me quedo en silencio. Las imágenes de Levi cubierto de larvas llegan a mi mente tan claras que noto la bilis subirme por la tráquea. La postura antinatural. Los agujeros en la piel.
Trago saliva.
—Murió por culpa de Baal. Durante el viaje se infectó con unas larvas y contagió a Levi. No pudimos hacer nada.
—¿Sufrió?
—Adrien… No creo que sea el mejor momento para…
Sam se gira de golpe y trata de agarrarnos una mano a cada uno.
—¡Llegamos, chicos! Os va a encantar. Sí, sí, sí. Bienvenidos a Memorium, marca registrada.
Adrien lo aparta de un manotazo.
—No me toques.
Sam hace un puchero y se lleva una mano al corazón.
—Oh, lo siento mucho, Adrien Solterra. En absoluto era mi intención incomodarte.
No, no lo era. Solo quería compartir con vosotros lo feliz que me hace saber que, después de tanto tiempo, alguien más podrá ver los recuerdos del doctor.
A veces lo acompaño en sus viajes, pero no soy humano y no puedo empatizar del modo que él merece, aunque nadie lo diría, ¿verdad? Algo de carisma tengo, creo yo.
Empieza a reír de forma errática, como una carcajada mal ejecutada. Vuelve a girarse y empuja la silla de ruedas hacia la sala.
Adrien chasquea la lengua.
—Joder, qué puto mal rollo da el asistente.
—A mí me parece agradable. Es rarito, pero lo prefiero a los de Unter.
Al entrar me cuesta unos segundos entender el espacio. Todo es blanco perlado. El suelo, el techo y las paredes forman una curvatura continua, como si estuviéramos dentro de una esfera pulida. Parece una burbuja gigante sin juntas. La luz parece salir del propio material.
Doy un paso y el suelo responde con una leve presión, casi imperceptible. En el centro hay un círculo rojo, pero no veo pantallas visibles ni nada que parezca tecnológico. Miro hacia atrás. La puerta ha desaparecido, como si se hubiera fusionado con el resto de la pared.
Elias nos mira sonriente.
—Bienvenidos a Memorium.
Sam levanta el dedo índice.
—Marca registrada.
—Sí, marca registrada —continúa Elias—. Vendí la patente en dos mil setenta y siete.
Tenía quince años, ¿podéis creerlo? Ese fue mi primer reconocimiento mundial.
Sin Memorium, mi nombre no hubiera llegado a oídos de los Vanderly.
Pero dejémonos de charlas. Mejor os los enseño.
¿Preparados? La inmersión es total. Puede que os sintáis mareados al principio.
Podéis moveros por la sala con libertad, pero cuidado con los chichones.
El límite es, obviamente, la propia pared.
Hace rodar su silla hasta el círculo rojo y, tras unos segundos, se activa un escáner que baja desde el techo y le recorre el cráneo en todas las direcciones.
Elias mueve los hombros, como si sintiera escalofríos.
—Me encantan estas cosquillas. Solo hay que pensar en el recuerdo de la manera más nítida posible. Y, no os preocupéis, aunque no tengáis buena memoria, el sistema busca en vuestro subconsciente.
El escáner termina y las luces se apagan.
La oscuridad dura apenas un segundo, como si simplemente hubiera parpadeado. Cuando vuelve la luz, me agarro del brazo de Adrien para no caerme.
Él me sujeta del codo.
—Joder, ¿qué puta locura esta?
Ya no estamos en la sala de la burbuja. O sí, pero lo que vemos no tiene nada que ver con las paredes blancas y curvas.
Un adolescente está en lo que parece ser un módulo grande y desordenado, con muebles antiguos, parecidos a la sala con el reloj de cuco.
Está tumbado en una cama con una libreta en las manos.
Por el suelo hay decenas de papeles desperdigados.
Muevo el pie por encima de uno de ellos para confirmar que son solo una imagen proyectada.
Pero es tan real que parece estar ahí, junto a mí.
—Ese soy yo con catorce años. O al menos el yo que mi cerebro recuerda, claro.
Me acerco a la cama y miro lo que la versión joven de Elias está escribiendo. Son símbolos con fórmulas complejas. En la página derecha hay un dibujo con una cúpula y una estructura subterránea hecha con rayas horizontales.
Elias suelta una risa baja.
—Desde luego, lo mío nunca fue el dibujo técnico, ¿verdad? Ese el primer boceto de Unter. Quería volver a este recuerdo para que vierais lo que está a punto de ocurrir en unos segundos.
La puerta se abre y entra una mujer de edad avanzada. Se apoya en un bastón con cabeza de pájaro. Empieza a hablar en un idioma que no conozco.
—Se dirigía a mí siempre en alemán, aunque para aquel entonces ya estaba en vías de extinción, como el resto de los idiomas. El inglés se impuso como lengua única en Occidente. Lo mismo pasó con el chino mandarín en Oriente. No busco daros una clase de Historia, pero…
La mujer grita y se acerca al adolescente para arrancarle la libreta de las manos.
—Mi abuela tenía noventa y cuatro años. Y ahí donde la veis, estaba fuerte como una roca.
Se negó a cambiar de casa, de moneda, de idioma y de principios, pero estaba contentísima con un único Gobierno occidental que prometía volver a los valores tradicionales.
Lo que no soportaba era la idea de tener que olvidarse de sus orígenes.
El sentimiento de pertenencia era demasiado fuerte.
Le generó una disonancia cognitiva terrible.
La abuela de Elias levanta el bastón y empieza a golpearlo en la espalda. El chico se protege como puede y baja de la cama para ocultarse detrás de la silla del escritorio. Ella grita hasta desgañitarse.
—Está diciendo que debería estar en clase en ese momento. Fui el alumno más joven de la RWTH, una de las universidades técnicas más prestigiosas de Europa.
El Elias adolescente levanta un brazo para parar el bastón y responde entre gemidos de angustia.
—Y yo le estoy respondiendo que ya me he examinado de todas las asignaturas del semestre a las pocas semanas de empezar, pero no se lo cree, porque estoy matriculado en una triple ingeniería: informática, industrial y telecomunicaciones.
Así que le cuento que tengo un proyecto increíble entre manos.
Intento explicarle que en caso de guerra biológica, climática o nuclear podríamos vivir bajo tierra, pero…
La mujer abofetea al chico y las gafas salen volando. Regresa a la puerta y, al girarse, pronuncia con un acento muy marcado las únicas palabras que logro entender.
«No eres un genio, Elias, eres un error».
El portazo hace retumbar los cristales y el adolescente se agacha buscando sus gafas mientras las lágrimas le resbalan por las mejillas.
Elias me mira con los ojos acuosos.
—Lo que más me duele es que muriera un año después. Nunca pudo ver lo que había en esa libreta, ni que eso mismo cambiaría el curso de la Humanidad.