42. La nostalgia
LA NOSTALGIA
Lo observo en silencio mientras canturrea. La silla de ruedas no parece impedirle moverse con soltura por el módulo. Miro a mi alrededor y todo me parece ajeno. La decoración no es minimalista, como en Unter. Tampoco una mezcla de estilos artísticos, como la del Círculo Dorado.
Estoy sentada en una mesa redonda de madera oscura, llena de pequeñas marcas y arañazos. Sobre ella hay un mantel grueso, tejido con hilo blanco y deshilachado en los bordes. Me remuevo en el asiento y cruje. Debajo hay una enorme alfombra color vino con una quemadura en un extremo.
Contemplo las paredes con los ojos entrecerrados. Hay cuadros torcidos con paisajes y fotos antiguas. A mi derecha, un aparador bajo con puertas de cristal ocupa todo el espacio. Y dentro, desparejadas, hay una hilera de tazas viejas.
Me sobresalto al escuchar el sonido de un mecanismo. Alzo la vista hacia el reloj antiguo de madera tallada con forma de casa. Una ventanita se abre y aparece un pájaro. Trina cuatro veces y empieza a sonar una melodía.
Alzo las cejas. Jamás había escuchado nada así.
—Deberías haberte visto la cara, Nova. —Miro a Elias, que se acerca riendo con dos tazas humeantes en las manos.
Sam, el asistente, lo empuja con una sonrisa exagerada en los labios—.
Era el reloj de cuco de mi abuela. Imita una casa de la Selva Negra, ¿sabes?
El mecanismo de cuarzo no ha fallado nunca.
Se coloca en la mesa, junto a mí. Me tiende una de las tazas y me hace un gesto con la cabeza.
—Té de hierbas, querida, para calmar los nervios.
La cojo con ambas manos. Está caliente. Aspiro el vaho especiado y durante un segundo me pregunto si confiar en Elias Rissman es buena idea. Después de tantas puñaladas por la espalda, es imposible que no te asalte la duda de si la persona que tienes delante será la siguiente en traicionarte.
Aun así, bebo. Y lo hago porque estoy agotada de desconfiar. De luchar. De sobrepensar en situaciones catastróficas. Y porque, en el fondo, pienso que, si hubiera querido, me habría dejado morir a manos de Adrien.
Vuelvo a mirar el módulo en silencio y él da unos golpecitos en la mesa.
—Aunque te parezca mentira, el reloj de cuco es lo único original que verás aquí.
He logrado imprimir cada detalle para que imite la casa de mi abuela por parte de padre…
Hildegard Rissman. Me crie con ella hasta los dieciséis.
Una mujer de armas tomar, si me preguntas.
Nacida en el siglo veinte, creo recordar que en mil novecientos ochenta y dos, quizá en el ochenta y uno, me bailan las fechas.
En fin, tenía un carácter prusiano que no aceptaba medias tintas.
—Habla de manera pausada, como si cada palabra fuera importante.
Mira el reloj con tristeza y huele el contenido de su taza, pero no bebe—.
Supongo que de no ser por su disciplina y por su rigidez, jamás habría podido crear ERIS.
Cuando a los cuatro años se enteró de que era superdotado, empezó a obligarme a dedicar más de quince horas diarias al estudio.
Pensaba que el talento sin control era un mal en este mundo. «Todo por el orden», decía.
Me echa un vistazo y sonrío antes de dar otro sorbo y dejar la nariz dentro de la taza. No sé qué contestar a su arrebato de nostalgia.
—¿Qué opinas tú, Nova? ¿Alguna vez te creíste lo de «Donde hay orden, hay progreso»? Fue el eslogan de la mayor campaña de propaganda jamás vista… Y como ves, también la inspiró mi abuela.
Pienso unos segundos antes de responder. Me encojo de hombros.
—Supongo que me gusta más «Donde hay libertad, hay progreso».
—Lo sé. Permíteme que te diga que la manera que tuvisteis Solterra y tú de gestionar el plan de ERIS fue magistral. Lo de la tercera vía como alternativa al genocidio… Estuve semanas enganchado a vuestra historia.
Frunzo el ceño.
—¿Semanas enganchado?
—Desde la sala de comunicaciones tengo total acceso como administrador a todas y cada una de las unidades subterráneas. Significa que puedo ver y escuchar todo lo que ocurre. Y si El Canciller de la unidad introduce los códigos correctos, también puedo manejarlas desde aquí.
—¿Me estás diciendo que podrías haber contactado con nosotros en cualquier momento?
—La ley de no intervención se creó por algo. Cada unidad representa un gobierno individual. Y teniendo en cuenta que vienes de Babel, comprenderás que no soy el más indicado para ayudar a nadie. De hecho, todo lo que he tocado ha terminado muerto, corrompido o roto.
Aprieto los puños. Lo único en lo que puedo pensar es en lo fácil que habría sido identificar la llamada falsa de Dorian si hubiéramos tenido un contacto con tanta información como el arquitecto de ERIS.
—Sé lo que estás pensando, Nova, pero la culpabilidad es una emoción compleja.
Imagino, por todo lo que sé de ti, que la conoces bien.
¿Me equivoco? —Asiento, aún alterada por su confesión—.
Bien, pues ahora quiero que cojas esa culpabilidad y la multipliques por un número infinito.
Piensa en cómo te sentirías si hubieras condenado a miles de millones de personas y si no es coherente que, en vez de seguir queriendo jugar a ser Dios, dedicaras el resto de tus días a observar, sabiendo que el peso de tu culpa te acompañará durante toda la eternidad.
Porque este es mi castigo, querida, la inmortalidad de mi conciencia.
—No creo que vivir para siempre arregle nada.
—Yo tampoco, pero es lo que merezco. Conozco tu biblioteca clandestina, Nova.
Mejor de lo que crees. Esto no es una novela con final feliz donde los buenos ganan y los malos pierden, ¿entiendes?
Es la vida real. Con malos ganando todo el tiempo y buenos muriendo sin poder evitarlo.
Así que este cuerpo, este aspecto —se recorre el torso con las manos huesudas y arrugadas— son mi manera de castigar al malo de la novela de terror que todos vivimos hace más de un siglo.
Nos quedamos en silencio de nuevo. Me aclaro la voz mientras pienso en las palabras que me gustaría escuchar si fuera él.
—Si algo he descubierto en el último año es que no somos una única cosa. Hay luz y oscuridad en todos nosotros.
Sonríe con tristeza.
—¿Qué opinas tú, Solterra?
Me giro y veo a Adrien apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados. No sé cuánto tiempo lleva ahí.
—Opino que la compasión es un lujo que solo pueden permitirse los que aún no han cruzado ciertas líneas. Cuando lo haces, ya no importa cuánta luz creas que llevas dentro. Supongo que el monstruo no desaparece, solo aprende a mirarse al espejo.
Las palabras me salen solas.
—No eres un monstruo, Adrien. Nunca lo has sido.
Desvía la mirada y se le tensa la mandíbula.
Miro a Elias, que observa el reloj de cuco con nostalgia. Necesito llenar este silencio.
—¿Cómo era el mundo antes, doctor Rissman?
Me dedica una sonrisa amplia y pone ambas manos sobre el tapete tejido de la mesa.
—¿Os apetece un viajecito en el tiempo? Así podréis verlo con vuestros propios ojos.
Adrien y yo nos miramos extrañados.
—Seguidme. Próxima parada: dos mil setenta y seis.