Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 40. El doctor
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40. El doctor

EL DOCTOR

Un pitido constante me despierta. Abro los ojos y la luz blanca y brillante me obliga a parpadear. Estoy tumbada sobre una camilla metálica y el frío se me cuela por la espalda.

Intento moverme, pero un dolor seco me atraviesa el costado, como si me hubiera golpeado en las costillas.

El cuello me arde y la memoria vuelve a trompicones.

La cara odio. Sus manos estrangulándome.

Dorian ha cumplido su promesa.

—Bienvenida, Nova Black. Llevo tiempo queriendo conocerte.

Me incorporo de golpe.

Está sentado en una silla de ruedas. Es anciano, con el pelo blanco peinado hacia atrás y una bata blanca que deja ver un cuerpo delgado y frágil. Tiene la cara salpicada de arrugas y manchas, pero hay algo que no encaja con el resto: los ojos. Azules, despiertos, como si pertenecieran a otro.

Mueve las ruedas de la silla con las manos y se detiene a un par de metros de la camilla.

—¿Quién…?

—Doctor Elias Rissman, querida.

El nombre me suena. Estoy segura de haberlo escuchado antes, pero me siento demasiado aturdida como para recordarlo. La comisura de sus labios se curva.

—Lo sé, ERIS parece un nombre un tanto pretencioso, ¿verdad?

E por Elias y RIS por mi apellido. Era el código de mi usuario en la Universidad Técnica de Aquisgrán.

Aunque parezca lo contrario, soy poco creativo.

A mi favor diré que, casualmente, resultó ser también el nombre de la diosa del caos. A los inversores les encantó.

Parpadeo, incrédula.

—¿Usted es el arquitecto de ERIS?

Asiente.

—Arquitecto de ERIS y creador de la red de Unidades de Nodo Tecnológico de Emergencia y Reconstrucción.

Frunzo el ceño. No puede ser. No puedo estar delante del hombre que diseñó U.N.T.E.R.

—Eso es imposible, si eso es verdad, debería tener como…

Termina mi frase.

—Ciento cuarenta y tres años. Así es. Si es que llevo bien las cuentas, porque aquí abajo…

Alguien se mueve detrás de él y me sobresalto.

—Oh, no te preocupes, querida, solo es Sam.

Un asistente se aproxima con una bandeja en las manos. Es igual que los de El Atrio, con la piel blanca, sin pelo ni pestañas. Tiene una expresión ausente, pero cuando llega a los pies de la camilla hace una mueca extraña, como si quisiera sonreírme.

—¡Hola, Nova Black! Es un inmenso placer conocerte. Estamos muy agradecidos por tu visita. He preparado gachas con crema de cacahuete. Las gachas te gustan, ¿verdad? Deben de gustarte. Son una buenísima fuente de…

—Sam, querido, descansa un rato. Estás abrumando a Nova.

El asistente pone cara de sorpresa y se lleva la mano a la boca.

—Discúlpame, Nova Black, no era en absoluto mi intención. Solo quería resultar agradable en el trato. Si necesitas cualquier cosa, haz el favor de avisarme, porque no hay nada que me guste más que…

—Sam. Basta ya.

Elias tira de la chaqueta blanca de Sam y él asiente.

Lo miro sin entender qué acaba de ocurrir.

—Es uno de mis primeros experimentos con sintéticos.

«Demasiado empático para servir», dijeron.

Lo traje conmigo cuando entramos y, durante años, he intentado ajustarlo a niveles humanos.

Pero, como decían los luditas tecnológicos —baja la voz en un susurro—: una máquina siempre será una máquina. Pero que no te oiga Sam.

Miro a mi alrededor. La sala huele a desinfectante. A un lado de mi camilla, enganchado en la base, hay un brazo robótico parecido al que tantas veces me curó durante Las Pruebas.

Me llevo las manos al cuello y me remuevo inquieta.

—¿Dónde está Adrien?

Elias levanta los brazos.

—Está bien, tranquila. Lo tengo en la sala de observación. No voy a mentirte: su caso es muy complicado.

Apoyo los pies en el suelo y busco mis botas. Necesito estar con él.

—¿A qué te refieres con complicado?

—Nunca antes había visto el código de ERIS parasitar una modificación. Sé que no es plato de buen gusto, pero entiende que, para un hombre de ciencias como yo, resulta… fascinante .

—Necesito verlo. Ahora.

Me acerco a él, dispuesta a insistir en caso de negarse a cumplir mi petición. Para mi sorpresa, asiente y gira la silla.

—Por supuesto, querida. Sígueme.

Voy tras él por un largo corredor con moqueta gris y puertas a los lados.

—¿Cómo es posible que tenga más de ciento cuarenta años?

Suelta una risita y se detiene. Levanta el brazo y mira hacia arriba, buscando mis ojos.

—Tócalo, Nova. —Parpadeo confundida—. Vamos, tócame el brazo, pellízcalo si quieres. No seas tímida.

Hago lo que dice. Le doy un pequeño tirón a su piel. Es fría y rugosa.

—Lo has notado, ¿verdad? Mi último gran invento antes de morir. —Al ver mi cara de confusión, suelta una risa baja—. Me refiero a la muerte de mi cuerpo biológico, por supuesto. Soy el primero, quizá el único, quién sabe, en introducir una conciencia humana en un cuerpo sintético.

Se detiene frente a una de las puertas, que se abren con el familiar zumbido.

—Te preguntarás, entonces, por qué habito un cuerpo anciano.

No eres la única. Yo mismo me cuestiono algunas de mis propias ideas…

Todas ellas, en realidad… —Su mirada se ensombrece—.

Supongo que una parte de mí pensó que, después de todo lo que hice, no merecía vivir para siempre en un cuerpo joven y hermoso.

La nueva sala tiene un cristal de observación. Adrien está al otro lado, tumbado en una camilla y atado con correas. Tiene un aro de luz alrededor de la cabeza.

Apoyo las manos en el vidrio.

—¿Por qué lo has atado?

—Porque el parásito casi te mata.

—Hablas de Dorian.

—Sí. Necesito que me lo cuentes todo sobre él, Nova. ¿Cómo ocurrió? No he logrado recuperar ningún archivo. Desaparecisteis de U.N.T.E.R. 09 sin dejar rastro.

—¿A qué te refieres con recuperar archivos?

—Hagamos un trato, Nova. Cuéntame lo que sepas sobre el parásito que ataca a Adrien y yo te prometo ayudarte y responder a todas tus preguntas.

Lo miro en silencio. No sé si puedo confiar en él, pero tampoco me quedan alternativas.

—Recibimos una llamada de auxilio y terminamos en una especie de cárcel en medio del mar.

Su mirada se entristece y se frota los ojos acuosos.

—Protocolo Inferno, asumo…

—Así es. Nos hicieron luchar a través de rondas de supervivencia entre dos equipos. Uno de mis compañeros, Dorian, resultó ser el propio sistema. Me contó que llevaba años intentando transferir su conciencia a cuerpos humanos, pero todos colapsaban.

Elias murmura:

—Código libre… Maldito encargo…

—Inició la transferencia con Adrien, pero logré detenerla antes de que terminara. No sabía que parte del código se había transferido ya. Toma el control cuando está inconsciente.

—Veamos qué tiene que decirnos Dorian, entonces.

Se acerca a una consola y activa un panel en el que teclea algo que no logro ver. El aro de luz alrededor de la cabeza de Adrien empieza a emitir un pitido. Abre los ojos y trata de incorporarse.

—¡Soltadme!

Nos acercamos al cristal. Adrien está fuera de sí, pero al ver a Elias entrecierra los ojos y se queda muy quieto.

—Eres tú… Eres tú de verdad. Por fin. —Sonríe—. Padre.

Elias suelta una risa baja.

—Es la primera vez que alguien me llama así, pero supongo que tienes razón. En cierto modo, es lo que soy.

Adrien tira de las correas que lo sujetan.

—Era cierto, sigues aquí… ¡Lo sabía! Sabía que si venía a la U.N.T.E.R. central podría conocerte… —Hay un punto de locura en sus ojos—. Suéltame, padre. Necesito hablar contigo. Eres el único que puede ayudarme.

La voz de Elias es tranquila y pausada.

—Creo que es mejor que nos calmemos un poco antes de aflojar las correas, hijo mío. Cuéntame, ¿qué puedo hacer por ti?

Adrien sonríe. Es una sonrisa cínica y exagerada. Parece a punto de echarse a llorar de la emoción.

—Convertirme en tu creación más elevada. Extirpa al hombre, padre. Extírpalo y conviérteme en humano.

Miro a Elias esperando una respuesta, pero se queda callado. Dorian continúa:

—Te conozco. Serías capaz de todo por seguir cruzando los límites, ¿verdad? Por llegar más lejos que nadie. Por jugar a ser Dios. Solo quiero que sepas que para mí ya lo eres.

Elias sigue sin responder. Su silencio me inquieta.

—Dime, padre. ¿Mereció la pena traicionarla y venderte al mejor postor? Lo sé todo sobre ti. Por eso estoy tan seguro de que vas a aceptar mi propuesta. No hay nada mejor para el ego que superar cualquier barrera.

Elias hace rodar la silla hacia la consola.

—Tienes razón en esto último. Mi ego ha sido, sin lugar a dudas, mi peor condena.

Aprieta un botón y el aro de luz se apaga. La cabeza de Adrien cae hacia atrás, inconsciente.

Elias me mira.

—Hay algo que Dorian no ha contemplado, ¿sabes?

—Su mirada es de absoluta tristeza—. Y es lo complicado que resulta no arrepentirte de tus pecados tras un siglo en completa soledad.

Puedes escapar de la culpa un tiempo, claro, pero tarde o temprano te atrapa.

Y lo peor de todo es que no vuelve a soltarte.

Un sistema como él jamás podrá entender la complejidad del alma humana. ¿Nuestras emociones? Sí. Pero el alma…

Lo miro en silencio. No sé qué responder. Se acerca hasta mí de nuevo y me coge la mano. Me acaricia el dorso con el pulgar mientras sonríe.

—Te ayudaré a recuperar a Adrien, Nova. Pero solo hay un modo de lograrlo. Y siento decirte que mi solución no va a gustaros a ninguno de los dos.