Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 37. La guerrera
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37. La guerrera

LA GUERRERA

Adrien

Se apresura a secarse las lágrimas y a negar con la cabeza.

—Estoy bien. Sigamos, venga…

Pero no lo está. El labio inferior le tiembla de manera descontrolada y se tapa la cara con las manos. Parece esforzarse por intentar dejar de llorar sin conseguirlo.

Me siento en el borde de la cama y la ayudo a incorporarse. Se lanza sobre mi regazo y el llanto se intensifica. Es como si le saliera de las entrañas.

Aprieta el puño y me golpea en el pecho.

—Joder, Adrien… Lo eres todo… Todo para mí. Y yo solo… —Levanta la mirada. Tiene los labios hinchados y las mejillas rojas llenas de lágrimas—. Te amo. ¿Lo entiendes?

Me cuesta reaccionar.

Es la primera vez en mi vida que alguien me lo dice de este modo.

Vulnerable, tan real. Los ojos verdes le brillan.

—Te amo y no me recuerdas. Te amo y no sabes nada de lo que hemos vivido. Pero cuando me tocas… —Se rompe de nuevo y esconde la cabeza en mi cuello. Susurra el resto de las palabras—: Cuando me tocas es como si volviéramos a ser nosotros … Los de siempre.

Mi cuerpo responde solo, como si el único movimiento que pudiera hacer es estrecharla entre mis brazos. Poco a poco su respiración se acompasa con la mía.

Entiendo su dolor. Estar tan unido a alguien y que no te recuerde me parece una putada. Me cuesta creer que mi mente bloquee a la que parece ser la persona más importante de mi vida.

—Quizá no sirva de nada, pero después de verte luchar en el Baile de la Pureza, en Los Conductos o aquí abajo… puedo entender por qué me enamoraría de ti.

Exhala despacio y se aparta. Me sonríe con tristeza y le pellizco la barbilla. Joder, nunca había sentido esta mezcla de atracción y ternura por nadie.

—Eres una jodida guerrera.

—Eso decías en Las Pruebas… Tu jodida guerrera.

Le limpio los restos de lágrimas de las mejillas.

—Quién sabe, si lograste echarme el lazo una vez…

Se ríe y, de algún modo, aunque no tenga más recuerdos con ella que los que estamos creando ahora mismo, siento un tirón en el estómago al escucharla.

Suspira y se señala el tatuaje bajo la clavícula.

—Fuiste capaz de enamorarte del arma de Némesis, ¿no?

Arrugo la nariz.

—Ya… De todo lo que me has contado es lo menos creíble.

—Me separo de ella y empiezo a vestirme de nuevo—.

¿El Núcleo vacío? Puede ser. ¿Tú matando a El Rey y haciendo colapsar El Foso?

Posible. ¿El exterior habitable? Más que probable, viendo dónde estamos…

Pero yo perdiendo el culo por alguien de Némesis…

Estira las sábanas y se cubre. Sigue desnuda. Sacudo la cabeza para controlarme y no lanzarme a por ella para terminar lo que hemos empezado. Aunque la temperatura de mi cuerpo diga lo contrario, no es el momento.

—A tu favor diré que te pillaste por mí mucho antes de descubrir que era de Némesis.

—¿Ah, sí? ¿Y qué pasó cuando me enteré?

—Que te volviste un dramático insoportable. Deambulaste borracho por El Núcleo vacío y me prohibiste volver a acercarme a ti.

Me tumbo a su lado y coloco los brazos detrás de la nuca.

—Entiendo que se te da fatal cumplir órdenes de tu benefactor, porque aquí estamos: muy cerca el uno del otro.

Se sienta y apoya la mejilla sobre las rodillas cubiertas por la sábana. Está preciosa con las mejillas rojas y la trenza deshecha.

—Ya no eras mi benefactor. Y sí, nunca he cumplido órdenes de nadie. Ni siquiera las tuyas.

Levanta la barbilla y me contengo para no agarrarla de la mandíbula y besarla.

—Lo imaginaba. Tienes pinta de cría insoportable.

Resopla, indignada.

—¿Insoportable yo?

Cierro los ojos como si fuera a dormir.

—Ten cuidado, preciosa, porque no hay nada que me guste más que echar un polvo de reconciliación.

—Oh, eso lo sé bien. Hemos tenido unos cuantos… —Se acerca a mi oído para susurrarme—: Qué pena que esta vez te vayas a quedar a medias.

Exhalo y me muerdo la lengua con una sonrisa tensa.

No la recuerdo, pero el juego entre nosotros empieza a gustarme demasiado.