36. La devoción
LA DEVOCIÓN
—Dame las manos.
Adrien obedece y empiezo a quitarle la venda improvisada. Aprieto los dientes cuando veo los cortes. La hemorragia ha parado, pero tiene muy mala pinta.
Al cruzar la malla roja, ERIS ha vuelto a enviar drones eléctricos, pero esta vez hemos luchado juntos contra ellos. Nos ha bastado un par de minutos para neutralizarlos. Olvidaba el buen equipo que hacemos.
Hemos encontrado la unidad médica auxiliar gracias al mapa, pero por algún extraño motivo no logramos activarla. Por suerte, hay botes de nanocompuesto regenerativo, el mismo que utilizaban en Las Pruebas para curar heridas menores y que siguiera el espectáculo.
—Ten, bébete esto.
Le acerco la botella a la boca para que dé un sorbo y luego le echo el resto del líquido sobre las palmas. El contacto de los nanocompuestos con su piel crea una capa blanca y burbujeante.
Adrien cierra los ojos y exhala. Reprimo las ganas de acariciarle la cabeza. Sé lo mucho que le gusta que le toquen el pelo.
—¿Descansamos un poco?
Él niega.
—Hay que seguir bajando. Ya solo falta un montacargas. Cuanto antes bajemos por él, antes llegaremos al Nivel 42.
Tiene razón. Es el último tramo. Me cuesta creerlo, pero ya casi estamos.
Asiento y le miro las palmas. Las heridas empiezan a cicatrizarse.
Alarga los dedos y da un golpecito a mi colgante.
—No paro de darle vueltas a lo que dijiste. —Lo miro sin entender a qué se refiere—. Sobre lo de patearme el culo en el ajedrez. Nadie me ha ganado nunca.
Sonrío.
—Ya sabes lo que dicen, Solterra: siempre hay una primera vez para todo en esta vida.
—Es una pena que yo no recuerde ninguna de nuestras… primeras veces .
Aunque sea un espejismo, por un momento siento que somos el mismo Adrien y la misma Nova de antes.
Salimos de la unidad médica en dirección a las escaleras que nos llevan al último montacargas. Solo tenemos que bajar al Nivel 37 y, de ahí, deslizarnos al 42.
Camino por delante de Adrien y soy la primera en pisar el suelo de cemento oscuro del siguiente nivel mientras él aún sigue en los peldaños.
—Atenta. Lo más seguro es que se active el cortafuegos de…
No le da tiempo a terminar la frase. De nuevo, la alarma y la advertencia de ERIS.
Sistema de neutralización activado.
Del techo descienden boquillas metálicas con un chasquido seco y, antes de que pueda reaccionar, una lluvia espesa me cae encima. Noto la pringue verde y densa pegarse a mi ropa.
Oigo el grito de Adrien desde las escaleras.
—¡Nova!
No duele ni arde, pero se me contraen los músculos con la primera descarga eléctrica. Suelto un alarido.
—¡Puta electricidad!
Aprieto los dientes para no gritar mientras noto otra descarga. Me arde la mandíbula.
La pringue sigue cayendo, empapándolo todo.
ERIS habla de nuevo.
Contención activa.
Neutralización progresiva en curso.
El líquido deja de salir y las boquillas se retraen. Adrien se acerca a mí en dos zancadas, se quita la chaqueta de cuero y me envuelve con ella.
—Joder, tengo que quitarte esto… Parece gel conductor. Necesitamos agua para diluirlo…
El cuerpo me tiembla. La pringue verde me gotea por el pelo y las pestañas. Cada vez que llega un pulso eléctrico, se me tensa todo el cuerpo y me quedo rígida.
Adrien tira de mí por varios corredores hasta que parece encontrar lo que busca, pero ya no soy capaz de pensar en nada. El dolor me invade y el gel me paraliza poco a poco.
—Desnúdate, corre. ¡Vamos! Métete ahí, joder.
Me empuja al interior de la ducha y abre el grifo mientras me ayuda a desvestirme. El agua empieza a caer sobre nosotros a modo de lluvia y suaviza el dolor.
Me limpia la pringue del cuerpo frotando con fuerza los brazos, el abdomen y los muslos.
—Ya casi termino. Se está diluyendo…
La ropa interior negra se pega a mi piel. De repente, soy consciente del tacto de sus dedos. El corazón se me acelera.
Él lo nota y se aparta para mirarme.
—¿Estás bien?
Asiento. Las punzadas eléctricas se han marchado. Empiezo a sentirme mejor, pero el dolor que siento ahora no tiene nada que ver con el gel…
Adrien parece entenderlo. Sonríe y su mirada se oscurece.
—Puede que no recuerde lo nuestro. Pero ten algo por seguro: mi cuerpo reacciona al tuyo.
Baja la mirada a su entrepierna y lo imito.
Noto un tirón en la parte baja del estómago y me muerdo el labio inferior cuando lo veo.
Joder, no puedo más.
—Tienes el tirante del sujetador doblado.
Adrien levanta la mano para colocarlo bien. Se me acelera la respiración cuando desliza los dedos hasta mi pecho y me acaricia por encima de la tela. Suelto un gemido.
Aprieta el pulgar y sonríe.
—Parece que tu cuerpo también reacciona…
Se inclina aún más y contengo el aliento cuando alarga el brazo para cerrar el grifo que hay detrás de mí. El agua deja de mojarnos, pero estoy empapada.
Mueve la mano de un pecho a otro, como si quisiera comprobar sus palabras.
—Me vuelve loco la manera en la que me miras, ¿sabes? Desde que te vi por primera vez. Esa mezcla entre miedo, deseo y… devoción .
Sube ambas manos hacia mis hombros para bajar los tirantes y desnudarme. Me contempla con hambre. Llevo meses esperando a que vuelva a tocarme así.
Me aprieta los pechos y gimo con los ojos cerrados.
Ha pasado tanto tiempo desde que lo hicimos en aquella selva que podría llegar al clímax solo con esto. Cuando desliza una de las manos hacia mi entrepierna, me estremezco. Usa el dedo índice para acariciar por encima de la ropa interior y aprieta.
Me muerdo el labio inferior para no gritar.
—Ciento diez pulsaciones y subiendo.
Suelta una risa baja y me aparta un mechón de pelo de la cara antes de volver a tocarme.
Lo miro, totalmente ida por la excitación. Alargo la mano hacia su pantalón y presiono. Se le tensa la mandíbula mientras bajo la cremallera y lo aprieto con fuerza.
Adrien gime y sonrío satisfecha.
Por fin nos miramos como si fuéramos a rompernos.
—Así que Nova Black, ¿eh? Heroína de Unter. Y envidia de todos, imagino. Por tirarse a Adrien Solterra…
Pronuncia la palabra en un susurro contra mi oído sin dejar de tocarme.
No sé cómo es capaz de hablar sin que se le note. Acelero el ritmo de mi mano y jadea. Intento responderle, pero sus dedos me arrancan otro gemido.
—Arrogante de… mierda…
—Seré un arrogante de mierda, pero… mírate… Mira cómo estás…, lista para mí.
Asiento, observándolo con los labios entreabiertos. Lo estoy. Sería capaz de cualquier cosa ahora mismo. Me explora con rabia mientras yo hago lo mismo. Acompasamos los movimientos y por un momento solo se oyen nuestros gemidos.
El clímax me llega en oleadas y las piernas me tiemblan tanto que estoy a punto de caerme. Me sostiene contra la pared fría y susurra:
—Así, muy bien… Descarga toda esa tensión…
Mis gemidos rebotan en las paredes, amplificados por la cavidad de la ducha.
Me agarra la mano y la saca de su pantalón. Respiro entre jadeos sobre su pecho hasta que pasa los brazos por debajo de mis muslos y me levanta en el aire.
No puedo pensar en nada, tengo la mente nublada. Me tumba sobre la cama del módulo. Noto la suavidad de las sábanas bajo la piel mojada.
Se desviste sin dejar de mirarme y apoya su peso sobre mí.
Lo echo de menos. Lo echo tanto de menos…
Si tan solo pudiera recordar lo nuestro. Que somos mucho más que esta atracción física…
Gruñe junto a mi oído y me separa las piernas para acomodarse en medio.
Lo guío con la mano. Necesito sentirlo dentro.
—¿Nova?
Parpadeo y trato de enfocar la mirada.
Adrien tensa los brazos y se incorpora.
—Joder, ¿estás llorando?