35. Los cortafuegos
LOS CORTAFUEGOS
Adrien
Doy un paso fuera del montacargas con cautela. Lo último que necesitamos es que se active un sistema de seguridad.
—Parece seguro.
Miro el ancho corredor del Nivel 24 que tenemos delante. Retiro mentalmente cualquier parecido con Unter. La moqueta verde está cubierta por una capa de polvo. Hay pedestales con jarrones vacíos a cada lado y un sofá alargado de terciopelo naranja.
Nova acaricia el ribete dorado del reposabrazos y se queda mirando el enorme cuadro con manchas blancas y negras. Parece una explosión sobre el lienzo.
—Es como si toda la unidad subterránea hubiera sido construida para acoger a la élite…
—¿Te sorprende? Lo más seguro es que…
Una alarma nos sobresalta. Las luces se vuelven rojas y la voz de ERIS resuena sobre nuestras cabezas.
Intrusos detectados. Activando cortafuegos.
—Mierda. —Tiro de Nova y la empujo hacia el corredor—. Hay que encontrar el siguiente montacargas. ¡Corre!
Salimos a la zona central. Los espacios de ocio son idénticos a los de El Núcleo. Hay sofás circulares, pantallas apagadas y jardines verticales muertos.
Nova alza la voz para que la escuche sobre el ruido ensordecedor de la alarma.
Corro delante de ella en la dirección que señala.
—El acceso al montacargas del Nivel 25 debería estar por ahí, bajando las escaleras auxiliares. Según el mapa…
Entro en el pasillo y oigo un ruido seco a mi espalda. Al girarme, veo a Nova en el suelo. Se lleva la palma a la frente, como si se hubiera golpeado. Levanto una mano y toco el cristal que ha aparecido para bloquear el paso.
—¿Me oyes? —Gesticula y se pone en pie haciendo una mueca de dolor. Dice algo que no logro escuchar—. Está insonorizado… El mapa. Saca el mapa y mira otro modo de…
Intento gesticular, pero cientos de drones eléctricos inundan la zona central donde Nova se ha quedado atrapada.
—¡DETRÁS DE TI!
Se gira justo a tiempo para patear el primero, pero llegan en oleadas.
Echo a correr por el pasillo intentando recordar la configuración de Unter.
Pasé dos años estudiando los corredores de los niveles intermedios para poder escapar de El Foso.
Si esta estructura es idéntica, debería ser capaz de volver a la zona central por otro camino.
Recorro el laberinto con módulos a cada lado. Para mi sorpresa, tienen ventanas y pequeñas terrazas frente a cada puerta. Giro a la izquierda en tres ocasiones para acercarme de nuevo. Cuando llego, me choco contra otro cristal.
—Mierda…
Veo a Nova enfrentarse a los drones al otro lado. Jamás había visto a nadie moverse así.
Se impulsa contra una columna, la usa como apoyo y salta por encima de dos drones que pasan zumbando a ras del suelo. Cae con una rodilla flexionada, gira sobre sí misma y patea en pleno núcleo eléctrico al siguiente, que se estrella contra la pared.
No hay duda de que ha sido mi candidata. Mi sello está en su postura. En cómo dobla las rodillas y coloca los puños. Pero hay algo más. La mezcla entre talento natural y años de entrenamiento.
Los drones son pequeños y rápidos, diseñados para freír a cualquiera que se quede quieto.
Pero ella no se detiene. Se agarra al respaldo de uno de los sofás y corre por encima como si fuera una barra de equilibrio.
Se deja caer justo cuando una descarga cruza el aire donde estaba su cabeza y rueda por el suelo.
Se impulsa con una mano y salta de nuevo, esta vez contra la pared.
La usa como punto de apoyo y se lanza en diagonal para dar dos patadas seguidas en el aire.
Es tan rápida que me cuesta seguirla. Y a los drones también, porque no logran fijarla como objetivo. Los obliga a perseguirla y los separa. Juega con el espacio como si lo hubiera memorizado antes de entrar.
Joder, debo de haber disfrutado como un niño viéndola entrenar en las simulaciones.
Está sonriendo. No puedo oírla, pero por los gestos que hace me imagino sus gritos de euforia cada vez que revienta más drones contra el suelo, que empieza a estar cubierto con los restos de metal.
Se cuelga del borde de una jardinera muerta al lado del corredor en el que estoy.
Deja que los últimos drones pasen por debajo para interceptarla y se suelta para aplastarlos contra el suelo con el peso del cuerpo.
La veo jadear con las mejillas rojas sin borrar la sonrisa. Se pasa el antebrazo por la frente y me mira.
El cristal vibra y empieza a subir lentamente.
—Admito que tengo buen gusto, candidata.
Se aproxima hacia mí y levanta la barbilla.
—Campeona.
—¿Qué?
—Que si tienes que llamarme algo, puedes usar «campeona». Porque es lo que soy.
Emito un silbido bajo y acerco mi cara a la suya.
—Cepillarte a doscientos drones te ha puesto gallita, ¿eh?
Me sostiene la mirada. Durante un segundo, clava los ojos en mi boca y percibo cómo su corazón se acelera. Traga saliva y se obliga a mantener la barbilla alzada.
—Dime, campeona , ¿usas esa rabia para todo?
Sus pupilas se dilatan, se humedece los labios con la lengua y se acerca un poco más a mí.
—¿Quieres comprobarlo?
No me esperaba que fuera tan directa. Me pone muchísimo.
Reiniciando cortafuegos.
La alarma vuelve a sonar. Suelto un grito de frustración y empujo a Nova para que pase por delante de mí. Hay que llegar al montacargas antes de que vengan más. Corremos buscando el acceso a las escaleras auxiliares. Vamos tan rápido que nuestros pies parecen volar sobre los peldaños.
—¡Aquí!
Forzamos la puerta y saltamos juntos al cable grueso del centro. Nova se resbala un metro y grita de dolor. Se agarra de mi pierna.
—Sujétate a mí. ¡Venga, vamos!
Hace lo que le digo y me rodea el cuerpo con sus brazos y piernas.
Con la urgencia de los cortafuegos no me he protegido las manos, pero no podemos detenernos ahora. Miro abajo. La cavidad es incluso más profunda que la anterior. Si llegamos vivos al fondo, saldremos al Nivel 36.
Me balanceo y coloco los pies en la pared para impulsarme. Las heridas en las palmas de las manos no tardan en aparecer. Aprieto los dientes y me obligo a no pensar en el dolor. Cuando llevamos la mitad del camino, dejo de escuchar la alarma.
Nova separa la cara de mi hombro para mirarme.
—¿Estás bien?
Aprieto los dientes y asiento.
—Podría estar mejor.
Abre mucho los ojos.
—Joder, Adrien, tus manos…
No me hace falta mirarlas para saber a qué se refiere. Voy dejando un reguero de sangre por el cable. Las heridas son cada vez más profundas. Si no me he soltado del puro dolor es porque una caída a esta altura nos mataría a los dos.
Cuando mis pies tocan el techo del montacargas, exhalo despacio e intento soltarme. No puedo. Los dedos no responden a la orden. Nova se suelta y me mira confundida.
—¿Qué pasa?
La piel abierta se me ha pegado al metal. Al mover la mano, el cable tira de mí.
—Espera —murmuro.
Vuelvo a intentarlo. La carne cede antes que el agarre y un latigazo de dolor me sube por los brazos hasta la nuca. Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que me cruje.
Respiro hondo y cierro los ojos. Los vuelvo a abrir de inmediato cuando noto el contacto de Nova.
Empieza a despegarme los dedos uno por uno, despacio.
Usa los pulgares para separar la carne del metal.
Cuando libera la última falange, se me quedan las manos rígidas.
Me arden como si las hubiera sumergido en fuego.
Nova se abre la chaqueta del uniforme y se rasga el bajo de la camiseta. Me envuelve las palmas con la tela y aprieta para cortar la hemorragia.
—Tenemos que encontrar algo para curarte las heridas.
Acaricia la venda improvisada y acerca la boca a mis manos, como si fuera a besarlas. Percibo cómo frena el impulso en el último segundo.
Bajamos al interior del montacargas. Intento forzar las puertas, pero el dolor me lo impide. Nova me ayuda y conseguimos abrirlas con un grito de esfuerzo.
El corredor frente a nosotros está en penumbra, solo iluminado por dos tiras de luces azuladas. Aquí no hay jarrones, cuadros ni sofás. Podría pasar perfectamente por un pasillo estrecho y anodino de nuestra propia Unter.
Al poner un pie fuera, oímos la voz de ERIS de nuevo.
Red de seguridad activada.
—Joder, ¿y ahora qué?
Una luz roja se enciende de golpe frente a nosotros. Y luego otra. Y otra más. El espacio se llena de líneas finísimas de luz roja que cruzan en todas direcciones, de pared a pared y del suelo al techo. Es una red suspendida sin huecos evidentes. Nova me mira.
—Una malla láser… Puede que queme, como la que me tocó en El Circuito. ¿Crees que activaremos alguna alarma si la atravesamos?
Es ERIS quien responde.
El contacto no autorizado implica la neutralización inmediata.
—Adrien… ERIS acaba de…
—Sí, acaba de responderte. Ha interactuado contigo. —Pienso unos segundos antes de alzar la voz—. ¿Dónde está la sala de comunicaciones?
La sala de comunicaciones se encuentra en el Nivel 42.
Nova pone una mano en mi antebrazo y hace la pregunta que yo mismo iba a pronunciar.
—¿Puedes desactivar los cortafuegos?
Negativo. Los cortafuegos solo pueden ser desactivados desde la consola central de la sala de servidores.
Me aclaro la voz.
—¿Hay cortafuegos en todos los niveles?
Afirmativo. Cada nivel dispone de cortafuegos de seguridad para impedir el paso al personal no autorizado.
—¿Y cómo reconoces al personal autorizado?
Mediante reconocimiento visual y señales biométricas registradas.
Nova suspira.
—Tendremos que cruzar cada cortafuego de los últimos seis niveles y rezar para que nos dé acceso a la sala de comunicaciones.
—Después de lo que hemos hecho, es pan impreso.
—No lo tengo tan claro, pero de peores cosas hemos salido… —Vuelve a alzar la voz—. ¿Hay algún cilindro de curación en este nivel?
Negativo.
Nova insiste.
—¿Y algo que sirva para curar heridas?
Afirmativo. Unidad médica auxiliar activa en el sector C-2.
Chasqueo la lengua.
—¿No te da la sensación de que nuestra ERIS es un poco más simpática?
Nova no responde. Da un paso hacia delante para analizar el entramado. Antes de que pueda detenerla, se agacha, inclina el cuerpo y pasa entre dos líneas con un movimiento limpio.
—¿Qué coño haces?
—Voy primero.
—Haz el favor de consultar el plan conmigo antes.
Avanza, apoya una mano en la pared y gira la cadera para pasar una pierna por encima de un haz que sube en vertical. Se voltea para mirarme.
—Adrien, no te lo tomes a mal, pero, al igual que tú, soy más de tomar las riendas que de consultar.
—Ya veo…
Se mueve como si bailara con la red. Me meto en el entramado y la imito.
La oigo hablar a un par de metros delante de mí.
—A veces tengo la sensación de que mi vida es una versión de Las Pruebas que nunca termina… Empiezo a estar agotada de rondas, circuitos y obstáculos.
Acelero mis movimientos y me pongo a su lado.
—¿Una campeona cansada de ganar?
—Cansada de tener que demostrar constantemente que lo soy.
Me mira y pierde el equilibrio. Estiro el brazo para sostenerla justo a tiempo. Nos quedamos quietos y en silencio, con el pitido grave de la malla envolviéndonos.
Alargo la otra mano y le muevo la trenza para alejarla del láser.
—Por poco.
La luz roja se refleja en su cara. Traga saliva y asiente.
—Gracias…
Llegamos al otro lado y sacudo el cuerpo para quitarme la tensión de encima.
—Por fin algo que sale bien, ¿no?
Antes de que Nova pueda responderme, las luces de vuelven rojas y el sonido estridente de la sirena nos envuelve de nuevo.
—¿Estás de puta coña?
Nunca había tenido tantas ganas de llegar al Nivel 42.