Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 34. El mando
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34. El mando

EL MANDO

—¿Cómo pensabas bajar con los drones bloqueando el paso? —Adrien empieza hacer flexiones en el suelo del conducto de ventilación—. ¿Tenías algún plan?

—El plan era encontrarte a ti.

—O sea que no tenías ninguno.

Resoplo.

—Sí lo tenía: bajar a la ciudad subterránea, encontrarte, convencerte y decidir juntos qué hacer. De momento creo que he ido cumpliendo cada paso con éxito, ¿no crees?

—Vamos, preciosa, admítelo: yo soy tu plan.

—Deja de llamarme preciosa.

Se lleva un brazo a la espalda y sigue haciendo flexiones con una sola mano. Levanta la mirada para clavarla en mí.

—¿Por qué, preciosa ?

Pronuncia la palabra despacio, recalcando cada sílaba.

—Porque no te pega.

—¿Y cómo quieres que te llame…, preciosa?

—Cuando quieres, eres insoportable…

Se pone de pie para quitarse la camiseta y quedarse con el torso desnudo. Se pasa una mano por el abdomen y mis latidos se aceleran.

Suelta una carcajada.

—Joder, Black, ¡cuidado! Voy a taparme, no quiero que mueras por un paro cardiaco.

No sé qué versión de Adrien prefiero: el que me mira con indiferencia porque no me recuerda, el que lo hace con odio por ser de Némesis o este, que disfruta sabiendo que, aunque no sea recíproco, me muero por él.

—Tienes razón: yo sí tengo un plan. —Se limpia el sudor de la cara con la camiseta y vuelve a ponérsela—. Llegamos al montacargas, forzamos las puertas sin activarlo, escalamos en descenso hasta el siguiente nivel e improvisamos con lo que sea que nos espere allí abajo.

—Improvisamos. Ajá. Buen plan.

Capta mi ironía.

—¿No te gusta? Mejóralo.

—Alguien me dijo una vez que una buena estrategia implica tres factores: definir el objetivo, analizar el terreno y anticipar las consecuencias.

Sonríe. Sabe que hablo de él.

—Ese alguien debía de ser un tío listísimo.

—Parece que ahora le ha dado por… improvisar .

—Y por salvarte el culo. O el ojo, según se mire.

Ha perdido la memoria y lo nuestro se ha roto, pero la velocidad con la que respondemos a las provocaciones del otro sigue intacta.

Respiro hondo y trato de reconducir la conversación.

—El objetivo lo tenemos claro, ¿no? Bajar sin que nos atrapen. Y el terreno…

Me llevo una mano al bolsillo del pantalón y saco el trozo de mapa que Garret me consiguió de uno de los manuales. Al tirar de él, algo más cae al suelo. Me agacho para recogerlo.

Adrien se tensa y mira el mando con odio.

—Dame eso.

—No voy a darle al botón.

—Dámelo. Ahora.

Alarga la mano. No obedezco.

—¿Es que no confías en mí? No pienso activar los brazaletes.

—No confío en nadie. Ni ahora ni nunca.

Dudo un segundo y termino dejando el mando sobre la palma de su mano.

Supongo que tengo que demostrarle con hechos que soy de fiar.

—Jamás te haría daño, Adrien.

Tensa la mandíbula y se lo guarda en el bolsillo del pantalón.

Abro el mapa para enseñárselo y agarra el papel con ambas manos.

—No me jodas. ¿Es un mapa de la U.N.T.E.R. central?

—Sí, lo he arrancado de uno de los manuales que usan para educar a los niños. Los montacargas están situados en los mismos niveles que en nuestra Unter. Lo complicado es que la Zona Cero está en…

—…el Nivel 42.

—Exacto. Es como si aquí todo estuviera al revés. No entiendo por qué los servidores están tan abajo. ¿Qué sentido tiene?

Adrien se encoge de hombros.

—Quizá tenga que ver con que los primeros cinco niveles estuvieran pintados de dorado y tuvieran jardines verticales como El Núcleo. ¿Y has visto los drones? Qué puto horror. Tiene pinta de que la élite prefirió esconder los servidores para no afearse la vista. Poco importa ya.

—¿Tu plan dice algo sobre cómo salir de este conducto de ventilación sin ser vistos?

Dobla el mapa y me lo devuelve antes de sacar el mando del bolsillo.

—Ahora sí.

—¿Quieres que lo use con los mods que nos encontremos?

Chasquea la lengua.

—Odio esa puta palabra.

—Perdona… Con los modificados, quería decir.

—Con las personas , Nova. Con los cabrones que nos impidan el paso, sean puros o mods.

— Escupe las dos palabras con asco y exhala—.

Desde aquí podemos salir al conducto de La Encrucijada.

Gorgu no sabe que nuestra intención es bajar a la Zona Cero, pero habrá puesto vigilancia en Los Conductos porque nos vio bajar las escaleras.

Necesito que corras hacia el montacargas y aprietes el mando para inmovilizarlos.

No sé cuál es el radio de acción, pero me quedaré atrás hasta que caigan todos y…

Joder, ¿puedes dejar de mirarme así? Deja de morderte el labio inferior al menos.

Sacudo la cabeza y respiro hondo. Mierda. No puedo evitarlo. Cuando Adrien habla de estrategia, me quedo embobada. Me encanta escucharlo. La manera en la que gesticula. Cómo se pasa la lengua por los dientes. El modo en el que frunce el ceño cuando piensa. Podría pasarme horas contemplándolo…

Adrien chasquea dos dedos frente a mis ojos.

—Black, despierta. ¿Lista para el plan?

Asiento y trato de quitarme de la cabeza todo lo que Adrien me hace sentir. Saber que no es recíproco me duele demasiado.

—Tenemos que volver a meternos por ese hueco para salir a Los Conductos. Voy primero. No me pierdas de vista, porque en un punto giraré a la derecha. Así es como saldremos a La Encrucijada.

Gateo detrás de él notando el metal frío bajo las palmas de las manos. No puedo creerme que al final vayamos a bajar. Que estemos juntos en esto. Cuando llegamos al extremo, se detiene.

—Coge el mando de mi bolsillo. —Asiento y avanzo un poco más—. Cuidado dónde tocas, preciosa.

Suelto una risa nerviosa. Está más Solterra que nunca. Me agacho para alargar el brazo hasta el bolsillo del pantalón. Él gira la cabeza y nuestros ojos se encuentran.

—Mírate, metiéndome mano. Aprovecha.

Pongo los ojos en blanco. Corrijo: está demasiado Solterra.

—Espérame aquí, ahora vuelvo.

Adrien sale del conducto y aguzo el oído por si escucho voces, pero todo está en silencio. Tarda un par de minutos en volver. Se asoma de repente y su cara queda a pocos centímetros de la mía. El corazón se me acelera y reculo para no chocarme con él.

—Tenemos vía libre, vamos, sal de ahí. —Me sujeta del brazo para ayudarme a levantarme—. Hay cuatro frente al montacargas. Están jugando a las cartas.

Tomamos el corredor de la derecha.

Antes de enfrentarme a los guardias de Gorgu, miro a Adrien.

—Aléjate un poco más. No quiero que el mando te afecte a ti también.

En un acto reflejo, intento limpiarle los restos de barro pegados en la chaqueta, a la altura del hombro. Me mira con la intensidad de siempre, como si buscara descifrarme.

—No te preocupes por mí. Estaré bien.

Respiro hondo, me acomodo la trenza y salgo con pasos lentos.

Son tres hombres y una mujer. Están sentados en el suelo, rodeados de botellas. Sostienen cartas en la mano y van colocándolas en una gran pila frente a ellos.

—¿Puedo jugar?

Se sobresaltan. Durante un segundo, nadie se mueve. La mujer es la primera en abalanzarse sobre mí. Saco el mando y se queda inmóvil a medio camino.

—No quiero usarlo. Marchaos y os prometo que…

Parecen no importarles mis palabras. Antes de que puedan atacarme, presiono el botón y sus muñecas se unen. Caen en el suelo con espasmos y las piernas rígidas.

—Lo siento.

Sigo apretando el botón hasta que quedan inconscientes, tal y como me ha dicho Adrien que haga.

Cuando él aparece, me quita el dispositivo con rabia.

—¿Se puede saber qué coño ha sido eso?

Lo miro extrañada.

—¿El qué?

—«No quiero usarlo. Marchaos». ¿En serio? ¿Vas a inventarte tu propio plan o cómo va esto?

—Quería darles la opción de…

Adrien me corta y se acerca a las puertas del montacargas para intentar forzarlas.

—Hay gente que no merece opciones, Nova. ¿Es que no te enseñé nada en Las Pruebas?

—Esa lección te la enseñé yo a ti.

Se gira para mirarme, sorprendido por la afirmación.

Me coloco a su lado y lo ayudo. Estas puertas no están hechas para abrirse desde fuera.

Ceden a trompicones. El metal chirría cuando Adrien mete los dedos en la ranura y ejerce presión con todo el peso del cuerpo.

Yo empujo a la vez y algo dentro se desengancha con un golpe seco.

Las hojas se separan lo justo para sentir el aire frío que se cuela entre ellas.

Me acerco con cuidado y miro hacia abajo. El hueco es un pozo negro atravesado por cables gruesos que se pierden en la oscuridad. Más abajo hay luces diminutas que parpadean. Siento vértigo.

—Joder… Son demasiados niveles…

Adrien no responde. Se gira para agacharse junto a uno de los guardias y le arranca un trozo de camiseta negra. La rasga en dos con los dientes y se envuelve las manos con las tiras, apretando fuerte alrededor de las muñecas y los nudillos.

—Para no quemarme. —Se asoma otra vez y tantea uno de los cables—. Voy primero. Te agarro y bajamos juntos. Me iré impulsando con las piernas.

—¿Estás loco? No vamos a bajar en plan kamikaze.

—No te estoy pidiendo permiso, Nova. Mi plan, mis normas.

Pasa una pierna al otro lado y se agarra al cable grueso, que vibra bajo su peso.

—Vamos.

Alarga un brazo. Trago saliva y me siento en el borde. Dejo que las piernas cuelguen sobre el vacío y el estómago se me sube a la garganta. Me sujeto del cable y Adrien tira de mi cintura para apretarme contra él.

—Agárrate fuerte con las piernas alrededor de mi cadera.

Tenerlo cerca sin que me recuerde es una tortura. Pero tener su cara a escasos centímetros mientras noto su cuerpo bajo mis muslos…

Me habla con tono burlón.

—Black, controla las pulsaciones.

Mierda. ¿Va a ser así todo el rato?

Mira hacia abajo.

—Son veinticuatro niveles hasta el siguiente montacargas. Como los drones se activen, estamos jodidos.

Abre las piernas y se impulsa para apoyar los pies en el lateral del hueco. Afloja el agarre y empezamos a descender dando saltos.

Es inevitable. Al ver el vacío bajo nosotros no puedo evitar pensar en Inferno. En Adrien cayendo. En el dolor tan desgarrador que sentí cuando creí haberlo perdido. Clavo la mirada en el fondo y siento náuseas.

—No mires abajo. Mírame a mí.

Obedezco. Me concentro en el perfil de Adrien. En los bordes de su nueva barba. En los mechones de pelo desordenados que caen sobre su frente.

—Hemos tenido suerte de que el montacargas esté en el último nivel de este tramo.

Aunque oigo sus palabras, no las entiendo del todo. Vuelvo a quedarme absorta en sus movimientos. Si supiera cuántas veces he soñado con estar junto a él de nuevo. Todas esas mañanas llorando bajo las sábanas de la suite Borgoña.

—¿Por qué me dijiste que no te fallara otra vez?

Me mira extrañado. No se detiene.

—¿De qué hablas?

—Cuando me amenazaste con la cadena del arnés en el Baile de la Pureza, dijiste que me esperabas en la ciudad subterránea. Que te lo debía, por lo de Inferno. Y que no te fallara de nuevo.

Adrien pone cara de concentración. Tiene los ojos fijos en la pared, donde coloca los pies mientras bajamos.

—No recuerdo haber dicho eso. Pero no me hagas mucho caso. Desde que desperté en Babel tengo lagunas. Estoy seguro de que, además de perder la memoria en aquella cárcel, me han estado drogando. Lo noto en el hormigueo que siento en la frente y en las piernas.

No insisto. Está claro que su mente no funciona como antes. A veces tengo miedo de que el código de Dorian haya dejado restos en su sistema nervioso, como un tóxico que interfiere en sus pensamientos. Intento no pensar en ello.

—Ya casi estamos.

Adrien se apoya en el techo del montacargas y me suelta con cuidado.

Se agacha para quitar la rejilla y salta por el hueco.

Lo imito y me coge al vuelo para reducir la velocidad de mi caída.

En un acto reflejo, le acaricio el cuello biónico y noto la vibración del metal.

Me traspasa con la mirada sin decir nada.

Alejo la mano y me aparto de él. La tensión entre nosotros es brutal.

Forzamos las puertas del montacargas y nos asomamos.

—Joder…

Adrien me mira.

—Bienvenida a El Núcleo. Supongo.