Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 32. La aguja
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32. La aguja

LA AGUJA

No puede ser verdad. Trago saliva. Aunque Adrien no parece recordarme, lo tengo de mi lado. Aguanto las ganas de llorar. Gorgu sigue gritando hasta desgañitarse. La gente a su alrededor da golpes con las palmas sobre la rejilla.

Adrien me mira la mano sobre la palanca.

—Activa el montacargas y fingiré que trato de atraparte mientras escapamos. En cuanto pisemos el primer peldaño de la escalera frente a La Malla, dejarán de perseguirnos.

Asiento. Bajo el interruptor sin saber muy bien qué va a ocurrir. Suena una sirena que me sacude por dentro.

Adrien me agarra del brazo.

—Voy a intentar atraparte mientras los drones nos persiguen. Si de verdad fuiste mi candidata, sabes de sobra cómo dar un buen espectáculo. ¡Corre!

Las puertas del montacargas se abren y noto la vibración de los drones de seguridad en los dientes. Veo tres de ellos salir del enorme elevador y escanear la sala.

Corro en dirección al corredor con Adrien pisándome los talones.

Trato de llegar al conducto de las cadenas colgantes en el menor tiempo posible, pero estoy agotada.

Salto sobre la primera haciendo caso omiso al dolor que siento en las palmas por el esfuerzo.

Adrien salta a la cadena de al lado y me agarra por la cintura para acercarme a él.

—Dame un codazo en la cara.

Hago lo que dice. La gente me aplaude desde la rejilla.

Cuando paso a la siguiente cadena, Adrien me empuja por la espalda, como si quisiera hacerme caer con una patada, pero me ayuda a cruzar más rápido.

Uno de los drones se coloca a mi lado y me escanea. Escalo, salto sobre él para impulsarme y hago un giro acrobático en el aire para aterrizar en el suelo.

Adrien cae a mi lado con un silbido.

—Joder, candidata. Esos saltitos acrobáticos quedarían…

—Genial en cámara, lo sé. Ya me lo dijiste.

Corro hacia el cilindro y pongo los brazos en cruz para mantener el equilibrio mientras lo cruzo. Los tres drones vuelan sobre mi cabeza. Adrien grita a mi espalda.

—¡Cuidado con la triangulación! ¡No dejes que activen el campo electromagnético!

El cilindro deja de girar. Miro hacia atrás, confundida. Adrien lo está sujetando para que no se mueva. La gente lo abuchea y golpea la rejilla. Por un momento pienso que va a venirse abajo.

Llego al otro lado y sigo corriendo hacia La Malla. Queda poco. Muy poco.

Me lanzo contra la maraña. A los diez segundos noto la mano de Adrien sobre mi tobillo. En vez de tirar de mí, me empuja para darme impulso.

Los drones escanean el nuevo espacio. Si nos quedamos quietos, nos pulverizarán. La imagen mental de mis compañeros de Inferno explotando dentro del campo electromagnético me provoca náuseas. Creo que nunca podré olvidarlo.

Llego al otro lado y me doy de bruces contra el suelo. Me giro y me quedo bocarriba. Adrien cae sobre mí.

—Venga. Ya casi estamos.

Me guiña un ojo y noto la sangre subirme a las mejillas. La química que tenemos es innegable. Y lo que provoca en mí, también.

Me tira de la chaqueta del uniforme para levantarme y los botones se abren. La expresión de Adrien cambia. Primero parece confundido. Luego, su rostro se contrae con ira. No entiendo lo que pasa.

Resopla.

—Venga ya, no me jodas.

—¿Qué pasa?

Hace una mueca de asco, pero no responde.

—¿Estás de coña? Tiene que ser una broma…

Me mira la clavícula y gira la cabeza para escupir en el suelo. Mierda. Me ha visto el tatuaje.

—Puto Némesis. Por un momento me he creído tus mentiras. Eso es lo que hacéis, cambiar la maldita narrativa a vuestro antojo. Sabía que estabais metidos en esto.

—Adrien, espera…

Acerca la mano a mi cuello y me tira del collar para arrancarme la campana. La gente lo vitorea desde la rejilla.

—Me das asco.

—Otra vez no, por favor… Tienes que escucharme…

Esa mirada de odio es igual que la que me dedicó en la Sala Orquídea de El Núcleo cuando descubrió quién era en realidad.

Por un momento revivo el mismo dolor, solo que ahora es mucho peor.

Me he acostumbrado a que Adrien no me recuerde, pero que me mire con asco y desprecio me rompe por dentro.

Noto un peso en el pecho y, por un momento, creo que voy a sufrir el mismo ataque de pánico que la otra vez.

Mi mente trabaja a toda velocidad para encontrar las palabras exactas que hagan que vuelva a confiar en mí, pero no aparecen nada más que ideas inconexas mezcladas con miedo.

Tengo tantas cosas que contarle que no sabría por dónde empezar.

Me empuja hacia las escaleras justo antes de que los drones nos alcancen. Tropiezo y me arrastra por los peldaños mientras murmura con rabia.

—No pienso fiarme de una puta conspiranoica antisistema.

Gorgu nos espera con los brazos extendidos.

—Ha estado reñido, ¿eh? Confieso que por un momento he pensado que ibas a dejarla ganar, Solterra.

Adrien me lanza a los pies de Gorgu.

—Aquí tienes a tu oveja.

Se quita del todo la máscara de lobo y la lanza al suelo. Gorgu se inclina para mirarme y me enseña su sonrisa de dientes de sierra.

—¿Sabes lo que eso significa? Hemos ganado. Seremos nosotros quienes decidamos tu modificación. —Se gira hacia el resto y alza la voz para que todos lo escuchen—. ¿Qué os parece si la mejoramos ahora mismo? ¡Voy a por mis herramientas!

La multitud estalla. Adrien me levanta del suelo y me obliga a caminar hacia la plataforma central, frente al ascensor por el que bajé desde el Círculo de Bronce.

Lika y Bram empujan a la gente para que bajen de ahí.

Ellos también se marchan. Solo quedamos Adrien y yo, expuestos, juntos frente a la multitud de espectadores.

Me inmoviliza por la espalda. Necesito convencerlo de su error.

—Por favor… Némesis ya no existe…

—Me importa una mierda.

—Adrien… Soy yo… Soy Nova, por favor…

Aprieta la boca contra mi oreja.

—¿Es que no lo entiendes? No sé de qué me hablas. Para mí no eres nadie .

Consigo girar la cabeza para quedar a pocos centímetros de su cara.

—Me dijiste que de niño soñabas con formar una familia en El Núcleo. Que te imaginabas vestido de blanco, con tu mujer y dos o tres…

Mis palabras parecen afectarlo. Frunce el ceño y exhala lentamente, como si no creyera lo que acaba de escuchar.

Me obliga a voltearme de nuevo y refuerza su agarre.

—Cállate la puta boca.

—Déjame terminar. Te imaginabas a dos o tres niños corriendo alrededor de…

—Sigue hablando y te mato aquí mismo.

—Y una mierda. No eres un asesino.

Suelta una risa amarga.

—Parece que no me conoces tanto como dices.

Gorgu sube a la plataforma con un maletín entre las manos.

Bajo la voz y giro la cara para que solo Adrien me escuche.

—Jamás le habías confesado tu sueño a nadie, me lo dijiste. Piénsalo. ¿Cómo coño lo sé? ¡Joder, Adrien! Lo compartiste conmigo antes de pedirme que pasara el resto de mi vida a tu lado en una puta cabaña.

Aprieta la mandíbula y trato de convencerlo de manera desesperada.

—Tú también lo sientes, ¿verdad? Has perdido la memoria, pero la atracción entre nosotros no puede fingirse.

No responde. Me mira confundido. Sabe que tengo razón.

—Por favor, Adrien… Ayúdame a bajar a la Zona Cero y te juro que te lo contaré todo…

Gorgu levanta los brazos y la multitud se calla.

—¡Hemos decidido cuál será la modificación!

Sigo susurrando en dirección a Adrien. Tengo que intentarlo.

—Cuando gané Las Pruebas, subimos a El Núcleo y estaba vacío… Llevaba vacío más de cuarenta años…

Frunce el ceño.

—¿De qué coño hablas?

—ERIS los mató a todos…

—Y una mierda.

—Tuvimos que elegir entre cargarnos a la población o…

La voz de Gorgu solapa la mía.

—¡UN OJO BIÓNICO! Gracias, Lika, por la inspiración. —La oigo aplaudir a pocos metros de nosotros—. ¿Lo mejor? Podréis verlo ahora mismo, en directo. Y sin anestesia.

La multitud ruge.

Me quedo sin tiempo.

—Adrien, por favor… Bajamos a El Foso y nos cargamos al puto Rey… Me ayudaste a liberar la ciudad… Juntos podemos con todo, joder. Eres el único que…

Me callo cuando veo la enorme aguja que Gorgu, cada vez más cerca de nosotros, sostiene en la mano.

—Joder…

—¡EMPECEMOS! Solterra, mantenla recta, ¿quieres? No queremos fastidiar el nervio.

Adrien asegura su agarre. Estoy jodida. Gorgu se pasa la lengua por los dientes de sierra.

Miro la punta afilada. Me arde el pecho al respirar.

—Sentimos decirte que esto sí va a doler…

Intentaremos que sea rápido. No te preocupes, el implante ya tiene la interfaz preparada.

Cuando insertemos la aguja, tendremos que buscar el nervio óptico y abrirnos paso.

Si nos desviamos un milímetro… —chasquea la lengua—, se quema.

No queremos que tu cerebro salga ardiendo, ¿verdad?

Aprieta la aguja entre los dedos antes de colocarla cerca de mi ojo. Intento mover la cabeza hacia atrás, pero el torso de Adrien me lo impide.

—Una vez dentro, el ojo hará el resto. Se ancla solo y aprende rápido, por eso no te preocupes. En segundos empezará a enviar señales al cerebro, aunque al principio estarán… desordenadas.

Pregunto sin poder evitarlo.

—¿Desordenadas cómo?

Gorgu sonríe y me levanta la barbilla con una mano.

—Luces donde no las hay. Ecos, retardo… A veces ves recuerdos que no son tuyos. Luego se estabiliza.

Se inclina un poco más sobre mí.

—O no. Conocemos a varios que se han vuelto locos con esta modificación, ¿verdad que sí?

La aguja desciende un milímetro y el mundo se reduce a ese punto brillante frente a mi ojo.

De repente, Adrien afloja el agarre y me susurra al oído:

—Esa barandilla conduce hacia Los Conductos. Salta. Yo iré detrás.

Todo sucede muy rápido. En el momento preciso en que Gorgu apunta con la aguja, Adrien gira el cuerpo lo justo para golpear con el codo el cilindro donde reposa su segunda cabeza.

El cristal se agrieta con un sonido seco y el líquido se derrama por su cuerpo.

El aire le sale del pecho con un sonido animal y la aguja se le escapa de los dedos.

Cae al suelo de rodillas con los ojos muy abiertos.

La multitud tarda un segundo en entender lo que acaba de pasar. Suficiente como para que Adrien me empuje hacia la barandilla. Oigo el caos detrás de mí. Salto sin mirar atrás y aterrizo en las escaleras que llevan hacia Los Conductos.

Adrien me sigue. No me da tiempo a reaccionar.

Me agarra de la muñeca y tira de mí. En vez de dirigirse a La Malla, tuerce por un pequeño corredor a la derecha.

Me empuja contra una compuerta baja y la abre de una patada.

Caemos dentro de un canal oscuro lleno de cables.

La puerta se cierra con un golpe y el ruido del exterior queda amortiguado.

—Gatea, ¡vamos!

El sitio es tan estrecho que el metal me roza los hombros y las rodillas.

El aire está viciado, cargado de polvo. Respiro y me sabe a óxido.

Unos metros más adelante el espacio se ensancha de golpe y desemboca en un tubo circular atravesado por un eje central.

A su alrededor giran aspas metálicas que mueven el aire con un zumbido grave.

Estamos en un conducto de ventilación.

Me siento en el suelo, jadeando. Adrien se apoya en la pared sin dejar de mirarme.

Me llevo una mano al pecho y respiro hondo.

—Gracias…

—No te equivoques. Lo hago por mí. Porque estoy hasta los cojones de estas lagunas en mi memoria. Tú me importas tan poco como el hijo de puta de Gorgu.

Desvío la mirada. Sus palabras me duelen porque sé que son ciertas.

Para él no soy más que una rebelde antisistema. Y encima acabo de confesarle que me cargué los privilegios que se ganó a pulso en su ciclo de Las Pruebas y que la Unter a la que quiere regresar no se parece en nada a la que recuerda.

—¿Y bien?

Vuelvo a mirarlo sin entender su pregunta.

—Has dicho que ibas a contármelo todo, ¿no? Pues empieza por el principio. Y no te dejes nada.