Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 31. El lobo
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31. El lobo

EL LOBO

Adrien

Jadea nerviosa. Se le disparan los latidos.

Recuerdo las palabras que susurró sobre la tarima de ese maldito baile:

«Hay que bajar a la Zona Cero».

«Hablo de Unter, Adrien».

Necesito saber más sobre ella.

Oigo al resto de los lobos subir por la escalera y me cruzo de brazos.

—He dicho que corras.

Para mi sorpresa da un paso en mi dirección. Podría quitarle la campana ahora mismo.

—¿Has recuperado la memoria? ¿Recuerdas lo que pasó en Inferno?

Su voz es casi una súplica. No sé de qué me habla.

—¿Dónde?

Suelta un gemido desesperado y se aleja dando pasos laterales. Me rodea y corre hacia el siguiente obstáculo. Uno de mis compañeros me confronta al salir del foso de barro.

—Joder, Solterra, ¿por qué no la has atrapado?

—Porque esta oveja es mía. Y a mí me gusta cazar.

Dejo que los otros dos corran detrás de ella y me dirijo a paso lento hacia el siguiente conducto.

Voy a dejarla llegar hasta el montacargas para ver cómo reacciona a los drones.

Lo único que me jodería es que otro la pillara antes que yo, pero dudo que esos imbéciles lo consigan.

Recuerdo las acrobacias y la patada lateral con la que le rompió el brazo al niñato rubio en el Baile de la Pureza.

Se nota que tiene técnica y está entrenada.

La veo cruzar las primeras cadenas de El Collar.

Para alguien de su altura, es el obstáculo más complicado porque tiene que balancearse para pasar a la siguiente.

Me cruzo de brazos y me apoyo en el marco del conducto, tranquilo, viendo cómo los otros lobos se lanzan a perseguirla.

Uno de ellos acelera y está a punto de alcanzarla justo cuando se balancea.

Lo veo estirarse y rozarle la espalda con los dedos.

Me incorporo cuando veo la jugada. Ella salta hacia un lateral y se impulsa contra la pared.

Empieza a correr por el muro, inclinada, usando la inercia sin soltar una de las cadenas.

Agarra otra con las manos, se suelta y deja que su cuerpo gire en el aire.

Todo ocurre en un segundo. Le enrolla una de ellas alrededor del cuello.

Esta se tensa, lo arrastra hacia delante y lo estampa contra el suelo con un golpe seco. Ha perdido el conocimiento.

Aterriza al otro lado y se gira para mirarme.

Descruzo los brazos despacio y aplaudo en la distancia con una inclinación de cabeza antes de saltar. Paso sin dificultad al otro lado. Miro al último lobo, colgado entre dos cadenas.

—¿Necesitas ayuda?

Hace fuerza con los brazos porque las piernas biónicas le pesan demasiado. Se escurre con cada intento.

—Mierda… No, joder. No necesito ayuda. Abandono.

Me encojo de hombros.

—Como quieras. Hora de cazar.

Estiro el cuello hacia los lados y hago crujir los nudillos antes de echar a correr hacia el siguiente conducto, el último antes del montacargas. La Encrucijada es de mis favoritos.

Si ha elegido mal, ya es mía.

El conducto se bifurca en cuatro corredores que parecen iguales, pero solo uno conduce a la salida. Me detengo para escucharla. Se mueve de manera desesperada haciendo resonar el metal.

Está atrapada entre dos vigas. Ha intentado avanzar por el pasillo sin darse cuenta de que cada vez se estrecha más.

Me acerco a ella. Al verme, intenta liberarse con más fuerza. Su respiración es irregular.

—¿Sabes por qué este obstáculo es mi favorito? Porque aquí no gana el más rápido. Gana el que sabe cuándo parar.

Me mira con los ojos verdes brillando con rabia.

—Cállate o quítame la campana de una puta vez.

Sonrío.

Me acerco hasta quedar a un par de pasos.

—Ya te lo dicho, preciosa, me gusta cazar.

Ella aprieta la mandíbula. Intenta retroceder otra vez, pero no consigue moverse. La viga no cede. Se queda quieta, como si por fin aceptara que empujar no sirve.

Me inclino un poco hacia delante. Lo justo para invadir su espacio.

—Sigues creyendo que esto va de fuerza y no es cierto.

Ella traga saliva. La pongo nerviosa.

—¿Y de qué va, entonces?

No respondo al momento. Levanto una mano y agarro la cinta del collar que mantiene sujeta la campana, pero no tiro. Solo la tenso lo suficiente para que el movimiento la obligue a mirarme.

—De elegir. Y tú has elegido mal. ¿Te han dicho alguna vez que eres demasiado impulsiva?

Para mi sorpresa, sonríe. Forcejea un poco sin dejar de mirarme. Mantengo la mano en la gargantilla.

—Alguna que otra. Mi benefactor solía decirme que tenía que adelantarme a los movimientos del otro. Claro que es fácil ir dando esos consejos cuando tienes un cuello biónico que te da el chivatazo, ¿no crees?

Intenta girar la cadera para desatascarse y me acerco más a ella para bloquear el movimiento. Sus latidos se disparan al notar el peso de mi cuerpo contra el suyo. Aunque nadie nos escucha, bajo la voz en un susurro.

—¿Quién coño eres?

Levanta la barbilla y noto su respiración sobre mi boca.

—Nova Black, Nivel 3, módulo 99. Candidata reclamada por Adrien Solterra y última campeona de Las Pruebas de Unter.

Parpadeo.

—Imposible.

Acerca su cara a la mía y siento que mi cuerpo reacciona solo, como si hubiera vivido ese momento mil veces con ella. Miro sus labios carnosos y entreabiertos. Me contengo para evitar comerle la boca en ese momento. No pienso perder el control.

—No tienes modificaciones biónicas.

Ladea la cabeza.

—Ya, por eso mismo me reclamaste.

Joder, no sé lo que tiene pero esta tía me atrae como un puto imán.

—Después de lo que me dijiste en el Baile de la Pureza, pensaba que habías recuperado la memoria, pero…

Desvía la mirada y noto cómo se le humedecen los ojos. Mierda. ¿Qué coño me pasa? Siento la urgencia de tocarla, como si todo mi cuerpo necesitara consolarla. Me aparto y carraspeo.

—Ajusta los hombros y cambia el ángulo de la cadera hacia la izquierda.

Hace lo que le digo y consigue salir.

—Corre, no podemos parar el juego mucho más.

Asiente y pasa por debajo de mi brazo.

Los gritos sobre nuestras cabezas son ensordecedores. Me chillan que la atrape, que no la deje escapar. Pero en realidad están encantados de que el juego siga. Son iguales que los que asistían a los espectáculos de El Foso: cabronazos con ganas de sangre.

Salgo del corredor y me choco con ella. Ha vuelto a equivocarse.

—Mierda…

Recula dos pasos y mira los dos conductos que aún no ha comprobado.

—El de la derecha te lleva a la sala del montacargas.

Me mira con recelo.

—¿Por qué me ayudas?

Levanto un dedo por cada motivo.

—Veamos. Porque puedo. Porque me apetece. Porque te quitaré ese collar cuando me convenga. Y porque has llamado mi atención y quiero saber cómo hemos terminado los dos aquí. Corre.

Frunce el ceño, pero obedece. Toma el corredor del extremo derecho y la sigo hasta la sala final. La gente se empuja sobre la rejilla para vernos bien. Nova se acerca al montacargas. Levanta la mano para activar la palanca, pero la deja suspendida en el aire y se gira para mirarme.

—¿Son drones como los de Unter?

Me acerco hasta ella haciendo caso omiso a los gritos.

—Sí, lo son. Los mismos, solo que estos tienen un recubrimiento de cromo dorado. A la élite de la U.N.T.E.R. central solo les faltó cubrirlos con puta purpurina.

—Déjame ganar este juego, Adrien. Si me escuchas, te lo contaré todo. Cómo perdiste la memoria, qué ocurrió…

—Dijiste que sabías cómo volver a Unter.

—No, te dije que sabía cómo contactarlos. Ayúdame a bajar a la Zona Cero para llegar a la sala de comunicaciones. Estoy segura de que juntos encontraremos la manera de…

—¡¿QUÉ COJONES ESTÁ PASANDO AHÍ ABAJO?!

La voz de Gorgu suena como un rugido. Levanto la cabeza y veo su cara pegada a la rejilla. Está de rodillas, clavándose el metal en la piel.

Lo ignoro y me centro en ella de nuevo. Quiero volver a casa. Claro que quiero. Necesito ser Adrien Solterra de nuevo. Que todos me miren como lo hace ella. Y saber por qué coño no puedo dejar de pensar en quitarle la ropa aunque no la conozca.

—Trato hecho.