Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 30. La oveja
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30. La oveja

LA OVEJA

Estoy muy nerviosa. Oigo a la gente gritarme desde el otro lado de la puerta. Algunos balan, imitando el ruido de una oveja. Otros aúllan, como si fueran lobos preparados para perseguirme. Cada golpe me sobresalta.

No me han dejado cambiarme de ropa. Gorgu opina que no hay nada mejor que ver a una perra de Malacai correr por su vida con el uniforme puesto.

«Perros», así llaman a los guardias del Círculo Plateado. Perros rabiosos a las órdenes de Babel. ¿Puedo culparlos?

Pase lo que pase en la próxima hora, yo ya he ganado. Estoy a pocos metros de Adrien, a punto de conseguir la modificación biónica que me permitirá quedarme en la ciudad subterránea. Luego vendrá la parte complicada: descifrar cómo sortear los cortafuegos y bajar a la Zona Cero.

Intento no pensar en la modificación. En lo mucho que me jode que haber vivido en Babel estos meses haya influido en el rechazo que siento al imaginar un trozo de metal en mi cuerpo.

Pero no siempre ha sido así. Recuerdo suplicar a mis padres que me dejaran modificarme.

Luego lo intenté con Thalius. Y con el Consejo de Némesis.

«Si te modificas, el plan se va a la mierda. Tú eres el plan, Nova. Perfecta, sin mejoras. No hay dos como tú».

Oigo las palabras de Kieran con su tono de voz exacto. Es increíble cómo la mente encapsula voces, caras y olores. Siempre quise hacerme la pierna derecha biónica, a juego con su brazo. De niños jugábamos a ponernos planchas de metal por el cuerpo. Parece otra vida.

La puerta se abre con un zumbido y el ruido se vuelve ensordecedor.

—¡Joder, dejadme pasar!

Bram entra con algo entre las manos. Las voces se amortiguan cuando se cierra de nuevo.

—Te traigo un regalo, ovejita.

Coloca una diadema blanca y esponjosa con orejas sobre mi cabeza y hago el gesto de apartarme. No pienso humillarme así. Bram insiste.

—Es obligatorio. Vas a jugar al Lobo y tú eres la oveja. O te las pones o Gorgu cancela el trato.

Respiro hondo y me inclino para que pueda atármela bajo el mentón.

—Y esto también.

Saca del bolsillo una especie de gargantilla negra de la que cuelga una campanita plateada y me rodea el cuello con ella.

—Si un lobo te roba esto, pierdes. Y si una chatarra te pulveriza, mueres.

Me veo reflejada en las gafas de Bram. Estoy ridícula.

Las orejas, el collar, las hombreras plateadas…

Estar a punto de enfrentarme a lo que quiera que sea este circuito me hace revivirlo todo.

Las Pruebas. El Foso. Inferno. Solo que aquí parecen estar todos un poco más locos.

Más incluso que El Rey. Se habría llevado genial con Gorgu.

—¿Cuántos lobos hay?

Bram se queda pensativo y mira hacia la puerta, como si no supiera si decírmelo o no.

—Depende. Creo que esta vez se han presentado cuatro.

—¿Puedo luchar contra ellos para quitármelos de encima?

Levanta ambas cejas.

—¿Luchar? Sí, claro. Solo que… No te lo tomes a mal, pero aún no estás modificada. Y los lobos sí. Lo normal sería que corrieras por tu vida intentando sortear los obstáculos.

—¿Qué obstáculos?

—Nova, Nova…, ¿es que quieres buscarme un problema? No sé si puedo…

—Me encantan tus gafas.

Pronuncio las palabras con voz melosa mientras toco los cristales. Ladeo la cabeza y le sonrío. La campanita emite un sonido agudo.

Bram se aclara la voz mientras se frota la nuca, ruborizado.

Me inclino para susurrarle al oído con el mismo tono de voz pausado y dulce:

—Soy solo una oveja, Bram. Ayúdame un poquito antes de que los lobos me coman.

Traga saliva de manera sonora y se remueve en el sitio.

—Vale, pero yo no te he dicho nada. —Baja la voz, como si alguien pudiera escucharnos—. Tendrás que pasar por La Malla. Es una maraña de cables y tubos difícil de cruzar. Va a ralentizarte, por eso te recomiendo que uses bien los treinta segundos de ventaja.

—¿Qué más?

—Luego pasarás por Los Barros. Tendrás que aguantar el equilibrio para cruzar por una pasarela estrecha que va girando sobre sí misma.

¿Mi consejo? No te pares, intenta atravesarla a toda velocidad.

Si caes al foso de barro, aunque creas que es más sencillo cruzar desde allí, serás un blanco fácil.

A veces usamos Los Barros para luchas cuerpo a cuerpo y…

—Bram, concéntrate en mis obstáculos.

—Sí, claro… Eh, luego viene…

La puerta se abre de nuevo. Lika aparece con los brazos en jarra.

—¿Qué coño estáis haciendo aquí? Gorgu lleva cinco minutos preguntando por ella.

Supongo que tendré que descubrir el resto del circuito yo misma.

—¡Ya vamos, joder! Estaba poniéndole el disfraz.

Lika me mira con una ceja alzada y se ríe.

—Monísima.

Cuando salimos al hueco central frente al cilindro de subida, veo a la marabunta de mods empujarse sobre la rejilla.

Bram y Lika apartan a la gente para que pueda pasar hasta la escalera que desciende a Los Conductos. Miro hacia el suelo, pero sigue oscuro. No logro ver nada.

Alzo la voz para que Lika me escuche.

—¿El circuito se ve desde aquí?

Ella asiente mientras agarra a un hombre del cuello de la chaqueta y lo aparta a un lado para bajar las escaleras.

—Es la gracia del espectáculo. Cuando las luces se enciendan, podremos seguirte a través de la rejilla hasta que actives a las chatarras voladoras y vuelvas.

Chatarras voladoras que pulverizan. Estoy segura de que son drones. Me pregunto si aquí están conectados a ERIS.

Cuando llegamos a los pies de la escalera, trato de ver a través de la oscuridad. Hace frío. Oigo aullidos cerca, como si los mods que hacen de lobos se escondieran en la penumbra para asustarme.

Bram toca una de las orejas de la diadema.

—Buena suerte, ovejita. Colócate aquí. Las pantallas no funcionan, así que cuando las luces se enciendan, todos gritaremos la cuenta atrás desde arriba. ¿Lista? ¡Y no puedes darte la vuelta! Mirada al frente.

Asiento de manera automática.

Lika y Bram se marchan. Noto a gente moverse cerca de mí.

Las luces se encienden y me ciegan durante unos segundos.

Miro el corredor con suelo de tierra y roca que tengo delante.

Reconozco a lo lejos La Malla que ha mencionado Bram.

Es como una tela de araña en forma de conducto.

Los cables están demasiado juntos. Tendré que lanzarme y cruzar lo más rápido posible.

Siento una presencia detrás de mí y casi olvido que no puedo girarme. Varias personas me aúllan al oído. He sido capaz de mantener la calma en momentos como este, pero estoy demasiado nerviosa. Aprieto los puños y trato de recuperar el control.

Sobre mi cabeza veo moverse a cientos de personas que gritan, ríen y patean la rejilla para llamar mi atención. Sin embargo, en cuanto Gorgu empieza hablar, se hace el silencio. Lo veo inclinado, justo encima de mí.

—Estas son las normas del Lobo: cruza los obstáculos, llega al montacargas, actívalo y sube las escaleras antes de que las chatarras te pulvericen.

Si un lobo te atrapa y logra quitarte la campana, ganamos.

Si mueres… Bueno, será una pena, porque deseamos ver el metal relucir sobre esa piel tan suave y pura.

Un hombre a su lado aporrea la rejilla con el puño biónico.

—¡Queremos ver a una perra de Malacai transformada!

La gente de su alrededor lo corea y los lobos detrás de mí aúllan.

Gorgu vuelve a alzar la voz.

—Tienes treinta segundos de ventaja. —Me coloco en posición. Noto los latidos en el oído—. Que empiezan… ¡AHORA!

Corro con todas mis fuerzas mientras oigo el ruido ensordecedor de la cuenta atrás sobre mí.

Llego a La Malla y me lanzo de cabeza al entramado, tratando de deslizarme entre los cables, que forman un caos diseñado para quedarte encallado.

Paso el primer tramo girando el cuerpo y con los brazos pegados al torso.

—¡DIEZ, NUEVE, OCHO!

Tengo que ir más rápido. Mucho más. Avanzo centímetro a centímetro, apoyando el peso donde sé que no cede.

La cuenta atrás termina. Oigo aullidos y pasos rápidos. Siento el entramado vibrar cuando entran. Noto una mano rozando mi tobillo, pero me impulso y salgo al otro lado con los pulmones ardiendo.

Me giro un segundo para comprobar qué ventaja tengo. Las cuatro figuras se retuercen y avanzan por La Malla a una velocidad increíble. Uno de ellos está a punto de salir. Veo la máscara plateada con la cara del animal. Solo deja los labios al descubierto.

Me volteo y atravieso el único conducto abierto. Oigo a la gente correr sobre mi cabeza jaleándome.

El corredor se abre a una especie de sala a doble altura. Me asomo para ver la piscina de barro. Si caigo, pierdo la ventaja. Miro el puente estrecho y curvo. Es un cilindro giratorio. Solo tengo que mantener el equilibrio sin detenerme.

Oigo pasos detrás de mí y pongo un pie sobre el cilindro con los brazos en cruz. Empiezo a recorrerlo con dificultad y estoy a punto de caerme dos veces. Cuando creo que voy a conseguirlo, alguien con brazos biónicos me agarra por la cintura y me lanza al barro.

Caemos los dos de lado. Me hundo y trato de zafarme para ponerme de pie.

El barro me llega hasta las rodillas. Intento avanzar para salir, pero me tira de la pierna.

Me giro justo a tiempo. Veo el destello metálico de sus brazos biónicos antes de que vuelva a agarrarme y le clavo el talón en la rodilla.

Oigo el chasquido del impacto y el hombre gruñe.

Lanzo el puño con todo el peso de mi cuerpo y lo golpeo directo en la sien. Se queda rígido y cae con la cara medio sumergida. Uno menos.

Veo a otros dos lanzarse al barro para llegar hasta mí y me apresuro a alcanzar las escaleras y subir. Cuando llego arriba, jadeando, veo al cuarto lobo al otro lado. Ha cruzado por el cilindro.

Lo sé antes de que abra la boca.

—Corre, preciosa.

Adrien.

Ya he perdido.