29. El trato
EL TRATO
Mim no ha querido acompañarme desde lo ocurrido con Atticus. La han enviado con su madre al Círculo Dorado unos días. Y aunque me duela no haber podido despedirme de ella, me alegra no involucrarla más. Sobre todo hoy, que voy a cruzar el control hacia la ciudad subterránea.
Pensaba que al levantarme tras el incidente todos en el Círculo Plateado sabrían que había atacado a Sterling, pero no parece haber trascendido, como si las palabras de La Gobernadora sobre olvidarlo se hicieran extensibles al resto.
Él sigue en el área médica, imagino que con Loretta, y nada me haría más feliz que enterarme de que se ha quedado ciego para siempre.
Miro al compañero que me han asignado. Es un teniente callado y tranquilo.
En dos noches juntos apenas me ha dirigido la palabra.
Me sudan las manos. Las froto contra los pantalones mientras noto mis latidos en el oído derecho.
Estoy nerviosa. No sé cómo escaparme de él ni cómo acercarme al control sin que se dé cuenta de mis intenciones.
Abro la boca para sugerirle un cambio de ruta, pero se adelanta.
—Es la hora.
Lo miro confundida.
—¿Cómo dices?
No responde. Camina a pasos lentos hacia el control y el corazón se me acelera. Joder, ¿es el contacto de Aletheia?
Me coloco junto a él frente a la mesa. El guardia bosteza y nos mira interrogante. El teniente saca un papel del bolsillo y se lo entrega. El otro lo lee con el ceño fruncido y levanta las cejas.
—¿Solo los dos? ¿Estás seguro?
Mi compañero asiente.
—Adelante entonces.
No puede ser verdad. Es demasiado fácil.
Lo sigo hasta el interior del montacargas.
Dentro no hay botones. Uno de los guardias junto a la puerta tira de una palanca y se cierra con nosotros dentro.
Empezamos a descender y la actitud del teniente cambia por completo.
Su fachada de seriedad se transforma en nerviosismo.
Se abre la chaqueta y saca un bulto negro.
—Corre, ponte esto. No tenemos mucho tiempo. ¡Vamos!
Me cubre con una especie de capa igual que la que llevaban los miembros de la fiesta clandestina y me echa la capucha sobre los ojos.
—No le mires la segunda cabeza, ¿vale?
—¿De qué hablas?
—¡De Gorgu! Es el único que puede implantarte una modificación. Mi contacto te llevará ante él, pero luego estarás sola. No hables de Aletheia con nadie, ¿entiendes? Con nadie. Estás aquí para modificarte, nada más.
Las puertas se abren y, por un momento, no sé si es por el olor o por el ambiente, pero siento que estoy en casa. Salgo del montacargas y me giro para mirar al teniente antes de que elevador ascienda. Levanta el puño y susurra:
—Por Aletheia libre.
Me quedo quieta frente a las puertas cerradas durante unos segundos. Respiro hondo. Lo he logrado, estoy abajo. Al girarme, me choco con alguien.
—Hostia puta, es verdad. El juguete favorito de Malacai viene a modificarse.
Levanto un poco la capucha para verlo mejor.
Es un hombre de mi estatura. Tiene los brazos biónicos y el pelo muy rizado.
Lleva unas gafas redondas sobre la frente.
Me recuerdan a las que Adrien me prestó cuando bajamos al Nivel 42 y acabamos en El Foso.
Drusi se las quedó. Las guardaba como su mayor tesoro…
Sacudo la cabeza para concentrarme.
—¿Eres el contacto?
Suelta una carcajada.
—Bram, a tu servicio. —Se quita un sombrero imaginario—. Cuando me soplaron que una cadete quería modificarse, se me puso dura. Pero cuando supe que era la famosa Nova Black… No sabes la de puntos que vas a hacerme ganar con Gorgu. Está en su despacho. Vamos.
Por algún motivo, pensaba que nadie me conocería aquí abajo. Me equivocaba.
Lo sigo por la plataforma y, al mirar hacia arriba, me quedo paralizada. Es un calco de Unter.
—Yo que tú me daría prisa, bonita. Llevas capa, pero canta a la legua que vas con el uniforme de los perros de Malacai. No sé si podré controlar a mis colegas antes de que te lancen a Los Conductos.
Señala hacia abajo y siento que me mareo al ver que no hay suelo bajo la rejilla. Entrecierro los ojos. Está demasiado oscuro como para ver bien.
Bram me tira del brazo y me dejo llevar por las escaleras mientras subimos de nivel.
Hay personas durmiendo en el suelo y otras en sofás totalmente destrozados.
Paso la mano por una de las barandillas doradas llenas de desconchones y la pintura salta.
Entramos por un corredor y se detiene frente a una de las entradas.
Me mira y se toca el hombro con dos dedos.
—Por si no te lo han dicho, no le mires la otra cabeza.
Repite la advertencia del teniente y contengo el aliento cuando la puerta se abre con un zumbido. No escuchaba ese sonido desde Inferno.
La sala está en penumbra y frente a nosotros hay un escritorio de metal lleno de tubos de ensayo, botellas y montones de papeles. Solo puedo ver el respaldo de la silla.
—Gorgu, os traigo un regalo.
Al girarse, contengo un grito. Ahora entiendo la advertencia. Intento concentrarme en el hombre de mandíbula biónica para evitar mirar la cabeza que flota dentro del cilindro de cristal sobre su hombro. Me observa con los ojos entrecerrados, como si tratara de reconocerme tras la capa.
—Con uniforme, veo. ¿Qué hace una de las perras de Malacai sin patrulla en un lugar tan peligroso como este?
Antes de que pueda responder, Bram me retira la capucha para descubrirme. Habla tan rápido que cuesta entenderlo.
—¡Es Nova Black, Gorgu! La pura que trajeron del exterior hace unos meses. El ojito derecho de Malacai. Adivina, quiere modificarse. ¡Modificarse!
El hombre de dos cabezas sonríe de manera peligrosa y me enseña los dientes de sierra.
—Tenías razón, Bram. Esto sí que es un regalo… Nos encanta. ¿Sabes quién más va a disfrutarlo? —Se vuelve y alza la voz—. ¡Solterra! Acércate, chico. Tienes que ver esto.
La sola mención de su apellido me provoca una sacudida en el estómago.
El fondo de la sala está en completa penumbra. Una luz se enciende y entorno los párpados. Hay un sofá negro en el que reposan dos figuras. Reconozco a la mujer de pelo fucsia que vi en el Baile de la Pureza. Tiene la cabeza apoyada sobre el pecho de…
—Adrien…
Susurro su nombre con un hilo de voz. Aparta a la chica del ojo biónico, que se queja por el movimiento y sigue durmiendo sobre el sofá. Adrien se pone de pie y estira los brazos desperezándose. Parece sacado del Nivel 42. Cuando se acerca, el corazón se me acelera.
No parece él. Nunca lo he visto con barba ni con el pelo tan largo, ni siquiera en Inferno, donde los cilindros nos aseaban con cada reconocimiento. Le da un aspecto salvaje y rebelde. Más adulto. Más peligroso.
Adrien se coloca al lado de Gorgu con las manos en los bolsillos.
—¿No es esta la pura con la que te encontraron?
Se encoge de hombros y coge un cuenco de la mesa para meterse un puñado de cubos de gelatina grisáceos en la boca.
—Ni idea. No me acuerdo de su cara. Era bastante normalita, ya sabes.
Tiene que estar fingiendo. Su tono de voz es grave y arrastrado, igual que cuando nos conocimos en La Selección.
Bram se apresura a confirmarlo.
—Lo es, claro que sí. Nova Black. La misma que te desterró.
Adrien suelta el cuenco sobre el escritorio y lo rodea para acercarse hasta mí. Se me disparan los latidos. Sonríe. Sabe exactamente cuál es mi frecuencia cardiaca.
Se detiene a pocos centímetros y deshace el nudo de mi capa para dejarla caer al suelo. Me recorre con la mirada. No soporto tenerlo tan cerca. Olerlo. Sentir el calor que emana de él.
Alza la voz para que Gorgu lo escuche.
—No la había reconocido sin el vestido dorado ni el maquillaje.
Me agarra de la mandíbula. Me mueve la cara de un lado a otro, como si me evaluara. Se queda un par de segundos observando mi tatuaje de Inferno, pero no lo menciona.
—Supongo que sí que eres tú. Nova. O como te llames.
El contacto de sus dedos contra mi piel me sacude por dentro. Me cuesta mantenerle la mirada. Se inclina hacia mí y su aliento me acaricia la oreja.
—¿Te pongo nerviosa? La vena de tu cuello late casi a ciento treinta pulsaciones en reposo.
Antes de apartarse, acerca la cara hacia la mía. Nuestros labios están a punto de rozarse. Doy un paso hacia atrás y lucho por recuperar el control de mi respiración.
Suelta una carcajada y se apoya en el borde del escritorio con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos.
Gorgu acaricia el cilindro. Tiene la mirada perdida.
—Sí, quiere modificarse… ¿Te lo puedes creer? Qué afortunados somos. Mucho. Sí lo somos. Sí…
Miro a Adrien y vuelvo a sentir el mismo gancho en el estómago, justo debajo del ombligo. No puedo controlar lo que su presencia provoca en mí. Él parece estar encantado.
Gorgu deja de acariciar el cristal, como si volviera de un trance. Se pone de pie dando una sonora palmada sobre el escritorio.
—Entonces, dime, ¿estás dispuesta a pagar el precio, querida?
—¿Precio?
—Tengo mis honorarios, como cualquier cirujano que se precie.
Bram ríe de manera histérica ante el comentario de Gorgu.
—No sé cómo puedo pagarte…
El siamés se dirige a Adrien, que me observa de brazos cruzados.
—¿Tú qué dices, Solterra? ¿Qué espectáculo elegimos?
La palabra me revuelve el estómago. Adrien ladea la cabeza.
—Juguemos al Lobo. Si gana ella, elige la modificación. Si ganamos nosotros, elegimos por ella. Sea como sea, será motivo de entretenimiento y pasará a formar parte de los nuestros.
Bram aplaude.
—¡El Lobo! Sí, qué grandísima idea. Seguro que será una ovejita escurridiza.
No sé de qué mierda están hablando, pero dudo que pueda llegar a la Zona Cero sin modificación, porque el objetivo no es salir.
Levanto la barbilla y miro a Gorgu desafiante.
—Acepto.
Suelta una carcajada.
—Acepta, dice. Querida, controlamos toda la ciudad subterránea. Al bajar aquí ya has dictado tu sentencia.
Lo miro sin comprender y aclara:
—O juegas o mueres. Los Conductos no entienden de medias tintas, querida.
Adrien vuelve a coger el cuenco de cubos de gelatina y me lo acerca.
—Coge fuerzas, preciosa. Las vas a necesitar.
Meto la mano al mismo tiempo que veo dos brazos rodear el torso de Adrien por la espalda.
—¿Pasa algo, grandullón?
La chica de pelo fucsia se asoma por detrás de él sin soltarlo. Me mira con cara de sorpresa.
—Oh, si eres tú. —Se coloca delante de Adrien y apoya la espalda en él sin dejar de observarme—. Te recuerdo del Baile de la Pureza. Menudas patadas, chica, no sé cómo podías moverte con ese vestido. Soy Lika.
—Nova.
—¿He oído bien? ¿Vas a jugar al Lobo a cambio de una modificación?
Asiento. Se gira para abrazar a Adrien y acariciarle el pecho.
No soporto la familiaridad con la que lo toca.
—Le quedaría bien un ojo biónico como el mío, ¿no crees?
Suelta una risa estridente y se pone de puntillas para besarlo, pero él gira la cabeza.
—¿Sigues enfadado, grandullón? Venga, vamos al módulo para compensártelo…
Me queman las entrañas. Jamás he sentido estos celos. Ni siquiera con Moriander. Pero esto es diferente: Adrien pareció reconocerme en el Baile de la Pureza, y pensé que quizá, cuando nos viéramos… Sin embargo, parece haberme sustituido. Y joder, cómo duele verlo con otra.
Gorgu vuelve a intervenir:
—Este es el trato, Nova Black. Si quieres quedarte en la ciudad subterránea, jugarás al Lobo en Los Conductos esta misma noche.
Las normas son fáciles. —Levanta un dedo por cada punto que enumera—.
Cruza el circuito, presiona el botón del montacargas, activa las chatarras voladoras, huye sin que te pulvericen y, sobre todo, no te dejes capturar por ningún lobo.
Si consigues regresar viva, te dejaremos elegir modificación.
De lo contrario, nosotros elegiremos por ti.
¿Qué me dices, niña? ¿Se te han pasado las ganas?
Sonrío. Veo la cara de sorpresa de todos por mi reacción.
Por desgracia, si algo se me da bien, son los putos circuitos de supervivencia.
—Trato hecho.
No tengo ni idea de dónde me estoy metiendo, pero si esto me acerca más a Adrien, como si tengo que arrancarme la piel a tiras yo misma.