Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 28. El castigo
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28. El castigo

EL CASTIGO

Me duele hasta la raíz del pelo. Los recuerdos vuelven en oleadas confusas. Los antifaces de encaje. Los sofás circulares de terciopelo rojo. Atticus. Muevo los pulgares antes de abrir los ojos. Los noto acartonados, como si aún estuvieran cubiertos de sangre seca.

Me incorporo y me llevo una mano a la cabeza. Estoy en el suelo de una celda. Delante de mí, al otro lado de los barrotes, la capitana Kuang me mira en cuclillas con una extraña sonrisa en el rostro.

—Qué cojones le echas, Nova Black. Demasiados, diría yo.

Me aclaro la voz para hablar. Tengo la garganta seca.

—¿Me vais a colgar del muro?

Kuang suelta una carcajada.

—Buenísima pregunta. Si fueras otra persona, ya te habrías despertado allí. Pero pareces ser más valiosa para Babel que el primogénito de los Sterling. Al menos, eso opina La Gobernadora. —Se levanta y abre la celda—. Y hablando de ella, ha pedido verte en cuanto despertaras.

Me levanto y me sacudo el uniforme para limpiarlo.

—¿Cuánto llevo inconsciente?

—Poco. Un par de horas a lo sumo. Todavía es de noche.

—¿Mim está bien?

—La cadete está descansando, no te preocupes. No puedo decir lo mismo de Atticus. Están intentando salvarle la visión. Y, entre tú y yo, la cosa está jodida.

Respiro hondo al recordar lo que dijo sobre Mim. No me da ninguna pena. Ojalá haber llegado hasta su diminuto cerebro con los dedos.

Sigo a Kuang por los corredores desiertos y las escaleras de ascenso al Círculo Dorado. Me froto los pulgares con los otros dedos para intentar quitar los restos de sangre sin conseguirlo. Cuando llegamos arriba, el guardia nos deja pasar sin hacer preguntas.

Atravieso el largo pasillo del ala oeste detrás de Kuang y levanto la mirada para disfrutar de los frescos. Lo echaba de menos. El arte. La belleza. El placer que me causa contemplarla pese a la decadencia y la podredumbre que esconde este lugar.

Pasamos de largo mi antiguo dormitorio hasta el final del pasillo y seguimos caminando hasta unas escaleras de mármol que conducen a una enorme puerta de madera.

Kuang se apoya en la pared y se cruza de brazos.

—Menudo privilegio, ¿eh? A mí nunca me ha convocado en su dormitorio. Ni a nadie, que yo sepa. Te espero aquí.

Asiento y giro la manija sin saber muy bien qué esperar de este encuentro.

Dentro hay una neblina que me hace sacudir la cabeza.

Huele a madera y a cuero. Estoy en una especie de vestíbulo con paredes rojas.

Hay cuadros enormes a cada lado y algunos me parece haberlos visto en los libros de arte de mi biblioteca clandestina.

Oigo un chasquido seco, como si algo estallara en la distancia.

Vuelvo a escucharlo pasados unos segundos mientras avanzo hacia la siguiente sala.

Al ver su origen, me obligo a mantener las manos pegadas al cuerpo, aunque mi único deseo sea taparme la boca y cerrar los ojos. Doy un brinco involuntario cuando el chasquido estalla de nuevo.

—Acércate, Nova. —Sitara ladea la cabeza y da un sorbo a su copa de vino antes de descargar el látigo—. Quiero que veas lo justos que somos en Babel. ¿Verdad, mi comandante?

Malacai me mira arrodillado y de espaldas a La Gobernadora. Está en ropa interior y con los brazos en la nuca. Asiente mientras recibe un nuevo latigazo. No pierde la postura.

—He dicho que te acerques. —La voz de Sitara suena distinta, fruto del alcohol y del ambiente cargado—. Siéntate aquí conmigo, querida.

Me aproximo a ella tratando de no mirar la espalda de Malacai y el charco de sangre bajo sus muslos. Me siento en el diván rojo rodeado de cortinas y plantas exuberantes que me recuerdan a la Sala Edén.

—Acaban de pedirme tu cabeza en el muro, Nova. Otra vez. Empieza a… cansarme .

Se termina la copa de vino y la lanza sobre la moqueta. Me sobresalto al ver a Sira salir de entre las sombras para recogerla. No la había visto.

—¿Sabes por qué confío en Malacai? Porque es leal.

Muy leal. ¿Lo entiendes? —Sitara me acaricia la mejilla y me susurra al oído.

Su aliento huele alcohol y a menta—. Cada vez que un miembro del Círculo Plateado comete un error, Malacai recibe un castigo.

Es leal porque carga incluso con lo que no le pertenece.

Suelta el látigo y me agarra la cara con las manos.

—¿Tienes idea de lo mucho que cuesta mantener un sistema a flote?

—Me obliga a mirarla—. Esta ciudad no se sostiene sola.

Todos ocupan un lugar. —Arrastra las palabras.

Y, a pesar del alcohol, pronuncia cada sílaba de manera nítida, clavándome los dedos en la piel—.

El problema empieza cuando alguien olvida cuál es el suyo.

Malacai no lo ha hecho. Por eso aguanta.

Porque sabe que, si una pieza se mueve, todo esto se viene abajo.

El orden no es justo, Nova. Es estable. Y la estabilidad exige que cada uno acepte exactamente lo que es. ¿Lo entiendes?

No espera a que responda. Me suelta y chasquea los dedos. Sira llena una copa y se acerca a nosotras para dársela.

—Mira a mi hija, Nova. O lo que queda de ella… —Suelta una risa amarga y bebe—. ¿Ves lo que te digo? Olvidó su lugar. Y eso tiene consecuencias.

Por un momento me pregunto qué pasaría si rompiera la copa y la degollara. ¿Terminaría todo? ¿Me ahogaría Malacai con el látigo que ella empuña para castigarlo?

—Lo único que necesito que entiendas es que siempre habrá quien esté por encima. Lo contrario generaría caos. Y el papel que me ha tocado jugar a mí es elegir quién tiene los privilegios y quién no. ¿Estás conmigo, Nova? ¿Entiendes lo importante que es mantenerte en tu sitio?

Asiento porque no me queda otra salida. Si supiera que liberé Unter por ese mismo motivo, sería ella la que me clavara el cristal en la yugular.

—Bien…, bien… —Repite la palabra mientras se acomoda en el diván—.

Eso es todo, querida. Olvidaré este nuevo incidente para que puedas seguir patrullando el Círculo de Bronce.

Espero nombres. Muchos. Y pronto. De lo contrario, rectificaré y le daré al chico Sterling lo que quiere. No me temblará el pulso. Puedes irte.

Vuelve a coger el látigo y golpea de nuevo al comandante sin dejar de observarme.

Me levanto y echo a andar hacia la salida. Me tiembla todo el cuerpo.

—Nova.

Me giro para mirarla.

—No vuelvas a fallarme.

Cruzo los ojos con los de Malacai. Está tan pálido que parece que va a desmayarse.

Asiento de nuevo y salgo a pasos rápidos.

Lo tengo clarísimo. Si Aletheia quiere un ejército, se lo daré.

Pienso bajar a la Zona Cero y traer hasta el último de los setenta mil habitantes de Unter para destronar a esta hija de puta.