Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 27. La fiesta
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27. La fiesta

LA FIESTA

—Tenemos permiso del comandante Malacai Reed.

El guardia frente a la puerta me mira con una ceja alzada y vuelve a leer la nota firmada.

—Sí, algo había oído sobre ti… Lo que no entiendo es qué se os ha perdido ahí dentro a vosotras dos. Sois demasiado crías para lo que hay al otro lado.

Me devuelve la nota y repito la misma frase con voz monótona, sin dar más explicaciones.

—Tenemos permiso del comandante Malacai Reed.

El guardia se encoge de hombros y abre una puerta estrecha de metal por la que hemos visto entrar a un par de encapuchados más del Círculo Dorado. Así es como hemos descubierto dónde estaba el acceso. No llega ningún sonido desde dentro.

Mim se agarra a mi espalda mientras avanzamos por un corredor angosto y oscuro. Al final distingo otra puerta, pero no hay ningún guardia frente a ella.

—Nova, no sé si quiero estar aquí…

La ignoro y empujo el metal, pero no se mueve.

—¿Cómo se abre esto?

Mim palpa la superficie y trata de deslizarla, pero tampoco ocurre nada.

Oímos pasos y risas detrás de nosotras. Dos hombres y una mujer se quedan sorprendidos al vernos. Y es mutuo. Sobre todo cuando identifico a Jacqueline Whitmore bajo el antifaz que apenas le oculta los rasgos. El pelo rubio platino también la delata.

—Pero mira a quién tenemos aquí. —Se acerca hasta quedar a la altura de mi oído y baja la voz en un susurro—. Si es nuestra preciosa infiltrada cazarratas.

Me quedo inmóvil mientras noto el aliento con tufo a alcohol, que en ella parece ser permanente. Alarga la mano sin apartarse de mí y da tres golpes en la puerta. Cuando se abre, entrecierro los ojos para mitigar el efecto del ruido que inunda el pasillo.

—Tú primero, querida. Aunque te adelanto que aquí dentro todo el mundo está demasiado drogado como para pensar en traicionar a Babel, no creo que encuentres nada. Digamos que esto es más bien un club privado de… descarga .

Deja caer la capa al suelo y uno de los hombres la recoge. Lleva un vestido de raso dorado que se ajusta a su cuerpo marcándolo todo. Hace un gesto con el brazo para que pase y susurra por última vez:

—Bienvenida al verdadero Círculo Dorado.

Mim se agarra a mí cuando entramos.

—¿Conoces a la general Whitmore?

Niego con la cabeza. Parpadeo varias veces para acostumbrarme a la luz rojiza y parpadeante.

El aire huele a perfume caro, a sudor y a algo dulce que no logro descifrar.

Hay mucho ruido, pero la música no es pulsante ni estridente como en La Fuga de Baal.

Me recuerda al cuarteto de cuerda del Baile de la Pureza, pero con voces cantando a todo volumen.

Mim me dice al oído:

—¿En serio las fiestas son con ópera? No me imaginaba ese tipo de música aquí…

Jacqueline y sus acompañantes pasan por nuestro lado y se acercan a uno de los muchos sofás circulares de terciopelo rojo para tumbarse en ellos.

Una mujer la abraza por la espalda para besarle el cuello mientras introduce ambas manos por debajo del vestido de raso y le aprieta los pechos con fuerza.

Otro hombre sin apenas ropa se arrodilla entre sus piernas y le levanta el bajo de la falda.

Juraría que tiene la mandíbula biónica. No puede ser.

Jacqueline cierra los ojos y gime tan fuerte que siento pudor.

Alguien le derrama vino sobre la boca y el líquido rojo le resbala por la barbilla.

Me llevo la palma de la mano a la frente.

Me siento rara. Mareada y con un extraño hormigueo en la lengua.

Miro a Mim para decírselo, pero ya no está a mi lado. Mierda. Trato de enfocar la vista en las mesas redondas y alargadas colocadas entre los sofás. Hay gente alrededor. Algunos gritan, otros tiran dados o enseñan cartas rojas.

La cabeza me pesa. Intento caminar sin que se note que estoy a punto de desmayarme. Trato de no mirar directamente a los grupos de mods y puros en posiciones imposibles sobre los sofás, teniendo sexo como si en esa sala su ideología al completo hubiera desaparecido.

Los gritos de la música se mezclan con los gemidos.

Trago saliva y busco con desesperación una superficie en la que apoyarme.

Venir aquí ha sido una mala idea. Tengo que encontrar a Mim cuanto antes.

Levanto la vista y siento que pierdo el equilibrio al ver mi reflejo en el espejo, que multiplica la sala desde arriba.

Doy varios pasos hasta una columna, también cubierta de espejos, que me devuelve una mirada de terror y confusión.

Tengo las pupilas tan dilatadas que apenas veo el verde del iris.

Paso de la columna a una de las paredes llenas de puertas y abro la primera que encuentro.

Dentro hay un hombre con brazos biónicos, solo vestido con ropa interior. Sostiene una manzana en la boca, abierta de manera grotesca. Está de pie, apoyado en la pared y rodeado de cuchillos que han fallado el tiro. Uno le ha reventado el lóbulo de la oreja y la sangre le resbala por el pecho.

Tres personas con antifaz de encaje negro se ríen y hacen tintinear sus copas desde un sofá a un par de metros de distancia. La mesa circular frente a ellos está cubierta de cuchillos de distintos tamaños. Cuando me ven, uno de ello se levanta y me cierra la puerta en la cara.

No sé si quiero abrir la siguiente. O quizá sí. Empiezo a no saber lo que quiero, como si algo anulara mis decisiones.

—No me jodas. ¿Nova Black?

Asiento sin ver quién es el hombre joven que pronuncia mi nombre. Todo se ha convertido en un enorme borrón de terciopelo, carne y metal. Noto cómo me agarra de la muñeca y tira de mí hacia el fondo de la sala. Me resisto y las palabras que salen de mi boca suenan a balbuceo.

—Tengo que encontrar a Mim…

—Pues estás de suerte, creo haberla visto entrar con él hace cosa de una hora.

¿Ha dicho una hora? ¿Tanto llevo aquí? No lo sé. Quizá sí. Estoy desorientada.

Me empuja por un corredor lleno de cortinas rojas a ambos lados. Con la música amortiguada por la distancia de la sala principal, los gemidos que salen de las salas se mezclan y me hacen sentir aún más incómoda.

Al final del pasillo abre una puerta y el ambiente cambia. El olor a sexo y a alcohol se transforma en un perfume suave.

—Oh, Mim, ¿esa es manera de tratar a tu superior? Solo quiero saber qué hace una de mis cadetes en…

—Hermano, no vas a creerte lo que te traigo.

A pesar del mareo, soy capaz de ver la maldad en los ojos de Atticus cuando se gira para mirarme.

Mim suelta un grito ahogado desde la silla donde la tiene amordazada y reacciono dando un paso hacia ella, pero las rodillas se me doblan al perder el equilibrio.

Atticus me levanta del suelo por el cuello del uniforme y me agarra la mandíbula con una mano. No tengo fuerzas para apartarme.

—Qué grata sorpresa, traidora. Mira esas pupilas… Te está pegando fuerte, ¿verdad? Recuerdo el primer chute que aspiré aquí abajo… Esa mierda dulce que flota en el aire se te mete por la nariz y desinhibe que da gusto. Luego te acostumbras, por desgracia.

Pongo una mano sobre su muñeca y tiro de ella.

—Suéltame…

Noto la lengua acolchada. Me clava los dedos en la mandíbula con más fuerza.

—Te voy a contar lo que va a pasar. ¿Ves a esa bastarda?

—Señala a Mim, que tiene los ojos llenos de lágrimas—.

Voy a darle el castigo ejemplar que merece por no haber respondido a una pregunta directa de su sargento.

Y tú, mi querida traidora, vas a ver cómo la destrozo hasta el borde de la muerte.

Quizá incluso la mate y haga que mi padre borre el poco rastro que quede de ella.

Así entenderás por fin que las personas como yo viven al margen de las normas. Un Sterling hace lo que quiere cuando…

Me hierve la sangre. No sé de dónde saco la fuerza ni la idea.

Levanto ambas manos y clavo los pulgares en los ojos de Atticus.

Él grita e intenta apartarse, pero hundo los dedos a mayor profundidad mientras su hermano tira de mi cintura para apartarme de él.

Quizá sea la droga, pero la locura me invade.

Me siento igual que cuando tuve aquel ataque de histeria contra Drax en nuestro duelo final.

Quiero matar a este hijo de puta. Voy a hacerlo como gesto simbólico contra este sistema de mierda de Babel.

Oigo gritos detrás de mí y recibo un golpe en la sien que lo funde todo en negro y me hace caer de lado. No pierdo el conocimiento, pero soy incapaz de abrir los ojos. Los gemidos de dolor de Atticus no suenan muy lejos de mí.

—Mis ojos, ayudadme… No puedo ver… ¿Dónde está? ¡MATADLA! ¡COLGADLA DEL PUTO MURO!

Es lo último que escucho antes de desmayarme.