Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 26. La ley
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26. La ley

LA LEY

—Gracias por elegirme para patrullar contigo, Nova.

—Mim me mira con los ojos brillantes mientras caminamos por una de las plataformas suspendidas del Círculo de Bronce—.

Dos cadetes de segundo sin escolta, ¿te lo puedes creer?

Y encima las dos únicas chicas del grupo. Ja. No los necesitamos para nada.

Mira a los lados, como si la última frase fuera demasiado peligrosa para decirla en voz alta.

—Me refiero a que… podemos apañarnos solas. No a que los hombres…

Nos quedamos en silencio y suspiro al pensar que la he elegido como compañera de patrulla porque con ella será mucho más sencillo bajar a la ciudad subterránea. Aunque eso signifique traicionarla.

Mim no sabe nada. Ni mi plan con Aletheia ni el motivo por el que Malacai nos permite patrullar a solas.

Mi coartada es que todos saben que soy la mejor cadete y que me he convertido en la protegida del comandante.

Con eso basta. Si fuera por mí, iría sola, pero daría demasiado el cante. Las patrullas suelen ir de dos en dos.

Es la primera vez que subo a las plataformas.

Siempre he visto el Círculo de Bronce desde la base de la torre y en dirección al corredor exterior.

Cuanto más camino entre los mods, más incoherente y ajena me resulta Babel.

Predican pureza, pero permiten que sean aquellos a los que desprecian los que cocinen su comida, cosan sus ropas, fabriquen sus muebles y construyan su maldita torre.

Mierda. Sacudo la cabeza al darme cuenta de que estoy usando de nuevo la palabra como si fueran máquinas en vez de humanos. Intento corregirme a diario, pero la he normalizado de escucharla tantas veces.

Mim bosteza. Es de noche. Hay cientos de personas con mejoras biónicas trabajando sin descanso. Algunas se quedan dormidas sobre la mesa y sé que nuestra labor como patrulla es despertar a cualquiera que pare a golpe de mando.

Cuando Malacai me lo entregó, sentí escalofríos. Lo noto en el bolsillo, contra el muslo. No pienso usarlo.

Me asomo por la barandilla y veo el punto exacto en el que se encuentra el control hacia la ciudad subterránea.

Es un arco frente a las puertas de un elevador.

Hay dos guardias a cada lado y otro más sentado a una mesa.

Detrás de él hay arneses colgados, preparados para colocárselos a los mods de la ciudad subterránea que entren al Círculo de Bronce con pases temporales.

Oigo risas y veo a un grupo de personas correr por debajo de nuestra plataforma en dirección a uno de los corredores.

Visten capas negras con capucha, pero les he visto la cara a casi todos, aunque llevan antifaces de encaje negro que les tapan los ojos.

Son jóvenes y van vestidos con ropas pomposas del Círculo Dorado.

Mim se coloca a mi lado y suspira.

—Así que es verdad. —La miro sin entender—. Lo de las fiestas clandestinas aquí abajo. He escuchado rumores sobre ellas. Hay mods a los que usan como entretenimiento y esas cosas.

Fiestas clandestinas de la élite en zonas con pocos recursos.

Me suena de algo. El recuerdo de Adrien cuando me llevó a La Fuga de Baal desde El Atrio inunda mi mente.

Por un momento, vuelvo a sentir la música retumbar en mi estómago y su respiración sobre mis labios.

Sacudo la cabeza para sacarlo de mi mente.

—¿No es un poco raro que los puros bajen a mezclarse con los mods?

Mim se encoge de hombros.

—Yo no lo haría… —Veo el conflicto en sus ojos—. Tampoco es que nadie me haya invitado nunca, claro. Supongo que funciona igual que el Baile de la Pureza. En el Círculo Dorado solo eres alguien si te arrimas a alguna de las cinco familias. Y yo no soy nadie.

Le aprieto el hombro.

—No vuelvas a decir eso, Mim. Por supuesto que eres alguien.

Ella baja la mirada y se aferra a la barandilla.

—No tengo linaje, Nova. Mi madre se quedó embarazada de mí durante su instrucción en la Escuela de Damas.

Nunca ha querido decirme quién era mi padre.

Tenerme la señaló como indigna para otros hombres, así que hemos sido solo ella y yo.

De pequeña se metían conmigo diciendo que seguramente era hija de un mod…

¿Te imaginas? Un día dejaron una caja sobre mi pupitre y al abrirla había unos brazaletes de metal y una nota que decía: «Un regalo de papá».

Me quedo en silencio. No he sido muy consciente de las diferencias entre ciudadanos del propio Círculo Dorado hasta ahora. Abro la boca para consolarla, pero se me adelanta.

—Es una mierda de insulto. Todo el mundo sabe que hay poquísimos mods capaces de procrear debido a la Ley de Regulación Reproductiva.

Frunzo el ceño.

—¿La qué?

Mim echa a andar por la plataforma y me coloco a su lado. Nuestros pasos resuenan sobre el metal.

—La Ley de Regulación Reproductiva de los mods busca limitar los nacimientos.

Casi todos están castrados con cirugía e inhibidores permanentes.

—Lo dice sin dramatismo, como si hablara de lo que ha comido hoy—.

Solo dejan fértiles a los que encajan en los parámetros físicos.

Creo que hay mods que se dedican a gestar mano de obra, pero no es un tema que controle.

Noto cómo mi estómago se contrae. Pienso en Adrien y en su sueño de ser padre en un futuro. De serlo conmigo. Aprieto los puños al imaginar que podrían habernos quitado esa posibilidad por una mierda de ley inhumana.

—¿Nova?

Mim me mira con extrañeza. Me doy cuenta de que me he quedado atrás, paralizada. Relajo las manos y noto dolor en las palmas. He apretado con tanta fuerza que me he clavado las uñas.

Me acerco a Mim y niego con la cabeza. Intento reconducir la conversación para que no se note lo mucho que odio esta maldita sociedad elitista y contradictoria.

—Quizá no tengas linaje, pero eres buena persona. Y, aunque te dé miedo decirlo en voz alta, en Babel no abundan.

Sonríe con tristeza.

—Ya, pero a las buenas personas como yo no nos invitan a fiestas clandestinas. Ni a ningún evento, en general, aunque lleve toda la vida soñando con ello… Bueno, quizá podríamos… —Se gira para mirar al otro extremo del corredor, pero niega con la cabeza—. No, déjalo.

—¿Quizá qué?

—Nada. No sé ni por qué lo he pensado.

Alzo las cejas al darme cuenta de lo que iba a proponerme.

—¿Quieres colarte en una de esas fiestas?

Ella abre mucho los ojos y niega con violencia.

—No, ni hablar. Olvídalo. ¡No, no, no!

Pongo ambas manos en sus hombros.

—Acabas de contarme que llevas toda la vida soñando con ir a una.

Se aparta y chasquea la lengua.

—Y algún día iré al Baile de la Pureza como miembro del Círculo Plateado. Cuando logre llegar a mando intermedio…

La miro durante unos segundos y echo a andar.

—¿Adónde vas?

—A buscar esa fiesta clandestina.

Recuerdo la frase de Malacai esta misma mañana en su despacho, justo antes de darme permiso para elegir a mi compañero de patrulla: «Busca a esos hijos de puta en cada rincón del Círculo de Bronce. Como si tienes que levantar cada mierda de las cuadras hasta encontrarlos».

Tengo carta blanca, y una nota firmada por el propio comandante, para investigar. La historia de Mim me ha tocado la moral. Sé lo que es sentirte excluida y convivir con la sensación de que no mereces lo mismo que el resto.

Si quiere vivir una fiesta, voy a darle el gusto.