24. El tatuaje #2
Saluda a Haltier y se acerca a la mesa metálica. Comienza a preparar las cosas con movimientos automáticos, como si llevara toda la vida haciendo lo mismo. Coloca una máquina pesada sobre la superficie.
Noto las manos de Haltier sobre mis hombros.
—Nuestra muy querida Nova será la primera.
Me empuja hacia el hombre, que alarga la mano para que me tumbe en la camilla.
—¿Qué tatuaje quieres?
Me tumbo sin responder. Sigo sin tener ni idea. Desde que pisé Babel me cuesta recordar quién soy. Qué me gusta. Qué quiero para mí.
El hombre enciende la máquina y el zumbido me eriza la piel de la nuca.
—¿Qué va a ser? —Lo miro en silencio—. No tengo todo el día, chica.
Siempre he querido hacerme un tatuaje. Desde lo de Kieran. ¿Pero qué? Quizá algo que solo yo pueda entender. Algo que me recuerde de dónde vengo…
Las palabras vienen solas a mi boca.
— Memini, ergo sum…
—¿Cómo dices?
El lema de Némesis: «Recuerdo, luego existo».
Si yo sé que sigo siendo Nova Black, sigo siéndolo.
Me da igual quién piense lo contrario.
Lo repito en voz alta.
— Memini, ergo sum. Es latín. Lo quiero aquí, bajo la clavícula. Tiene una coma detrás de la primera palabra.
Mira a Haltier con una mueca de burla.
—Cada vez me los traéis más raritos. —Se pone unos guantes negros y coge una especie de punzón que sobresale de la máquina—. Tienes suerte de que sea famoso por mi caligrafía.
No me da tiempo a prepararme. El punzón toca la piel y el dolor llega de golpe. Aprieto los dientes mientras noto la vibración de la máquina contra el hueso. El sonido se me mete en la cabeza.
—Quietecita —murmura—. No querrás que las palabras queden torcidas, ¿no?
Trago saliva y noto un sabor metálico en la boca. Siento el trazo de cada letra, una por una.
Haltier se acerca a mí con los brazos cruzados y se inclina para ver el resultado.
—¿Y eso qué mierda significa?
Intento hablar sin que me tiemble la voz mientras el hombre sigue repasando.
—Recuerdo, luego existo.
Suelta una carcajada irónica.
—Nos ha salido filósofa. Qué ganas tengo de perderte de vista, Black.
Es mutuo, pero no se lo digo. Personas como Haltier hacen que Babel sea un sitio mediocre. A veces me sorprende que hombres tan poco hábiles como él alcancen puestos de poder, pero luego recuerdo que aquí basta con nacer hombre y ser obediente para tener la autoestima del puto Rey de El Foso.
Cuando termina, limpia la zona con un trapo áspero empapado en algo que escuece más que la aguja.
—Ya está. ¡Siguiente!
Retira la máquina y da un paso atrás. Me incorporo despacio y me mareo. El mundo se inclina un poco, pero no lo suficiente como para caerme. Bajo la vista y veo la piel enrojecida e inflamada alrededor de las letras.
Memini, ergo sum.
No es bonito ni perfecto. Pero es mío. Y ahora, más que nunca, tengo que recordar quién soy.
Me aparto del grupo mientras Garret, empujado por Mim, se coloca en la camilla.
Oigo una voz a mi espalda.
—¿Nova Black?
Me giro y veo a dos guardias de rango intermedio. Asiento.
—El comandante Malacai Reed requiere tu presencia.
Frunzo el ceño y miro a Haltier.
—Ve, así descanso un poco de tu cara de sabelotodo de mierda.
Sonrío. Me he acostumbrado a su horrible manera de tratarnos a todos.
Sigo a los guardias de vuelta hacia el Círculo Plateado. No es la primera vez que Malacai me convoca. Es consciente de mi valor y de mi entrenamiento táctico. Me ha pedido en más de una ocasión que sea honesta con las carencias que identifico en los cadetes.
Antes de llegar al despacho de Malacai, veo aparecer a Atticus. Levanta la barbilla al verme y sonríe de manera peligrosa. Cuando estamos a punto de cruzarnos, tuerce la trayectoria y me bloquea el paso.
—Hola, traidora.
Intento rodearlo, pero imita mis pasos para impedírmelo.
Suspiro.
—¿Qué quieres?
—Oh, Nova. ¿Es esa la manera de dirigirte a tu sargento?
—No eres mi sargento.
Se inclina hacia mí.
—Resulta que sí lo soy. Acabo de solicitar entrenar a los cadetes de segundo. Concedido. Qué bien nos lo vamos a pasar, ¿verdad?
Lo miro con asco. He tratado de esquivarlo todo lo posible, pero los encontronazos han sido inevitables.
Desde que sé que fue él quien delató a Sira, me arden las entrañas cada vez que nos cruzamos.
Y, aunque trato de recordarme que lo último que necesito es un Sterling como enemigo, me quema por dentro escuchar la palabra «traidora» de sus labios cuando no hay nadie más traicionero que él en toda Babel.
—Y bien, ¿a dónde te diriges, cadete?
Aprieto los puños y trato de contestar lo más calmada posible.
—Al despacho del comandante Reed.
—Termina bien la frase.
—Al despacho del comandante Reed, mi sargento.
Levanta una mano para pellizcarme la barbilla y doy un paso hacia atrás.
—Así me gusta. Te veo luego en tu nuevo barracón.
Reanuda el paso y respiro hondo para recuperar el control.
Atticus me crispa los nervios. Me acerco a los guardias, que se han parado un par de metros por delante.
Me escoltan hasta la puerta del despacho de Malacai y se marchan.
Llamo un par de veces, pero no recibo respuesta.
Cuando entro, se me aceleran los latidos.
El comandante no está allí. Pero ella sí.
No puedo evitar gritar su nombre.
—¡Sira!