24. El tatuaje
EL TATUAJE
Ahora, tras dos meses a las órdenes de Haltier como cadete de primero, soy otra Nova más. Una que entrena en la Sala Azul como si se hubiera criado para servir a Babel.
—¡He pasado el examen de evaluación! —Mim entra corriendo con una enorme sonrisa y me abraza—. Es gracias a ti, Nova. Creo que todos pasaremos a segundo por tus entrenamientos clandestinos.
Me cuesta aceptar el halago, pero es cierto que la manera en la que Haltier y Kuang entrenan a los cadetes es poco útil. Se nota que no son un ejército de verdad. Entrenan como alguien que nunca ha tenido que luchar ni mucho menos, sobrevivir.
En el Círculo Plateado todos creen que la fuerza nace del agotamiento y de la disciplina del castigo, pero Thalius me enseñó lo contrario.
Aquí les exigen resistencia, pero no les enseñan a pensar mientras el cuerpo falla, ni a improvisar, ni a comunicarse para moverse juntos de manera efectiva. No saben nada sobre lectura del terreno ni sobre combate desordenado.
Adrien y yo, juntos, podríamos con todos ellos. Incluso con los mandos intermedios. Aunque Malacai es otra historia. Lo he visto luchar varias veces en El Anillo y nadie ha sido capaz de tumbarlo.
—Ya solo falta Garret. Y, si lo consigue, podríamos ir al Círculo de Bronce para el ritual de pase de grado.
Coloco las mancuernas en el soporte y me froto las manos.
—¿Ritual?
—¡El tatuaje! Es típico que los cadetes nos tatuemos algo cada vez que subimos de nivel.
Frunzo el ceño.
—¿Y no es eso parecido a ensuciar vuestra pureza o algo así? Que yo sepa, la tinta para tatuajes tiene metales en su composición.
El silencio que sigue a mis palabras es incómodo. Mim me mira con cara de horror y se lleva una mano a la boca.
—¿Tiene metales?
—Bueno, es algo que leí, no es… No te preocupes, Mim. Seguro que me equivoco. ¿Crees que La Gobernadora permitiría algo así si atentara contra nuestra pureza?
Traga saliva y asiente.
—Sí, claro… No lo permitiría.
No me sorprende. Si algo he aprendido en el tiempo que llevo aquí es que la sociedad de Babel resulta contradictoria e incoherente. No mucho más que la Unter en la que crecí, debo decir.
Caminamos juntas hacia el barracón y respiro aliviada al ver que Mim vuelve a ser la de siempre. Me mira con los ojos brillantes.
—Entonces ¿qué tatuaje te harás? Yo quiero una estrella. Pero grande, que ocupe todo esto.
Se palpa el cuello con las manos y me sonríe.
—No lo sé. Tengo que darle una vuelta.
Pienso en el tatuaje de Némesis, el triángulo invertido con la cruz dentro que Kieran llevaba en el brazo. Como siempre que su cara aparece en mi mente, noto una punzada en el corazón. El dolor por su muerte me acompaña a diario.
Recuerdo cómo se enfadó su madre cuando se escapó a uno de los últimos niveles para hacérselo.
«Por la causa, Nova. Por ti». Kieran estaba encantado de transgredir las normas.
Y Alira, con su obsesión por cumplirlas, se volvió loca.
Lo castigó un mes sin verme, pero logró escapar un par de veces para encontrarse conmigo en la repisa sobre el Nivel 5.
Sonrío con tristeza. Quizá podría tatuarme lo mismo que él, como homenaje.
—Te gustan los tatuajes, ¿verdad? Lo digo porque ya tienes uno. —Mim me aparta la trenza y pasa el dedo sobre el código de Inferno—. Casi siempre lo llevas tapado, pero lo he visto. ¿Qué significan los números?
—Nada en concreto —miento.
No sabría por dónde empezar a contarle. Tampoco creo que me creyera.
Entramos en el barracón y se sienta en la cama para quitarse las botas.
—Por cierto, ¿recuerdas la teoría de Garret? —Baja la voz en un susurro—. La de Aletheia.
—¿Te refieres a que hay alguien del Círculo Dorado detrás del movimiento? —Asiente—. ¿Qué pasa con eso?
—Corren rumores de que es Jacqueline Whitmore. ¿Te imaginas? Alguien del Consejo de La Gobernadora liderando la resistencia. Qué locura. ¿Tú qué crees?
Me encojo de hombros. No me importa. Lo único en lo que puedo pensar desde hace dos meses es en cómo bajar a la ciudad subterránea para reencontrarme con Adrien.
Pienso en Sira. En lo mucho que me he esforzado todo este tiempo por volver a verla sin conseguirlo.
En lo difícil que ha sido recopilar información sobre el control de acceso entre el Círculo de Bronce y, como la llama Mim, «la ciudad de los mods».
Lo único que me calma es saber que como cadete de segundo podré patrullar, con vigilancia, tanto el Círculo Dorado como el Círculo de Bronce. Aunque mi asignación depende de Malacai.
No me preocupa, porque me he convertido en algo así como su protegida.
Sabe que entreno a los cadetes de noche y lo permite.
Ha evitado docenas de veces que Haltier me meta en La Pica.
Y, aunque nadie lo sabe, me mandó llamar a su despacho para decirme que no hacía falta que me examinara, pero que debía hacerlo por mantener las apariencias.
«Podrías ser teniente o sargento directamente, aunque no quiero meterme en problemas».
Así que, gracias a su favor, estoy segura de que podré volver a hablar con Sira tarde o temprano. Le pediré que me asigne al Círculo de Bronce y estaré un paso más cerca de pasar al siguiente punto de mi plan.
—¡Estáis delante de un cadete de segundo!
Garret entra corriendo. Mim se lanza a sus brazos y empiezan a saltar con una emoción contagiosa.
—¡Ven, Nova! ¡Es gracias a ti!
Garret tira de mi brazo y me obliga a saltar con ellos. Nos abraza a las dos y acerca su cara a las nuestras.
—¿Ya habéis pensado qué os queréis hacer? Yo quiero un tribal en el brazo.
Nos apartamos. Mim lo mira con una mueca de incredulidad.
—¿Un tribal? Por favor, no te pega nada.
Garret resopla y se toca el cuello.
—Cuidado, que la chica de la estrella gigante viene a darme lecciones de estética.
Pongo los ojos en blanco. Estoy acostumbrada a sus peleas diarias e infinitas.
Mientras discuten vuelvo a pensar en el tatuaje.
No se me ocurre nada. Pienso en Adrien. Sería capaz de tatuarme su cara con tal de no olvidarme de cada detalle de su rostro.
Sigo con el mismo ritual todas las mañanas.
Cierro los ojos con fuerza y trato de recordar su voz, sus manos, sus iris grises con el borde negro…
Pensaba que con el tiempo dolería menos estar separados, pero es todo lo contrario.
Saber que me espera en la ciudad subterránea y que él mismo me pidió que bajara lo hace aún más duro.
A veces tengo que obligarme a salir del bucle en el que pienso que Adrien me culpa por la muerte de Drusi y Levi. Me fuerzo a apartar el pensamiento de mi mente antes de que me rompa por dentro. He tenido pesadillas en las que nos encontramos y me mira con decepción. No podría soportarlo.
Garret y Mim dejan de discutir cuando llegan el resto de los cadetes. Haltier aparece poco después y nos hace formar filas. Camina entre nosotros con las manos en la espalda.
—No puedo decir que haya sido un placer.
Más bien habéis sido como un jodido grano en el culo.
Sí, habéis pasado todos, pero eso no significa que seáis buenos.
Significa que, por alguna razón que no voy a perder el tiempo explicando, todavía sois útiles para el Círculo Plateado.
—Hace una pausa y chasquea la lengua—. No os confundáis.
Ser cadetes de segundo no es ningún premio.
A partir de ahora cada fallo contará el doble y cada privilegio lo pagaréis caro.
Si pensáis que he sido duro, esperad a conocer en la intimidad al sargento Azej.
Soy una niñita con coletas a su lado. Fue mi sargento, ¿sabéis?
Y aún tengo el sabor de las letrinas en la puta memoria gracias a sus castigos.
Mim pone los ojos en blanco y contengo la risa.
—Mañana pasaréis al barracón de segundo. Los que tengáis cojones suficientes y queráis cumplir con el ritual, seguidme. Nuestro grupo bajará el primero a la zona de marcado.
Seguimos a Haltier por el corredor y me coloco junto a Mim.
—¿Zona de marcado?
—Así la llaman. ¿No es emocionante?
Bajamos al Círculo de Bronce en dirección al corredor que conecta con el claro frente al muro.
Para mi sorpresa, Haltier se detiene frente a las puertas de las que sale el hedor inconfundible de los animales.
Un guardia nos permite el paso. Al cruzar, el impacto es inmediato.
El olor se me mete en la garganta y me obliga a respirar por la boca. Me arden los ojos.
Los animales son más grandes de lo que imaginaba. Se desplazan de manera torpe detrás de unas vallas bajas, chocan entre sí, resoplan y arrastran las pezuñas por el suelo. Uno emite un sonido grave que me atraviesa el pecho. El corazón se me acelera.
Sé que no son peligrosos, pero mi cuerpo no entiende de lógica.
Es inevitable que los compare con los monstruos de baba verde de Inferno o los seres sin ojos de la tundra con los que nos topamos Colemy y yo en La Caza.
Uno de los animales más grandes, blanco y negro, golpea la valla con el lomo y todo vibra.
Doy un paso atrás sin poder evitarlo y la angustia me aprieta el pecho.
Garret se coloca a mi lado, alarga la mano y acaricia el morro húmedo del animal.
—Me encantan las vacas.
Mim se ríe.
—Te pegan. Son aburridas. —Me mira con preocupación—. ¿Te encuentras bien, Nova? Estás pálida.
No. No estoy bien. Me entran ganas de contarles que tengo los nervios crispados porque en el mundo del que vengo, aunque sean simulaciones, este tipo de seres tiene como objetivo matarte.
Mim y Garret empiezan a discutir de nuevo. Me aparto para alejarme todo lo posible de esa supuesta vaca y adelanto al resto de mis compañeros para colocarme detrás de Haltier.
Caminamos hasta el fondo del anexo. El suelo es más oscuro.
Hay cubos, mangueras y herramientas colgadas de ganchos.
Al girar un pequeño muro, aparece una especie de mesa metálica manchada de algo que prefiero no identificar.
A su lado, un hombre con barba negra y espesa nos espera de brazos cruzados.
Es enorme. Lleva un mono marrón salpicado de sangre reseca.