23. La traición
LA TRAICIÓN
No puede ser. Mi mente conecta los puntos a toda velocidad.
Los nombres, Sitara y Sira. La piel negra.
La concesión de vivir en el Círculo Dorado.
Las palabras de Loretta el primer día: «Me da igual quién sea ella ahora».
Los vestidos… Joder, su madre me ha estado vistiendo con la ropa de Sira delante de ella. No sé cómo no lo he visto antes.
—¿Nova? ¿Estás bien? Te has puesto pálida.
—¿Qué pasó exacta…?
Antes de que pueda terminar, Haltier entra en la Sala Azul dando gritos.
—¿Veis esto que tengo aquí, vagos de mierda? —Nos enseña un papel que ondea en el aire—. El permiso firmado del comandante Reed para llevaros a patear el muro hasta que desfallezcáis. Es lo que os merecéis por el tremendo ridículo que hicisteis ayer en El Anillo.
Varios cadetes se quejan en voz baja.
—¡Comeréis cuando me salga de los cojones! Y os quiero ver correr con el uniforme completo. Marchando. ¡Ahora!
Me coloco al lado de Mim mientras cierro los últimos botones de la chaqueta. Avanzamos en silencio por el corredor. Oigo a Garret susurrar a mi espalda:
—El control de acceso a la ciudad subterránea está en el Círculo de Bronce.
Mim abre la boca y me mira con el ceño fruncido.
—¿Y por qué iba a importarte a ti dónde está el control?
Me encojo de hombros para evitar seguir hablando del tema mientras cruzamos la enorme puerta de hoja doble.
No sé qué esperaba encontrar en el Círculo de Bronce, pero una fábrica de esclavos agotados no estaba entre las opciones que mi mente había construido. Paso cerca de una mujer con ojos biónicos que ensarta con facilidad hilo negro en una aguja diminuta. Tiene unas ojeras moradas y oscuras.
—¿Cuántas horas trabajan?
Mim me mira con el ceño fruncido.
—¿Horas? Ni idea, ¿no es lo único que hacen además de dormir?
Su respuesta me sorprende.
—¿Trabajan todo el tiempo que están despiertos?
Se encoge de hombros, como si no entendiera mi tono de preocupación.
—El metal les da más resistencia, ¿no? Cada mod tiene asignada una tarea, y al cumplirla nos sirven. Así es como consiguen dignificar su alma. A través del trabajo.
Lo dice tan convencida que no me atrevo a contradecirla.
—¿Dónde está el control a la ciudad subterránea que dice Garret?
Señala la otra punta de la enorme sala que estamos cruzando.
—Creo que por allí. No estoy muy enterada sobre cómo funciona el Círculo de Bronce, la verdad. Lo que todo el mundo sabe es que si hacen falta más mods, se solicitan a la ciudad subterránea con pases temporales.
Me volteo tratando de ver algo más que plataformas suspendidas y grupos de modificados trabajando sin descanso. Me encuentro con la mirada de Haltier, que pasa cerca de nosotras.
—Cadete, vista al frente.
Entramos en un corredor. El olor me obliga a taparme la nariz con la mano. Garret se ríe detrás de mí.
—Qué mal huelen los cerdos y qué ricos que están.
Recuerdo las palabras de Loretta: «¿De dónde quieres que salgan los huevos?». Tener animales tan cerca me genera mucha curiosidad, pero avanzo hacia el final del pasillo junto con el resto de los cadetes.
Salimos a un claro. Entrecierro los ojos para acostumbrarme a la luz natural y levanto la mirada. Me cuesta abarcar la inmensidad del muro negro. Hace frío. Mucho más del que imaginaba. Exhalo y el vaho se queda suspendido un par de segundos en forma de humo blanco.
Trago saliva. Sigo sin acostumbrarme a determinadas sensaciones, tan ajenas para alguien como yo, criada bajo tierra. El cielo tiene un color plomizo tan oscuro que casi se confunde con el hormigón.
—¡A correr, niñatos! Vais a dar cien putas vueltas. El que pare antes se quedará sin comer hasta mañana. ¡EMPEZAD!
—Vamos, Nova.
Sigo a Mim y a Garret. La torre es tan ancha que no logro ver el primer giro. Es la primera vez que la veo desde fuera. Está hecha del mismo material negro y pulido que el muro. Parece un enorme cilindro infinito del que me cuesta distinguir el final.
Corremos a paso ligero y aprovecho para observar el entorno. Atticus tenía razón cuando me habló del muro: es infranqueable. Mis ojos se detienen en varias figuras colgadas a media altura. Algunas se retuercen.
—Joder, ¿son personas?
Mim responde entre jadeos.
—No, son mods recibiendo su castigo.
Me muerdo la lengua. No sé hasta qué punto puedo decir lo que pienso sin perder parte de la confianza de Mim. Me sorprende la poca empatía que tienen todos. Es como si les hubieran lavado el cerebro desde niños haciéndoles creer que los modificados no son seres humanos de verdad, solo máquinas.
Me coloco cerca de Garret.
—¿Cuál es la historia de Sira?
Chasquea la lengua de nuevo al oír su nombre.
—Se enamoró de un mod mayor que ella que servía en el Círculo Dorado y…
Mim interviene.
—El muy cabronazo se la llevó a la ciudad subterránea con la idea de…
—¡Mim! ¡Lo estoy contando yo!
—Joder, Garret, si te estás ahogando. Nova no te entiende con tanto jadeo. ¿A que no?
Sonrío. Me recuerdan a Kieran y a mí cuando éramos más jóvenes.
—Me da igual quién me cuente la historia, solo necesito saber qué ocurrió.
Garret gira la cara indignado. Resopla tan fuerte que es incapaz de hablar. Mim prosigue.
—Ese cabronazo se la llevó a la ciudad subterránea.
Su plan era modificarse y quedarse a vivir allí, lejos de su madre.
Pero Sitara no iba a permitir que su hija jodiera así su linaje…
Así que los capturó a los dos. Fue la única vez que nos convocaron a todos para ver un castigo.
Aquí mismo, en el claro frente al muro. Casi no cabíamos.
La Gobernadora quiso que todos los habitantes de Babel vieran cómo le cortaba la lengua a su hija justo antes de colgarlo a él.
Garret se esfuerza por coger aliento para hablar.
—Lo colgó del cuello, no de la espalda, como al resto.
Los miro a los dos con cara de horror. Mim asiente.
—Yo pensaba que iba a desangrarse. La recuerdo en el suelo, con un charco bajo los pies y las manos levantadas hacia el muro. Lloraba y gritaba algo, pero ya no la entendíamos.
Trago saliva. La sola imagen de Sira sufriendo esa experiencia tan traumática hace que los ojos me ardan. Me aguanto las ganas de llorar. Bajo la mirada un segundo y respiro hondo.
Garret se aproxima para susurrarme al oído entre jadeos:
—¿Ves por qué no es buena idea bajar? Aunque si lo haces para intentar contactar con tu gente, tranquila, no haremos lo que hizo el cabronazo de Sterling.
Lo miro extrañada.
—¿Te refieres a Atticus?
Mim acerca su cara a la mía.
—Fue él quien la traicionó. La Gobernadora sabía todo el plan antes incluso de que bajaran. Su hija y Atticus eran mejores amigos. Todo el mundo pensaba que acabarían casándose, teniendo hijos y esas cosas que hacen las grandes casas. Pero él la traicionó.
«Hice lo correcto». Las tres palabras del farsante de Atticus cobran sentido. Ahora entiendo el miedo y la ira en los ojos de Sira al encontrarlo disfrazado como Desmond jugando al ajedrez conmigo.
—Y no solo la traicionó, es que le hizo creer que estaba de su lado.
O eso he oído. Por eso La Gobernadora lo sabía todo.
No la detuvo cuando bajó ni cuando se hizo la modificación craneal, pero en cuanto terminaron de meterle el metal…
—Hace una mueca—. Joder, qué escalofrío.
En cuanto la modificación estuvo lista, los propios mods la entregaron a su madre.
Es horrible. No puedo ni imaginarme el dolor de Sira al sentirse traicionada por su mejor amigo y castigada por su propia sangre. Perder al amor de tu vida es jodido, pero perderte a ti misma en el proceso…
Damos la primera vuelta a la torre y Garret empieza a quedarse atrás.
El olor a comida hace que me ruja el estómago.
Paso corriendo por delante de Haltier, al que le han preparado una mesa repleta de platos humeantes.
Junto a él hay campanas doradas con más platos ocultos.
Levanta una copa de vino cuando nuestros ojos se encuentran.
Mastica con la boca llena de carne. Traga y alza la voz.
—Primera vuelta. Os quedan noventa y nueve para poder comeros este banquete conmigo.
Cabronazo. Sabe perfectamente que estamos agotados, en ayunas y con otro entrenamiento a las espaldas. Pero no pienso parar.
Cuando alcanzo las cincuenta vueltas, solo quedamos dos cadetes más y yo. Mim y Garret están en el suelo junto al resto, esperando a que el último quede en pie.
Haltier me grita cuando paso a su lado en la vuelta sesenta y siete.
—¡Abandona ya! No vas a conseguirlo.
Me entran ganas de agradecerle el apoyo y la motivación.
Cuando llevo noventa vueltas, me pesa todo el cuerpo. Los músculos me arden, pero me he prometido seguir hasta el final. Aunque tenga que arrastrarme, pienso ganarme ese jodido banquete.
Ya no quedan más cadetes. Solo yo. Mis compañeros, que antes me miraban con odio durante las vueltas, ahora me vitorean al verme pasar.
Al principio eran solo Mim y Garret, pero poco a poco se ha ido sumando el resto.
A Haltier le repatea. Cuando paso cerca de él, me mira con ira, de brazos cruzados.
Oigo la voz de Mim gritar por encima del resto:
—¡Tú puedes, Nova! ¡Solo te quedan tres vueltas!
Mis piernas no responden como antes. Cada zancada me duele y el aire entra lento y pesado en los pulmones.
Me muero de hambre, pero apenas noto el vacío en el estómago porque me concentro en mi mente.
En la historia de Sira. En que ahora sé que nadie mejor que ella va a entenderme.
Si alguien puede ayudarme, es ella. Después de saber lo que ha vivido, entiendo que tuviera un ataque de pánico en la suite Borgoña al pedirle información sobre cómo bajar a la Zona Cero. Pero tengo que convencerla. Tengo que…
Todos mis compañeros se lanzan a abrazarme y a darme palmadas en la espalda, como si ellos mismos hubieran logrado cumplir las cien vueltas.
De repente, noto que el peso de mi cuerpo se multiplica por cien y se me doblan las rodillas.
Varias manos me levantan y me suben a los hombros de Garret y de otro cadete.
Me llevan en grupo hacia la mesa de Haltier.
Mim me sonríe y señala las bandejas.
—¡Te has ganado tu banquete, Nova!
El sargento me mira con asco, se levanta con rabia y se aleja a grandes zancadas.
Me obligan a sentarme en la silla de Haltier. Mim abre una de las primeras campanas. Es una enorme fuente de patatas asadas con una salsa anaranjada. El olor hace que mi estómago suelte un rugido.
Observo agotada a mis compañeros.
—El banquete es para todos.
Se miran entre ellos, confundidos.
Garret frunce el ceño.
—¿Para todos?
Asiento y cojo una patata sin importarme que mis dedos se manchen de salsa. Empiezo a masticar entre gemidos. Hablo con la boca llena.
—Si no queréis, no pasa nada, creo que podría comerme hasta la mesa.
Durante un segundo nadie se mueve. De pronto, se abalanzan sobre la comida como si alguien hubiera dado una orden.
Levantan las campanas doradas, que salen volando hasta el suelo del claro.
El vapor lo invade todo. Hay carne, pan, más patatas, algo que huele a grasa caliente y a especias.
Me apoyo en el respaldo de la silla y cierro los ojos mientras mastico.
Noto la salsa resbalar por mi muñeca. Me da igual. Creo que me voy a desmayar.
—Eres la mejor, Nova.
—¡Sí! ¡La mejor! Gracias, Nova.
—¡Gracias!
Todos mis compañeros me miran mientras comen con los ojos brillantes. Llevan meses a las órdenes de Haltier sin experimentar lo que es la amabilidad. Se nota.
En el fondo me siento egoísta, porque lo único que busco es ganarme su favor para que, llegado el momento, cuando intente escapar del Círculo Plateado, miren para otro lado.