22. La radio #2
Me lanza el arnés. Obedezco y la cadena empieza a tirar de mí.
El sargento alarga la mano y me agarra por el cuello de la chaqueta para arrastrarme fuera.
Caigo sobre un cuerpo y me alejo al darme cuenta de que el cuello está en un ángulo extraño.
Tiene las orejas plateadas. Es el hombre con el que acabo de hablar. Y está muerto.
Haltier no me permite alejarme. Me sujeta de la parte posterior de la cabeza y me obliga a mirarlo.
—¿Lo ves, cadete? ¿Ves al mod? ¡Responde, joder!
—Sí, mi sargento.
—Era un traidor del Círculo de Bronce. ¿Ves cómo ha terminado por jugar a dos bandas?
Me siento tentada de golpearle la cara con el codo y lanzarlo por el hueco de La Pica, pero me contengo.
Oigo la voz de Malacai desde la puerta.
—¿Qué coño ha pasado con el interrogado?
Tiene la mandíbula tensa. Nadie responde.
—¡Vuestro comandante ha hecho una puta pregunta!
Es Haltier quien toma la palabra. Me suelta con un movimiento brusco y se pone de pie, ajustándose las mangas del uniforme.
—Al sacarlo de La Pica ha intentado atacar a un compañero y he actuado en consecuencia.
Malacai lo mira con furia y se saca el mando con botón rojo del bolsillo.
—¿Y para qué coño tenemos esto, Haltier? ¿Tenías que romperle el cuello? ¿Lo dices en serio?
Malacai se pasa una mano por la cara con desesperación y señala la puerta.
—Lleva ahora mismo a la cadete con el resto y ocúpate de su entrenamiento. Deja a tus superiores hacer su trabajo y no vuelvas a tomarte la justicia por tu mano. ¿Lo has entendido?
Haltier tarda unos segundos en responder.
—Sí, mi comandante. Lo he entendido alto y claro.
Me quita el arnés y me empuja hacia la puerta. Lo oigo murmurar por lo bajo.
—Estoy hasta los cojones de todos ellos. Algún día llegaré a ser comandante, y entonces…
Me muerdo la lengua para evitar decirle que tiene el mismo discurso de mierda que su primo Atticus.
Me conduce por los corredores hasta una nueva sala. Al entrar, veo al resto de los cadetes entrenar con pesas y barras. Algunos hacen flexiones; otros, dominadas. La estera es azul y rectangular.
—Esta es la Sala Azul. Aquí entrenamos. Únete a ellos y mantén la boca cerrada. —Antes de que pueda marcharme, me agarra del brazo con fuerza y baja la voz en un susurro—. Recuerda, los traidores terminan como se merecen: muertos.
Pongo los ojos en blanco y me acerco a Mim, que sonríe al verme llegar. Como los demás, no lleva la chaqueta del uniforme. Dejo la mía fuera de la estera y me coloco a su lado para hacer flexiones al mismo ritmo que ella.
—¿Qué tal La Pica?
—Pegajosa.
Se ríe.
—Me caes bien.
—¿Qué sabéis de Aletheia?
Mim se detiene y apoya el pecho contra el suelo.
—Retiro lo de que me caes bien. Me caes fatal. —Resopla y baja la voz—. ¿En serio tienes que preguntar por la resistencia mod? ¿No tienes ya suficientes enemigos?
—Solo quiero saber qué es.
Reanuda las flexiones.
—Si te digo la verdad, todos piensan que estás con ellos. Cortesía de Atticus, supongo.
Reprimo las ganas de contarle lo que acabo de vivir en La Pica. Por lo visto, hasta los propios miembros de Aletheia lo piensan.
—Atticus dice que, en el altercado en el Baile de la Pureza, estabas del bando mod. ¿Es cierto que fuiste tú la que le rompió el brazo?
No asiento, pero me sale una sonrisa culpable. Mim se ríe.
—Sí, definitivamente me caes bien. —Baja la voz todavía más—. Si hubiera podido, también le habría dado fuerte. A ese o a cualquiera de los nietos Sterling.
—Entonces… ¿qué sabes de Aletheia?
—Joder, qué insistente eres. Tienes buen fondo, ¿eh? ¿Cuántas flexiones llevas? Y no te cansas…
Se sienta y agarra dos mancuernas cerca de ella.
—Más tarde te lo cuento, ¿vale? Aquí no. Además, Garret tiene una teoría muy divertida sobre los rebeldes. Él te lo contará mejor que yo.
Asiento y termino las flexiones. Me acerco a la zona de pesas para elegir mis mancuernas. Los otros cadetes me evitan, como si hablar conmigo los señalara.
Me aproximo de nuevo a Mim. Necesito aprovechar la conexión que tenemos.
Hacía mucho que no me sentía cómoda hablando con alguien.
De hecho, la última vez fue con Desmond, y resultó ser un mentiroso.
Igual que Dorian. Quizá sea por su edad, pero no parece tener nada que ocultar.
Aunque después de tantas traiciones, no puedo poner la mano en el fuego por nadie.
—¿Qué sabes de la radio que hay cerca del corredor de La Pica?
Tuerce el gesto sin dejar de entrenar los hombros.
—Madre mía… ¿Más preguntas?
—Vamos, Mim, acabo de llegar, solo quiero ponerme al día.
—Está bien, está bien. —Cambia de ejercicio y se inclina para trabajar los tríceps. La imito para ponerme a su altura y escucharla mejor—. Supongo que te refieres a la radio que captó tu señal.
Asiento.
—¿De qué habláis?
Garret se une a nosotras.
—Nova está haciendo preguntas supersospechosas. Más tarde tienes que contarle tu teoría sobre Aletheia. Pero ahora quiere saber cómo funciona la radio del Círculo Plateado.
—¿La radio de alta frecuencia?
Mim chasquea la lengua.
—Joder, Garret. ¿Acaso hay otra?
Se sonroja y tose un par de veces antes de hablar.
—Veamos… Nuestra radio recibe, decodifica y reproduce cualquier señal de larga distancia. Pero no transmite.
Frunzo el ceño.
—¿Está rota?
—Dicen que es muy antigua y que el líder de los mods, al que nuestro fundador envió a la Zona Cero, se llevó con él, entre otras cosas, el oscilador de transmisión.
Mim lo mira orgullosa.
—Garret es superlisto. Yo no tengo ni idea de lo que es un oscilador de transmisión, pero si él lo dice, es que es cierto.
Suelta las pesas y se aleja para seguir con otro ejercicio en la zona de las barras. Garret me mira como si quisiera decir algo más.
—¿Qué pasa?
Duda antes de hablar. Cuando lo hace, baja la voz en un susurro.
—¿Quieres contactar con tu gente? Por eso preguntas por la radio, ¿verdad?
Asiento.
—Pues olvídate. Solo hay una manera de transmitir y es imposible llegar hasta allí. A no ser que, como el líder de los mods, desciendas hasta la Zona Cero. Y nadie lo ha logrado hasta el momento.
Ignoro su advertencia.
—¿Estás seguro de que hay una sala de comunicaciones funcional allí bajo? ¿Al cien por cien?
—¡Claro! No lo digo yo, lo dice nuestro manual, Fundación y valores de Babel .
¿No te hicieron pasar por la escuela al llegar?
¿Viste el libro? —Asiento tratando de recordar el volumen que todos tenían sobre el escritorio—.
Hay un mapa de la U.N.T.E.R. central para aprender dónde ocurrieron los conflictos y las revueltas.
Volvemos a la zona de pesas para dejar las mancuernas.
—¿Puedes conseguirme ese mapa?
—Nova… Quizá voy a decir una locura, ¿vale? Parece que quieras… No sé, qué tontería, ¿cómo va a ser…? —Se pasa una mano por la nuca, nervioso—. Parece que quieras bajar a la Zona Cero de verdad. Me equivoco, ¿no?
Aunque Garret parezca la persona más inocente de Babel, tiene las mismas ideas radicales sobre la pureza que el resto y debería cubrirme las espaldas. No puedo contarle mi plan ni señalarme como una traidora.
Resoplo con fingida indignación.
—¡Claro que te equivocas! Solo quería el mapa para aprender más sobre la historia de Babel. ¿Qué pinto yo allí abajo? Sí, echo de menos a mi gente, pero no tanto como para abandonar el Círculo Plateado. Ahora vosotros sois mi familia.
Suspira, aliviado.
—Menos mal, porque intentar acceder a la Zona Cero es como iniciar un descenso suicida que nadie, y recalco, nadie, ha conseguido jamás.
Jamás de los jamases. Yo no lo he visto, pero dicen que los corredores hacia el montacargas están plagados de antiguos drones de seguridad capaces de pulverizarte…
—Relaja los hombros y se pasa una mano por el pelo rizado—.
Además, todos tenemos muy reciente lo que le ocurrió a la última pura que cruzó a la ciudad subterránea, ¿no crees?
Lo perdió todo en el proceso. El nombre. Los privilegios. Incluso la lengua.
Frunzo el ceño.
—¿Hablas de Sira?
Hace un chasquido con la boca a modo de queja. Supongo que debería mencionarla por su número de modificada como hacen todos, y no por su nombre prohibido.
La respuesta me paraliza.
—Claro que hablo de ella. Si la hija de La Gobernadora fue incapaz de salir ilesa de la ciudad subterránea, imagínate cualquiera de nosotros.