22. La radio
LA RADIO
—¡Arriba, perezosos! ¡El que tarde más de cinco segundos en alistarse pasará dos horas limpiando la mierda que cae del muro antes del puto almuerzo! ¿Entendido?
Los gritos me sobresaltan. No reconozco la voz del hombre, pero su grito me hace bajar de un salto de la litera y toparme con el resto de mis compañeros, que ya forman dos hileras en el pasillo.
Me coloco frente a Mim y me hace un gesto de urgencia con la mirada para que lleve el puño derecho a la altura del corazón, como hacen todos.
—Os noto lentos últimamente… ¿Cómo se supone que vais a proteger Babel si os pesa el culo? ¿En serio sois el futuro del ejército del Círculo Plateado? Joder, me dan ganas de tirarme desde lo alto de la torre cada vez que os veo las caras de imbéciles con las que me recibís cada mañana.
Mim gesticula algo y frunzo el ceño. Repite la palabra en un susurro.
—Pesado.
Hace una mueca con la lengua y suelta una risita.
El hombre parece escucharla y se acerca a nosotras a pasos rápidos.
—¿Algo que compartir con el resto?
Se gira hacia mí y levanta una ceja. Lo miro en silencio. Es joven. Tiene el pelo rubio rapado por los laterales. Dos mechones le caen sobre los ojos azules. Lo que más destaca de su cara es la nariz, ancha y torcida, como si se la hubiera roto mil veces a base de golpes.
—¿Algún chiste que contar, cadete?
Decido responder sin apartar la mirada.
—No, señor.
Suelta una carcajada.
—De señor solo tengo lo que me cuelga de entre las piernas, bonita. A partir de ahora, dirás: «No, mi sargento» o «A sus órdenes, sargento Haltier». O cualquier frase que te coloque en el lugar que te pertenece como cadete de primero. ¿Entendido?
—Sí, mi sargento.
Mira al resto mientras me señala.
—Sois patéticos. ¡Patéticos! La capitana Kuang me ha contado lo que la nueva os hizo ayer.
—Retoma el paso y acerca la cara a la del resto de los cadetes sin dejar de hablar.
Nadie se mueve—. Ocho contra una. ¡Ocho, joder!
¿Tanto os costaba coordinar un puto ataque conjunto?
Dicen que tardó menos de un minuto en derribaros a todos. Me cago en…
Se detiene y se lleva las manos a la cabeza. Respira hondo con los ojos cerrados, tratando de recuperar el control.
—¿Sabéis lo que me ha dicho el comandante?
«Tus cadetes están verdes, Haltier». Verdes.
¿Podéis creerlo? Después de meses entrenando y a ocho semanas de examinaros.
¿Es una broma? ¿Es que os habéis propuesto dejarme con el culo expuesto?
Si antes hacíais cien flexiones, ahora serán trescientas.
Oh, sí. Vais a correr alrededor del maldito muro hasta que os fallen las piernas.
Os haré entrenar con tal intensidad que os saldrán callos en los putos callos. ¿Entendido?
—¡Sí, mi sargento!
Todos gritan al unísono y deslizan el puño hasta el hombro derecho. Los imito.
—Tenéis un minuto para poneros el uniforme. El que incumpla el tiempo pulirá La Pica como regalo. ¡Espabilad!
Me quedo quieta durante unos segundos. El resto reacciona de inmediato y corre hacia las taquillas para buscar la ropa. Se desvisten a una velocidad pasmosa. Mim me grita mientras se cierra los botones de la chaqueta:
—¡Nova, rápido!
Oigo la voz de Haltier a unos metros de mí.
—Treinta segundos.
Mierda.
Me apresuro a buscar mi taquilla, pero el resto no me deja pasar. Garret me lanza el uniforme. Lo cojo al vuelo y me giro para evitar el pudor que me provoca tener que desnudarme delante de todos ellos.
—Diez segundos.
Vuelven a colocarse en dos filas, vestidos ya con los uniformes. De nuevo, soy la última. Me calzo las botas mientras termino de cerrar la chaqueta y me dirijo hacia mi puesto. No me da tiempo a llegar.
—Y… cero. —Haltier me mira con una sonrisa amplia—. Tarde, cadete. Fíjate por dónde, parece que vas a estrenarte con La Pica en tu primer día.
Mim se queja.
—Pero…
El sargento se gira para encararla.
—¿Quieres acompañarla, cadete Mim?
Ella niega con la cabeza y baja la mirada. Haltier me agarra del brazo y tira de mí hacia la puerta.
—Os quiero desfilando y entrenando en la Sala Azul como las bestias que sois. En ayunas, porque hasta que no me salga de los mismísimos cojones, os quedaréis sin desayuno. ¿Me habéis oído?
Todos responden con la mirada al frente.
—¡Sí, mi sargento!
Me empuja hacia el corredor sin soltarme y baja la voz mientras me arrastra por el pasillo.
—Y tú… No te creas que no sé cuáles son tus intenciones. Atticus es mi primo por parte de madre. Me ha contado tu numerito en el Baile de la Pureza. Y yo no seré un Sterling, traidora, pero tengo poder absoluto sobre los cadetes de primero. Así que ahora vas a disfrutar de…
—¿Sargento Haltier?
Malacai se asoma por una puerta al vernos pasar. Nos detenemos. Lejos de aflojar su agarre, Haltier aprieta más fuerte.
—Buenos días, mi comandante. Llevo a la cadete a La Pica por incumplir el tiempo de alistamiento.
Malacai me mira y alza una ceja. Haltier se apresura a dar más explicaciones.
—Serán solo treinta minutos, para que aprenda a seguirle el paso a sus compañeros.
Ambos se quedan en silencio. Oigo el ruido de la estática detrás de Malacai y muevo la cabeza para mirar el interior de la sala.
Otro guardia mueve los diales de un aparato antiguo mientras apunta algo en un papel.
¿Es una radio? Malacai me mira con extrañeza y da un paso al lado para bloquearme la visión.
—Está bien, sargento. Treinta minutos. Ni uno más.
Haltier asiente y vuelve a tirar de mí. Avanzamos por el pasillo a toda velocidad.
—Si por mí fuera te dejaba un día entero…
—¿Qué es La Pica? —me resigno finalmente a preguntar.
Resopla.
—Encima de insoportable, eres insolente. Habla solo cuando un superior te dé permiso.
Abre una puerta y me empuja al interior. La sala me sorprende. Tiene agujeros repartidos por el suelo. Y, sobre ellos, brazos movibles, como pequeñas grúas con cadenas que conectan con el techo.
Nos acercamos a un grupo de guardias sentados a una mesa alargada.
Haltier me señala.
—¿Hay alguna Pica libre para esta?
El más alto se levanta y mira un panel verde con los ojos entrecerrados.
—Puedes meterla en la seis. ¿Necesitas ayuda?
—No, dame el arnés. Lo haré yo mismo. No va a resistirse.
El hombre asiente y se gira para coger un equipo sucio colgado de la pared. Es igual que el que llevan los modificados que he visto hasta ahora. Haltier me obliga a alzar los brazos para colocarlo y me lo ata sobre el pecho.
Uno de los guardias alza la voz para llamar nuestra atención.
—Oye, ¿esta no es la chica que salvamos del mod de grado 9? ¿La que Malacai…?
Haltier chasquea la lengua y termina de ajustarme las correas. Responde con aburrimiento.
—Sí, es ella. Es la maldita Nova Black.
—Yo estaba allí. En la plataforma sobre el agua donde te encontramos. ¿Puedo hacerte una pregunta?
Lo miro y asiento mientras Haltier me empuja hacia el borde de uno de los pozos. Baja una cadena para engancharla a la argolla de mi espalda.
—¿Qué era ese lugar? No paro de darle vueltas. El medidor marcaba cien plantas bajo el nivel del mar, pero apenas pudimos llegar a la segunda. Estaba completamente inundado.
Tardo en reaccionar. No puede ser verdad.
Haltier activa el mecanismo y la cadena tira de mí para elevarme en el aire antes de descender por el cilindro excavado en el suelo.
El guardia insiste.
—Entonces ¿lo sabes o no? ¿Qué había allí abajo?
Le respondo antes de que el agujero me engulla.
—Solo muerte.
No puedo creer que Dorian inundara Inferno y matara a las miles de personas encerradas en las cápsulas de cultivo.
Hijo de puta. Había niños. Y yo me había prometido volver para rescatarlos a todos…
Pienso en Drusi y en Levi y se me encoge el corazón.
Tampoco fui capaz de salvarlos a ellos. ¿Por qué iba a ser diferente ahora?
Noto las lágrimas deslizarse por mis mejillas al mismo tiempo que toco el suelo con los pies.
—Complejo de salvadora…
Eso es lo que soy. Una acomplejada incapaz de salvar a nadie.
La voz de Haltier me sobresalta.
—¡Mira el suelo, bonita! ¡Te presento La Pica!
Hago lo que dice. Entre mis piernas hay una enorme aguja de metal grueso.
—Con esa actitud de mierda que te gastas, creo que vendrás a pulir La Pica bastante a menudo, así que voy a darte unos consejos.
Si te resbalas, te apoyas en las paredes o intentas doblar las rodillas, terminarás ensartada.
Y, aunque nada me gustaría más que ver a una traidora como tú empalada, haberle caído en gracia a nuestro comandante hace que tenga que sacarte más rápido de lo que me gustaría.
Y ahora, quítate el arnés. Te lo lanzaré de nuevo al terminar.
Lo desabrocho y veo cómo asciende junto con la cadena.
Haltier se aleja para hablar con el resto de los guardias. Sus voces me llegan amortiguadas.
Miro la pared circular hecha con ladrillos y levanto una mano para tocarla. Es resbaladiza y aceitosa. Acomodo los pies para equilibrar mi peso. Puedo aguantar treinta minutos aquí sin problema.
Oigo cuatro golpes rítmicos delante de mí. Vuelven a repetirse unos segundos después. Apoyo la oreja y noto la pringue contra la piel.
—Ey, ¿me oyes? Estoy en La Pica de al lado.
Me aparto al escuchar la voz del hombre y coloco la boca cerca de las juntas.
—Sí, te oigo.
Vuelvo a poner la oreja.
—¿Sabes algo del resto de los mods de Aletheia? ¿Los han enviado al muro?
Respondo la verdad.
—No lo sé.
—¿Te han dado nuevas indicaciones?
Debe de haberse confundido de persona.
—Lo siento, no sé de qué me hablas…
—Pero eres Nova Black, ¿no? Lo he oído con mi modificación. Pensaba que estabas con nosotros y que te habían contado el nuevo plan.
Frunzo el ceño.
—¿Qué nuevo plan? ¿A qué te refieres?
— Ella dijo que tú querías… Mierda, me sacan ya.
Después de un par de minutos, oigo un grito sobre mi cabeza.
—¡POR ALETHEIA LIbrE!
Escucho golpes amortiguados fuera del pozo. Cuando todo se queda en silencio, oigo la voz de Haltier sobre mi cabeza.
—Póntelo. ¡Rápido!