21. El barracón
EL BARRACÓN
Miro el techo y respiro hondo. Oigo a mis compañeros reírse en uno de los extremos del módulo.
Les echo un vistazo de reojo desde la cama.
Me ha tocado una litera superior. Hay cinco o seis sentados en el suelo jugando a las cartas.
No veo al resto. Uno de ellos tiene la cabeza vendada por una contusión.
Se la he provocado yo al hacerlo chocar con otro cadete en la arena.
Me arrepiento del espectáculo que he dado.
Necesitaba demostrarme que sigo siendo yo, pero sin aliados es poco probable que pueda ganarme el favor de nadie.
Tenerlos a todos en mi contra me perjudica, porque el plan no es fácil.
Bajar a la ciudad subterránea. Encontrar a Adrien.
Llegar a la Zona Cero. Contactar con Unter.
Si fuera una mod, todo sería más fácil porque…
Contengo el aliento al darme cuenta de la palabra que acabo de utilizar.
Mod . Joder. Aprieto los puños con rabia.
Han conseguido que normalice lo que ellos escupen con asco.
Trato de resetear mi mente y volver a empezar: si tuviera modificaciones…
Una idea me cruza por la mente a toda velocidad, pero antes de que pueda desarrollarla, alguien tira de la manga de mi pijama azul marino de dos piezas.
Me sobresalto y me incorporo apoyando los codos en el colchón.
La chica de trenzas negras me mira con las cejas alzadas.
Se ha agarrado a una de las barras metálicas de la litera y nuestras cabezas están a la misma altura.
Mi voz suena más fría y cortante de lo que me gustaría.
—¿Qué quieres?
—Solo venía a preguntarte si estabas bien, pero te aseguro que a borde no me gana nadie.
Hace el gesto de ir a bajarse de la litera y la sujeto de la muñeca. No puedo dinamitar el único acercamiento no hostil que he tenido en el Círculo Plateado hasta el momento.
—Perdona. Están siendo unos días… complicados.
Ella asiente y sonríe. Al verla de cerca, me doy cuenta de lo joven que es. Debo de sacarle, por lo menos, cuatro años.
—Lo entiendo. Sé que al resto no le caes bien, pero a mí me encanta tener a otra chica en el grupo. Y después de ver lo que has hecho en la arena, hemos estado hablándolo… Queremos que nos entrenes para movernos como tú. A los dos.
Parpadeo y la miro confundida.
—¿A los dos?
Agacha la cabeza y gesticula algo con cara de fastidio.
—He dicho que subas. ¡Joder, ven aquí!
Veo aparecer al chico pecoso y pelirrojo. Se agarra de la barandilla a su lado y me evita la mirada.
—Yo soy Mim. Y este de aquí es Garret. No sé cómo has aprendido a dar esos giros acrobáticos, pero tienes que enseñarnos a hacerlos para que podamos superar el examen de evaluación. Quedan solo dos meses y vamos fatal.
Genial. Mis primeros aliados son dos críos.
—Nunca he enseñado a nadie a luchar, pero lo intentaré.
Se miran emocionados. Garret se aclara la voz antes de hablar:
—Eres increíble. Nunca había visto a nadie pelear así. Ni siquiera a la capitana Kuang.
Le sonrío y sus mejillas se tiñen de un rojo casi tan intenso como su pelo.
Mim le da un codazo.
—Joder, Garret. Disimula un poco.
Él agacha la cabeza, aturdido y avergonzado.
—Por cierto, esto es tuyo…
La chica se lleva una mano al bolsillo y mueve algo frente a mi cara.
Centro la mirada.
—No puede ser…
Cojo el colgante de la dama blanca con las manos.
—Mim te lo robó cuando nos colamos en el hangar…
Ella resopla indignada.
—¡Garret!
—Está bien, no pasa nada. De verdad, muchas gracias por devolvérmelo. Significa mucho para…
Antes de que pueda terminar la frase, alguien entra en el barracón de manera brusca. La puerta rebota contra la pared con un golpe seco y las luces del techo se encienden.
—¿Dónde coño está la traidora de mierda?
Es Atticus.
Mim y Garret bajan de la litera y me pongo de rodillas sobre el colchón. Coloco una mano en el techo para estabilizarme.
Empieza a revisar el módulo con otros dos cadetes de tercero. Llegan hasta el grupo sentado en el suelo. Los dos matones que lo acompañan les arrancan las cartas de las manos a mis compañeros y las lanzan por los aires.
—¿Es que no lo habéis oído? ¿Dónde se esconde la traidora?
Uno de los cadetes levanta el brazo y señala en mi dirección.
Atticus se gira. Al verme, los ojos parecen brillarle. Se acerca con pasos lentos y calculados. Sigue volándome la cabeza que Desmond y él sean la misma persona. Fue capaz de cambiar hasta su manera de caminar.
—Aquí estás, traidora escurridiza. Sé una buena chica y baja para que podamos hablar .
—He tenido un día malísimo, Atticus. Si tantas ganas tienes de hablar, sube tú.
Hace un puchero y señala el cabestrillo con el brazo roto.
—Estoy… lesionado . Pero Jamal subirá encantado a por ti.
Uno de chicos, de piel negra y pelo corto y rizado, se agarra a la escalera.
Es tan alto que apenas tiene que subir un peldaño.
Alarga la mano hacia mi tobillo para rodearlo, pero me adelanto y le pateo la mejilla con el talón.
Se frota el golpe y me mira con odio. Sube a la cama como una bestia y decido saltar a la litera de enfrente colgándome de la lámpara del techo. Él suelta un grito de frustración.
Oigo a Mim quejarse a los pies de la cama.
—¡Dejadla en paz! Esto va contra las normas. Marchaos ahora mismo o llamaré al comandante para que…
—Lud, haz callar a la pesada de Mim, ¿quieres? Su voz es irritante.
El otro cadete también es alto, pero menos corpulento. Tiene la cara llena de pequeños cráteres, como cicatrices mal curadas. Lleva el pelo rubio ceniza amarrado en un moño cerca de la nuca. Agarra a Mim por la espalda y le pasa el brazo por el cuello para ahogarla.
Garret reacciona de inmediato y empieza a darle puñetazos en el brazo. Cuando Mim se queda inconsciente, el cadete la suelta y Garret la arrastra hasta la cama más cercana.
Atticus alza la voz para llamar mi atención.
—¿Quieres que suba yo, Nova? ¿Estás segura?
—Lo que quiero es que me dejes en paz. Que me olvides. Deja de amargarme la existencia, por favor. Ahora soy cadete, ¿qué coño quieres de mí?
No responde. Se agarra con un solo brazo a la escalera de la litera y empieza a subir con dificultad. Me apoyo en el colchón con los codos por si debo impulsarme para atacar.
Cuando llega arriba, se sienta en el borde de la cama.
—¿Qué quiero de ti, preguntas? —Miro el pañuelo azul con el que le han sujetado el brazo fracturado. Tiene bordadas las letras A y S con hilo plateado—. Convertir tu vida en un puto infierno. Eso es lo que quiero.
Suelto una risa irónica.
—Ponte a la cola. No eres el primero que pretende joderme la vida.
Mis palabras parecen encenderlo. Se pasa la lengua por los dientes y trata de acercar su cara a la mía. Reculo con las palmas para alejarme de él.
—Creo que no lo has entendido. Te joderé durante lo que me queda de instrucción como cadete. Luego seguiré haciéndolo como mando intermedio. Y cuando algún día me convierta en general… Oh, Nova, no querrás seguir viva para entonces, porque haré lo que me dé la gana contigo.
Resoplo y vuelvo a ponerme de rodillas en el colchón.
—Eres como un puto grano en el culo, Atticus Sterling.
Me ignora.
—Te colgaré del muro en días alternos. Te obligaré a besarme la punta de las botas cada vez que me cruce contigo. Te mandaré llamar a mi dormitorio cuando me apetezca. Y no podrás hacer nada. Nada, ¿me oyes?
Alzo una ceja y doy tres palmadas con fingido interés mientras sonrío.
—¡Impresionante! ¿Has ensayado el monólogo delante del espejo o te ha salido solo?
Intenta abalanzarse sobre mí, pero pierde el equilibrio y resbala al no poder agarrarse con el brazo fracturado. Cae el suelo con un quejido y me asomo para verlo desde arriba.
—¡Mi tobillo, joder!
Sus compañeros lo ayudan a levantarse y lo agarran de las axilas. Regresan hacia la puerta, pero Atticus los obliga a parar para girarse. Me señala con el dedo índice.
—Escúchame bien, voy a convertirme en el peor hijo de puta que has conocido en tu vida. ¿Me oyes? En el peor de todos.
Ondeo una mano para despedirlo.
—Buena suerte, Atticus. —Pienso en Drax. En su hermano. En Dorian. Incluso en La Gobernadora—. Lo tienes complicado.