Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 20. El siamés
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20. El siamés

EL SIAMÉS

Adrien

Entrecierro los ojos para entender qué coño estoy viendo.

Del torso de Gorgu emergen dos cabezas. Una de ellas está metida en un cilindro de cristal apoyado en su hombro derecho. Es mucho más pequeña y tiene los ojos cerrados. Parece estar flotando en un líquido viscoso.

—¿Qué parte de no mirarnos fijamente no entendiste ayer, Solterra? —Se acerca a un lavamanos para limpiarse la sangre que aún le gotea por la punta de los dedos—. Pregúntales qué le pasó al último que decidió ignorar nuestros avisos.

Bram ahueca las manos sobre los ojos y hace el gesto de vaciarse las cuencas.

Desvío la mirada de la cabeza flotante y me concentro en la de Gorgu.

No sé cuál es peor. Es calvo, con protuberancias y venas azuladas que le recorren la piel pálida. La frente es enorme, desproporcionada, con el cráneo ensanchado hacia atrás y una cicatriz circular que le recorre toda la cabeza.

Tiene el cuello manchado de sangre. Le gotea desde la mandíbula biónica. Sonríe con un punto de locura en los ojos negros y los dientes parecen una sierra de acero.

Apoya la sien contra el cilindro y coloca una mano sobre él. Empieza a acariciarlo con la mirada perdida. Habla más para sí mismo que para nosotros.

—No te preocupes, todo está bien. Claro que sí. Yo me aseguraré de ello.

Hay algo en su tono de voz que me pone los pelos de punta.

Miro a Lika, que hace rebotar entre sus manos un muelle que ha encontrado sobre un escritorio.

—Ya te lo dije ayer: está un poco…

Gira el dedo índice sobre la sien y lanza el muelle al suelo.

Se acerca para colgarse de mi brazo.

—Oye, lo que me dijiste anoche… —Se muerde el labio inferior—. Sobre lo de ser el mejor polvo de tu vida. ¿Repetimos hasta que yo pueda decir lo mismo?

Frunzo el ceño y me suelto de manera brusca. Está empezando a cansarme este juego.

—Créete la mitad de las cosas que diga, Lika. Sobre todo si estoy borracho e intento llevarme a alguien a la cama.

Bram suelta una carcajada.

—Joder, Solterra, ahora sí que me caes bien.

Esquivo la patada de Lika por milímetros. Es muy rápida. Si no hubiera anticipado su movimiento con mi modificación, me habría roto la mandíbula con la puntera de sus plataformas de un solo golpe.

—Ten cuidadito, grandullón. No me gusta que me provoquen.

Sonrío con malicia. Tiene el mismo genio que Moriander. En parte, es una pena no recordar lo que pasó anoche.

—¿Habéis venido a hacer el gilipollas o a cumplir nuestras órdenes?

Nos giramos al escuchar la voz de Gorgu.

Continúa con la mano sobre el cilindro de su hermano y hace un gesto con la cabeza para que lo sigamos hasta el fondo de la sala.

Sorteo el charco de sangre junto a la cortina y veo el cadáver del hombre con puños de acero al que acaba de torturar.

Lo ha destrozado a base de mordiscos con la mandíbula biónica.

La última vez que vi algo así fue en el puto Foso.

Oigo a Bram susurrar a mi espalda:

—Joder, ¿es Glenn? No lo había reconocido por los gritos…

—Lo que queda de él… ¿Crees que estaba con ellos ?

No tener ni puta idea de lo que ocurre en Babel me provoca una frustración que jamás había sentido. Estoy acostumbrado a saberlo todo. A ser el que maneja la información. Entre la pérdida de memoria y mis lagunas siento que, en vez de respuestas, solo obtengo nuevas preguntas.

Aun así, soy lo bastante listo como para ir atando cabos. Está claro que el ataque de los mods en el baile estaba organizado. Lo más probable es que haya una resistencia parecida a Némesis. Lo que no me queda claro es qué lugar ocupa Gorgu en todo esto.

Me siento junto a él en una mesa circular.

Lo miro mientras se pasa un trapo húmedo por la mandíbula para limpiar los restos de sangre y carne pegados al metal.

Cuando termina, entrelaza los dedos huesudos sobre la mesa.

Su piel es tan blanca que parece casi transparente.

Las venas azules se le marcan en el dorso. Casi puedo verlas palpitar.

—El bueno de Glenn ha confesado lo que ya sabíamos: esos parásitos con ideales tuvieron ayuda del Círculo Dorado. Hay un topo bien gordo cerquita de Sitara organizando a los miembros de Aletheia desde arriba. Pobre Gobernadora…

Acaricia de nuevo el cilindro de su hermano con gesto distraído. De repente, muda la expresión, como si recordara algo. Da un golpe en la mesa tan fuerte que todo vibra.

—¡Tú lo has dicho! ¡Maldita basura ideológica!

—Se incorpora y acerca la cara a la mía a mucha velocidad.

Me retiro unos centímetros para no chocar—.

Cada perro con su collar. ¿No es así, Solterra?

Los puros con los puros. Los mods con los mods.

¿Para qué andar jodiendo el orden lógico?

¿Es que acaso quieren invertir la pirámide?

Va subiendo el tono hasta que su voz se convierte en un grito. Me escupe al hablar.

—¿Es que no entienden que el caos que provocan nos perjudica a todos? ¡Putos egoístas! ¡Ratas organizadas! ¡Se merecen que los cuelguen en el muro! ¡A TODOS! ¡QUE LOS DESOLLEN VIVOS! ¡QUE LOS…!

Se queda en silencio sin terminar la frase, con los ojos muy abiertos y los músculos tensos.

Se sienta de nuevo, aún con la respiración agitada.

Saca una cajita de metal del bolsillo de la bata y esnifa un polvo amarillo.

Percibo cómo sus latidos y su presión arterial descienden de golpe.

Lleva la mano al cilindro para acariciarlo de nuevo mientras susurra:

—Lo sé, lo sé… No debo alterarme, pero… Sí, te lo prometo…

Joder. He conocido a muchos hijos de puta locos en Unter, pero Gorgu se lleva el premio al más perturbado.

Me queda claro que la resistencia le perjudica.

No quiere perder sus privilegios de cabronazo que mueve los hilos de la ciudad subterránea.

Y lo entiendo. Baal o Cespir se volverían locos si alguien intentara volar por los aires sus monopolios del Nivel 42.

—Solterra, querido, pareces tener agallas. Nos gustas. ¿Te consideras una persona leal ?

Lo miro en silencio. Sé cómo tratar con tíos como él. Lo que busca en mí es una mezcla de sumisión, respeto y orgullo.

—Soy leal a mí mismo. Y a quien no me traiciona.

Da un golpe en la mesa y mira a Lika.

—Nos encanta este tío. Sí, señor. Es justo lo que necesitamos a nuestro lado. —Vuelve a posar los ojos en mí y me enseña los dientes de sierra—. Dinos, Solterra, ¿tienes experiencia torturando? ¿Te ves capaz de sonsacar información para nosotros?

Se me tensa la mandíbula y siento un escalofrío. Por el recuerdo de El Foso. Por lo que creí dejar atrás cuando gané Las Pruebas.

Asiento en silencio.

—Nos vamos a llevar muy bien, querido. Hace años que andamos buscando un perro guardián. Sitara tiene a Malacai. Y ahora nosotros te tenemos a ti.