18. El subsuelo
EL SUBSUELO
Adrien
El hormigueo de la frente es cada vez más desagradable y se extiende hasta la sien. Abro los ojos de golpe al recordar el ataque de los modificados. Las molduras del techo están arrancadas y la pintura dorada se cae a pedazos. No sé dónde estoy.
Levanto la cabeza y veo una melena fucsia sobre mi pecho. Me apoyo sobre los codos y observo respirar a Lika de manera pausada. Está desnuda, igual que yo. Enredada entre mis piernas. Niego con la cabeza.
—No me jodas…
No tengo ni puta idea de cómo he llegado hasta aquí. Tampoco recuerdo qué ha pasado entre nosotros, pero huele a alcohol barato y a sexo. Si no supiera que estamos en Babel, juraría que he vuelto al Nivel 42. Tengo los nudillos doloridos. Aún tengo sangre seca.
—Buenos días, grandullón. —Lika me mira y se despereza. Parece darse cuenta de mi confusión—. ¿Todavía sigues avergonzado? Cariño, te lo dije anoche: que no tengas experiencia no te hace peor amante. De hecho, yo tengo experiencia por los dos.
Suelta una risa escandalosa, se pone de rodillas sobre la cama y empieza a buscar su ropa.
Frunzo el ceño. ¿Que no tengo experiencia? ¿Está de coña?
Resoplo.
—¿A qué te refieres con que…?
No llego a terminar la pregunta. Alguien abre la puerta de par en par con una patada. Es un hombre bajito, con los brazos biónicos y el pelo rizado. Va vestido con un chaleco de cuero negro y lleva unas gafas redondas de cristales opacos apoyadas en la frente.
Chasquea la lengua al verme.
—Joder, Solterra, tápate. Desde que te conozco, te he visto más el miembro que la cara.
Lo ignoro. Entrecierro los ojos para ver qué lleva sobre la bandeja que sostiene. Parecen cubos de gelatina gris que tiemblan con cada uno de sus pasos.
—Gorgu quiere ver a Solterra.
Lika se sube la cremallera del vestido de cuero brillante y se peina con las manos para hacerse las coletas.
—¿Te ha dicho el motivo?
El hombre me señala.
—¿Desde cuándo Gorgu da motivos para algo? Creo que se le puso dura con la actuación de Solterra en Los Conductos y quiere saber más de él.
No sé de qué mierda hablan. Me estoy acostumbrando a estas malditas lagunas.
Lika se me acerca y me da una palmada en el brazo. Sin las plataformas es muy menuda, apenas me llega por el pecho.
—Estarás contento, ¿eh? Tu segundo día y apuntas maneras para convertirte en su favorito. —Mira al hombre de pelo rizado y le saca la lengua bífida—. Bram lleva chupándole el culo a Gorgu desde que nació y a veces se le olvida su nombre.
¿Acaba de decir que llevo dos días aquí?
—Vete a la mierda. Yo al menos le chupo el culo, vete a saber qué le chupas…
Lika coge una de sus plataformas plateadas y se la lanza con rabia antes de que termine la frase. Él se agacha justo a tiempo y el zapato le pasa volando sobre la cabeza antes de estrellarse contra la puerta.
—Más quisiera Gorgu, imbécil. No me ha tocado en la vida. Ni lo hará, porque sabe que se la arrancaría de un mordisco.
—Oye, ahora que lo pienso. —Bram abre mucho los ojos, como si acabara de darse cuenta de algo fascinante—. ¿Crees que tiene un rabo o dos?
Lika se acerca a la bandeja para coger los cubos de gelatina, pero al escucharlo hace una mueca de asco.
—¿En serio, Bram? Joder, ahora no podré quitarme esa idea de la cabeza cuando lo mire. —Se estremece con un escalofrío y se gira para mirarme mientras mastica—. ¿Tú qué crees, grandullón? ¿Una verga o dos?
La miro sin entender de qué hablan. Estoy desorientado. Me jode muchísimo haber perdido la ventaja táctica que suelo tener.
Trato de responder del mismo modo que si tuviera todas las respuestas.
—Me importa una mierda.
Bram resopla.
—Eres la simpatía en persona, Solterra. —Suelta la bandeja sobre la cama y coge un puñado enorme de cubos de gelatina, que empieza a masticar con la boca abierta—. No me sorprende. Lika solo se tira a gilipollas.
—¿Celoso, Bram?
—Más quisieras.
Empiezo a cansarme de estos dos. Me pongo de pie y me visto tratando de recopilar toda la información que tengo.
Llevo dos días en la ciudad subterránea.
El tal Gorgu tiene pinta de ser el que maneja los hilos aquí abajo.
Y, al parecer, he hecho algo que ha llamado su atención. Tengo que descubrir qué es.
Bram y Lika siguen discutiendo. Me cuesta pensar con sus gritos.
—Callaos la puta boca un rato, ¿queréis? —Me miran, ofendidos. Sigo hablando antes de que puedan responder—: Vosotros conocéis a Gorgu mejor que yo, ¿por qué creéis que he llamado su atención?
Se miran entre ellos con el ceño fruncido. Es Lika la que responde.
—¿Que por qué le pareció brutal lo que hiciste en Los Conductos? —Resopla y se cruza de brazos—. No sé, ¿quizá porque te cargaste a tres con los ojos vendados?
Bram interviene.
—Gorgu vive por y para el espectáculo.
Lika asiente y empieza a calzarse.
—Eres lo más entretenido que ha pasado en mucho tiempo aquí abajo.
No tengo todos los datos, pero estoy cerca. «Vivir por y para el espectáculo». Me suena. Y, en el fondo, me tranquiliza. Si hay algo que se me da bien, es entretener para sobrevivir.
Bram se sienta en el borde de la cama y se mete más cubos de gelatina en la boca.
—La última vez que vi a Gorgu tan excitado fue cuando Keid y Sira tuvieron que ganarse su favor en Los Conductos. ¿Te acuerdas? Casi se los cargan los drones.
Lika asiente, emocionada.
—Eso fue alucinante. Qué cojones le echaron los dos. Y, al final, para nada. —Me mira y arruga la nariz—. ¿Estás seguro de que no prefieres ir con menos ropa? Como Bram, solo con el chaleco. Ya sabes, para lucirte un poco.
Cuela la mano por debajo de mi camiseta negra y me acaricia el abdomen. Le agarro la muñeca y la separo de mí.
—¿Te digo yo cómo tienes que vestirte, Lika?
Percibo cómo se le acelera el corazón. Niega con la cabeza.
La ropa aquí es muy parecida a la del Nivel 42. El atuendo que llevo está impreso con hilo negro. Los pantalones tienen bolsillos superpuestos a la altura de la pernera y la chaqueta está repleta de cremalleras.
Bram tose de manera sonora y abre la puerta.
—Venga, vamos a ver a Gorgu. Nos espera en el laboratorio.
Cuando salgo al corredor, parpadeo varias veces para asimilar lo que veo.
Parece una réplica de los primeros niveles de Unter, con diferencias notables, pero la misma estructura.
Son cinco, conectados por pasarelas, con un cilindro en el centro del que nace un montacargas.
Solo que este dudo que me lleve a El Atrio.
En vez de suelo, el nivel más bajo tiene una rejilla. Me asomo para ver mejor el fondo. Parece que hayan excavado un entramado de conductos, como una especie de laberinto que se pierde en la oscuridad.
Mientras caminamos, me doy cuenta de que las barandillas están pintadas de dorado y desconchadas en la mayoría de los tramos.
Hay paneles con jardines verticales muertos colgando de los laterales de las galerías y grafitis en las paredes.
Las pantallas comunitarias están rotas y hay sofás de terciopelo destrozados.
Es como si hubieran mezclado Unter con El Núcleo y hubiese salido fatal.
Las pasarelas están a rebosar de gente. Los veo jugar en el suelo con dados hechos de metal y beber en los sofás.
Algunos me miran con curiosidad al pasar.
Otros dan codazos a sus compañeros para avisarlos de mi presencia.
Me aparto cuando dos hombres empiezan a darse puñetazos y terminan coreados por el resto, rodando por la pasarela.
Entramos por uno de los corredores. Lika y Bram se detienen delante de una puerta metálica que se abre con un zumbido. El sonido me transporta a Unter, pero el grito que sale de dentro me hiela la sangre.
Un hombre suplica con la voz entrecortada.
—Por favor, Gorgu… Te juro que no fui yo… Solo estaba en…
El laboratorio es circular, con una enorme cortina en el centro que me impide ver qué ocurre al otro lado.
Las paredes están repletas de recipientes de distintos tamaños y colores.
Hay camillas dispuestas en paralelo y varios carritos llenos de herramientas metálicas de todo tipo, desde sierras hasta bisturís.
Oigo un sonido chirriante y rugoso, como el de un aparato eléctrico. Intuyo que hombre mueve los pies de manera frenética al otro lado de la cortina. Sus gritos me martillean el cerebro.
Miro a Lika, que parece perdida en sus propios pensamientos mientras juega con un mechón de pelo. Bram se mece sobre los talones y bosteza. No parecen impresionados por la tortura de su jefe.
El grito para de repente y un hombre vestido con bata blanca sale de detrás de la cortina. Mis ojos se van a sus manos, empapadas de sangre. Trata de limpiarse con un pañuelo sucio mientras silba alegre, como si nada hubiera ocurrido. Cuando le miro la cabeza me quedo paralizado.
He visto cosas aberrantes. Pero ninguna como esta.