Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 15. El pánico
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15. El pánico

EL PÁNICO

Adrien

La Zona Cero. ¿Qué coño es eso? Esa chica me ha mirado como si me conociera. Como si fuera la única de esta sala que sabe quién es Adrien Solterra.

—Te va a encantar, grandullón.

El susurro viene de mi derecha. Seguimos sobre la tarima mientras los gilipollas vestidos de gala se reparten entre las mesas. La chica de pelo fucsia con el ojo biónico me repasa con la mirada, se detiene en mi cuello y se moja el labio inferior con la lengua partida. Vuelve a susurrar:

—Me refiero a la ciudad subterránea. Cuando lleguemos, te haré una visita guiada. A Gorgu le vas a encantar. Me encargaré de eso.

Levanto una ceja.

—¿A quién?

Suelta una risa suave y se estira el vestido sin mangas de cuero negro y brillante. Me recuerda a los trajes de los sensari. Toda ella parece sacada del puto Nivel 42.

—Soy Lika. ¿Y tú?

No respondo. Los guardias que sujetan las cadenas nos empujan hacia las escaleras.

Miro la puerta de doble hoja a lo lejos.

Abierta, sin vigilancia. Contengo las ganas de escapar.

Cuando me bajaron del muro, Malacai me agarró la cara con las manos sin importarle mis quemaduras.

«Desobedece una vez más y te juro que yo mismo te mataré».

Si quiero sobrevivir, no puedo cagarla ahora.

Nos conducen a una de las mesas. La conversación se apaga cuando llegamos.

Una mujer cubierta de plumas doradas se lleva la mano al pecho. Parece a punto de desmayarse. Uno de los hombres apenas cabe en la silla y se pasa un pañuelo por la frente. Señala a mi guardia con el dedo.

—Agarra bien al mod de grado 9, muchacho. Menuda bestia. Y hazlo girar, queremos verle la columna.

Todos tienen el ritmo cardiaco acelerado.

El guardia me voltea y noto un dedo deslizarse por mi espina dorsal hasta la altura de mis glúteos. Una mujer grita con voz chillona.

—Por el amor de Dios, Tobías, ¡ten cuidado!

—Silencio, Greta. Un científico hace lo que tiene que hacer.

Vuelve a recorrerme la columna en sentido contrario hasta llegar a mi cuello.

—Fascinante. Parece fusionada con su propia piel. Es la primera vez que veo algo así en un mod.

Me agarra de los hombros y empieza a apretarme los omoplatos antes de pasar a mis bíceps.

—Estás fuerte, chico…

Otro hombre suelta una carcajada.

—¿Quieres que os dejemos solos, Tobías?

Noto el aliento del hombre en mi nuca. Baja la voz mientras el resto se ríe por el comentario.

—Es una pena que te envíen a la ciudad subterránea. Quizá hable con La Gobernadora para que me deje diseccionarte…

La manera en la que me toca hace que se me tensen todos los músculos. Me obligo a respirar hondo para no girarme y romperle el cuello en un solo movimiento.

Los guardias tiran de nosotros para exhibirnos por diferentes mesas.

Tengo que contener la rabia en todas ellas.

En una, dos hombres se divierten pasándonos trozos de carne por la boca sin dejarnos comer.

En otra, varios niños nos escupen en las botas y salen corriendo para esconderse detrás de sus padres.

Llegamos a la mesa de La Gobernadora y percibo cómo la mujer con modificación craneal se altera de manera exagerada. La miro frunciendo el ceño. Su respiración es errática y entrecortada. Los latidos se le han disparado a más de ciento noventa pulsaciones.

Los comensales son diferentes al resto. Hay varios hombres vestidos con uniformes como el de Malacai, pero sus ribetes y hombreras son doradas.

Uno de ellos se lleva una mascarilla de oxígeno a la boca y me mira con los ojos muy abiertos.

La Gobernadora levanta su copa y agita el vino tinto en su interior.

—¿Qué os parece la elección de este año? ¿Silas?

Un hombre de cara ancha y pelo anaranjado se limpia la boca con la servilleta y se levanta poniendo ambas manos sobre la mesa. Aprieta los labios y nos mira sopesando su respuesta. Está completamente borracho.

—Déjame ver, querida Sitara… La mercancía siempre se comprueba antes de dar el veredicto, ¿no es así? —Pasa de largo, tambaleándose, y se detiene delante de Lika—. Saca la lengua, bonita, quiero comprobar si lo que he visto antes…

Ella obedece y le muestra su lengua partida. Percibo cómo las pupilas del hombre se dilatan y su corazón se acelera. Varias mujeres se revuelven en sus sillas.

—Pareces un animal salvaje. Para que luego digan que siguen siendo humanos…

Aproxima la cara a la de Lika para escrutar el ojo biónico de cerca. Ella aparta la cabeza con una mueca de asco. El tufo a alcohol rancio se huele desde aquí. Con un movimiento brusco, el hombre le atrapa la mandíbula y la obliga a mirar al frente.

—A esta le arrancaría el ojo y te lo regalaría para tu colección, Sitara.

La Gobernadora se ríe y niega con la cabeza.

—Silas, haz el favor de comportarte. Esta noche son nuestros invitados.

Invitados, dice. Hija de puta. Parecemos trozos de carne expuestos.

El hombre mira a Lika durante unos segundos y le aprieta la piel de las mejillas hasta que los nudillos se le ponen blancos. Se gira para mirar a sus compañeros de mesa y levanta los brazos.

—¿Comportarme? Deberíamos cambiar las normas del Baile de la Pureza. —Un hipo le corta la respiración y se rasca la barriga—. ¿Qué os parece si a partir de ahora invitamos a cuatro y los matamos lentamente para vengar la muerte de…?

—¡POR ALETHEIA LIbrE!

Todo ocurre muy rápido. La mujer con la modificación craneal saca un tenedor de la manga y se lo clava a Silas en el cuello.

Una, dos, tres veces. Sigue haciéndolo, encaramada a su espalda, mientras la sangre sale disparada en todas direcciones.

Una de las mujeres, sentada en una silla de ruedas, se tapa la cara con las manos.

—¡Por favor, detenedla! ¡Silas! ¡Mi Silas! ¡SILAS!

Me sorprende que nadie se mueva. Los guardias a mi alrededor aprietan los botones de sus mandos sin entender qué ocurre.

—¡Los mandos no funcionan! ¡Los mandos no…!

Oigo más gritos provenientes de la puerta de entrada y veo aparecer a un grupo de modificados. Algunos van vestidos de gris. Otros de cuero, como Lika.

El pánico se extiende por el salón. Muchos de los invitados salen corriendo, pero se encuentran con los modificados bloqueándoles el paso. Los mandos siguen sin funcionar. Nuestros guardias sueltan las cadenas y empiezan a pelear contra brazos y piernas biónicas.

Miro a La Gobernadora. Malacai y el resto de los guardias la obligan a refugiarse bajo la mesa junto con otros comensales.

La mujer de la silla de ruedas se lanza sobre el cuerpo de Silas para abrazarlo.

No es la única víctima. El hombre de la mascarilla de oxígeno acaba de entrar en parada.

Tiene la piel pálida y la boca abierta en una mueca de terror.

—A Gorgu no le va a gustar esto…

Me giro hacia Lika, interrogante.

—¿Qué coño está…?

Esquivo la botella justo a tiempo y atrapo la muñeca de Atticus, el cadete de Malacai, antes de que consiga clavarme el cuchillo de sierra en el costado.

—¡Habéis matado a mi abuelo!

El arnés y la cadena me impiden moverme con facilidad.

Trato de detenerlo, pero saca un segundo cuchillo que empuña directo a mi cara.

Cierro los ojos y aprieto la mandíbula para recibir el impacto, pero este no llega.

Al abrirlos, veo el brazo de Atticus doblado en una posición antinatural. Cae al suelo gritando de dolor.

—¿Dónde están los trajes de Las Pruebas cuando hacen falta? Qué incómodo es esto para luchar, joder…

Miro a Nova, la chica con la que dicen que me encontraron. Tiene la pierna estirada en un ángulo perfecto de noventa grados. Acaba de patear a Atticus para frenar su ataque.

Nos miramos durante un segundo y me sonríe con tristeza. ¿Acaba de mencionar Las Pruebas? Muda el gesto, se lleva la mano al muslo y lanza una daga que impacta en la mano de un guardia a pocos centímetros de mí. El hombre grita y se mira con horror la palma atravesada por el metal.

—Adrien, tenemos que…

Corta el contacto visual cuando dos modificados intentan atacarla. Los esquiva a una velocidad insultante. Se quita los tacones, salta sobre una mesa y derriba a uno de ellos con un giro acrobático.

Alguien tira de mi cadena con tanta fuerza que caigo al suelo de espaldas. Dos guardias me sujetan por los brazos y un tercero empieza a darme puñetazos en la cara hasta que todo se funde en negro.