Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 14. Las disculpas #2
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14. Las disculpas #2

La voz de Sitara se alza por encima de la mía.

—¡Ocupad vuestras mesas, mis queridos ciudadanos del Círculo Dorado!

—Hablo de Unter, Adrien. Tenemos que bajar y…

Sitara vuelve a cortarme.

—¡Honremos a nuestro querido fundador!

Todos levantan el puño derecho para celebrar sus palabras. Antes de que pueda terminar la frase, La Gobernadora se gira y me agarra del brazo. Me clava los dedos en la piel con fuerza y tira de mí.

—Vamos, Nova. Divirtámonos un rato. ¿Has probado el pato con culis de frambuesa alguna vez?

Me giro para mirar a Adrien con desesperación una última vez mientras bajo las escaleras. Me observa con extrañeza.

Atticus se acerca hasta nosotras y vuelve a ofrecerme el brazo. Lo acepto a pesar del asco que me recorre la espina dorsal. Ella nos mira a ambos. Su voz suena empalagosa cuando habla.

—Espero que no te hayan molestado mis medios para asegurarme de que tu lealtad está del lado correcto. Atticus es como un sobrino para mí. Me alegra ver que, a pesar de todo, las partidas de ajedrez os han unido tanto como para venir juntos al baile. ¿Todo perdonado, Nova?

Abro la boca para responder, pero Atticus levanta una mano y la pone delante de mi cara para silenciarme.

—Me gustaría solicitar la tutela de Nova a partir de mañana. Ya he hablado con mis padres.

Sitara sonríe.

—Estoy al tanto, querido. Silas ha insistido mucho en ello.

Se me encoge el estómago al escuchar su nombre. La idea de pertenecer a su familia me provoca arcadas, pero ponerme en contra de los Sterling dificultaría mis planes de huida.

¿Qué opción tengo? Aunque Loretta no me haya mencionado la Escuela de Damas antes, al escuchar el nombre he recordado a los grupos de chicas jóvenes con las que nos hemos cruzado durante los paseos por los jardines verticales.

Todas iban vestidas de blanco, con velos de encaje sobre la frente, siempre acompañadas de una mujer mayor y dos guardias.

El olor a comida recién hecha y el tintineo de las copas me devuelven a la realidad. Atticus tira de mí hacia una de las mesas y reconozco al comandante Malacai Reed, vestido con el uniforme habitual. Se levanta para apartar una silla vacía a su lado.

—Sé que no empezamos con buen pie, Nova Black. Permíteme compensarlo con una copa de vino.

Me siento y miro al resto de los comensales hablar entre ellos. Todos pertenecen al Círculo Plateado. Atticus ocupa su lugar a mi lado y me susurra al oído:

—Es la mesa de los guardias de alto rango. Soy el único cadete al que le permiten sentarse con ellos porque algún día seré general. Además, es una de las ventajas de ser yo: un Sterling hace lo que quiere cuando quiere.

Me pone enferma. Lo miro con desdén y respondo con el mismo tono condescendiente.

—¿Y tengo que sentirme afortunada porque te dejen sentarte con los mayores?

Atticus tuerce el gesto.

—Sigue provocándome, Nova, y te juro que…

Una mujer de pelo tirante y ojos rasgados da un golpe en la mesa con la palma de la mano. También va vestida con el uniforme del Círculo Plateado. Se agacha entre Malacai y yo. Aunque trata de bajar la voz, escucho sus palabras a la perfección.

—¿Qué coño hace el mod de los cojones aquí? ¿No había otro al que invitar?

Malacai la ignora y se dirige a mí señalándola con la mano.

—Nova, esta es la capitana Kuang Tie. Capitana, ella es…

La mujer se gira para mirarme. Su expresión cambia.

—Nova Black, sí. Acabo de verla desperdiciar la oportunidad de enviar al mod 3.712 a pudrirse en el muro. Gracias por quitarme la satisfacción de verlo quemarse lentamente.

Su tono de voz es irónico y tosco.

No sé qué responder. Atticus toma la palabra.

—No todo el mundo tiene el mismo temple, mi capitana. Ya sabemos que algunas mujeres necesitan tutela y estructura antes de tomar decisiones importantes.

Kuang asiente y me hierve la sangre. ¿Cómo puede otra mujer darle la razón a este niñato malcriado? Aprieto los puños sobre mi falda.

—Así es, cadete. He hablado antes con el general sobre el tema y entiendo que, si La Gobernadora lo aprueba, te encargarás en breve de reconducirla. Aunque espero que tus obligaciones maritales no te distraigan de tu entrenamiento en el Círculo Plateado.

Me clavo las uñas en las palmas de las manos. No pueden estar hablando de mí como si fuera un objeto. Estoy aquí delante, joder.

—Por supuesto que no, mi capitana. —Atticus se lleva el puño derecho al pecho y lo desliza hasta el hombro—. Primero Babel. Siempre.

Kuang asiente, satisfecha. Se deja caer en una silla entre dos de sus compañeros y la oigo bromear sobre cuál de ellos beberá más esa noche.

Miro mi plato apretando las uñas con más fuerza sobre mi piel.

Es un trozo de carne cubierta de piel dorada junto con unas rodajas de patata con una salsa rojiza y densa.

Debería comer, pero tiemblo de ira. Trato de respirar hondo para calmarme.

No lo entiendo. Es como si mi voluntad se hubiera convertido en un detalle incómodo. Como si su único objetivo fuera anularme.

Miro a Atticus comer un pedazo enorme. Mastica con la boca abierta y se ríe de manera histérica por un comentario de la capitana Kuang.

Me cuesta creer que hasta hace unas horas fuera Desmond. Un chico culto, agradable, con ideas cuestionables, sí, pero capaz de debatir conmigo. Y ahora me trata del mismo modo que a ese trozo de carne que engulle sin pudor.

No comprendo cómo es posible que una ciudad que habla de valores humanos y pureza, gobernada por una mujer, me trate como si fuera algo que debe ser corregido y domesticado. Como si pensar por mí misma fuera una desviación tolerable mientras un hombre dé el visto bueno.

Atticus eructa y vuelve a reír. Me mira con los ojos brillantes y señala mi plato con el cuchillo.

—Come.

Trago saliva. Me cuesta respirar. Tiro de la gargantilla como si fuera la causante de mi falta de oxígeno. No estoy en una jaula de oro, joder. Nunca lo he estado. Al cruzar las puertas de Babel, entré en un matadero.

Alguien chilla a mis espaldas.

—¡POR ALETHEIA LIbrE!

Los gritos de terror que vienen después me hielan la sangre.